09-01

San Josué, Patriarca del A.T.

Conmemoración de san Josué, hijo de Nun, que a la muerte de Moisés guió al pueblo de Israel, cruzando el Jordán, en la tierra prometida.

La alegría y bienaventurados los que lloran

Juan Pablo I recoge este cuento en su libro Ilustrísimos Señores: «Un irlandés muere repentinamente y comparece ante el tribunal divino muy preocupado, pues el balance de su vida era más bien deficitario. Como había cola, se puso a observar y escuchar. Tras haber consultado el gran fichero, Cristo le dice al primero: “Veo que tuve hambre y me diste de comer. ¡Muy bien!, ¡entra en el paraíso!” Al siguiente: “Tuve sed y me diste de beber.” A un tercero: “Estuve preso y me visitaste.” Y así sucesivamente.

»Por cada uno que era destinado al paraíso, el irlandés hacía examen y hallaba algo de que temer; ni había dado de comer, ni de beber, no había visitado ni a presos ni a enfermos. Llegado su turno temblaba, viendo a Cristo examinar el fichero. Pero, mira por dónde, Cristo levanta la vista y dice: “No hay mucho escrito. Sin embargo, también tú hiciste algo: estaba triste, decaído, postrado y tú viniste y contaste unos cuantos chistes que me hicieron reír y me devolvieron el ánimo. ¡Al paraíso!”»

En el cielo existe la alegría y se rifan a los alegres. Dice santo Domingo Savio: «Entre nosotros se hace uno santo a base de alegría.»

¡Qué importante es estar alegres! Hace poco asistía a un congreso sobre los cristianos hoy organizado por la revista Vida Nueva. Se insistió en la necesidad de cuidar la imagen de la Iglesia y de la fe cristiana. Así es: es la era de la imagen, y la alegría es el mejor testimonio y la mejor imagen.

La alegría es la imagen del amor, de la paz, del que vive acompañado y sereno, del que sabe que todo tiene sentido, de que confía en un Padre Bueno a quien pertenece el mundo y es Señor de la historia. Un alma enamorada es un alma alegre. La alegría cristiana habla de algo que no es de este mundo; y además es contagiosa.

Veamos tres confusiones frecuentes:

a)      En primer lugar, hay quienes confunden la exigencia, la autoridad y hacerse respetar con la dureza o el mal genio. Éstos piensan que hay que enfadarse de vez en cuando porque con alegría no se exige ni se ayuda a los otros. Quien así piense se equivoca. La alegría es la mejor ayuda que podemos dar a los demás. El consejo, el aviso, la orden o el mandato están bien, pero si van acompañados de una sonrisa… mucho mejor, pues la exigencia alegre desarma, sobrecoge, estimula. Necesitamos vivir con gente alegre: para tristeza ya está el desorden originado por el pecado.

b)      En segundo lugar, la confusión de los «emocionados de la vida». Me refiero a quienes ponen cara seria y andan acelerados, con cara de víctimas porque piensan que así dan la imagen de quien tiene mucha responsabilidad, de quien se está matando a trabajar… Se ponen serios para darse aires de importancia. Craso error: van de emocionados, y lo que buscan es darse importancia y que los demás se compadezcan de ellos. Al final se hacen algo insoportables: todos agradecerían que trabajasen menos y sonriesen más.

c)      Tercera confusión. Algunos confunden la alegría con la risa. No son lo mismo, ni necesariamente van juntas. La risa es momentánea. El Señor llama bienaventurados a los que lloran y no a los que ríen (Lucas 6, 20). Es más, a éstos les avisa. En cambio a los que sufren les dice que estén alegres. No confundir reír con alegría y llorar con tristeza. Es posible llorar de dolor y al mismo tiempo disfrutar de alegría íntima. Y es posible reír un rato y tener el alma triste.

El joven rico (cfr. Marcos 10, 17) se fue triste porque el camino que emprendió no era el camino de Dios, a Jesús le daba la espalda, y eso que poseía una gran riqueza. El dinero le daría satisfacciones, le haría reír en algún momento, pero esa risa sería un acto fisiológico, como la respiración; mientras tanto, la tristeza la mantendría en su interior.

Cuando Dios creó el mundo vio que todo cuanto había hecho era bueno y en el caso del hombre era muy bueno. Sólo el pecado introdujo el mal y la tristeza. La alegría nos ayuda a ver la bondad de las cosas y, por tanto, nos aleja del mal. Es más fácil pecar cuando se está triste porque la tristeza es un mal.

Alegra, Señor, mis días. Que siembre alegría por donde pase. Que quienes hoy estén conmigo te descubran en mi sonrisa. Que pueda decir yo también: «Entre nosotros se hace uno santo a base de alegría.» Sé que seguirte a ti es comprometerme a llenar el mundo de paz y alegría. Santa María, Causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.

Puedes hablar con Dios con tus palabras, comentar qué te quita la alegría… porque lo que nos quita la alegría suele ser algún obstáculo que nos separa de él.

08-31

San Ramón Nonnato, Cardenal. Siglo XIII.

De Lérida, tuvo especial devoción por la Santísima Virgen. Marchó al norte de África para predicar donde tuvo que soportar cárcel y tortura. En su regreso a España le nombran cardenal reconociendo sus méritos y virtud de la caridad practicada.

Que sepas que aquí ha pasado algo

Un profesor americano preparó en una de sus clases un ejercicio para que lo ensayaran sus alumnos. Ellos debían ponerse en pie, dándose la espalda unos a otros y dejarse caer de espaldas confiados en que sus compañeros les cogerían. La mayoría se sintió incómoda con la prueba y no fue capaz de dejarse caer más que unos centímetros antes de incorporarse de nuevo. Por último una estudiante cruza los brazos sobre el pecho, cierra los ojos, se deja caer hacia atrás y no titubea. Todos tenían durante un momento la seguridad de que se iba a caer al suelo. En el último instante, el compañero que se le había asignado la agarra por la cabeza y por los hombros y la levanta.

—¡Bien! —gritan algunos estudiantes. Otros aplauden.

—Ya lo ves —le dijo el profesor a la chica—: has cerrado los ojos. En eso estribó la diferencia. A veces no eres capaz de creerte lo que ves, tienes que creer lo que sientes. Y si quieres que los demás lleguen a confiar en ti, también tú debes sentir que puedes confiar en ellos, aunque estés a oscuras. Aunque te estés cayendo.

La fe nos aporta verdades, conocer hechos que han sucedido en la historia y que nos afectan aunque no hayamos podido ser testigos de ellos; lo fundamental que aporta la fe no consiste en gustos ni sensaciones. El que cree de verdad tiene vida eterna porque usará de los medios sobrenaturales, porque pedirá ayuda a Dios. El Señor no vino a condenar, ni tampoco vino a constatar qué mal andaba el mundo, sino que vino a salvar, a curar. Creer es mejorar, cambiar, limpiar, salvar. Aquellos que miraron a Jesús con convencimiento recibieron de Él la prueba del milagro.

El que no tiene fe está en el mismo sitio que aquel que sí la tiene, pero no están del mismo modo. El primero está a oscuras, en tinieblas, no ve nada: «Y el juicio está en que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz» (Juan 3, 19). El segundo gracias a la luz ve más allá, ve todo, y por tanto tiene el último dato que da la respuesta definitiva. La fe otorga una sabiduría mayor, una sabiduría del bien para cada uno, por eso mismo la fe también da felicidad.

Así lo explica Leon Tolstoi en su famosa obra Ana Karerina:

«Este secreto no tiene importancia para nadie, más que para mí solo, y ninguna palabra seria sería capaz de explicarlo. Este nuevo sentimiento no me ha cambiado, no me ha llenado de asombro ni me ha hecho feliz como pensaba.

»¿Debo darle el nombre de fe? No lo sé. Lo único que sé es que se ha deslizado en mi alma por el dolor y que ha arraigado en ella firmemente.

»Probablemente seguiré impacientándome con mi cochero, discutiendo inútilmente, expresando mis ideas sin venir a propósito. Yo sentiré siempre una barrera entre el santuario de mi alma y el alma de los demás. Siempre haré responsable a ésta de mis errores para arrepentirme al instante. Seguiré rezando. Mi vida interior ya no estará a merced de los acontecimientos. Cada minuto de mi vida tendrá un sentido indiscutible, y en mi poder estará imprimirlo a cada una de mis acciones: ¡el sentido del bien!»

Las crisis de fe no surgen de modo espontáneo sino por el mal obrar. «Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras» (Juan 3, 19). Como dice el adagio: «El que no vive como piensa acaba pensando como vive». La falta de fe no es por la falta de luz, sino por la inmensidad de los pecados que manchan el alma, oscurecen la mente y tapan la cara. No se saca la conciencia a la luz porque remuerde, se obra a escondidas para que no me vean y puedan corregirme, se acude a la excusa, al caso extremo, a la voz mayoritaria. Pero la verdad nunca puede ser borrada del todo como el pecado. Siempre quedará el remordimiento interior, la inseguridad vital, la falta de felicidad, la aparición de una situación equivocada, el fracaso, la desgracia, la muerte. En el fondo el hombre sin fe tiene envidia del hombre con fe.

Durante los meses de buen tiempo el sol resplandece con toda su luminosidad, y muchos se brocean bajo sus rayos. Espero que esta luz solar nos recuerde que hay una luz más potente que puede broncear nuestra alma, es la luz de la fe, es la luz de Dios.

Gracias, Señor, por habernos buscado, por haber actuado en nuestra historia, por habernos salvado y curado. Quiero andar en la luz para no dejar de sintonizar contigo. Te pido que todos los hombres te conozcan. Santa María, tú que has creído, ruega por todos tus hijos, en concreto por todos a quienes tengo cerca este mes de agosto.

Agradécele lo cerca que ha estado de ti durante todo este mes que hoy terminamos. Si quieres, comenta lo leído y termina con la oración final.

08-30

San Fiacrio, Eremita. Siglo VII.

Vivió toda su vida en Irlanda como ermitaño en un terreno que le cedió el obispo de Meaux. Construyó una casa de acogida y daba de comer a sus visitas con lo que recogía en su huerta.

El zapatero y la visita triple

Martín Avedeitch era un zapatero remendón ruso ya anciano.

Una noche después del trabajo se puso a leer su Biblia, y pensó: «¿Qué haría si se presentara el Señor en mi casa?» Quedó dormido con estos pensamientos hasta que le despertó una voz:

—Martín, Martín. Mañana vendré.

Al día siguiente el buen zapatero estaba inquieto porque esperaba la visita del Señor. A través del ventanuco que daba a la calle vio los pies del anciano Stepanich que paleaba la nieve. Martín golpeó la ventana con los dedos y lo hizo entrar para que se calentara y bebiera un poco de té.

—Gracias, Martín Avedeitch —dijo el anciano cuando marchaba—. Me has dado alimento y me has confortado al cuerpo y al alma.

Era ya mediodía cuando dio comida y ropa a una forastera desaliñada que llevaba a su bebé en brazos. La pobre mujer rompió a llorar cuando aquel anciano al que no conocía de nada le ofreció también su propio capote y unas monedas.

—El Señor te bendiga, buen hombre —musitó sollozando al abandonar la pequeña estancia.

Era ya tarde entrada y el Señor Jesús no había venido. Martín vio cómo un niño harapiento robaba a una anciana una manzana de su cesto. Ésta le había agarrado y le tiraba de los pelos.

—Déjalo, abuela. No lo hará más —intervino Martín.

La anciana lo soltó.

—¡Pide perdón a la abuela! Y no lo hagas más. Te vi robar la manzana.

El niño rompió a llorar y pidió perdón.

—Así me gusta. —Martín tomó una manzana del cesto y se la dio al muchacho.

—Aquí tienes una manzana. Yo te pagaré, abuela.

—Merecía que lo azotaran para que se acordara toda una semana —contestó la anciana.

—Abuela, abuela. Eso es lo que queremos nosotros. No lo que quiere Dios. Si debemos azotarlo por robar una manzana… ¿qué mereceremos nosotros por nuestros pecados?

Y el niño se ofreció a ayudarla a llevar el saco porque iba por el mismo camino. Y marcharon juntos, el niño con el fardo de manzanas y ella apoyada en su hombro. Martín regresó a su zapatería y terminó el trabajo del día, y al volver a abrir su Biblia creyó oír rumor de pasos en el oscuro rincón. Escuchó una voz al oído.

—Martín, Martín… ¿No me conoces? —Y del rincón salió Stepanich que le sonrió y se disipó como una nube.

—Soy yo —repitió la voz. Y de la oscuridad, surgió la mujer con el niño que también se desvaneció en las sombras.

—Soy yo —volvió a oír— y vio a la anciana y al niño con sus manzanas que sonreían y desaparecían.

Y Martín comprendió que el Salvador le había visitado tres veces ese día.

Este cuento puede recordarnos lo que Jesús nos enseñó: «Entonces dirá el Rey a los de su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo.

»”Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme.”

»Entonces los justos le responderán: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; o sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo, y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel, y fuimos a verte?”

»Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuanto hicisteis a unos de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mateo 25, 34-40).»

Jesús, quiero vivir reconociéndote cuando me visitas. Que visites a muchos cuando yo los visite.

Puedes comentar ahora el cuento con el Señor, y trata de concretar algo que te ayude a dar de comer o de beber, de vestir a algún desnudo o visitar a alguien…

08-29

Martirio de San Juan Bautista. Siglo I.

San Juan Bautista le dijo a Herodes que el adulterio era pecado, por lo que fue apresado. En la fiesta del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías le pidió la cabeza de Juan Bautista. Herodes mandó que le cortaran la cabeza y la llevaran al banquete.

¿Por qué me aburro?

Palabras de un abuelo a su nieta:

—¿Sabes por qué las personas se aburren? —le había preguntado el abuelo de sopetón.

—No.

—Porque no ven las puertas.

—¿Qué puertas?

—Las que están escondidas por doquier.

—¿Por doquier, dónde?

—En el aire, en torno a nosotros, en las casas, en los paisajes, en las estaciones de autobús y en la panza de las personas. Si sabes abrir las puertas nunca estarás triste.

Entonces había entendido que las palabras del abuelo eran palabras-llave. Avanzaban siempre explorando en aire, transformando una cosa en otra.

Estas misteriosas palabras me sugieren que muchas veces nos aburrimos porque no sabemos descubrir las cosas buenas que tiene lo que está a nuestro alrededor. Porque quizá pensamos que lo divertido es lo que divierte a otros, o que sólo divierte lo que no puedo hacer o aquello en lo que desfaso…

Tendremos que aprender a disfrutar de todo: de un juego de mesa y de una aventura de alta montaña, de la conversación con un amigo y de pasear el perro, de un buen vaso de agua y de una buena cerveza, a disfrutar saliendo una noche y ayudando a un enfermo… Saber disfrutar, aunque no estén satisfechas todas mis sensaciones. Todo tiene su puerta: si vemos las puertas escondidas en cada cosa… no nos aburriremos nunca.

Jesús, me parece que los cristianos tenemos el encargo de enseñar a los hombres a divertirnos, a disfrutar de la vida. Hagamos una cosa: tú me haces un especialista en esto, y yo se lo cuento y se lo contagio a otros. ¿Te parece? ¡Cuánto disfrutarías tú de la vida, Señor! Disfrutar es muy cristiano, ¿verdad?

Ahora puedes seguir hablando con el Señor de tus aburrimientos. Dale vueltas. Él te ve, te escucha y te comprende: pídele que te hable. A ver qué le puede gustar que cambies.

08-28

San Agustín, Doctor de la Iglesia. Siglo IV.

Se casó a los 17 años y tuvo un hijo, pero se convirtió gracias a San Ambrosio. Fue muy caritativo y llegó a ser Obispo durante 24 años y defendió con eficacia la fe católica contra las herejías. Escribió más de 60 obras muy importantes para la Iglesia.

El corazón con la flecha, y la cigüeña

Cuando unos novios expresan su amor en un árbol o en un papel lo hacen dibujando un corazón. No dibujan un hígado o un riñón, ni siquiera un cerebro que es el órgano más cualificado. En todas las culturas se ha utilizado el corazón porque es el único órgano que manda la sangre a todo el cuerpo. Los demás órganos sólo la reciben. No está mal pensado: el corazón expresa bien el amor porque amar es dar, no recibir.

En hebreo a la cigüeña se la llama «hassida» (afectuosa). Un día preguntaron a un rabino que si a la cigüeña se la llama afectuosa por el amor que tiene a los suyos, no entendía por qué al mismo tiempo se la colocaba en la categoría de los pájaros impuros. El rabino respondió: «Porque no ama más que a los suyos.»

Inteligente respuesta: quien ama da no sólo a los suyos.

El corazón, la cigüeña… y hay otro elemento pictórico frecuente que también nos enseña algo. Junto al corazón suele dibujarse una flecha que lo atraviesa. ¿Por qué? Quizá representa que amar es ser herido por otro, ser alcanzado por otro que entra en mí sin dificultad, como entra la punta de una flecha en la carne. Sí: amar es ser herido, exige sufrir y esforzarse por dar vida al otro… En el caso de Jesús, la flecha fue real, la lanza clavada por el soldado. Su corazón derramó físicamente sangre y agua. El Señor quiso derramar toda su sangre para que nosotros la bebiésemos y viviésemos por ella: «Éste es el cáliz de mi sangre, sangre derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados.» Está claro: la flecha nos enseña que amar exige saber sufrir por unirse al amado.

Así lo explica Michel Quoist:

«Si te extasías ante su belleza, esto sólo no es amor, es admiración.

»Si sientes palpitar tu corazón en su presencia, eso sólo no es amor, es sensibilidad.

»Si ansías una caricia, un beso, un abrazo, poseer de alguna manera su cuerpo, eso sólo no es amor, es sensualidad.

»Pero si lo que deseas es un bien aun a costa de tu sacrificio, enhorabuena: has encontrado el verdadero amor.»

Un músculo se mueve por impulsos eléctricos y por el contacto con otro músculo. Pongamos nuestro corazón en contacto con el corazón de Cristo como lo hizo el apóstol joven san Juan y así sabremos darnos del todo en una entrega generosa a los demás. Tendremos un corazón grande a fuerza de amar, un corazón donde quepan todas las almas.

Como decía san Agustín, a quien hoy celebramos, «mi amor es mi fuerza». Sí: cuando amamos, esa fuerza tiene un poder en nuestro actuar que «ama y haz lo que quieras», porque acertarás.

Durante este mes en algunos lugares se dan tormentas violentas y pasajeras, fuertes y de poca duración. Muchas veces producen más destrozos que beneficios: no calan los campos, no empapan la tierra… y dan paso enseguida a la sequedad y a la aridez del terreno. Son mejores las lluvias de invierno que sin brusquedades y con continuidad humedecen los campos y logran con el tiempo el fruto apetecido.

Señor, quiero dar, dar no sólo a los míos, seguir dando cuando me cueste sangre. No permitas que sea duro de corazón. Dame un corazón como el tuyo. Te pedimos, por intercesión de san Agustín, que tengamos sed de ti, y te busquemos como el único amor verdadero.

Comenta con él lo leído… y no dejes de insistirle en que convierta tu corazón: comprométete con él a apoyarte, como Juan, en su pecho… pasando algún rato delante de un sagrario.

08-27

Santa Mónica, Madre de San Agustín. Siglo IV.

De África del Norte, sus padres la obligaron a casarse con Patricio, con quien tuvo tres hijos. Le cerró las puertas a su hijo cuando vio que éste se alejaba de la fe y dedicó años a rezar por su conversión.

Cuatro preguntas obligadas a los cristianos

Vamos a plantearnos cuatro preguntas obligadas para el cristiano, y que con frecuencia nos las hacen:

1. ¿Hace falta ser cristiano para ser bueno?

Por supuesto que no.

2. ¿En qué se diferencia un cristiano de un ateo?

De forma sencilla y gráfica podríamos decir que el cristiano cuenta con un diccionario, un mapa y un motor distintos.

a) En primer lugar, un diccionario de sentidos:

Hablamos el mismo lenguaje, pero otro idioma. El cristiano y el no-cristiano son personas que viven las mismas realidades; para referirse a esas realidades empleamos unos y otros las mismas palabras: cuando alguien muere, unos y otros hablan de muerte; cuando alguien hace algo que le perjudica, unos y otros hablan del mal; etc. Pero mientras que, en muchos casos, el ateo ve esa realidad «plana», sin más, el cristiano ve esa misma realidad con otro sentido, se le presenta con volumen.

Todos hablan de muerte: mientras unos ven en ella el final de todo, para el cristiano se trata tan sólo de un cambio de vida. Todos hablan de suerte o mala suerte: mientras unos ven la fortuna, el cristiano ve la providencia divina. Todos hablan de destino: mientras unos ven la fuerza del azar, los cristianos ven la vocación o plan de Dios. Todos hablan de la divinidad: mientras unos ven en ella alguna realidad trascendente sin más, el cristiano ve en ella un Padre. Todos hablan de seres humanos: mientras unos ven hombres como uno mismo, los cristianos ven hermanos. Todos hablan de actos de autodestrucción: mientras unos ven tan sólo un acto malo, el cristiano reconoce en ellos un pecado. Todos sufren injusticias: mientras unos ven en ella una ocasión de resignarse, resentirse o vengarse, los cristianos ven una ocasión de perdón y sacrificio. Y así con tantas otras realidades.

b) En segundo lugar, un mapa:

Todos los hombres vamos a lo mismo, pero de distinta manera. El mapa es el lugar donde se indican los lugares y los itinerarios por los que ir hasta ellos, los caminos. El cristiano y el ateo se dirigen a las mismas metas en la vida, pero mientras el ateo ve unos caminos, el cristiano conoce otros caminos distintos para alcanzar esos mismos objetivos.

El cristiano quiere, como todo hombre, ser rico, pero sabe que lo alcanzará siendo, no teniendo. Quiere ser feliz, pero sabe que lo alcanzará con una vida enamorada, no con una vida cómoda. Quiere ser libre, pero sabe que alcanzará la libertad a través de la entrega, no del egoísmo o de la independencia. Quiere ser justo, pero sabe que la justicia se alcanza con la caridad, no con el cálculo matemático. Quiere ser importante, pero sabe que lo consigue mediante la filiación —ser buen hijo de Dios—, no por el camino de la fama y el poder. Quiere el desarrollo, pero sabe que se alcanza fundamentalmente por la consecución del desarrollo de lo más propiamente humano, y no sólo a través de un alto nivel económico.

 

c) Por último, un motor.

El cristiano sabe que puede más que un hombre: Dios (la gracia) actúa él.

3. ¿Para qué sirve ser cristiano?

Para nada… y para todo. Para lo mismo que le sirve a uno saber quién es su padre.

Uno puede vivir sin saber quién es su padre; en ese sentido, saber quién es mi padre no me sirve para nada. Pero saber quién es mi padre, sin embargo, sí me sirve: saber de dónde vengo, contar con alguien que me protege, que me enseña, que está dispuesto a todo por mí, que me acepta independientemente de lo que haga, alguien de quien aprender, en quien confiar… El cristiano sabe que tiene un Padre, y sabe bastante de cómo es —Cristo nos enseñó muchas cosas acerca de Él—: no sirve para nada porque puedo ser buena persona sin Él, pero sirve para todo pues la vida es distinta si se sabe que Él está ahí.

Sirve para tener el diccionario, el mapa y el motor de los que hemos hablado. Estas tres cosas sólo las tiene el cristiano, pues hace falta creer en Jesús para saber que son así.

Sirve para alcanzar mayor nivel de felicidad. Más fácilmente se alcanza mayor felicidad, pues sabemos los caminos que nos llevan a lo que como hombres queremos alcanzar; tenemos la suerte de poder vivir sin que nos engañen las apariencias: para eso las enseñó Jesús.

4. ¿Cuál es la clave del cristiano?

Cristo.

Gracias, Señor, por hacerme cristiano. Que use el diccionario, el mapa y tenga siempre el motor encendido. Que te demos a conocer, que hablemos de ti a todos los hombres hasta los extremos de la tierra. ¡Gracias!

Habla ahora con Dios con tus palabras… y agradécele ser cristiano, conocerle… Puedes terminar con la oración final.

08-26

Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, Fundadora. Siglo XIX.

De familia religiosa, se hace franciscana terciaria, dedicándose a la enseñanza.  se dedicó a la atención de ancianos abandonados, acabando fundando en 1973 la Congregación Religiosa de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados.

No soy el Rey León

Al hombre le gusta ser rey. Todos buscamos ser reyes en nuestro ámbito, en nuestras posesiones, aunque éstas sean pequeñas o de poco valor, ahí somos los únicos dueños y señores, en ese lugar no tenemos que dar cuenta a nadie. Es la tentación del paraíso: «Seréis como dioses, seréis como reyes.»

El único rey es Dios, los demás son usurpadores. La vida de Jesús es sorprendente: es rey de una manera muy peculiar. Nace en la oscuridad de la noche, en un lugar pobre. Luego permanece durante mucho tiempo con una vida oculta, trabaja en un oficio normal, poco brillante. Huye de la muchedumbre cuando quieren hacerle rey del mundo. Explica a Pilatos que su reino no era de este mundo. En la tierra toma como trono la cruz, sin embargo en el cielo su trono será real a la derecha del Padre. Jesús nos enseña cuál es nuestro sitio.

Mira lo que decía Mitsuo Aida, hombre importante del Japón: «A veces asisto por la televisión a la inauguración de túneles y puentes. He aquí lo que normalmente sucede: muchas celebridades y políticos locales se colocan en fila, y en el centro está el ministro o gobernador del lugar. Entonces cortan la cinta y cuando los directores de la obra regresan a sus despachos se encuentran allí con varias cartas de agradecimiento y admiración. Las personas que sudaron y trabajaron por aquello, que se agotaron con la pala en verano o permanecieron al sereno en invierno para terminar la obra, jamás serán vistas; parece que la mejor parte se reserva para aquellos que no derramaron el sudor de sus rostros.

»Yo quiero ser siempre una persona capaz de ver esos rostros que no serán vistos, los de aquellos que no procuran fama ni gloria, sino que simplemente cumplen el papel que les es destinado por la vida. Quiero ser capaz de esto, porque las cosas más importantes de la existencia, las que nos construyen, jamás mostraron sus rostros.»

¡Que ocupemos nuestro lugar! Es necesario que aprendamos a estar en nuestro sitio. Sentiremos el impulso de llamar la atención, de decir la última palabra, de querer destacar, de que se nos mire y admire, que se nos tenga en cuenta, de salir en todas las fotos, de ser como salsa que pretende ir bien con todos los platos… Esa forma tonta de ir de reyes es un fracaso: porque nos hemos salido de nuestro sitio, porque pendientes de nosotros mismos no pensamos ni podemos amar a los de al lado, porque con este amor desordenado al propio yo sufriremos porque los demás no nos reconocerán y enfadados nos desuniremos y sembraremos tensión… 

No hace falta que salgamos siempre en la foto. Vamos, sin embargo, a ser cimiento: gracias a nosotros el edificio se mantiene en pie, en casa hay paz, los amigos lo pasan bien, los demás crecen, hay buen ambiente y están unidos…

Cuando encarnamos la figura de rey, caemos en el error de todos los errores: nos pasa como a Judas, que no se conformó con ser administrador de la bolsa sino dueño y por empezar a robar de ella acabó traicionando a Jesús. Como a Adán, que por querer hacerse dueño del paraíso no se conformó con ser el administrador y se quedó sin paraíso tanto él como sus descendientes. También los fariseos cometieron el mismo error al hacerse dueños de la ley y no sus servidores: acabaron por complicar esa misma ley y deformarla. Lo mismo el joven rico, que al querer seguir manteniendo el dominio de sus posesiones y no dárselas a los pobres le llevó a perder el camino y la vocación.

El hombre no debe aspirar a ser rey sino santo. Por esto mismo Dios habla del Reino de los cielos, que es algo muy distinto al Reino de este mundo.

Señor, dame la humildad de reconocer mi sitio y así podré amar a los demás. Si no, pensando en mí todo el día, no puedo quererles. Además, es tan absurdo gastar la vida intentando que los demás me admiren y me tengan siempre en cuenta… Que no quiera llamar la atención, que gaste mis fuerzas en ser santo, esto es, en amarte y contigo a los demás como tú nos amas: con palabras y con obras, con el corazón y con la voluntad, con toda mi alma. Enséñame a pasar desapercibido, a no ser sal de todos los platos.

Puedes comentarle lo leído, o lo que tengas en la cabeza estos días. Háblale si aspiras más a ser rey que santo…

08-25

San José de Calasanz, Presbítero y Fundador. Siglo XVII.

Estudió filosofía y se doctoró en Teología en Barcelona. Se ordenó sacerdote en Barbastro y se encamina a Roma para conseguir una canonjía. Fundó una escuela en Santa María del Trastévere para atender la formación de una niñez y juventud abandonada.

Insólita canonización de Santiagón

Hoy, san José de Calasanz, fundador de la orden de las Escuelas Pías, tomemos un cuento como punto de partida. Aquí va:

«Insólita canonización. El viejo Santiagón tenía una casa en las afueras del pueblo, con un banco de carpintero y un colchón de virutas en el que dormía. Comer no era problema, con un poco de pan y queso se las arreglaba; el problema era beber. Porque Santiagón acababa borracho todas las tardes. Una vez hizo un negocio excepcional, cuando murió la vieja que vivía en el primer piso de la casa de enfrente de la suya. La buena mujer le encargó que distribuyera todo lo que tenía entre sus nietos y sobrinos. Santiagón lo hizo, y al final sólo quedó un gran crucifijo de madera de casi metro y medio de altura.

—¿Y qué hacemos con eso? —dijo uno de los herederos a Santiagón señalando el crucifijo.

—Yo creía que tú lo querías.

—No sabría dónde meterlo —dijo el heredero—. Mira a ver qué puedes hacer con él, parece muy antiguo…

Santiagón había visto muy pocos crucifijos en su vida, pero de cualquier manera estaba dispuesto a jurar que aquél era el más feo que había visto nunca. Se lo echó a la espalda y fue de casa en casa, pero nadie lo quería. Así que se lo quiso devolver al heredero, pero éste se lo quitó de encima diciendo:

—Quédate tú con él, yo no quiero saber nada. Si te dan algo por él mejor para ti.

Santiagón dejó el crucifijo en el taller, y en la primera ocasión en que se quedó sin un duro volvió a ir de casa en casa con el crucifijo, a ver si le daban algo por él. Entró en la taberna y lo dejó en una esquina. Al tabernero, que le pedía que le pagase todo lo que le debía, le mintió: Una señora rica me ha dado palabra de comprármelo. En cuanto cobre, te lo pago todo.

Borracho, Santiagón volvió a su casa con el crucifijo a cuestas. Y así, un día tras otro, en que iba de taberna en taberna. Hasta que, viendo que no lo vendía, se puso en camino de peregrinación a Roma con el Cristo a cuestas. Nadie le negaba un poco de pan y de vino. En un pueblo celebraban un banquete de bodas, y Santiagón se coló y se puso ciego de vino. Cuando empezó a despertar de la borrachera, salió a los caminos con el crucifijo a cuestas. Pero empezó a caer una nevada tremenda y, cuando se quiso dar cuenta, no sabía dónde estaba, se había perdido. Miró al Cristo, apoyado en una roca, y le dijo:

En menudo lío os he metido, y estáis todo desnudo, con la que está cayendo…

Se quitó el pañuelo del cuello y limpió la nieve que caía sobre el crucifijo. Luego, se quitó su tabardo y se lo puso al Cristo.

A la mañana siguiente encontraron a Santiagón, que dormía el sueño eterno, acurrucado a los pies de Cristo. Y la gente no entendía cómo era que Santiagón se había quitado su tabardo para cubrir al crucificado. El viejo cura de la aldea se estuvo largo rato mirando aquella estampa, luego hizo sepultar a Santiagón y mandó grabar sobre una piedra estas palabras: Aquí yace un cristiano y no sabemos su nombre, pero Dios lo sabe, porque está escrito en el libro de los bienaventurados…

Al comienzo, el Cristo —el más horroroso crucifijo del universo— es para Santiagón sólo un objeto inesperado y molesto. Luego, poco a poco, se va convirtiendo en Alguien, en una persona concreta y viva, con la que se riñe, y a la que se le acaba poniendo el propio abrigo. Al final, Cristo no es sólo un amigo, es un hermano al que ayudar, defender y amar. Buen asunto para vivir este mes.

Señor, quiero tratarte como Santiagón, redescubrirte cada día. San José de Calasanz, ruega por nosotros.

Comenta ahora con Dios acerca de lo leído, o de lo que te ocupe la cabeza estos días. Termina, después, con la oración final.

08-24

San Bartolomé, Apóstol. Siglo I.

El día que este santo se encontró con Jesús fue para toda su vida una fecha memorable. Para él la santidad se basa en dedicar la vida a amar a Dios, hacer conocer a Jesucristo, propagar su santa religión y en tener una constante caridad con los demás y tratar de hacer a todos el mayor bien posible.

Ventanas al infinito

Un Dios sin misterios no puede ser Dios. Necesariamente deberá presentar realidades —referentes al mundo, al hombre y a él mismo— que nos sobrepasen. El cristianismo está lleno de misterios: desde el origen del hombre que le da su dignidad, hasta la resurrección de Jesús y la nuestra con él, pasando por tantos otros. El cristiano vive tranquilo con los misterios, vive a gusto con ellos.

Y la razón última radica en el misterio mismo de Dios; Chesterton, en su obra Ortodoxia lo expresa con una imagen formidable:

«La única de todas las cosas creadas que no podemos mirar libremente —se refiere al sol— es al mismo tiempo aquella a cuya luz vemos todas las demás. Como el sol al mediodía, así el misterio de Dios ilumina todas las demás cosas con la claridad de su propia y triunfal invisibilidad. En cambio, el entendimiento que se apoya en sí mismo es comparable a la luz de la luna. Es una claridad sin calor, una luz secundaria, reflejo de un mundo muerto.»

Los misterios se expresan en dogmas, y, por eso, el hombre no puede mirar cara a cara al dogma, no puede penetrarlo con su razón. Sin embargo, sí lo afirma; es más, no sólo lo afirma, sino que lo toma como punto de partida para entender al mundo y entenderse a sí mismo. Continuando con la imagen de Chesterton, el sol del dogma lo tiene a sus espaldas, y su luz ilumina las cosas que el hombre contempla: el hombre se mueve acertadamente entre las cosas y en la vida gracias a cómo se las muestra cuando son iluminadas por la luz del misterio.

Los dogmas no son murallas que nos impiden ver, sino, muy al contrario, ventanas abiertas al infinito.

Por eso, ante el misterio, ante lo que no se capta con la razón, la actitud correcta del corazón cristiano será aquella que pasa de decir «“Yo no creo esto… ¡Demuéstramelo!” a decir: “Señor, no entiendo esto. Enséñame.”»

Hoy celebramos al apóstol san Bartolomé. Dice la tradición que predicó el evangelio en la India. Era amigo de Felipe. Cuando este le invitó a conocer a Jesús, al verle, le dijo: «Ahí tenéis a un israelita de verdad, en quien no hay engaño.» Bartolomé le contestó: «¿De qué me conoces?» Jesús le responde: «Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi.» Bartolomé respondió: «Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel.» Jesús le contestó: «¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores. Yo os aseguro: veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Juan 1, 45-51). ¿No te parece un buen ejemplo de alguien que se deja iluminar por el misterio? ¡Qué error confundir lo absurdo y el misterio!: Dios es misterioso, pero no absurdo.

Enséñame, Señor, a confiar en ti. No tengo que entenderte completamente. O mejor, tengo que no entenderte, porque si cupieses en mi cabeza… no serías Dios. Creo, y te pido por los que no creen. Amo, y te pido por los que no aman. Espero, y te pido por los que no esperan. Gracias por haberme cuidado tanto, gracias por contarnos los misterios. ¡Qué cómodo vivo entre misterios, Señor! San Bartolomé, ruega por todos nosotros, y por todos los que niegan a Dios porque no aceptan la grandeza de su misterio.

Puedes seguir comentando con Jesús éstas u otras cosas tuyas.

08-23

Santa Rosa de Lima, Primera Santa de América. Siglo XVII.

Es la primera mujer declarada santa de todo el continente americano. Con 20 años encontró su camino y empezó a imitar a Santa Catalina de Siena. En los países latinoamericanos se celebra el 30 de agosto, mientras que en España se recuerda tal día como hoy, día de su fallecimiento.

Muchos amigos…

Advertía Confucio: «Existen tipos de amistad buenos y tipos de amistad que perjudican. La amistad con los sinceros, la amistad con los hombres leales y la amistad con los hombres sabios y buenos son amistades que benefician; la amistad con los mentirosos y falsos, la amistad con los aduladores y la amistad con los charlatanes son amistades perjudiciales.»

Amar es desear el bien. Que busquemos el bien del otro, no el propio. Buscar mi bien antes que el del otro adultera la amistad. ¡Qué gusto da escuchar de Jesús: «a vosotros os llamo amigos»! Ojalá nosotros podamos llamar «amigos» a muchos porque deseamos el bien a muchos.

Kant es un filósofo difícil. En uno de sus libros pone un expresivo ejemplo que nos sirve. Habla de Alcestes y de Adrasto. Los dos aman a sus mujeres, pero por motivos distintos:

 Alcestes dice:

«Amo a mi mujer, porque es bella, cariñosa y discreta.»

Ante esta afirmación, comenta Kant:

«¡Cómo! ¿Y si desfigurada por la enfermedad, agriada por la vejez y pasado el primer encanto dejase de parecerte tan amable? Cuando el fundamento ha desaparecido, ¿qué puede resultar de la inclinación?»

Entonces, aparece el segundo personaje:

«En cambio el benévolo y sesudo Adrasto pensaba así:

“Tengo que tratar a esta persona con amor y respeto porque es mi mujer.”

Y concluye Kant con esta valoración:

«Tal manera de pensar es noble y magnánima.»

Alcestes la ama porque le gusta su mujer, Adrasto la ama porque es su mujer.

Este mes es fácil que nos encontremos con viejos conocidos. Que a todos deseemos el bien, que hagamos muchos amigos, que hagamos el tipo de amistades buenas, que tengamos el estilo de amistad de Jesús, que nos enseñó que no hay mejor amigo que aquel que da la vida por sus amigos. Ojalá este mes les demos lo que toca: la entrega y el esfuerzo para dedicarles nuestro tiempo y para ayudarles a hacer el bien.

Alexis Carrel, científico agnóstico que se convirtió en el santuario de Lourdes, afirmaba: «La ley de la caridad es la ley de la felicidad.» Y como Dios nos quiere felices, por eso mismo nos pide este mandamiento: «Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo.» El incrédulo puede decir que amar es costoso, difícil, utópico; pero nunca podrá decir que es malo, sino que es bueno aunque él no lo cumpla. Nosotros podemos cumplirlo, pues cada vez que comulgamos, el mejor de los Amigos nos transforma un poco más y nos enseña a ser amigos.

Dicen que en la vida uno encuentra pocos amigos, dos o tres como mucho… Yo sé que los cristianos conquistamos y ganamos muchos más; sí, amigos de verdad. Si nos dejamos enseñar por Cristo, seremos verdaderamente amigos de tantos…

Quiero dar mi vida por los amigos, Señor. Necesito tu fuerza, necesito que me transformes. Que no me busque a mí mismo en mis amigos, que les deje ser como son, que me alegre con sus alegrías, que llore con quienes lloran…

Comenta con el Señor si eres buen amigo, si son muchos o pocos, si les quieres más o menos, si les deseas el bien y te comprometes por ellos… Puedes decirle que te enseñe a ser buen amigo, y que en cada comunión te dé una lección y te transforme.