04-04

San Benito de Palermo, Religioso Franciscano. Siglo XVI.

De padres cristianos descendientes de esclavos negros, se lo conocía como “el santo moro”. Perteneció a una comunidad de ermitaños que vivía bajo la Regla de San Francisco. Es el protector de los pueblos negros.

José Kentenich: Prisionero 29.392

El joven sacerdote José Kentenich fue detenido durante la II Guerra Mundial, y trasladado a Dachau, uno de los campos de concentración alemanes. Unos pocos años antes había fundado el movimiento Schönstatt.

Con ocasión del ingreso en el campo de concentración, cuyas formalidades llevaban varias horas, recuerda uno de los prisioneros: «Fui testigo de cómo ambos sacerdotes, uno de ellos el Padre Kentenich, fueron saturados de mofas y burlas por los de la SS. Un jefe, creyendo oportuno “ablandar” al recién llegado —que demostraba mucha tranquilidad y firmeza—, comenzó a gritarle groseramente haciéndole toda clase de preguntas. El Padre Kentenich lo miraba con tranquilidad y sonreía cordialmente, pero no le contestaba. El militar se enfureció más todavía, haciendo ademán de pegarle. Pero no llegó a hacerlo. Días más tarde, ambos volvieron a encontrarse en la oficina en la que se registraban los datos personales. El jefe lo reconoció enseguida, y dio una orden:

»—¡Eh, que el prisionero limpie la bicicleta! —le dijo. El Padre Kentenich respondió:

»—Sí, lo voy a hacer, pero no porque deba hacerlo, sino porque como hombre libre quiero brindarle este servicio.

»—No, usted necesita hacer eso —contestó finalmente el jefe .»

Mientras escribía sus datos personales, el Padre Kentenich le preguntó por qué el día anterior le había gritado tanto. El oficial de la SS estaba desconcertado por su comportamiento, por la paz con que reaccionaba el joven sacerdote. Le contestó que sus gritos e insultos no tenían más objetivo que el de inculcarle miedo. A continuación pidió al Padre Kentenich que lo acompañara a su habitación, donde le contó en secreto asuntos muy personales de su vida.

El joven Kentenich vivía lo que los cristianos recordamos que nos dijo Jesús: «No tengáis miedo de los que matan el cuerpo, pero no pueden tocar vuestra alma» (Mt 10, 28).

Ya conocía este suceso de la vida del Padre Kentenich cuando encontré en uno de sus libros estas palabras: decía que nosotros no debemos parar hasta alcanzar un ideal, «o al menos hasta habernos acercado bastante a él. ¿A qué ideal? Hacer que todo en nuestra vida sea sencillo y simple. Tener una mirada transida de alegría y de calidez…». Ya se ve que antes de escribirlo, lo había practicado.

En el campo de concentración, durante una temporada en la que no llegaban alimentos, cientos de prisioneros murieron. Su extremo debilitamiento los hacía propensos a contraer epidemias o enfermedades. «Los primeros síntomas del tifus aparecieron también en mí», escribía el Padre Kentenich más tarde, «pero en última instancia, las cosas siempre salieron bien. Al final yo también me había convertido en un esqueleto». Sin embargo, de lo poco que tenía para comer, daba siempre a los demás.

En medio de estos padecimientos inhumanos, seguía con su ideal: sencillo y simple, mirada alegre y cálida. Desplegó una intensa actividad espiritual. «En este tiempo —recuerda—, tuve una gran capacidad de concentración, siempre estuve anímicamente fresco. A pesar de la debilidad física y el estar cercano a morir de hambre, yo poseía una extraordinaria lucidez espiritual. Constantemente dictaba cursos e invitaba a los presos a reunirse en el pabellón.»

Quiero, Señor, vivir llevado por tu Espíritu. No quiero parar hasta alcanzar este ideal, o hasta quedarme muy cerca: que todo lo que haga lo haga de modo sencillo y simple, sin complicaciones… Sean mis circunstancias las que sean, que no pierda una mirada alegre y cálida hacia los demás. Así sea.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.

04-03

San Ricardo de Chichester, Obispo. Siglo XIII.

De origen campesino, es contrario a los lujos de los nobles y poderosos. Formado entre Oxford y Bolonia, es nombrado obispo de Chichester por el arzobispo de Canterbury, pero sin el beneplácito de Ricardo III, que no le permite entrar al palacio episcopal.

Sonriendo ya somos Apóstoles

Un periodista le preguntaba a Benedicto XVI: «Entonces, ¿Dios se muestra siempre lleno de respeto o también manifiesta humor?» Y contestaba: «Personalmente creo que tiene un gran sentido del humor. A veces le da a uno un empellón y le dice: “¡No te des tanta importancia!” En realidad, el humor es un componente de la alegría de la creación.»

La creación es un formidable canto de alegría: luz y color, formas y dimensiones, semejanzas y desemejanzas… No ha hecho el mundo un Dios aburrido. Y los hijos de Dios, que nos queremos parecer a él, somos alegres.

Una pregunta de un catecismo que estudié de pequeño se formulaba así: «¿Por qué los cristianos estamos siempre alegres?» Y la contestación: «Los cristianos siempre estamos alegres porque Jesús ha resucitado.»

¿Por qué, a veces, tenemos cara de haba? El gran apostolado cristiano empieza por mostrar y contagiar alegría. Sólo con eso ya hacemos mucho, y el mundo necesita que se la mostremos. Ir con cara alegre por la calle, estar sonrientes, estar de buen humor.

El himno de la alegría, en la novena sinfonía de Beethoven, dice: «Si en tu camino sólo existe la tristeza/ y el llanto amargo / de la soledad completa/ ven, canta,/ sueña cantando,/ vive soñando el nuevo sol/ en que los hombres/ volverán a ser hermanos. / Si es que no encuentras/ la alegría en esta tierra/ búscala, hermano, más allá/ de las estrellas.»

Recuerdo un compañero al que llamábamos «neutrón»: ¡era tan negativo con todo…!

Pero lo interesante es que aprendamos, como sugiere Benedicto XVI, a descubrir el humor de Dios. Aquella contestación continuaba así: «En muchas cuestiones de nuestra vida se nota que Dios también nos quiere impulsar a ser un poco más ligeros; a percibir la alegría; a descender de nuestro pedestal y a no olvidar el gusto por lo divertido.»

Dios, en lo ordinario, con frecuencia se tiene que reír al vernos. Ojalá entremos en su sentido del humor cuando nos invita a reírnos de nosotros mismos. Repasa estos últimos días, a ver si eres capaz de descubrirlo en algún hecho.

Estrenaba mis primeros meses de sacerdocio. Una de las primeras correcciones que recibí venía de boca de una señora que frecuentaba la iglesia en la que yo confesaba varias horas por las mañanas.

«—Oiga, en el confesionario no se ría.

»—¿Por qué? —le pregunté desconcertado.

»—Porque en la Confesión yo tengo que ver en usted a Dios, ¿y cómo voy a verle si usted se ríe?»

Aquella conversación se me quedó grabada. No le contesté nada; sencillamente le di las gracias. Pero me dio mucha pena, pues quizá, en ocasiones, hayamos podido transmitir la imagen de un Dios serio y antipático, de fácil enfado y siempre triste… y hayamos dado una imagen equivocada de Dios.

«Nadie es más joven que Dios», afirmaba san Agustín. Y es verdad en todas las connotaciones positivas que acompañan a la juventud. Nadie es más positivo y alegre que Dios; nadie es más entusiasta y cariñoso que Dios; nadie es más tierno y sonriente que Dios…

Jesucristo, que es Dios hecho vida humana, trasluce un buen humor enorme y simpático en el Evangelio, que bien merece ser tratado en otro libro que se titule: Las sonrisas de Cristo.

Muy bien lo han entendido los santos, como Teresa de Jesús cuando dice: «Está el alma como un niño que aún mama, cuando está a los pechos de su madre, y ella, sin que él paladee, le echa la leche en la boca para regalarle.»

Si todo esto es verdad, debemos esforzarnos por aprender a jugar con Dios Padre, aprender a captar su humor… para entendernos y gozar con él.

Señor, quiero aprender a jugar contigo, a descubrir tu humor. Ayúdame a descubrirte en lo que me pasa, y a no olvidar nunca que tú gozas jugando con nosotros. Quiero estar alegre siempre, y transmitir al mundo tu alegría.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, y quizá comentarle que te gustaría tener una sonrisa de oreja a oreja todo el día, y por qué no es así.

04-01

San Celso, Arzobispo. Siglo XII.

De Armagh, asumió la sede siendo laico. Le tocó vivir una época agitada con múltiples conflictos entre los príncipes irlandeses, siendo asistido por San Malaquías. Reconstruyó la catedral de Armagh.

Recalculando

Me regalaron un GPS de la primera generación. No evitó que me perdiese cantidad de veces por Madrid, pero, en cierto modo, sí me enseñó a vivir. Introducía en el aparato la dirección a la que me dirigía; el, con la obediencia de la máquina, enseguida me hacía una ruta y, con su mecánica voz femenina, empezaba a darme indicaciones. pero siempre, ¡siempre!, cuando me encontraba a mitad de itinerario, decía la señorita: Pérdida de satélites. Recalculando.

El GPS dejé de usarlo, pero su enseñanza continúa siéndome útil. Recalculando. Todos los días debemos recalcular nuestro itinerario. Los hombres tenemos una facilidad mayor que la de mi GPS de perder los satélites que nos dan las coordenadas de nuestra vida. ¿Por qué hago las cosas? ¿Qué es lo que busco en mi trabajo? ¿Cómo veo a las personas con las que trabajo? ¿Cómo miro a los de mi familia? ¿Qué es lo que me mueve? ¿Qué me pone nervioso, qué me enfada y por qué? ¿por qué tengo miedo, por qué acumulo tensiones, por qué me siento inseguro? Con facilidad perdemos los satélites, nos despistamos. En lugar de dirigirnos a amar a Dios, a verle y descubrirle en todo, en lugar de querer a los demás y vivir para servirles… resulta que el yo dictador toma la voz cantante y nos extraviamos.

Los satélites del cristiano son esas realidades que están siempre ahí, y que pueden indicarnos en cada acción, cada día, el modo de llegar a donde queremos llegar. Verdades como que Dios es mi Padre, que me quiere, que me espera, que está junto a mí y en mí en cada momento, que Jesús ha resucitado, vive y actúa, me ama y acompaña, que ha vencido y con él soy vencedor, que cada prójimo es hijo de Dios y merece todo de mí… son las verdades que me deben dar continuamente la dirección correcta. Pero tendemos a olvidarlo.

Recalculando. Qué importante que es que todos los días volvamos a conectar con nuestros satélites y volvamos a calcular nuestra ruta. Necesitamos momentos concretos para recalcular, no vaya a ser que satélites no cristianos sean los que nos dirijan. Propongo tres momentos fijos para todos los días: nada más levantarnos, hacer un ofrecimiento de obras a Dios, cuando nos acostamos un brevísimo examen de conciencia, a lo largo del día una visita a un sagrario.

En el ofrecimiento de obras tomamos contacto con los satélites: le decimos, con las palabras que queramos, que gracias por ese día que nos da, que queremos vivirlo con él, y que querríamos hacer todo lo que él espera que hagamos: «Todo el bien que pueda hacer hoy, con tu ayuda, Señor, quiero realizarlo.»

En el examen de conciencia repasamos el día para ver por dónde se nos ha ido, qué bien hemos dejado de hacer. Le agradecemos lo bueno, le pedimos perdón por lo malo, le pedimos ayuda para hacer mejor tal cosa concreta el día de mañana.

Ir todos los días a un sagrario, aunque sea un par de minutos, nos recuerda a Jesucristo resucitado y vivo, a quien visitamos y con quien nos relacionamos de tú a tú. Y él nos dirá.

Gracias, Cristo resucitado. Que no separe mi vida de la verdad de tu resurrección. Me gustaría vivir, y vivir bien, esos tres momentos diarios en los que contigo recalcularé el camino para llegar al fin de mi vida, que es vivir la vida eterna que tú nos has ganado.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole cómo concretar tus momentos para recalcular o lo que quieras.

03-31

Beata Juana de Toulouse. Siglo XIII.

Fue admitida en la orden de los Hermanos Carmelitas de Palestina establecidos en Toulouse tan sólo 25 años antes, en 1240. Fue venerada como la fundadora de las Terciarias y ayudaba a pobres y enfermos.

Cristina y «Todo lo puedo en Cristo Jesús»

«… me gustaría referiros brevemente una anécdota sobre una de mis sobrinas, hija de madre atea y padre musulmán, divorciados, que este año pidió el bautismo y la comunión a los 13 años, gracias a su contacto con las religiosas del colegio en el que estudia —decía Cristina López Schlichting en una conferencia—. Las dos fuimos al Retiro madrileño, a conversar. Anduve en silencio un buen rato, rezando y pensando, porque no sabía cómo explicarle lo que iba a ocurrir en la ceremonia, su significado profundo. Le pregunté qué deseaba en la vida. «La paz del mundo», dijo.

»—Está bien —contesté—, soñemos que Dios nos la concede y se acaban todas las guerras. ¿Qué más desearías?

»—Que no hubiese hambre —contestó de inmediato muy bien aleccionada.

»—Muy bien —seguí—, imaginemos que el Señor también nos lo concede y que el mundo queda ahíto y en paz. ¿Qué desearías?

»Entonces vaciló un instante, sonrió por primera vez y afirmó sin dudarlo: “¡Que un chico me quisiera!”.

»Sólo en ese momento respiré. Habíamos llegado al nivel de las necesidades primarias, al deseo de esta chica de ser amada. No es que lo demás no fuese justo y bueno, es que era, sencillamente, abstracto. A partir de ahí me resultó fácil anunciarle que había sido elegida, de forma ciertamente azarosa y arbitraria, para ser infinitamente amada, y que la preferencia que Cristo Jesús expresaba por su persona se traduciría en una vida más plena, con más posibilidades, parecida a la de sus tíos. Había sido elegida para ser feliz, esto es, para ser santa.»

Así es: sólo podemos descubrir lo que es ser cristiano cuando reconocemos que queremos ser queridos, que necesitamos que alguien nos ame. Ser cristiano es saber que Jesús me ama.

La conferencia continuaba así: «En la vida de todo cristiano hay un antes y un después del encuentro con Cristo, un antes y un después de un suceso, un acontecimiento que cambia la vida. Pensemos en la samaritana, que estaba en su fuente, la de todos los días, cuando pasa ese hombre peculiar y le pide agua. No debía de ser una mojigata ni una ñoña, porque llevaba cinco maridos en la cuenta y vivía con un hombre con el que no estaba casada, pero Aquél le habla de tal modo, de tal manera la mira, que ella empieza a hablar con Él de su vida. “No tengo marido”, le confiesa al desconocido, “Dame de esa agua que dices, para que no tenga más sed”, le pide. ¿Cómo es posible que una adúltera hable como una niña virgen? Pues ocurrió. Por eso hubo un antes y un después en la vida de aquella mujer, que salió corriendo a contárselo a todo el mundo.

»Los evangelios están llenos de este tipo de encuentros. Mirad a Zaqueo, el publicano, al que todos despreciaban porque se enriquecía a costa de su pueblo, un ladrón. Zaqueo es pequeño y trepa a un sicomoro para ver a ése que pasa, ha oído hablar de él y tiene curiosidad. Y Jesús pasa por debajo y dice: “Esta noche ceno en tu casa.” Así, gratuitamente, sin mérito alguno por su parte, Jesús lo elige entre otros muchos, probablemente más justos y más puros, otros que cumplían sus deberes y daban limosnas, que ayudaban a los pobres y a las viudas. Elige a Zaqueo y en ese momento la vida de Zaqueo cambia. No porque “se haga bueno”, sino porque todo lo que tenía adquiere de repente otro significado, el dinero, la relación con los demás, su vida entera queda cambiada cuando conoce a este Hombre y decide que no puede vivir un día más sin volver a escuchar su voz.

»Magdalena, Pedro, Zaqueo, la samaritana, eran gente poco recomendable. Y sus defectos ni siquiera quedaron borrados del todo por el contacto con el Señor, de hecho Pedro lo niega cuando Jesús más lo necesitaba, porque seguía siendo cobarde y mentiroso. Pero habían visto y tocado algo que los demás hombres, los piadosos y justos, no habían visto y tocado, por eso pueden decir: “Señor, sin ti ¿adónde iremos? Nadie más tiene palabras de vida eterna.” Por eso son santos.

»(…) Cuando más pasa el tiempo, a medida que transcurre la vida y adviene la madurez, más consciente soy de mi fragilidad ética y física. Y esto no es malo. Necesito ver lo que soy, reconocer los límites de mi humanidad, precisamente para poder pedir y experimentar qué es Su gracia, cómo es Él. Para saber que no son mis fuerzas las que me sostienen, para saborear el milagro. Es la única forma de afrontar la vida con esperanza. En medio de las dificultades y los sinsabores, uno puede decir con certeza: “Todo lo puedo en Cristo Jesús .”»

Jesús, tú has resucitado. Por eso digo, sí, que «todo lo puedo en Cristo Jesús». Ser santo no es algo que esté en mi mano, pero que tú me hagas santo sí está en la tuya. No renuncio, sino todo lo contrario; deseo firmemente ser santo, que tú me santifiques. Quiero tener la relación personal contigo, como la tuvieron Magdalena, Pedro, Zaqueo y tantos otros. Que no olvide que ser cristiano es, fundamentalmente, aceptarte, recibir el don que nos quieres dar y vivir contigo.

Ojalá hayas tenido tu experiencia como Magdalena, Zaqueo… Coméntala con él, y si todavía no la has tenido, grítale que lo deseas…

03-30

San Leonardo Murialdo, Presbítero y Fundador. 1828-1900.

En Turín, Italia, fundó la Pía Sociedad de San José, para educar en la fe y la caridad cristianas a los niños abandonados.

El cristiano crece recordando

Escribe santa Catalina de Siena: «No avanzar es retroceder, pues el alma no puede jamás estar quieta. Y ¿cómo podremos nosotros, muy queridos hijos, aumentar el fuego en el santo deseo? Poniendo la leña sobre el fuego. Pero ¿qué fuego? El recuerdo de los numerosos e infinitos favores de Dios, que son innumerables, y sobre todo el recuerdo de la sangre vertida por el Verbo, su Hijo único, para mostrarnos a nosotros el amor inefable que Dios nos tiene; recordando este favor y tantos otros, veremos aumentar nuestro amor» (Kephas I, págs. 23-24).

Tres veces aparece la palabra «recuerdo» en las pocas líneas de la santa. Se ve que ella tiene muy claro que lo primero es lo primero, y es preciso recordarlo; para avanzar, es decir, para andar hacia delante en el trato con Dios, lo primero es recordar que soy amado de Dios, recordar lo que su amor ha hecho y hace por mí.

«Recordar» viene de la palabra latina «cor», que significa «corazón». «Re-cordar» significa, por tanto, volver a pasar algo por el corazón. Y dice santa Catalina que el fuego de nuestra relación con el Señor se alimenta con el recuerdo de sus acciones: es decir, porque volvemos a pasar por nuestro corazón lo que él ha hecho, y ha hecho por nosotros. Se trata de tener siempre fresco lo que él ha hecho y hace por mi persona: ésa es la leña, lo que alimenta el fuego en el santo deseo.

Lo que busca el cristiano, lo primero y más importante, no es el deseo de ser buenas personas. Para ser buena persona no es imprescindible el cristianismo. La motivación auténticamente cristiana no es un deseo sin más, sino un «santo deseo» —como lo llama santa Catalina—: el de responderle porque soy amado de Dios, y lo sé y lo recuerdo. Soy amado y, como respuesta, porque él me quiere, porque le gustará, porque se lo merece… yo voy a hacer esto.

Quizá no lo sienta, pero sé que es verdad que él me quiere: y lo que quiero es obrar como amado suyo, porque él lo merece y quiero que —como dice el salmista— mi delicia sea cumplir sus mandamientos (Sal 119), porque sé que quien siga el buen camino verá la salvación de Dios (Sal 50).

Es algo bien natural. Cuando vemos fotos antiguas con la familia, vídeos de un viaje con amigos, fotografías de una celebración… el recuerdo de esos momentos nos une a los demás al volver a pasarlos por el corazón: despiertan el corazón y nos unen más. El cristiano, por eso, también recuerda… y disfruta recordando.

Señor, que eche leña al fuego de mi relación contigo. Esa leña es recordar. Cada crucifijo que veo, cada sagrario por el que paso, cada misa a la que asisto, cada día que veo salir el sol, cada vez que veo algo bello que has creado… puedo recordar lo que tú has hecho por mí. Que no me acostumbre, que lo vuelva a pasar por el corazón.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras, y pierde un rato recordando…

03-29

San Marcos de Aretusa, Obispo. Siglo IV.

Obispo en Aretusa, en Siria, que durante la controversia arriana no se desvió lo más mínimo de la fe ortodoxa y, bajo el emperador Juliano el Apóstata, fue perseguido.

¡Qué peñazo… otra vez Navidad!

Una conocida película de Walt Disney tiene por protagonistas a tres patitos. Con ilusión viven los preparativos de la Navidad. Por fin llega el esperado día; cada detalle es motivo para que disfruten «como niños». Cuando llega la noche, con la desilusión del goloso que ve acercarse el final de su pastel, se entristecen y, ya metidos en la cama, comentan compungidos lo maravillosa que sería la vida si todos los días fuesen Navidad. Su sorpresa es grande la mañana siguiente: su deseo se ha realizado: ¡de nuevo es Navidad! La siguiente mañana, lo mismo. Y la siguiente, la siguiente y la siguiente a la siguiente… Disfrutan y disfrutan un día y otro. Pero no hacen falta muchos más para encontrar a los pequeños patitos en uno de esos tediosos despertares: sentados al pie de sus camas, con cara de aburrimiento, ven horrorizados que de nuevo les espera otro día de Navidad:

¡Oh, qué peñazo… otra vez Navidad!

Era de suponer. Es que ser Reina por un día… a cualquiera puede gustarle; serlo todos los días… es otro cantar. Si imaginamos cómo viviríamos un solo día de nuestra vida, si solo fuese uno… Seguramente valoraríamos cada detalle. Tener manos no es ninguna tontería; y el matutino café con leche calentito, que se toma charlando con la mujer o con el amigo; y ese árbol; y el beso de un hijo o de un padre, y…

Tengo la suerte de conservar la entrevista que hicieron en la radio a Javier Mahillo —de estudiantes, éramos compañeros en la Facultad de Filosofía—, padre de cuatro niños. La entrevista se la hacen a propósito del cáncer que padecía: los médicos le dieron seis meses de vida, y se cumplió el pronóstico. Es el testimonio de alguien que redescubre el valor de lo dado:

«Sí, pero cuando no tienes la cuenta del tiempo que te queda, se te va más; o sea, un estudiante que dice: “Bueno… el examen será un día del mes, no sé cuándo; bueno, pues ya iremos estudiando…” Pero cuando dicen: “es pasado mañana”, ya controla el tiempo y dice: “me quedan dos mañanas y dos tardes, y tantas horas, y tal”; y entonces aprovecha más.

»Como a mí el tiempo ya me escasea, lo estoy aprovechando más que antes —también porque me he quitado el dolor, ¡desde luego!—, pero lo estoy disfrutando porque… no sabes, Víctor, la diferencia entre vivir pensando que la vida es muy larga —vete a saber qué es lo que me pasará, vete ahorrando para el futuro…—, y vivir sabiendo que me quedan seis meses, y que tengo ya un pie en el cielo, y que tengo un billete ya y que está a mi nombre y que no lo voy a cambiar con nadie. (…)

»Disfruto de la primavera tan bonita que tenemos en Mallorca. Y después el café con leche, y la tostada de mantequilla, y disfruto de mis hijos como nunca he disfrutado.

»—¿Las cosas cotidianas adquieren un nuevo sentido? —pregunta el periodista.

»—Una maravilla; si echáramos cuenta, al cabo del día descubriríamos que hay cincuenta, sesenta, ochenta ocasiones en las que es para decir: ¡Qué gustazo!, ¡qué bien me lo estoy pasando! Lo que pasa es que normalmente las dejamos pasar, porque nos quedamos solamente en lo malo: “es que luego tengo una reunión, es que mañana tengo un examen, es que mi hijo no sé qué…”, y entonces lo malo nos oculta lo bueno. Pero momentos buenos del día… ¡tenemos cincuentamil!»

Acostumbrarnos a lo normal, a lo que es habitual, equivale a maltratarlo.

La enorme capacidad de acostumbramiento que tenemos los hombres adormece el amor. Ante algo que se nos da —pongamos por caso un desayuno, un beso o un saludo, el de esta mañana—, es posible reaccionar pensando: «Es lo que tenía que hacer; ¿qué tiene de especial, si está obligado a comportarse así?; era lo que yo esperaba, pues es lo habitual entre nosotros; ¡sólo faltaba que no me diese un beso…!» Pero también se puede reaccionar de esta otra forma: «¡Qué buena persona, que me ha dado esto! ¡Cuánto me quiere! Pudiendo haber estado en otra cosa, me ha tenido presente… No tenía por qué prepararme el desayuno, pero lo ha hecho porque le ha dado la gana…» Es muy distinto ver las cosas de un modo u otro. La primera reacción deforma, es injusta y nos hace difícil amar; trivializa el don e impide el agradecimiento. Es preciso combatirla.

Aunque lo que se nos da sea muy pequeño, no debemos ser indiferentes. Agradecerlo todo. Tenemos que conseguir no caer en la indiferencia. No podemos acostumbrarnos a lo que nos dan, aunque sea pequeño. ¿Cómo?

Dar importancia a lo pequeño. Darnos cuenta de que hay alguien que, libremente, me da eso. Obligarse a recordar, una y otra vez, un día y otro, ante cada una de las realidades y acontecimientos: «Esto me ha sido dado libremente.»

Ése es el riesgo: olvidarnos de que todo lo hemos recibido. Nos hacemos engreídos y cretinos cuando lo olvidamos.

Gracias, Señor, por todo. Y gracias por el corazón capaz de bondad que has dado a los hombres y mujeres de los que también recibo tanto. Gracias, y no permitas que me haga cretino ni engreído. Gracias por tu resurrección, gracias por la vida nueva que nos das, gracias porque todo nos lo das porque te da la gana, en un acto de tu formidable libertad. Que no me acostumbre a nada. Que disfrute y agradezca las cincuenta mil cosas pequeñas de cada día.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Date cuenta de que te escucha… ¡como sólo él sabe escuchar!

03-28

San Doroteo de Gaza, Asceta. Siglo VI-VII.

En su infancia y adolescencia tenía pánico a los estudios, pero al entrar en el monasterio se entregó de lleno a ellos. Llegó a ser abad y escribió libros ascéticos acerca de la vida monástica.

La leyenda de los siete durmientes de Éfeso

«El emperador dejó la ciudad de Cartago y se retiró a Éfeso, donde ordenó construir en el centro de la ciudad un templo, en el que colocó los ídolos, ordenando al pueblo que los adoraran y les ofrecieran sacrificios. El que no lo hiciera sería ejecutado. Por este motivo, muchos jóvenes fueron crucificados y expuestos en las murallas de Éfeso.

»Decio mandó prender a siete jóvenes, escogiéndolos entre las familias más importantes de Éfeso. Los nombres de estos jóvenes eran: Maximino, Aplico, Diano, Martino, Dionisio, Antonio y Juan. Como no se postraban ante los ídolos, los espías del emperador lo pusieron al corriente del hecho. Decio montó en cólera y ordenó encarcelarlos. Teniendo que marchar a una expedición, el rey los mandó liberar con la idea de tomar una resolución a su vuelta.

»Una vez que marchó de la ciudad, los jóvenes tomaron todo aquello que poseían y se lo entregaron a los pobres. Después se retiraron a un monte escarpado al este de Éfeso. Había una gran caverna y allí se escondieron. Todos los días, por turno, uno de ellos bajaba al pueblo a buscar comida y a recoger noticias. Decio volvió y preguntó por los jóvenes. Le dijeron que estaban en el monte en una cueva. Ordenó obstruir la entrada para que murieran. Pero Dios envió a los jóvenes un sueño profundo y se durmieron. Parecían muertos. Pusieron sellos de plomo y cerraron la puerta de la cueva.

»Trescientos setenta años después, en el octavo año del reinado del emperador Teodosio el Grande, reaparecieron los jóvenes. Los pastores de aquella zona, con el transcurso del tiempo, habían ido removiendo los ladrillos que tapaban la boca de la cueva hasta lograr una abertura como una puerta. Los jóvenes pensaban que habían dormido sólo una noche, de tal manera que decían:“Ve a comprar comida y tráenos noticias de Decio.”

»El que fue no podía dar crédito a sus ojos. Se los frotaba pensando que estaba soñando al ver en la ciudad una cruz victoriosa. Pensaban que habían extraviado el camino y que ésa no era la ciudad de Éfeso. Tomó una moneda y fue al panadero a buscar el pan. El panadero, al verlo vestido de forma extraña y con una moneda del tiempo de Decio, se turbó y pensó que había encontrado un tesoro. Por eso le dijo: “¿Dónde has encontrado esa moneda?” El joven no respondió, y el panadero llamó a los vecinos. Se juntó mucha gente que le hacía preguntas al joven, pero este no respondió.

»Lo llevaron ante el gobernador de la ciudad, de nombre Antípatro, pero no respondió una palabra, a pesar de las amenazas. Ni siquiera respondió a Marcos, obispo de la ciudad. Le torturaron y, en medio del dolor, dijo: “¿Dónde está el rey Decio?” Le contestaron: “Ha muerto.” Muchos otros han reinado después, y ahora la religión oficial es el cristianismo y nuestro emperador es Teodosio.

»Tranquilizado, contó lo que había sucedido. Fueron a la cueva y encontraron a los compañeros, los sellos y las láminas de plomo escritas por Tadeo, el secretario de Decio. Maravillados, los habitantes de Éfeso escribieron a Teodosio contándole la historia. Teodosio se puso inmediatamente en camino, llegó a Éfeso y habló con ellos. Tres días después, los jóvenes fueron a la cueva y allí les sorprendió la muerte. El emperador Teodosio ordenó darles sepultura en la cueva, construyendo sobre ella una iglesia en su nombre. Y comenzó a celebrarse en su honor todos los años una fiesta. Después, el rey Teodosio marchó a Constantinopla.»

Se trata de una leyenda, no de algo que necesariamente haya ocurrido. Lo he copiado de los anales del Patriarca Eutiquio, de Alejandría. Pero nos habla de una verdad que estaba muy presente en los primeros siglos de la Iglesia: aquellos jóvenes quisieron ser fieles; tuvieron que huir, esconderse y malvivir, pero al final… la victoria es de Jesucristo. Sí, Jesús ha resucitado, ha vencido la muerte, el amor ha vencido el odio, el bien al mal. Aunque a veces nos toque ver derrotas del bien y del amor, derrotas de Jesucristo y su mensaje, sabemos que la victoria final es de Cristo.

Jesús resucitado, que vivamos con una fuerte esperanza. Que no nos ciegue el día a día: que hagamos lo que tenemos que hacer, el bien, y que sepamos esperar.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.

03-27

San Ruperto, Obispo. Siglo VII-VIII.

Siendo originario de la región de Worms, a petición del duque Teodon se dirigió a Baviera y en la ciudad de Salzburgo estuvo al frente como obispo y como abad, y desde allí difundió la fe cristiana.

Lo que hago es lo mismo, pero no es igual

La clave de la felicidad y del sentido no se encuentra en hacer una cosa u otra, sino en la actitud con que se afronta la actividad que a uno «le toca», en el modo de realizarla y de entregarse a ella. Asistir a clase, poner gasolina en una estación de servicio, estar de peluquera o vender pescado… puede ser un trabajo mío —el modo en el que yo sirvo a los demás, el lugar desde el que desarrollo mi creatividad, el medio a través del que yo me hago y me doy…— o puede ser un trabajo ajeno; realizado por mí, sí, pero en el que mi yo está ausente: paso, lo hago de mala gana y sólo de manera obligada, porque no me queda más remedio, arrastrándome y entre quejas.

Quien no sabe mirar recreando vive a la expectativa de lo extraordinario, buscando aquello que se sale de lo habitual: lo de siempre cansa, resulta insípido, no dice nada. Es entonces cuando se tiene la sensación de vivir en un tubo largo y gris —«mi vida es un tubo»— que no ofrece alicientes. El día transcurre dentro de mil obligaciones que se me imponen: tengo que hacer esto, ir a clase o a la oficina, limpiar la casa, comer, un recado… Es importante recrear la realidad. ¿Qué quiere decir recrear? Se recrea cuando uno se entrega gustosa y libremente a lo que hace, cuando se convierte una actividad cualquiera en mi actividad, cuando «lo que tengo que hacer» lo he transformado en mi gozoso privilegio de hoy.

Éste es el motivo por el que cualquier vida —¡cualquiera!— puede ser apasionante, o puede ser insufriblemente aburrida. Solemos decir, con el poeta, que cada cosa adquiere el color del cristal con que se mira; tenemos que aprender a mirar las cosas con el cristal que recrea. Se trata de meterme en las cosas, de poner ilusión, de entregarme a los demás en lo que hago, de hacerlo bien… pensando en los demás y en Dios.

Un ejemplo. Una chica había estado una semana atendiendo niños en una especie de campamento. Lo había pasado francamente bien y estaba contenta y satisfecha. A su vuelta, fue a recogerle a la estación de autobuses su hermano. Cuando alegremente ella le cuenta lo que ha hecho durante esos días, su hermano exclama: «¡Qué pringada!, ¡menudo plan!» La valoración de su hermano le sorprende, pero al pensar fríamente lo que había hecho durante esos siete días, se da cuenta de que realmente tenía razón su hermano: lo que había hecho no era nada del otro mundo, y en realidad ella era una pringada, tan pringada que encima se lo pasaba bien con aquel aburrido plan.

¿Qué había ocurrido? ¿Era ella una infeliz que se emocionaba con cualquier cosa? No. Sencillamente, ella en los días de campamento se había entregado a lo que hacía y a los niños, y esos días —por lo tanto— habían estado cargados de sentido. Ella había establecido una vinculación afectiva con aquello, lo había recreado. Cuando ella se distancia y lo ve fríamente, como lo veía su hermano, aquello dejaba de tener sentido: lo había dejado de ver desde su interior, lo estaba mirando cerrada a la verdad más íntima de lo que había realizado.

Ayúdame, Señor, a darme a los demás y a ti en todo lo que hago. Entonces, todo será distinto aunque lo haga por enésima vez. Si pongo amor y la vida en lo que hago, todo estará lleno de sentido. ¿Cómo me doy en lo que hago? ¿Pongo ilusión en mi trabajo? ¿Y en lo que tengo que hacer en casa? ¿Y en…? Que los cristianos heredemos de ti, Jesús, el rasgo de poner corazón, pasión, ilusión en todo lo que hacemos.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Mira en qué cosas no te entregas, qué cosas haces sin ilusión… y pregúntale cómo cambiar.

03-26

San Braulio de Zaragoza, Obispo. Siglo VII.

Amigo íntimo de san Isidoro, colaboró con él para restaurar la disciplina eclesiástica en toda Hispania. Escribió las Actas de los mártires de Zaragoza y más de 44 cartas, gracias a las cuales pueden llegar a conocerse muchos aspectos de la España visigoda.

Dios habla con hechos

Un chiste. Hubo unas inundaciones. Alarma general. Todo el mundo salió de sus casas pues el agua empantanaba ya la zona, y amenazaba mayor crecida de aguas. Protección Civil y Cruz Roja envían lanchas de salvamento. A la puerta de un caserío se para una de las lanchas, y el aldeano que allí se encuentra les dice: No, no; id a recoger a otros, que a mí la Providencia me salvará. Al cabo de un rato, el agua cubriéndole ya por la cintura, llega otra lancha, y les dice lo mismo: No, no; id a recoger a otros, que a mí la Providencia me salvará. Tuvo suerte, y cuando el agua le llegaba la cuello, otra lancha le ofreció su socorro: No, no; id a recoger a otros, que a mí la Providencia me salvará. No llegó ninguna otra lancha, y el aldeano murió ahogado. Su entrada en el Cielo la hizo entre protestas: san Pedro, yo confiando en la Providencia, y la Providencia… nada, dejó que me ahogara. La respuesta fue inmediata: ¿Cómo que nada…? ¡¡¡Tres lanchas te he enviado!!!

El chiste tendrá más o menos gracia, pero lo que sí tiene es mucha teología. La providencia no consiste en nada raro ni extraordinario, como al parecer pensaba el aldeano del chiste. Cada una de esas tres lanchas era la providencia actuando.

Se equivoca el aldeano al pensar que aquellas lanchas responden exclusivamente a la iniciativa de hombres. Es verdad que Protección Civil y Cruz Roja son los que envían aquellas lanchas. Pero Dios tiene la capacidad de emplear todas las circunstancias y todos los actos humanos libres al servicio de su plan, al servicio de su guión en el que cada uno es protagonista principal.

Dios nos habla con los hechos. Dios nos habla con las circunstancias. Dios nos habla con cada cosa que nos ocurre. Dios nos habla con cada persona que pone a nuestro lado.

Hay una parábola en la que Jesús explica este hecho claramente. Cuando estaba diciendo que hemos de amar al prójimo, uno le pregunta, como queriendo excusarse: ¿Y quién es mi prójimo? (prójimo significa próximo). Y Jesús expone la parábola del buen samaritano: un pobre judío es asaltado por unos ladrones; lo dejan apaleado y medio muerto al borde del camino. Pasan otros dos judíos, que deberían sentirse implicados: un sacerdote y un escriba, y no le hacen ni caso. Pasa por fin un samaritano, que era el menos próximo al apaleado —estaban enemistados los judíos y los samaritanos—, le recoge, le lleva a una posada y le procura todo tipo de cuidados. Y dice Jesús: Haz tú lo mismo (Lucas 10, 25-37). Con esta parábola nos está diciendo: ¿Quién es mi prójimo? El que Dios te pone delante para que le ayudes.

Dios pide a todos los hombres que amemos. Pero a mí me habla poniéndome delante una persona concreta, que quizá me encuentro por casualidad, quizá porque es mi pariente o mi compañero de trabajo, o mi vecino de arriba. Dios me habla con esa persona que pone junto a mí. Dios me pide que actúe poniéndola en unas circunstancias determinadas. Dios me habla en cada cosa que sucede.

Tan convencidos estaban de esto los que convivieron con Jesús que, cuando tienen que elegir otro apóstol que sustituya a Judas, le piden a Dios que lo elija de entre los candidatos. Lo echan a suertes, y le toca a Matías. Después rezan agradeciendo a Dios su elección; pero habían sido unos dados los que designaron a Matías (Hechos 1, 15-26).

Entonces, ¿cómo habla Dios? Dios habla con todo: con los hechos, con las leyes naturales, con las circunstancias, con las «casualidades», con mis limitaciones personales, con la inteligencia que me ha dado, con la conciencia personal…

Pero ¿cómo habla, si es invisible? Es invisible, pero habla a través de todo lo visible; por lo que podríamos decir que el mundo es la boca de Dios, que me habla con cada suceso.

Y ¿cómo habla si se encuentra tan lejano? Es en la intimidad donde habla, pero puedo abrirle la intimidad y encontrarle en ella, o bien puedo tenerla cerrada. Si tengo cerrada la intimidad, entonces sí es verdad que Dios se encuentra muy lejano como para hablarme. Por eso, cuando alguien tiene temor a que Dios pueda pedirle algo en contra de su voluntad, la reacción natural y más eficaz es la de no pensar, no considerar en mi intimidad los hechos, no rezar… porque ése es el modo de poner una distancia enorme entre Él y yo. Por el contrario, quien quiere escucharle… abre su intimidad. Como dice el evangelio que hacía María: «María guardaba todas estas cosas ponderándolas en su corazón» (Lucas 2, 19).

Señor, Dios vivo, enséñame a escucharte. Es rasgo de tu familia cristiana entendernos bien contigo, saber escucharte y verte en todo. Enséñame, Señor. Quiero estar pendiente de tu boca.

Sigue hablando con él, y trata de convencerle de que te ayude a verle en todo… Puedes repasar algunos hechos recientes en los que quizá estaba él hablándote y no lo habías descubierto.