03-05

San Cristóbal Macassoli de Milán, Presbítero franciscano. 1400-1485.

En Vigevano, en Lombardía, beato Cristóbal Macassoli, presbítero de la Orden de Hermanos Menores, insigne por su predicación y su caridad para con los pobres.

Te quiero de día, te quiero de noche

«Durante el día, Señor, contemplo tu misericordia. Durante la noche, tu fidelidad», dice el salmista. Y es una oración bastante interesante.

A la luz del día, las cosas se nos muestran claras, iluminadas. A los hijos de Dios, cuando vemos cada cosa en su lugar, nos cuadra todo en la vida, el camino nos parece claro y el sol nos calienta; cuando todo nos sonríe, es fácil considerar la misericordia de Dios. ¡Qué claro se nos presenta lo bueno que es Dios, y cómo le descubrimos en sus criaturas y en lo que nos ocurre!

La segunda parte es un buen complemento: «Durante la noche, contemplo tu fidelidad». ¡Claro! En la oscuridad, en los momentos en los que no vemos nada y lo que tenemos delante se convierte en obstáculo con el que tropezamos, cuando el camino es oscuro y cada paso lo damos con inseguridad… entonces es el momento de recordar la fidelidad de Dios. Aunque no vea nada, el hijo de Dios sabe que su Padre del Cielo es fiel, y que está a su lado, y confía en él. Es el momento de contemplar —es decir, de considerar tranquilamente— su fidelidad.

Dios mío, te lo repito ahora con el salmista, y en los momentos difíciles te lo volveré a decir: «Durante el día, Señor, contemplo tu misericordia. Durante la noche, tu fidelidad.»

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído, o de lo que quieras, o de la cuaresma que ya va acabando. ¿Piensas en la fidelidad de Dios, en que él nunca falla… aunque a veces dé la impresión de que se ha olvidado de ti? Es bueno agarrarnos a su misericordia, pero también lo es que nos agarremos a su fidelidad. ¿Lo haces? Coméntalo con él.

03-04

San Casimiro. 1458-1484.

Hijo del rey de Polonia, su gran trabajo apostólico fue extender la Religión Católica por Polonia y Lituania. La tuberculosis terminó con su vida con sólo 26 años.

¡Abuela, cállese!

Decía en cierta ocasión Teresa de Calcuta:

«A los ancianos les gusta que otros les escuchen. En algunos países tenemos grupos de colaboradores cuya principal ocupación es escuchar.

»Visitan determinados hogares, especialmente destinados a personas mayores, se sientan junto a ellos y dejan que hablen y hablen para darles la satisfacción de sentirse escuchados.

»Los ancianos, ya digo, gustan de que se les escuche aunque muchas veces no tengan nada importante que decir (importante para los demás, está claro; no para ellos): hablan a veces de cosas ocurridas hace mucho tiempo.

»Escuchar a alguien que no tiene quien le escuche es algo muy hermoso.»

Así es: el cristiano escucha, y escucha con toda su alma, escucha con el corazón, escucha con los ojos, escucha con todo el cuerpo… Y es que «para hablar de veras hay que mirar a los ojos del interlocutor».

Leía en una entrevista algo que me llamó la atención y confirma esto. La psicoanalista búlgara Julia Kristeva acompañó como periodista al octogenario papa Juan Pablo II cuando éste visitó su país durante el verano del 2002. «Que el hombre de carne y hueso esté extremadamente debilitado no debe hacernos olvidar —escribía a su vuelta— que el papa Juan Pablo II posee una capacidad de deslumbramiento excepcional, incluso para los que, como yo, no compartimos su fe.» Le había llamado la atención la apertura del Papa, manifestada en su forma de saludar, de escuchar, de estar: «Al ver cómo atiende un concierto con su cuerpo y su mirada, he podido darme cuenta en su último viaje de que su espíritu está intacto y presente en todo lo que hace. Además, ningún hombre de Estado manifiesta esa presencia sólo con su atención hacia los demás.»

Dios mío, ¿soy de los que escuchan? ¿Miro a los ojos cuando me hablan, o sigo trabajando en lo mío diciendo «¡caramba!», «sí, sí»… pero sin prestar atención? ¿Me cansa que me cuenten sus cosas? Si fuese capaz de querer más a las personas con las que me cruzo, sabría escucharles mejor. Dame tus gracias para que sea alguien que sepa escuchar.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Puedes decirle que deseas escuchar como él escucha… ¿Sabes escuchar, o enseguida desconectas porque te parece un rollo? ¿Evitas que algunos te cuenten sus cosas porque te aburre? ¿Hablas tú más que escuchas? Insístele en que te ayude a ser muy cristiano también en esto: son rasgos de la familia cristiana.

03-03

San Inocencio de Berzo, Presbítero capuchino. 1844-1890.

En Bérgamo, Italia, presbítero de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos, que brilló por su eximia caridad difundiendo la palabra de Dios y escuchando las confesiones.

Bakhita y su descubrimiento

Benedicto XVI escribía que para nosotros, que siempre hemos vivido y nos hemos acostumbrado al concepto cristiano de Dios, nos resulta dificil entender qué es encontrarse con Dios y tener esperanza en él. Y decía:

«El ejemplo de una santa de nuestro tiempo puede en cierta medida ayudarnos a entender lo que significa encontrar por primera vez y realmente a este Dios. Me refiero a la africana Josefina Bakhita, canonizada por el papa Juan Pablo II.

 »Nació aproximadamente en 1869 —ni ella misma sabía la fecha exacta— en Darfur, Sudán. Cuando tenía nueve años, fue secuestrada por traficantes de esclavos, golpeada y vendida cinco veces en los mercados de Sudán. Terminó como esclava al servicio de la madre y la mujer de un general, donde cada día era azotada hasta sangrar; como consecuencia de ello le quedaron 144 cicatrices para el resto de su vida. Por fin, en 1882 fue comprada por un mercader italiano para el cónsul italiano Callisto Legnani que, ante el avance de los mahdistas, volvió a Italia.

»Aquí, después de los terribles “dueños” de los que había sido propiedad hasta aquel momento, Bakhita llegó a conocer un “dueño” totalmente diferente —que llamó “paron” en el dialecto veneciano que ahora había aprendido—, al Dios vivo, el Dios de Jesucristo. Hasta aquel momento sólo había conocido dueños que la despreciaban y maltrataban o, en el mejor de los casos, la consideraban una esclava útil. Ahora, por el contrario, oía decir que había un “Paron” por encima de todos los dueños, el Señor de todos los señores, y que este Señor es bueno, la bondad en persona. Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería. También ella era amada, y precisamente por el “Paron” supremo, ante el cual todos los demás no son más que míseros siervos. Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso más: este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba “a la derecha de Dios Padre”.

»En este momento tuvo “esperanza”; no sólo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa. A través del conocimiento de esta esperanza ella fue “redimida”, ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios.

»Entendió lo que Pablo quería decir cuando recordó a los Efesios que antes estaban en el mundo sin esperanza y sin Dios; sin esperanza porque estaban sin Dios. Así, cuando se quiso devolverla a Sudán, Bakhita se negó; no estaba dispuesta a que la separaran de nuevo de su “Paron”. El 9 de enero de 1890 recibió el Bautismo, la Confirmación y la primera Comunión de manos del Patriarca de Venecia. El 8 de diciembre de 1896 hizo los votos en Verona, en la Congregación de las hermanas Canosianas, y desde entonces —junto con sus labores en la sacristía y en la portería del claustro— intentó sobre todo, en varios viajes por Italia, exhortar a la misión: sentía el deber de extender la liberación que había recibido mediante el encuentro con el Dios de Jesucristo; que la debían recibir otros, el mayor número posible de personas. La esperanza que en ella había nacido y la había “redimido” no podía guardársela para sí sola; esta esperanza debía llegar a muchos, llegar a todos.»

Señor Jesús, espero en ti. Hazme descubrir que tú eres, que eres bueno y amas a tus criaturas… y me amas a mí. He crecido en una cultura cristiana: te pido que eso no me incapacite para tener un encuentro real contigo; que no deje de pasmarme ante esta gran verdad, como se quedó impresionada Josefina Bakhita al conocer el cristianismo. Que me sienta hijo libre de Dios. Eso es: ¡hijo libre de Dios! Madre mía, que no me guarde solo para mí esta gran noticia.

Comenta con él estas mismas ideas, sin prisa, para que penetren más hondo en ti… y te configuren: configurar el ordenador tiene sus exigencias; configurar corazón y cabeza también: una de ellas es considerar las verdades básicas con tiempo, sin prisa.

03-02

Santa Ángela de la Cruz, Fundadora. 1846-1932.

Fundadora del Instituto de las Hermanas de la Cruz, no se reservó ningún derecho para sí sino que lo dejó todo para los pobres, a los cuales acostumbraba llamar sus señores, y los servía de verdad.

El valiente Ulises supo huir

En la Odisea se nos cuenta que Ulises deseaba volver a su patria y vivir felizmente con su esposa Penélope, pero su camino de vuelta por mar atravesaba un sitio peligroso: el lugar de las sirenas que con su canto fascinaban a los navegantes. Tanto les fascinaban que perdían el sentido y todos los que atravesaban aquel lugar terminaban por estrellar la embarcación contra las rocas. Todas las naves que intentaban pasar por aquel lugar sucumbían, pues sus cantos eran tan embriagadores que distraían a la tripulación y naufragaban al desatender la navegación.

Ulises tuvo la idea genial: para evitar la posibilidad de alucinar con las sirenas, se hizo atar al mástil de la embarcación; pero no sólo eso: antes él mismo tapó con cera los oídos a sus compañeros de tripulación para que si él les pedía que le soltasen no pudiesen escucharle, y además tampoco ellos oirían el seductor canto de las sirenas. Efectivamente, cuando llegaron al lugar hechizado, Ulises gritaba para que le desataran y poder alcanzar a las sirenas, pero sus compañeros no podían oírle, y así pudo volver a su patria y abrazar a su esposa y a su hijo.

El mito es elocuente: aplicado al amor, nos advierte de la necesidad de prevenir la tentación del capricho momentáneo, y con más motivo cuando sabemos que esos caprichos se mostrarán irresistibles, y podrían abortar el proyecto que tenemos, vivir lo que hemos decidido y es nuestra verdad, lo que constituye el bien de nuestra vida. ¿Por qué?

Es imprescindible ser fieles a lo que nos hemos propuesto, a nuestros compromisos. Si queremos aprovechar la vida, tenemos que ser serios. Seriedad hace referencia a serie, a secuencia y sucesión, es decir, a algo que tiene un orden y un proceso de desarrollo. Como la semana tiene siete días y cada uno ocupa un lugar. El lunes va siempre antes del martes e inmediatamente después del domingo. Unas cosas van primero o antes que otras. El orden con que evolucionan las cosas es un orden con sentido. La seriedad es el avance luminoso en la luz. Es descubrir que el orden con que las cosas suceden en nuestra vida es un orden sagrado y asombroso. Nuestra historia como persona y como cristiano es seria. Una cosa va detrás de otra. No podemos pretender plantar hoy un manzano y mañana ir a comer manzanas. Como no podemos pretender decidir algo —hacer oración, ser sincero, vivir una virtud, ser trabajador…— y que ya todo sea fácil. Ser serio quiere decir admitir que hasta conseguirlo, tendré que pelear un día y otro, caerme y levantarme, cansarme y seguir peleando…

Es un camino, en el que hay que dar muchos pasos. Mientras recorremos el camino habrá tentaciones de abandonar, de traicionar, de hacer cosas malas. Como Ulises, hemos de saber evitar las ocasiones. El Señor lo dice: «¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar si con diez mil hombres podrá salir al paso del que le ataca con veinte mil? Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir condiciones de paz» (Lucas 14, 29-33).

Saber no presentarse a las batallas que podemos perder, evitar las ocasiones en las que ponemos en peligro algo bueno, saber «engañarme» —como Ulises— para que la tentación no me venza. Si no, nos dejamos dominar por el capricho… y no somos serios.

Señor, quiero madurar, ser más persona y mejor cristiano. Quiero ser fiel a mis compromisos. No quiero ser caprichoso. Ayúdame a evitar las ocasiones de ser infiel. Amo este rasgo de familia, de nuestra familia cristiana, que es el de ser fieles. Gracias: ¡qué bonita es la fidelidad!

Dedica un rato a hablar con el Señor si eres serio, si eres constante en conseguir lo que te propones, si te dejas llevar por el capricho del momento. Pregúntale cómo puedes «engañarte» en algún asunto concreto en el que pierdes las batallas con frecuencia.

03-01

El Ángel de la Guarda de las instituciones.

Recordamos a los ángeles custodios de paises, ciudades, casas, sedes institucionales… Es por eso el patrón de algunos cuerpos de seguridad y policias.

En mi casa mando yo… o seré una montaña rusa

«Cada caminante siga su camino», escribía el poeta. No es poco sabio el consejo. Con frecuencia, estas cosas de sentido común son las que menos practicamos.

El que es bajito querría jugar al baloncesto, y el que no tiene oído estaría encantado de formar parte de un coro. Si es un deseo vago, pues no pasa nada. Pero si no estoy dotado para el baloncesto y me empeño en fomentarlo y cada vez que veo un partido en la televisión o un balón de básquet… me repito una y mil veces «cómo me gustaría jugar al baloncesto», «si pudiese entrenaría en tal equipo, y me compraría tales botas», «si ganase en la liga de mi pueblo pondría tal dedicatoria en los autógrafos»… y me revuelvo en imaginaciones siendo el jugador de la selección de no sé dónde… sería poco inteligente.

Hay deseos que nos hacen bien y debemos fomentarlos, y otros deseos que no están en nuestro camino y que debemos dejar que mueran. Alimentar morbosamente el deseo de lo que no es para mí, son ganas de pasarlo mal inútilmente.

Recuerdo un amigo que no podía tener perro por algunas circunstancias que no son del caso. Cada vez que veía un perro comentaba en voz alta lo mucho que le gustaría tener un perro. Y en el monte siempre la misma cantinela: ojalá tuviese perro, lo llevaría siempre al monte, y nos iríamos solos, y… mil fantasías más que sabía perfectamente que nunca  realizaría. ¿Para qué todo ese tiempo perdido en lo que no es para él? Es como tener prohibido el azúcar y pasarse todos los descansos mirando escaparates de pastelerías: ¡con la cantidad de cosas buenas, distintas a esa, que se pueden hacer!

Los deseos y los afectos hay que educarlos. Quiero decir: no todo lo que siento debo dejarlo crecer. Los deseos o afectos que son buenos, me conviene fomentarlos; los deseos y afectos que me hacen daño, conviene que los combata.

Un ejemplo. Puedo sentir tristeza, y si no tengo motivos para estar triste debo luchar por mostrarme alegre y descubrir los mil motivos que tengo para estar feliz, seguramente pensando y dándome más a los demás. Un comprometido que siente atracción por otra persona que no es aquella con la que se ha comprometido, deberá evitar que ese afecto crezca, por defender aquel que ya creció antes y con el que ha establecido una relación que le genera unos deberes. Y así con todo lo demás.

¿Educas tus afectos, tus estados de ánimo, tus sentimientos, tu sensibilidad, tus bajones y tus subidones…? Cada vez que tengo un bajón, no tengo por qué aceptarlo pacíficamente. Si no hay motivos, tendré que esforzarme por darme a los demás, por animarme… Si cedo a la pereza y no hago nada porque estoy de bajón, cada vez tendré más bajones y más pronunciados. Necesitamos aprender a educar los afectos y los estados anímicos. Hay personas que son un poco montaña rusa, con unos picos y unas caídas que dan vértigo. Sufren mucho estas personas.

Cada caminante siga su camino. Dirigir mis deseos, fomentar los que me convienen y neutralizar los que no me convienen como se neutraliza al enemigo cuando se le ve venir. Dirigir mis afectos, fomentar los que me convienen y neutralizar los que no me convienen. Dirigir los estados de ánimo: fomentar los que me convienen y neutralizar los que no me convienen.

Señor, ayúdame a seguir mi camino. Hay otros muchos, todos ellos preciosos. Pero yo quiero seguir el mío, que es el mejor para mí. Enséñame a mandar sobre mis deseos, mis afectos y mis estados de ánimo.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Puedes contestar con él las preguntas del texto, repasando cómo te influyen los estados de ánimo… si educas tu sensibilidad o si es ella la que te lleva por donde quiere.

02-28

San Leandro de Sevilla, Obispo. Siglo VI.

Nieto de Teodorico, rey de los Ostrogodos y hermano de San Isidoro. Consiguió que se convirtieran al catolicismo las tribus visigodas que invadieron España e hizo que su rey, Recaredo I, terminase siendo un fervoroso creyente.

Tengo la suerte de querer un montón a Jesús

«Querido Papa: Soy una chica de 12 años. Desde que nací sufro parálisis cerebral; ya desde muy pequeña mis padres me llevan a médicos, sigo tratamientos, tomo medicinas y todos los días tengo que hacer rehabilitación.

»También, desde que tengo cuatro años, llevo una lentilla para arreglarme la vista de ese ojo, aunque hace unos días también me empezaron a poner en el otro, pues están contentos de cómo mejora. Voy a natación y también al logopeda, llevo ortodoncia y me hacen unos ejercicios con la mandíbula. Lo peor de todo son las plantillas y las dichosas botas que, además de no ser bonitas, dan un calor insoportable.

»El mes de abril tuve que pasar por el quirófano, pues, como empecé a andar a los seis años y como no lo hago muy bien, quieren intentar ayudarme, pues tengo que ir con andador.

»En junio, volvieron a operarme y los médicos están muy contentos (llevo una escayola en la pierna y no puedo mojarme ni apoyar el pie. Pronto me la quitan). Lo malo es que tengo que estar todo el día molestando a mi familia, pues, como voy en silla de ruedas y no puedo manejar bien la mano derecha, tienen que llevarme y traerme… y más cosas.

»Pues, Santidad, quiero decirle que todos mis sufrimientos, malos ratos, dolores, molestias, tener peores notas que mis compañeros, pues no dispongo de tanto tiempo ni puedo escribir tan deprisa como ellos…, y, quizá, lo que más me duele: no poder tener tantos amigos, o quedar con ellos y que no me llamen… Todo eso se lo ofrezco a Jesús todos los días para que muchas personas se salven y puedan ir al cielo, y muchos más niños y niñas conozcan a Jesús; pues, Santidad, yo tengo la suerte, la gran suerte, de querer un montón a Jesús, de creer en Dios y rezarle cada día para que me dé fuerzas y poder conseguir todo lo que Él me pide. Aunque a veces me cueste mucho, yo sé que no estoy sola. Además, mis padres nos hablan siempre, a mis dos hermanos y a mí, de María, de nuestra Madre del cielo. ¡Eso sí que es una gran suerte! (…)

»No se olvide de hablar a Dios de Piluca, de decirle todo lo que lo quiero y que no me olvide. Muchas gracias. Un beso de Piluca.»

¡Qué ejemplo de alegría en una situación tan dura! Ejemplo de confianza en él.

Parece que hemos puesto de moda protestar a Dios porque me pasa esto y lo otro… y le pedimos explicaciones de por qué tiene que ser así, que explique por qué no lo ha evitado… Dios es Padre: Piluca lo sabe y lo disfruta. Aprendamos a vivir la vida que tenemos y a querer a Dios pase lo que nos pase. El hijo no pide a Dios tanto que le pasen cosas buenas, como el darse cuenta de que son buenas las cosas que le pasan.

Señor, quiero quererte como te quiere Piluca. Quiero ofrecerte las cosas que me molestan y si estoy enfermo, pues mejor; porque tendré más sufrimientos para ofrecerlos por ti.

Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.

02-27

San Gabriel de la Dolorosa, Religioso Pasionista. Siglo XIX.

De Asís (Italia) y llamado realmente Francisco, como el santo, era jovial, suave, generoso y disponía de un corazón generoso y afectuoso. Es co-patrón de la juventud católica italiana.

¿Lleno de cosas o de personas?

¿Conoces la historia del joven rico que se cuenta en el Evangelio? (Mateo 19, 16-22) Probablemente la hayas escuchado o leído más de una y de diez veces. Se acercó a Jesús un joven y le hizo esta pregunta: ¿qué tengo que hacer para ganar la vida eterna? Jesús le responde claramente: cumple los mandamientos. Y el joven —¡asombroso!— asegura que los ha cumplido todos desde su juventud. Es increíble que los haya cumplido todos: ¿tú conoces a alguien que haya cumplido siempre todos los mandamientos?

Se ve que el joven era un gran tipo y vuelve a preguntarle si le falta algo. En esta última pregunta se empieza a «desenmascarar» la verdadera persona que hay detrás: la pregunta suena un poco a: «no quiero que se me olvide nada», como si ir al cielo se redujese a cumplir unas reglas. En el fondo, esta actitud esconde el egoísmo del preocupado de su salvación y de poco más.

A continuación, Jesús le propone seguir un camino mucho más exigente que el mero «cumplimiento» de unas leyes. Ese camino consiste en AMAR, en darlo todo, en no tener ninguna atadura que le impida llegar a su destino. Le invita a que si quiere, deje todo lo que tiene y que le siga…

¡Llega el momento tremendo! El joven se va sin decir nada, se va triste porque «era muy rico». O sea, tenía muchas cosas, estaba muy apegado a tantas tonterías… y no estaba dispuesto a dejarlas. Su vida estaba tan llena de cosas que no tenía sitio para lo más importante: amar al Señor.

Este personaje habla con el Señor pero no entiende el lenguaje con que Cristo le habla; cuando se marcha, se va triste. Y el evangelio ya no dice nada más de él. Da pena, porque el encuentro empieza muy bien. Tras las primeras frases que intercambian parece que estamos ante un nuevo apóstol que se va a unir al Señor. Sin embargo acaba mal.

¿Qué le ocurre a este joven rico? Dice que cumple los mandamientos desde su juventud. Está acostumbrado a portarse bien, a «hacer» cosas buenas. Es una persona que ha recibido una buena educación. Sin embargo, cuando el Señor le habla, no de cumplir sino de amar, este joven no le entiende… o si le entiende no quiere seguir ese camino. Es egoísta, cumple por estar tranquilo con su conciencia o por quedar bien. Quiere salvarse; pero no ama a Dios y a los demás. Es verdad que al joven rico le falta algo —eso le dice el Señor: «una cosa te falta»—, pero lo que le falta es algo fundamental: le falta amor. Por eso quizá el Señor lo que le pide es lo que había que pedirle: «vende lo que tienes…», «despréndete de todo, déjalo todo, vacía tu corazón para que haya sitio, ¡porque no te cabe nada! Tienes la vida llena de cosas; pero quizá no tienes a nadie: ni a Dios ni a los demás por Dios».

¿Te entiendo, Señor? ¿En mi corazón tengo cosas o personas? Si amo no me costará seguirte por donde vayas y me lleves. No quiero andar calculando si tengo que hacer esto o lo otro, si me va costar mucho o poco… Me miras con amor… y no quiero cambiarte por nada.

Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.

02-26

San Alejandro, Patriarca de Alejandría. Siglos III-IV.

Fue el primero en descubrir y condenar la herejía de Arrio. Formó y asoció en el gobierno de la Iglesia a San Atanasio. Levantó la iglesia dedicada a San Teonás y consiguió mantener la paz de las iglesias de Egipto.

¡Hasta la muerte!

Hasta la muerte es un detalle de este Padre bueno que es nuestro Dios:

Vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable. Esto es lo que dice precisamente, por ejemplo, el Padre de la Iglesia Ambrosio en el sermón fúnebre por su hermano difunto Sátiro: «Es verdad que la muerte no formaba parte de nuestra naturaleza, sino que se introdujo en ella; Dios no instituyó la muerte desde el principio, sino que nos la dio como un remedio […]. En efecto, la vida del hombre, condenada por culpa del pecado a un duro trabajo y a un sufrimiento intolerable, comenzó a ser digna de lástima: era necesario dar un fin a estos males, de modo que la muerte restituyera lo que la vida había perdido. La inmortalidad, en efecto, es más una carga que un bien, si no entra en juego la gracia». Y Ambrosio ya había dicho poco antes: «No debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación».

Obviamente, hay una contradicción en nuestra actitud, que hace referencia a un contraste interior de nuestra propia existencia. Por un lado, no queremos morir; los que nos aman, sobre todo, no quieren que muramos. Por otro lado, sin embargo, tampoco deseamos seguir existiendo ilimitadamente, y tampoco la tierra ha sido creada con esta perspectiva.

Lo que queremos, y lo que nuestro Padre Dios quiere darnos con la muerte, es la vida verdadera, la felicidad.

Perdona, Dios Padre, por todas las veces que no entiendo el cariño que hay en todas tus acciones: tu misericordia es eterna. Sí, Señor, eterna es tu misericordia, tu bondad no tiene límites, y todo es obra de tu amor. Que así lo vea, Señor, y así lo transmita con mi alegría y mi palabra.

Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.

02-25

San Valerio, Eremita. Siglo VII.

De Astorga (León), comienza una vida de oración y penitencia al estilo de los antiguos eremitas, recibiendo la visita de los habitantes del lugar. Posteriormente, termina en un monasterio de Bierzo.

El pez es el más parecido a Dios

Un relato de Isak Dinesen recoge la curiosa conversación de un pez. Dice el pez:

«El pez es, entre todas las criaturas, la más cuidadosa y exactamente creada a imagen del Señor. Todas las cosas contribuyen a su bien…

»El hombre puede moverse, aunque en un solo plano, y está sujeto a la tierra. Sin embargo, la tierra le sostiene sólo con el reducido espacio que él cubre con las plantas de sus pies; tiene que soportar su propio peso y suspira bajo él. Según he deducido por la charla de mis dos viejos pescadores, debe subir trabajosamente las montañas de la tierra; si por ventura se cae de ellas, entonces la tierra le recibe con dureza. Incluso los pájaros, que tienen alas, si no hacen esfuerzos con ellas, son traicionados por el aire que los sostiene y se precipitan al suelo.

»Nosotros los peces nos apoyamos y nos sostenemos por todas partes. Nos apoyamos con nada y armoniosamente en nuestro elemento. Nos movemos en todas las dimensiones; sea cual sea el rumbo que elijamos, las aguas poderosas modifican su forma por respeto a nuestra virtud.

»No tenemos manos, de modo que no podemos construir nada y jamás nos tienta la vana ambición de alterar nada de cuanto integra el universo del Señor. No sembramos ni trabajamos; por tanto, ninguna estimación de nosotros mismos resulta equivocada, ni falla ninguna de nuestras previsiones.

»Cuando Dios hubo creado el cielo y la tierra, la tierra le causó un doloroso desencanto. El hombre, propenso a la caída, cayó casi enseguida, y con él, todo lo que había en tierra seca. Esto hizo que Dios se arrepintiese de haberle creado a él, a los animales de la tierra, y a las aves del aire.

»Pero los peces no cayeron, ni entonces ni nunca; pues, ¿cómo o dónde podíamos caer? Así que el Señor miró con benevolencia a sus peces y se consoló al verlos, ya que, de toda la creación, sólo ellos no le habían decepcionado.

»Queda la duda, sin embargo, de si, mediante este triunfo aparente, ha alcanzado el hombre su verdadero bienestar. ¿Cómo conseguirá la verdadera seguridad una criatura perpetuamente ansiosa acerca de la dirección en que se mueve, y que concede tan vital importancia a su elevación o caída? ¿Cómo puede lograr el equilibrio un ser que se niega a desechar la idea de esperanza y de riesgo?

»Nosotros los peces descansamos en silencio, sostenidos desde todas partes, en el seno de un elemento que se nivela por sí solo de manera constante e indefectible. De un elemento que, puede decirse, se ha impuesto a nuestra existencia personal en la medida en que, sin tener en cuenta la forma individual ni si somos planos o redondos, nuestro peso y nuestro cuerpo están calculados de acuerdo con la cantidad de fluido que desplazamos.

»No corremos ningún riesgo. Pues nuestro cambio de lugar en la existencia nunca crea, ni deja tras de sí, lo que el hombre llama un camino, en cuyo fenómeno (en realidad, no es fenómeno sino ilusión) malgastará deliberaciones incomprensiblemente apasionadas.

»El hombre, en fin, está alarmado por la idea del tiempo, y desequilibrado por los incesantes vagabundeos entre el pasado y el futuro. Los habitantes del mundo líquido han conciliado el pasado y el futuro en la máxima: Aprés nous le déluge

¿No te parece que algo de razón tiene este pez? Me parece que el hijo de Dios sí vive como un pez en el mar del mundo: se deja llevar por el flujo del querer de su Padre-Dios, no se cae, descansa siempre, no corre riesgos, está apoyado y sostenido por todas partes… Quien vive como hijo de Dios, nada como un pez entre los cuidados de su Padre-Dios.

Padre, confío en ti, quiero confiar verdaderamente en ti, quiero confiar verdaderamente sólo en ti. Que cada día me abandone en tus manos.

Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.

02-24

San Etelberto, Rey de Kent. Siglo VII.

Casado con Berta, princesa cristiana, hija del rey de París, no se convirtió hasta la llegada de San Agustín y sus compañeros misioneros. Su nobleza y su actitud de no imponer la fe en sus súbditos le muestran como un modelo extraordinario en la historia.

La hoja seca y Camus

Un cuento breve. La hoja de un árbol vivía feliz mientras crecía, siempre unida al árbol que le había dado la vida. Hasta que un día escuchó un viento fuerte, muy fuerte. El viento le susurraba que se soltase y se fuese con él. Trataba de convencerla: «Siempre ves el mismo suelo y el mismo cielo. ¿No estás cansada de lo mismo? Vente conmigo y verás cosas que nunca imaginaste.» La hoja decía que no, que unida a su rama estaba segura y contenta. Pero tanto insistió el viento que al final se desprendió de la rama y se fue con el viento. Y comenzó un viaje alucinante. Vio cosas increíbles: árboles, plantas, ríos, lagos… ¡Qué bien ser libre, qué bien me lo estoy pasando!, se decía la hoja. Hasta que el viento la fue dejando y empezó a caer. Conforme iba cayendo vio en el suelo un montón de hojas como ella, pero muertas. Y supo el fin que la esperaba por haberse separado del árbol que le dio vida.

Algunos cristianos podemos ser como la hoja tonta: a veces puede parecernos que vivir con Dios es un poco rollo. Sin embargo, vivir con Dios es vivir de verdad, cuando nos separamos de él acabamos con una vida vacía, morimos y nos pudrimos como la hoja. Estar unidos a Dios nos da fortaleza y seguridad. Separarnos de Él es volar sin rumbo y, poco a poco, perder la vida y morir.

Un ejemplo. Albert Camus ha pasado a la historia como un filósofo que creía que detrás de lo que vemos y vivimos no hay nada, trató de vivir libre como la hoja tonta, suelto del árbol de Dios-Creador. Cuando uno lee sus novelas se ponen los pelos de punta porque sus protagonistas creen que nada tiene sentido, que todo da igual, que el hombre está condenado al sinsentido. Se libera de Dios completamente. Antes de morir reconoce: «He conseguido hacer mucho dinero porque de alguna forma he sido capaz de articular la desilusión del hombre por el hombre. He tocado algo en el interior de mucha gente, porque identifican en mis obras la angustia y la desesperación. Me dirigí al sinsentido y a la incertidumbre, principios básicos en los que no estoy seguro de creer aún. Esto, más que ninguna otra cosa, es lo que me consterna, ésta es la raíz de mi desesperanza. [… ]

»Pero frente a la desesperación, he encontrado motivos para tener esperanza. Por encima de todo, valoro la vida. [… ] Me encuentro en algo así como un peregrinaje; buscando algo que llene el vacío que siento y que nadie más conoce. El público y los lectores de mis novelas, aunque ven ese vacío, no encuentran las respuestas en lo que están leyendo. Estoy buscando algo que el mundo no me está dando. Me siento totalmente identificado con Nicodemo, porque no comprendo eso que Jesús le dijo de que tenía que volver a nacer. Pero eso es lo que yo quiero, es a lo que yo quiero comprometer mi vida. ¡Voy a seguir luchando por alcanzar la fe!»

¡Así es! Reconoce la necesidad de nacer de nuevo, pero no sabe cómo.

Padre, quiero estar contigo porque tú eres como un árbol para mí, y yo soy tu hoja. No quiero tener la libertad de ir a la muerte, sino la libertad de estar contigo y amarte. Gracias, porque con el bautismo he vuelto a nacer del útero de la Iglesia. Te pido por todos los que no saben cómo nacer de nuevo.

Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.