10-21

Santa Úrsula y compañeras mártires. Siglo IV.

En la ciudad de Colonia, en Germania, conmemoración de las santas vírgenes que entregaron su vida por Cristo, en el lugar de la ciudad donde después se levantó una basílica dedicada a santa Úrsula, virgen inocente, considerada como la principal del grupo.

El avaro

«El cuarto planeta era el del hombre de negocios. El hombre estaba tan ocupado que ni siquiera levantó la cabeza cuando llegó el principito.

—Buenos días —le dijo éste—. Su cigarrillo está pagado.

—Tres y dos son cinco. Cinco y siete, doce. Doce y tres, quince. Buenos días. Quince y siete, veintidós. Veintidós y seis, veintiocho. No tengo tiempo para volver a encenderlo. Veintiséis y cinco, treinta y uno. ¡Uf! Da un total, pues, de quinientos millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno.

—¿Quinientos millones de qué?

—¿Eh? ¿Estás ahí todavía? Quinientos millones de… ya no sé… ¡He trabajado tanto! ¡Yo soy un hombre serio y no me entretengo en tonterías! Dos y cinco siete…

—¿Quinientos millones de qué? —volvió a preguntar el principito, que nunca en su vida había renunciado a una pregunta una vez que la había formulado.

El hombre de negocios levantó la cabeza:

—Desde hace cincuenta y cuatro años que habito este planeta, sólo me han molestado tres veces. La primera, hace veintidós años, fue por un abejorro que había caído aquí de Dios sabe dónde. Hacía un ruido insoportable y me hizo cometer cuatro errores en una suma. La segunda vez por una crisis de reumatismo, hace once años. Yo no hago ningún ejercicio, pues no tengo tiempo de callejear. Soy un hombre serio. Y la tercera vez… ¡la tercera vez es ésta! Decía, pues, quinientos un millones…

—¿Millones de qué?

El hombre de negocios comprendió que no tenía ninguna esperanza de que lo dejaran en paz.

—Millones de esas pequeñas cosas que algunas veces se ven en el cielo.

—¿Moscas?

—¡No, cositas que brillan!

—¿Abejas?

—No. Unas cositas doradas que hacen desvariar a los holgazanes. ¡Yo soy un hombre serio y no tengo tiempo de desvariar!

—¡Ah! ¿Estrellas?

—Eso es. Estrellas.

—¿Y qué haces tú con quinientos millones de estrellas?

—Quinientos un millones seiscientos veintidós mil setecientos treinta y uno. Yo soy un hombre serio y exacto.

—¿Y qué haces con esas estrellas?

—¿Que qué hago con ellas?

—Sí.

—Nada. Las poseo.

—¿Que las estrellas son tuyas?

—Sí.

—Yo he visto un rey que…

—Los reyes no poseen nada… Reinan. Es muy diferente.

—¿Y de qué te sirve poseer las estrellas?

—Me sirve para ser rico.

—¿Y de qué te sirve ser rico?

—Me sirve para comprar más estrellas si alguien las descubre.

“Éste, se dijo a sí mismo el principito, razona poco más o menos como mi borracho.”

No obstante le siguió preguntando:

—¿Y cómo es posible poseer estrellas?

—¿De quién son las estrellas? —contestó punzante el hombre de negocios.

—No sé… De nadie.

—Entonces son mías, puesto que he sido el primero a quien se le ha ocurrido la idea.

—¿Y eso basta?

—Naturalmente. Si te encuentras un diamante que nadie reclama, el diamante es tuyo. Si encontraras una isla que a nadie pertenece, la isla es tuya. Si eres el primero en tener una idea y la haces patentar, nadie puede aprovecharla: es tuya. Las estrellas son mías, puesto que nadie, antes que yo, ha pensado en poseerlas.

—Eso es verdad —dijo el principito— ¿y qué haces con ellas?

—Las administro. Las cuento y las recuento una y otra vez —contestó el hombre de negocios—. Es algo difícil. ¡Pero yo soy un hombre serio!

El principito no quedó del todo satisfecho.

—Si yo tengo una bufanda, puedo ponérmela al cuello y llevármela. Si soy dueño de una flor, puedo cortarla y llevármela también. ¡Pero tú no puedes llevarte las estrellas!

—Pero puedo colocarlas en un banco.

—¿Qué quiere decir eso?

—Quiere decir que escribo en un papel el número de estrellas que tengo y guardo bajo llave en un cajón ese papel.

—¿Y eso es todo?

—¡Es suficiente!

“Es divertido”, pensó el principito. “Es incluso bastante poético. Pero no es muy serio.” El principito tenía sobre las cosas serias ideas muy diferentes de las ideas de las personas mayores.

—Yo —dijo aún— tengo una flor a la que riego todos los días; poseo tres volcanes a los que deshollino todas las semanas, pues también me ocupo del que está extinguido; nunca se sabe lo que puede ocurrir. Es útil, pues, para mis volcanes y para mi flor que yo las posea. Pero tú, tú no eres nada útil para las estrellas…

El hombre de negocios abrió la boca, pero no encontró respuesta. El principito abandonó aquel planeta. “Las personas mayores, decididamente, son extraordinarias”, se decía a sí mismo con sencillez durante el viaje.»

¿Verdad que resulta algo ridículo el afán de poseer? ¿No te parece fea la avaricia?

Ayúdame, Señor, a vivir libre de las cosas materiales. Que sepa usarlas, desprendido de ellas.

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído.

 

10-20

San Cornelio Centurión. Siglo I.

Conmemoración de san Cornelio, centurión, que en la ciudad de Cesarea, en Palestina, fue bautizado por el apóstol san Pedro, como primicia de la Iglesia de los gentiles.

Llegué hasta aquí… preguntando

Un gran literato fue premiado. Durante el vino que se sirvió a continuación se le acercó un joven admirador. Era sabido por todos que el famoso literato llevaba una vida algo desarreglada, con experiencias y relaciones amorosas extrañas, raras, algo anormales. El joven estudiante, que admiraba la enorme sensibilidad e inteligencia del literato premiado quiso preguntarle, confidencialmente, cómo había llegado a esa vida tan lejana, por lo menos, al buen gusto. El gran literato le contestó: «Preguntando, hijo mío, preguntando».

Lo que quería decirle está muy claro: metiéndome donde no me llamaban, buscando enterarme de asuntos que no me incumbían, queriendo saber cómo será esto, qué se sentirá con esto otro…

Contra lujuria, castidad. La curiosidad del «metomentodo», origen de tantos cotilleos y chismes, no da igual. Parece un modo de actuar inofensivo: «no hago daño a nadie». Aunque pueda parecer así en algunos casos, siempre hay un damnificado que es el mismo curioso.

Entrometerse en todo, tener la antena echada continuamente, saber la última del mundo que tenemos a nuestro alcance, acostumbrarse a fuentes de información de ninguna garantía, juzgar y opinar de cada vecino y pariente próximo y lejano… impide el crecimiento del respeto, dificulta vivir la castidad.

La curiosidad acostumbra a relaciones frívolas y superficiales con el mundo y con las otras personas. La verdad es siempre compleja y real; el cotilleo es tan injusto y falso como simple y superficial.

La escritora Marisa Madieri cuenta este hecho autobiográfico. Siendo niña tuvieron que instalarse en un box, una especie de vivienda multitudinaria:

«28 de noviembre de 1983. Nuestro box limitaba, en la parte destinada a dormitorio, con el de Emma. Más que de vecindad se puede hablar de cohabitación. El delgado tabique de madera y el techo de papel aseguraban sólo un aislamiento visual y no acústico, por supuesto.

»Emma era una mujer aún joven y hermosa y vivía con un hijo pequeño, muy inquieto y rebelde, que ya muchos consideraban un calavera. Pesaba sobre él el hecho de ser un “pequeño bastardo”. Emma tenía una historia triste. Casada y madre de dos hijos, durante la guerra había dejado de tener noticias de su marido, que había ido al frente, hasta el final del conflicto. Creyéndole muerto, se unió a otro hombre, del que tuvo un niño. Sin embargó, el marido volvió, la echó de la casa y se quedó con los dos hijos. También el segundo hombre se esfumó al cabo de poco tiempo y ella se encontró pobre y sola para criar al fruto de su ilusión. Pero Emma tenía un temperamento optimista. Era morena, insolente y procaz. Los cabellos tupidos y ensortijados le enmarcaban el rostro sonriente y un poco vulgar. Cantaba siempre con una hermosa voz enérgica mientras hacía las tareas de la casa. Emma recibía con frecuencia a muchachos en su box y, al otro lado la de la fina pared divisoria, yo podía oír su risa alegre y provocadora y los susurros cómplices de sus amantes. A veces me tapaba los oídos para no oír nada. Mater castissima, Regina sine labe originali concepta, ora pro nobis (Madre castísima, Reina concebida sin pecado original, ruega por nosotros).»

Y concluye la narración con alegría: así pude conocer a los hombres que me interesaron, cautivarlos y volverme hacia ellos con una sonrisa. Se casó con otro escritor, Claudio Magris.

Es verdad. La curiosidad en la prensa, en cotilleos, en Internet… la curiosidad de ir con los ojos bien abiertos por la calle mirando todo y a todos… nos deforma, nos hace superficiales y volcados hacia fuera, nos impide vivir nuestra vida, nos dificulta dar a cada cosa su valor, su tiempo, el respeto que merecen… Puede amar mejor quien domina la curiosidad. ¡Mucho más!

Dios mío, qué ajeno al estilo cristiano es el del curioso, el del metomentodo, el del cotilla y chismoso. ¿En qué soy curioso? ¿Mortifico la curiosidad? Ayúdame a ser fuerte y vivir las cosas con respeto.

Es el momento de hablarle con tus palabras de las preguntas que han salido en el texto. Termina luego suplicándole con fuerza las palabras de la oración final.

10-19

San Pablo de la Cruz, presbítero. 1694-1775.

Desde su juventud destacó por su vida penitente, su celo ardiente y su singular caridad hacia Cristo crucificado, al que veía en los pobres y enfermos. Fundó la Congregación de los Clérigos Regulares de la Cruz y de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.

No llores, mamá

En 1591, atacó con violencia a la población de Roma una epidemia de fiebre. Los jesuitas, por su cuenta, abrieron un hospital en el que todos los miembros de la orden, desde el Padre General hasta los hermanos legos, prestaban servicios personales.

Luis Gonzaga iba de puerta en puerta con un zurrón, mendigando víveres para los enfermos. Muy pronto, después de implorar ante sus superiores, logró cuidar de los moribundos. Luis se entregó de lleno, limpiando las llagas, haciendo las camas, preparando a los enfermos para la confesión.

Luis contrajo la enfermedad. Había encontrado un enfermo en la calle y, cargándolo sobre sus espaldas, lo llevó al hospital donde servía.

Pensó que iba a morir y recibió el viático y la unción. Contrariamente a todas las predicciones, se recuperó de aquella enfermedad; sin embargo, quedó afectado por una fiebre intermitente que, en tres meses, le redujo a un estado de gran debilidad. Luis vio que su fin se acercaba y escribió a su madre poco antes de morir a sus 23 años:

«Me encuentro aún en esta región de los muertos, pero pronto me llegará el momento de volar al cielo, a la tierra de los que viven. Ha de ser inmensa tu alegría al pensar que Dios me llama a la verdadera alegría que pronto poseeré para siempre. Te confieso que no me siento digno de esta suma bondad de Dios, pues por tan poco y breve esfuerzo me invita al descanso eterno y suprema felicidad.

»Guárdate de menospreciar esta suma benignidad de Dios como harías si lloraras como muerto al que vive en presencia de Dios. Con la intercesión te ayudaré más y mejor de lo que podría hacer desde aquí. Esta separación no será muy larga, volveremos a encontrarnos pronto en el Cielo junto a nuestro Salvador, gozando de una felicidad sin fin. Al morir sólo nos quita lo que nos había prestado por un tiempo, para adquirir el gozo eterno con Él. Considera mi partida como un motivo de gozo.»

Así escribía Luis a su madre. Contra ira, paciencia. La ira de «¿por qué justo me toca a mí esta enfermedad? ¡Precisamente ahora me pasa esto! ¡Qué mala suerte tengo siempre!…», esa ira que protesta porque no quiere sufrir… nos pide y nos grita una sola palabra: ¡paciencia!

San Luis Gonzaga tiene paciencia. Paciencia no es algo como aguantar con cara de perro y sufrir sin rechistar. Pa-ciencia es una ciencia que llena de paz. Y, como escribe a su madre, esa ciencia es la de saber que lo que nos ocurre tiene un sentido, está permitido por Dios que lo permite porque es muy bueno y quiere un bien mayor para nosotros, que ese camino nos conseguirá cosas buenas si lo aceptamos —aunque nos duela—.

Que mirándote con la cruz a cuestas, Señor, aprenda a sufrir sin protestar. Que sea paciente. Para eso te pido que me des esperanza, una gran esperanza. Aquí estamos de paso y todo lo que tú permites puede ser para mi bien: que sepa aceptarlo con una sonrisa. ¡Todo tiene sentido, todo!

Puedes comentarle ahora cómo vas de paciencia. Termina después con la oración final.

10-18

San Lucas, Evangelista. Siglo I.

Médico, compañero de san Pablo, y en su libro del Evangelio expuso por orden, todo lo que hizo y enseñó Jesús. Asimismo, en el libro de los Hechos de los Apóstoles narró los comienzos de la vida de la Iglesia hasta la primera venida de Pablo en la ciudad de Roma

Lucas, el médico amado

Hoy celebramos los cristianos una fiesta al recordar a Lucas. Nació en la gran ciudad de Antioquía. Era pagano y, siendo joven, se bautizó. Quizá lo bautizó el mismo san Pablo. Era médico.

Al cabo de los años, providencialmente, se encontró con Pablo en Troade, ciudad mediterránea situada casi en la frontera que separa Asia de Europa. En un momento en el que Pablo estaba indeciso, con la ilusión de viajar hasta Europa pero desconcertado, tiene lugar este encuentro de Lucas y Pablo. «Durante la noche —cuenta san Lucas— tuvo Pablo una visión: un macedonio, puesto conpie, le rogaba: «Ven a Macedonia y ayúdanos.» En cuanto se percató de la visión, tratamos de ir a Macedonia, convencidos de que Dios nos había llamado para evangelizarlos» (Hechos 16, 9-10). Así se unieron, y Lucas ya no abandonó a Pablo hasta su muerte. Compartieron la prisión en Roma en dos ocasiones, y asistió a Pablo en sus enfermedades. «Os saluda Lucas, el querido médico», escribe Pablo a los Colosenses agradecido por los cuidados de su amigo médico (4, 14).

En el prólogo a un evangelio del siglo II leemos que «Lucas nació en Antioquía de Siria. Fue médico de profesión, discípulo de los Apóstoles y, más tarde, compañero de Pablo, hasta que éste sufrió martirio. Sirvió al Señor con completa dedicación. No se casó ni tuvo hijos. Murió a los ochenta y cuatro años en Beocia, lleno del Espíritu Santo».

San Lucas escribió uno de los cuatro evangelios y el libro de los Hechos de los Apóstoles. Hoy es un buen día para agradecer a Dios que tengamos los evangelios. Y quizá también para proponernos leerlo con más frecuencia, incluso todos los días, cada día el evangelio de la misa.

San Jerónimo escribía a una joven noble de Roma: «Si rezas hablas con el Esposo; si lees, es Él quien te habla.» ¡Qué gran verdad! La Biblia, y los evangelios en concreto, es un libro vivo. No es letra muerta, no son caracteres con un sentido sin más, sino instrumento con el que cada día Dios habla a los fieles. Por eso son como un manantial de vida cristiana. Los manantiales no son pantanos, sino fuentes que siempre dan agua nueva. El evangelio es acompañado por el Espíritu Santo que obra en quien lo lee abierto a su acción. Sí: «Si rezas hablas con el Esposo; si lees, es Él quien te habla.»

De la misma manera que a Lucas le habló mediante el sueño de Pablo —«Ven a Macedonia y ayúdanos», ven a nosotros y tráenos la enseñanza y la vida de Jesús—, a nosotros nos hablará. Pablo y Lucas enseguida fueron a Macedonia convencidos de que Dios les había llamado. Ojalá aprendamos a escuchar las llamadas de Dios y nos pongamos manos a la obra con rapidez y con la convicción de contar con Él.

Señor y Dios nuestro, que elegiste a san Lucas para que nos revelara, con su predicación y sus escritos, tu amor a los pobres, concede, a cuantos se glorían en Cristo, vivir con un mismo corazón y un mismo espíritu y atraer a todos los hombres a la salvación. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.

10-17

San Ignacio de Antioquía, Obispo y Mártir. Siglo I.

Discípulo del apóstol san Juan, trasladado a Roma, donde consumó su glorioso martirio. Durante el viaje, escribió siete cartas dirigidas a diversas Iglesias (107).

Los dientes de las fieras habrán de molerme

Antioquía fue, junto a Jerusalén, la ciudad con más cristianos en los primeros años. Allí san Pablo pasó largo tiempo después de convertirse, junto con Bernabé. Por el año 100, Ignacio de Antioquía era quien hacía cabeza. Fue condenado a las fieras y trasladado a Roma para ser martirizado. Eran tiempos del emperador Trajano. El año 107 moría comido por las fieras. En el viaje a Roma escribió siete cartas a distintas iglesias. A los romanos les escribe:

«Escribo a todas las iglesias y les aseguro a todas ellas que estoy dispuesto a morir gustosamente por Dios, con tal de que vosotros no me lo impidáis… Dejadme ser pasto de las fieras, gracias a las cuales voy a poder alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y los dientes de las fieras habrán de molerme, a fin de que sea encontrado como puro pan de Cristo.»

Hubo muchos mártires esos primeros siglos. En los juicios tomaban notas, y nos han llegado los interrogatorios de muchos de ellos. Los cristianos deseaban vivir, pero también vivían con gozo la muerte del martirio si les tocaba. Copio parte del interrogatorio del juicio a santa Crispina, a finales del año 304, en una ciudad de África:

El procónsul Anulino dijo:

—Que pase.

Entrado, pues, que hubo Crispina, Anulino dijo:

—¿Conoces, Crispina, el tenor del mandato sagrado?

CRISPINA.— Ignoro de qué mandato se trate.

ANULINO.— Que tienes que sacrificar a todos los dioses por la salud de los príncipes, conforme a ley dada por nuestros señores Diocleciano y Maximiano, píos augustos, y Constancio y Máximo, nobilísimos césares.

CRISPINA.— Yo no he sacrificado jamás un sacrificio, sino al solo y verdadero Dios y a nuestro Señor Jesucristo, Hijo suyo, que nació y padeció.

ANULINO.— Corta esa superstición y dobla tu cabeza al culto de los dioses de Roma.

CRISPINA.— Todos los días adoro a mi Dios omnipotente; fuera de Él, a ningún otro Dios conozco.

ANULINO.— Eres mujer dura y desdeñosa; pero pronto vas a sentir, bien contra tu gusto, la fuerza de las leyes.

CRISPINA.— Cuanto pudiere sucederme lo he de sufrir con gusto por mantener la fe que profeso.

ANULINO.— Tan grande es tu vanidad que ya no quieres abandonar tu superstición y venerar a los dioses.

CRISPINA.— Diariamente venero, pero al Dios vivo y verdadero, que es mi Señor, fuera del cual ningún otro conozco.

ANULINO.— Mi deber es presentarte el sagrado mandato para que lo observes.

CRISPINA.— Un sagrado mandato he de observar, pero es el de mi Señor Jesucristo.

ANULINO.— Voy a dar sentencia de que se te corte la cabeza si no obedeces los mandatos de los emperadores, nuestros señores, a quienes se te forzará a servir, obligándote a doblar el cuello bajo el yugo de la ley. Toda el África ha sacrificado, como de ello no te cabe duda a ti misma.

CRISPINA.— Jamás se ufanarán ellos de hacerme sacrificar a los demonios; sino que sacrifico al Señor que hizo el cielo y la tierra, el mar y cuanto hay en ellos.

ANULINO.— ¿Luego no son para ti aceptados estos dioses, a quienes se te obliga que rindas servicio, a fin de llegar sana y salva a la devoción?

CRISPINA.— No hay devoción alguna donde interviene fuerza que violenta.

ANULINO.— Mas lo que nosotros buscamos es que tú seas ya voluntariamente devota, y en los sagrados templos, doblada tu cabeza, ofrezcas incienso a los dioses de los romanos.

CRISPINA.— Eso yo no lo he hecho jamás desde que nací, ni sé lo que es, ni pienso hacerlo mientras viva.

ANULINO.— Pues tienes que hacerlo, si quieres escapar a la severidad de las leyes.

CRISPINA.— No me dan miedo tus palabras; esas leyes nada son. Mas si consintiera en ser sacrílega, el Dios que está en los cielos me perdería, y yo no aparecería en el día venidero.

ANULINO.— Sacrílega no puedes ser cuando, en realidad, vas a obedecer sagradas órdenes.

CRISPINA.— ¡Perezcan los dioses que no han hecho el cielo y la tierra! Yo sacrifico al Dios eterno que permanece por los siglos de los siglos, que es Dios verdadero y temible, que hizo el mar, la verde hierba y la tierra seca. Mas los hombres que Él mismo hizo ¿qué pueden darme?

ANULINO.— Practica la religión romana, que observan nuestros señores los césares invictos y nosotros mismos guardamos.

CRISPINA.— Ya te he dicho varias veces que estoy dispuesta a sufrir los tormentos a que quieras someterme, antes que manchar mi alma en esos ídolos, que son pura piedra, obras de mano de hombre.

ANULINO.— Estás blasfemando y no haces lo que conviene a tu salud

Y añadió Anulino a los oficiales del tribunal:

—Hay que dejar a esta mujer totalmente fea, y así empezad por raerle a navaja la cabeza, para que la fealdad comience por la cara.

CRISPINA.— Que hablen los dioses mismos, y creo. Si yo no buscara mi propia salud, no estaría ahora delante de tu tribunal.

ANULINO.— ¿Deseas prolongar tu vida o morir entre tormentos como tus otras compañeras?

CRISPINA.— Si yo quisiera morir y entregar mi alma a la perdición en el fuego eterno, ya hubiera rendido mi voluntad a tus demonios.

ANULINO.— Mandaré que se te corte la cabeza si te niegas a adorar a los dioses venerables. 

CRISPINA.— Si tanta dicha lograre, yo daré gracias a mi Dios. Lo que yo deseo es perder mi cabeza por mi Dios, pues a tus vanísimos ídolos, mudos y sordos, yo no sacrifico.

ANULINO.— ¿Conque te obstinas de todo punto en ese necio propósito?

CRISPINA.— Mi Dios, que es y permanece para siempre, Él me mandó nacer, Él me dio la salud por el agua saludable del bautismo, Él está en mí, ayudándome y confortando a su esclava, a fin de que no cometa yo el sacrilegio de adorar a los ídolos.

ANULINO.— ¿A qué aguantar por más tiempo esta impía cristiana? Léanse las actas del códice con todo el interrogatorio.

Leídas que fueron, el procónsul Anulino leyó de la tablilla de la sentencia:

—Crispina, que se obstina en una indigna superstición, que no ha querido sacrificar a nuestros dioses, conforme a los celestiales mandatos de la ley de los augustos, he mandado sea pasada por el filo de la espada.

Crispina respondió:

—Bendigo a mi Dios que así se ha dignado librarme de tus manos. ¡Gracias a Dios!

Y, signándose la frente, fue degollada por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Señor, que diste la fortaleza a san Ignacio, a santa Crispina y a tantos miles de cristianos durante estos veinte siglos, ayúdame a ser fuerte, a sufrir con paciencia los daños que tenga que sufrir en esta vida. Que siga la costumbre de esta familia cristiana a la que me has llamado y viva con coherencia, sin miedo a nada, con entereza. Santos mártires, interceded todos vosotros por todos los cristianos que ahora vivimos en la tierra. ¡Rogad por nosotros!

Continúa ahora con tus palabras. Puedes insistirle en que nos conceda hoy a los cristianos comportarnos como nuestros primeros hermanos en la fe.

10-16

Santa Margarita María de Alacoque, Mística. 1647-1690.

Monja de la Orden de la Visitación de la Virgen María, en la región de Autun, en Francia, enriquecida con gracias místicas, trabajó mucho para propagar el culto al Sagrado Corazón de Jesús.

¡Hala, vamos a la verbena!

Copio un pasaje de Juegos de la edad tardía. Gregorio vive con su mujer, Angelines, y con su suegra viuda. Un día se le ocurre a Gregorio ir a la verbena. Con su mejor intención, para que se distraigan un poco, inocentemente lo propone. La suegra protesta:

—El mundo se está acabando y lo único que se te ocurre es ir a la verbena. ¡A la verbena, qué ocurrencia! Como si la vida fuese así: ¡hala, me voy a la verbena! Me pongo de punta en blanco y ¡hala, a la verbena! Hay terremotos en todo el mundo, enfermedades incurables, lobos con pieles de oveja, gente que en toda la noche no para de toser, y va uno y dice, ¡a la verbena!, ¡a montar en los caballitos!, ¡a comer churros!, ¡a beber cerveza y a atiborrarse de golosinas! Está una viuda y viene su yerno y, mire usted qué ocurrencia, ande, señora, vístase de fiesta, póngase las joyas, perfúmese, que nos vamos a la verbena. ¡A la verbena! ¡Vamos a la verbena! Como si no supiésemos lo que es la vida. ¡Péinese que nos vamos! Como si una pudiese, así como así, peinarse, como si una tuviese vestidos de película, rabos de zorro y pedrería, brocamantones y chales de diario. ¡Ah, es muy bonito eso! Uno terminará muriéndose y, mientras tanto, ¡hala, vamos a la verbena! Y si usted no tiene adornos que ponerse, ¡a la verbena igual! ¡A vivir que son dos días! Aunque sea de trapillo. ¡Que nos quiten lo bailao! Ahí tiene usted a mi marido, un héroe, y yo, viuda, matándome la vista. ¡Oh mundo ciego! El mundo es un valle de lágrimas. Está una en su cometido y vienen y te dicen, ¡cálcese que nos vamos! ¡Cálcese! Diez años van que no compro calzado. ¡Como si una anduviese con el coturno puesto para la mojiganga! ¡Ay, Gregorio, qué cruel eres a veces y qué simple! Pero, ¡qué atrevimiento! ¡A la máscara, señora, que hoy me siento rumboso! ¡Ay mundo, mundo! ¿Lo oyes, Angelina?

—Sí mamá.

—Y, puestos en el caso de ir a esta maldita verbena, a ver, ¿qué ropa me pondría?

—Mamá, el estampado no está mal.

—¿El estampado? ¡Lo que hay que oír!

—O el verde raso.

—¿El verde? ¿Para hacer el ridículo?

Resulta expresivo: protestar, protestar y protestar. Es una forma de la ira, un modo de impaciencia. Nosotros no habremos protestado airados por la invitación a una verbena, pero sí por cualquier cosa que no nos apetece. Entonces, como un loro, en voz alta o en voz baja, empezamos a protestar, a sacar todos los defectos al plan que nos proponen o a lo que tenemos que hacer. Todo son pegas, inconvenientes. Y amargamos al más pintado.

Contaban de aquel matrimonio que después de veinticinco años descubrió el marido que a su mujer no le gustaban los toros. De novios le pareció que le encantaban y siempre le había comprado entradas para ir juntos a la plaza. Ella pensaba que era a él a quien le gustaban, y siempre había aceptado la propuesta aparentando entusiasmo. Cada uno lo hacía por el otro. Cuando descubrieron que a ninguno de los dos les decía nada, se rieron a gusto y dejaron de ir. Me parece raro que esto haya ocurrido, pero no deja de ser una forma de ejemplificar lo grande que es ser capaz de la paciencia, de no protestar por nada, de ir a la verbena, a los toros o a lo que otros quieran… sin que se note la poca gracia que me hace ese plan.

Es importante que vayamos ejercitándonos en la paciencia: poco a poco podemos crecer mucho. Es importante pues, como dice la Escritura, «hagámonos recomendables a Dios por nuestra paciencia».

¿Tengo paciencia para hacer lo que a otros les gusta? ¿Protesto cuando tengo que hacer algo que no me gusta? ¿Sé sufrir con paciencia las aficiones y gustos de los demás? ¿Y sus defectos?

Dios mío, sin paciencia… se puede amar muy poquito. Con paciencia, es fácil hacer felices a los demás. Que sea fuerte, que no me queje, que no proteste, que sepa poner buena cara. Gracias. Ésa será una buena forma de morir a mí para dar vida a los demás en mí: así amaré más y mejor.

 

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole quizá tus quejas más frecuentes, o las veces que hoy has protestado por algo… Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.

 

10-15

Santa Teresa de Jesús, Doctora de la Iglesia. Siglo XVI.

De Ávila, a los 18 años, entra en el convento carmelita de la Encarnación. A los 45 funda el convento de San José de Ávila, primero de los quince Carmelos que establecerá en España. Se dedicará con especial tenacidad a implantar la reforma que se llamará descalza o teresiana.

Una «o» a medias

Hoy celebramos una gran santa, santa Teresa de Jesús. Un día en el convento, mientras ella estaba escribiendo algo, sonó la campana que llamaba a todas para reunirse. Cuentan que ella estaba trazando una «o». Escuchar la campana y dejar la pluma fue todo uno. Dejó la «o» a medias, sin terminar.

¿No te parece extraordinario? Algo pequeño y enorme a la vez. Sobre todo si lo comparamos con el «ahora voy», «espera que termine esto», «sííí, ya vooooy»… Y todavía más en contraste con nuestro continuo «lo hago después», «empiezo mañana»… Decía san Josemaría que mañana es el adverbio de los vencidos. Así es: es la salida fácil, el modo de disimular que hemos sido derrotados, que preferimos ser perdedores…

Contra pereza, diligencia. Es interesante lo que significa esta palabra. Diligente es un participio activo. Igual que el indicativo designa acciones que ocurren y el imperativo designa mandatos, el participio designa el que hace algo: vidente es el que ve, pasante el que pasa y dependiente el que depende. Pues bien: diligente es participio del verbo diligere, que significa amar. O sea, diligente quiere decir exactamente «el que ama». Actuar con diligencia es el modo de actuar del que ama. El perezoso es el que no ama, el que está lleno de sí mismo.

«Voluntad, energía, ejemplo. Lo que hay que hacer, se hace… Sin vacilar… sin miramientos… Sin esto, ni Cisneros hubiera sido Cisneros; ni Teresa de Ahumada, Santa Teresa…; ni Íñigo de Loyola, San Ignacio… ¡Dios y audacia!»

Contra pereza, diligencia. Quizá no resulte fácil explicar teóricamente la relación que tiene la diligencia con el amor. Sí resulta más evidente que el perezoso no ama. Sí vemos que quien ama siempre dice «sí, ya». ¿No es una buena forma de amar a una madre hacer enseguida lo que te pide? ¿o hacer el favor al amigo con rapidez, en el momento que lo necesita? Por el contrario, ¿no supone poco cariño el de quien hace lo que se le pide arrastrándose, más tarde, a última hora, como con desgana?

Dejar la «o» a medias es la exageración en la que vive constantemente quien ama: deja lo que sea para hacer lo que le piden, diligentemente, esto es, amando.

Señor, no quiero la pereza. Quiero amar, y sé que amar no es sentir emociones sino servir al otro, poner antes lo que le conviene, lo que necesita de mí, lo que me pide… antes que mi comodidad y mi pereza. ¿En qué puedo concretar esto? Quiero hacer las cosas en el momento, sin vacilar, sin miramientos, sin retrasos. Ponerme a trabajar a la hora, y dejar de trabajar a la hora. Ayúdame. Me lo propongo, pero tendrás que ayudarme a proponérmelo cada día. Te lo pido por intercesión de santa Teresa, una amante de primera categoría, capaz de dejar una «o» a medias.

Es el momento de hablarle de tu pereza, y tratar de ver que la causa de ser perezoso es la falta de cariño a Ély a los demás. Si no lo ves, puedes decirle que te gustaría ser consciente.

10-14

San Calixto I, XVI Papa. Siglos II-III.

Nació como esclavo en una familia de origen griego. Tras su liberación, alrededor del año 190 llega a convertirse en el secretario del Papa Ceferino. Fue el primer papa, después de san Pedro, que figura como mártir en el Martirologio romano más antiguo que se conoce.

… con ésta van diecisiete

Así explicaba el buen cura de Ars la necesidad de ser sinceros en la confesión de los propios pecados: «Hay quienes profanan el sacramento careciendo de sinceridad. Habrán escondido pecados mortales, hace diez, veinte años. Siempre están atormentados; siempre su pecado está presente en su mente; siempre tienen el pensamiento de decirlo, y nunca lo hacen… ¡es un infierno! Cuando habéis hecho una buena confesión, habéis encadenado al demonio. Los pecados que escondemos reaparecerán todos. Para esconderlos bien, hay que confesarlos bien.» No quería que desaprovechásemos las ocasiones que tenemos de confesarnos: «Si los pobres condenados tuvieran el tiempo que nosotros perdemos, qué buen uso harían de él. ¡Si tuviesen sólo media hora, esta media hora vaciaría el infierno!»

Este gran santo fue un auténtico maestro de la lucha contra la ira. O dicho de otro modo, luchó por la virtud de la paciencia… sin concederse descanso.

Durante treinta años, muchísimos peregrinos desfilaban hacia la vieja iglesia de Ars, cuyas baldosas, bajo las plantas de los visitantes, se fueron gastando. En ocasiones en las que podía haber cincuenta personas esperando confesarse, le llamaban a la sacristía para cualquier cosa, y nunca se alteraba. Un día, por ejemplo, en poco tiempo le sacaron del confesionario tres veces para que diese la comunión a tres personas, que fácilmente podrían haber comulgado a la vez esperándose un poco. El Cura, sin quejas ni advertencias, con buena cara, les daba de comulgar. Un testigo que estaba allí, salió de la iglesia y enfadado gritó: «Estoy encolerizado por culpa del cura… ¡que no se enfada nunca!»

En una ocasión en la que ocurrió algo en la residencia de niños huérfanos que había fundado —la llamó La Providencia—, ante algo que le disgustó mucho mucho mucho, comentó: «Si no fuese porque quiero convertirme, me enfadaría de veras.» Lo dijo con gran serenidad, comenta Juana-María Chanay.

Eran vencimientos en cosas pequeñas que, hechos un día y otro, terminaron por darle una gran virtud. Hay un hecho que me impactó con fuerza cuando lo leí. Para entenderlo bien, quizá sea necesario ser sacerdote y haber trabajado con niños. Recuerdo que una de las «pesadeces» es cuando toca padecer esa temporada que algunos niños pasan y que podríamos llamar «fiebre por las estampitas». Puede parecer una tontería, pero no es así. Cuando un día un niño te pide una estampita te hace gracia, le das una palmadita o le revuelves el pelo, y se la das con unas palabritas cariñosas. La segunda vez sin palabritas; la tercera, sin palmadita… y no hacen falta muchas más veces para acabar por decirle que a qué se dedica, que te deje trabajar, que las estampitas no son para coleccionar… o yo qué sé. Ésta es mi experiencia. Pues bien: una niña que fue a pasar tres días a Ars no dejaba de pedirle medallitas; el cura siempre le respondía con cariño. El tercer día, al darle todavía otra medalla más, le observó con cariño: «Pequeña, con ésta van diecisiete.» Muchas veces he pensado que sólo con este hecho queda demostrada la santidad del cura de Ars.

¡Paciencia! ¡Es necesaria la paciencia! Callarse un enfado, no descargar la rabia interior sobre otro, sonreír cuando estamos de mal humor, no echar en cara al otro las cosas que me han molestado, no decir lo que se me viene a la cabeza sobre la marcha contra otro, sufrir con buena cara la inoportunidad o pesadez de otros… todo eso supone un esfuerzo grande. Tenemos que conseguirlo, tenemos que luchar… aunque acabemos agotados por el dominio que nos hemos impuesto en algo aparentemente ridículo.

Cuando se nos ha pasado el enfado, lo que tengamos que decir lo decimos, pero… solo cuando ya tengamos paz. De otra manera, herimos a los otros, tenemos que desenfadarnos, nos arrepentimos de ciertas cosas dichas… y somos como un caballo sin doma. Luchar por la paciencia es domarse.

Señor, contra la ira, paciencia. ¿Me dejo llevar por los enfados? ¿Los domino? ¿Soy capaz de callarme en ocasiones, o me disparo como una metralleta, con ráfagas de disparos en los que muere hasta el apuntador? Dame, por favor, la virtud de la paciencia.

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.

 

10-13

San Eduardo III, Rey de Inglaterra. Siglo XI.

Se lo conoce como “El Confesor” por morir de muerte natural. La Iglesia Católica lo nombró Santo Patrón de los reyes, matrimonios problemáticos y mujeres separadas. Se da la circunstancia que hasta 1348 fue también el Patrón de Inglaterra, fecha en que fue sustituido por San Jorge.

Cuando se enciende el piloto rojo

«Respira aire puro», «pura lana virgen», «aceite puro de oliva»… Cuando se dice de algo que es puro estamos llamando la atención sobre un valor muy positivo: es algo auténtico, que no tiene mezcla alguna, que se mantiene sin contaminar…

Cuando los cristianos hablamos de pureza, nos referimos a la pureza del corazón: un corazón auténtico, sin mezcla de egoísmo, sin contaminar por el egoísmo del yo, que ama siempre y en todo… Y concretamente, con el propio cuerpo. Es decir, es puro quien siempre emplea su cuerpo para amar, para darse, para servir… y nunca con la finalidad de un placer egoísta.

Lo malo no es el placer, sino el egoísmo. Dios mandó al hombre que viviera y se multiplicara. Para sobrevivir debía comer y beber; para propagarse debía hacer uso de su sexualidad. Estas dos obligaciones básicas quiso acompañarlas de placer, para que nos resultasen no sólo llevaderas sino atractivas y fáciles de cumplir.

El placer es bueno, querido por Dios. Lo malo es si uno, obsesionado con obtener placer… come por comer, bebe sin sed y sin control, o usa su sexualidad como pasatiempo, por curiosidad, vicio o egoísmo. A este uso egoísta de la sexualidad se le llama «lujuria».

Resulta difícil de explicar que cuando uno vive la sexualidad de forma egoísta… lo que se ensucia es el corazón. A un joven le cuesta verlo; las personas con algo de edad lo ven claro.

Recuerdo perfectamente el día en que siendo pequeño iba en coche con mi hermana mayor, cuando se encendió una lucecita roja en el cuadro de mandos, un pequeño icono con algo que se parecía a un termómetro sobre unas líneas onduladas. No sabíamos qué indicaba aquello. Le dábamos golpecitos al cuadro de mandos para ver si se apagaba, pero nada. Al cabo de un rato empezó a salir humo del motor. Se estaba quemando.

Algo así ocurre con la pureza. Cuando cuesta mucho vivirla bien, cuando tenemos demasiadas tentaciones… es que se nos está encendiendo una luz roja en el cuadro de mandos que nos avisa: «hay demasiado egoísmo en su corazón», «usted está pensando demasiado en usted», «se está olvidando de amar», «su corazón está encerrado en sí mismo»… Es el momento de reaccionar.

Como escribía san Pablo a las primeras comunidades cristianas de Roma: «Os ruego, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios, como oblación racional. Y no os acomodéis a este mundo (…) de modo que podáis discernir cuál es la voluntad de Dios; esto es, lo bueno, lo agradable, lo perfecto»(12, 1). Vale la pena reaccionar, poner los medios: «Os lo ruego», escribía Pablo.

Quizá te sirva este dicho: «Contra la tentación, el móvil.» Quiero decir: cuando se siente una tentación de impureza, puede ayudar coger el teléfono móvil y llamar a alguien a quien le pueda alegrar una llamada, pensar en él, y así centrar mi atención en los demás. Lo del móvil no hace falta tomarlo al pie de la letra, pero la idea sí: salir de donde esté, hablar con alguien que está en casa, salir de mí mismo, darme a quien pueda necesitarme, escuchar… o lo que sea. Salir de mí. Y, por supuesto, pedir ayuda a María.

Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A ti, celestial Princesa, Virgen sagrada María, yo te ofrezco en este día alma, vida y corazón. Mírame con compasión. No me dejes, Madre mía.

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído, si se te enciende el piloto rojo, que deseas que tu corazón sea generoso, y cómo luchar metiendo más a los demás en tu corazón. 

10-12

Nuestra Señora del Pilar, Advocación Mariana.

Tras la ascensión a los Cielos de Jesús, los Apóstoles se distribuyen por todo el orbe para llevar la Buena Nueva. Santiago el mayor acude a Hispania e intenta la evangelización, sin resultados. Desesperado, la Virgen María se le apareció sobre un pilar en Caesaraugusta, para animarle.

Cualquiera se desanima

En la basílica del Pilar, en Zaragoza, se conserva un códice del siglo XIII en el que se cuenta esta tradición. El 2 de enero del año 39, cuando la Virgen María vivía junto al apóstol Juan en Éfeso, se apareció al apóstol Santiago a orillas del río Ebro. ¿Por qué?

Santiago el Mayor estaba en Hispania predicando, con idea de llegar hasta lo que ellos pensaban que era el final de la tierra —Finis terrae—, el punto más occidental de Europa, Galicia. Debió de ser muy duro predicar el Evangelio en las ciudades por las que iba pasando, duro y aparentemente infructuoso. Ante el fracaso de su predicación entre los paganos, ya agotado, Santiago se paró a orillas del Ebro, decidido a volverse. No seguiría adelante. Es entonces cuando se le apareció María, levantada sobre una columna que se dice que es el mismo pilar que hoy sustenta la talla de la Virgen, y le pidió a Santiago que erigiese un templo allí mismo, templo en el que se concederían muchas gracias, y aseguró que permanecería hasta el fin del mundo. El Apóstol, animado por María, siguió hasta Galicia.

Hoy, pasados más de veinte siglos, celebramos la fiesta de nuestra Madre bajo esta advocación de El Pilar. Durante estos siglos ha habido, efectivamente, milagros relacionados con la Virgen del Pilar. Es famoso el llamado «Milagro de Calanda» , un hecho muy documentado del que recientemente se ha publicado otro libro con un estudio detallado del milagro. Le ocurrió a un mendigo llamado Miguel Pellicer, nacido en Calanda. Era el segundo de ocho hermanos de una familia muy pobre y devota de la Virgen del Pilar. A finales de julio de 1637, cuando Miguel tenía 19 años, cayó del carro que conducía, cargado con trigo, y fue atropellado por el carro, una de cuyas ruedas le fracturó y aplastó la tibia en su parte central. Cinco días estuvo en el hospital de Valencia, pero pidió ser llevado a Zaragoza. Allí se comprobó que se le debía amputar la pierna, operación que realizó el doctor Juan de Estanga, cortándole la pierna «dos dedos más debajo de la rodilla». El joven practicante Joan Lorenzo García enterró dicha pierna cortada haciendo un hoyo.

En 1638 se le dio de alta y se dedicó a mendigar junto a la puerta del Pilar, después de asistir a misa todos los días en la Capilla de la Virgen. A los dos años, en la primavera de 1640, decide volver a su casa de Calanda; tras un viaje tremendo llega el 15 de marzo.

A las dos semanas, la noche del 19 de marzo, sobre las once de la noche, le fue restituida milagrosamente la misma pierna cortada y enterrada tres años antes, con las mismas cicatrices de un grano infectado que tuvo que sajar y una mordedura de perro de cuando era niño. Ante el revuelo causado en la villa de Calanda, el cura del pueblo cercano de Mazaleón, a unos 50 kilómetros, acudió acompañado del notario Miguel Andreu que levantó acta del suceso a los cinco días del milagro. El original de esta acta notarial se conserva en el Ayuntamiento de Zaragoza.

Fue proclamado como milagro el 27 de abril de 1641 por el arzobispo Pedro Apaolaza, tras un proceso en el que intervinieron tres jueces civiles y fueron interrogados veinticinco testigos. Ese mismo año, el rey Felipe IV mandó a Miguel Pellicer ir a palacio y arrodillándose ante él le besó la pierna.

El pilar, la columna es símbolo de fortaleza. Fortaleció a Santiago, y nosotros necesitamos que nos fortalezca también. Todos sufrimos nuestros bajones y desánimos. En esos momentos, acudamos a Ella. Y pedirle la fortaleza para rezarle esa jaculatoria popular: «Virgen santa del Pilar, antes morir que pecar.»

Madre buena, reina de los apóstoles, hazme fuerte. Y te digo, con tantos otros hijos tuyos: ¡Virgen santa del Pilar, antes morir que pecar!

Puedes tratar con María lo que te gustaría ser fuerte, y dejarte animar por Ella en los momentos de desánimo. Termina luego con la oración final.