10-01

Santa Teresa del Niño Jesús. Siglo XIX.

Nacida en Francia, el Papa Pío XI la canonizó y la proclamó patrona universal de las misiones. En el Carmelo vivió dos misterios: la infancia de Jesús y su pasión. Por ello, solicitó llamarse sor Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.

Tengo sed

Al norte de Francia, en la zona donde tuvo lugar el desembarco de Normandía, hay un pueblo grande llamado Lisieux. Allí vivían cinco hermanas con su padre. Los domingos toda la familia asistía a misa a la iglesia de San Pedro, normalmente en una capilla lateral. Uno de esos domingos, en 1887, la novena de las hijas, Teresa, se dio cuenta de algo:

»Un domingo, contemplando una estampa de nuestro Señor en la cruz, quedé profundamente impresionada al ver la sangre que caía de una de sus manos divinas. Experimenté una pena inmensa al pensar que aquella sangre caía al suelo sin que nadie se apresurase a recogerla, y resolví mantenerme en espíritu al pie de la cruz para recibir el divino rocío que goteaba de ella, comprendiendo que luego tendría que derramarlo sobre las almas… El grito de Jesús en la cruz resonaba también continuamente en mi corazón: “¡Tengo sed!” Estas palabras encendían en mí un ardor desconocido y vivísimo… Deseaba dar de beber a mi Amado, y yo misma me sentía devorada por la sed de las almas… No eran todavía las almas de los sacerdotes que me atraían, sino las de los grandes pecadores; ardía en deseos de arrancárselas al fuego eterno…»

Así arraigó su vocación, a los catorce años. Más tarde se hizo carmelita. Cuando estaba en éstas se casó Juana, una chica que conocía mucho. Teresa aprendió las delicadezas que debe tener una chica con quien va a ser su esposo. Entonces se le ocurrió hacer una invitación de boda, como la que había hecho Juana, para su casamiento con Jesús. Esto ponía en la invitación:

CARTA DE INVITACIÓN PARA LAS BODAS DE SOR TERESA DEL NIÑOS JESÚS DE LA SANTA FAZ. «El Dios Todopoderoso Creador del Cielo y de la tierra, Soberano Dominador del Mundo, y la Gloriosísima Virgen María, Reina de la Corte Celestial,

tienen a bien participaros el Casamiento de su Augusto Hijo, Jesús, con la Señorita Teresa Martín, ahora Señora y Princesa de los reinos aportados en dote por su Divino Esposo, a saber: la Infancia de Jesús y su Pasión, siendo sus títulos de nobleza: del Niño Jesús y de la Santa Faz Rey de Reyes y Señor de señores.

El Señor Luis Martín, Propietario y Dueño de los Señoríos de Sufrimiento y de la Humillación, y la Señora de Martín, Princesa y Dama de Honor de la Corte Celestial [dice esto porque su madre ya había muerto y estaba en el cielo],

tienen a bien participaros el Casamiento de su hija Teresa, con Jesús, el Verbo de Dios, segunda Persona de la Adorable Trinidad, que, por la operación del Espíritu Santo, se hizo Hombre e Hijo de María, la Reina de los Cielos.»

Hoy celebramos la fiesta de santa Teresa de Lisieux. Vamos a tratar como ella, con corazón y cercanía, con humor y cierta locura, a Jesús.

Señor, quiero saciarte la sed de almas, la necesidad que tienes de mi corazón, y del corazón de todos los hombres. Que resuenen continuamente en mi corazón tus palabras «Tengo sed». Que comparta contigo la sed. Ofreceré todos los días mi vida por la salvación de todas las almas. Que, como Teresa, ponga el corazón en mi relación contigo: que te trate como a mi amor, que te trate como a mi Esposo.

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final. 

09-30

San Francisco de Borja, Presbítero. 1510-1572

En Roma, muerta su mujer, con quien había tenido ocho hijos, ingresó en la Compañía de Jesús y, pese a que abdicó de las dignidades del mundo y rehusó las de la Iglesia, fue elegido prepósito general, siendo memorable por su austeridad de vida y oración.

Jean, ¿te diste?

Jean Guitton fue un pensador francés muy destacado. Murió rozando los cien años. Antes de morir escribió un libro en el que cuenta una ficción de su muerte, su entierro y su juicio. El juicio es divertido, aunque tiene algún momento trágico, como éste. San Pedro es el que lleva el interrogatorio. Transcribo parte del juicio:

—Jean, ¿qué es el juicio de Dios sobre el hombre?

—La manifestación del juicio del hombre sobre Dios.

—¿Cuál es tu juicio sobre Dios?

—Creo que Dios es verdadero. Creo que Dios es justo. Creo que Dios es amor.

Cristo movió la cabeza. San Pedro me interrogó, con un tono de pronto más grave.

—Todos los aquí presentes hemos definido el amor, con las palabras de Teresa de Lisieux: amar es darlo todo y darse a sí mismo. Tengo que hacer ahora, en presencia de todos, la gran y única pregunta: Jean, ¿te diste?

No respondí. Hizo de nuevo su pregunta.

—Jean, ¿te diste?

En ese momento me desmayé y me habría caído del sillón a no ser por los dos ángeles suizos que se precipitaron para sostenerme. Enderecé la cabeza. Unas gruesas lágrimas corrían por mis mejillas. San Pedro retomó la palabra.

—Jean, tu último día ya llegó y paso. Ahora es la Hora suprema. El Juez va a fallar. Piensa que es el Amor el que te juzga. Eres juzgado sobre el amor. Debes responder a esta última pregunta. Jean, ¿te diste?

Entonces, lentamente, con dificultad, yo, Jean Guitton, me levanté. San Pedro quiso decirme que continuara sentado, pero Teresa le tocó la mano y me dejó hacer. Me mantenía muy recto. Me mantenía muy recto a pesar de mi edad, los dos puños crispados sobre el bastón. El ángel fiscal, severo, observaba. Dejó su banco y vino a ponerse a mi derecha. Así, rodeado, empecé con voz ronca, que se fue aclarando. Y continué con una voz siempre ronca, pero crescendo.

—Viví. Morí. Estoy enterrado. Mi alma está desnuda, colgada a un no sé qué vertiginoso, como un arbusto en la pendiente de un acantilado. Ya no soy nada de todo lo que creía ser. Ya no tengo nada de todo lo que creía tener. ¡Ah! Si hubiese dado todo o simplemente perdido todo en vida, no me sentiría tan pegajoso. ¡Quién podría decirme por qué me siento tan pegajoso!

En esta pregunta, efectivamente, se resume el juicio y en esta pregunta se resumen los diez mandamientos. Puede ser un buen momento este rato de oración para preguntarnos con Dios si nos damos.

Señor Dios, ¿me doy? ¿vivo dando y dándome? Ayúdame a rectificar en lo que tenga que rectificar. Querría darme completamente cada día a las personas que tengo al lado. Así seré un buen hijo de quien es Amor, pero necesito que tú me vayas transformando progresivamente. Gracias porque quiero darme.

Comenta con él la pregunta. Puedes terminar con la oración final.

 

09-29

Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael.

De ellos la Sagrada Escritura revela misiones singulares y que sirven a Dios día y noche, y contemplando su rostro, a él glorifican sin cesar.

San Agustín consigue la libertad

«Cuando llegué a la adolescencia ardí en deseos de hartarme de las cosas más bajas, y llegué a envilecerme con los más diversos y turbios amores.» Así describe Agustín de Hipona, al cabo de muchos años, lo que fue su juventud. Y sigue: «Abrasado por esta obsesión, me sentía arrastrado por el vértigo de mis deseos, y me sumergí hasta el fondo de toda clase de torpezas. Estaba sordo y nervioso… cada vez me alejaba más del verdadero camino yendo detrás de satisfacciones estériles, ensoberbecido, agitado y sin voluntad para obrar bien.

»A mis dieciséis años me entregué totalmente a la carne, a la satisfacción sensual, permitida y hasta aplaudida por la desvergüenza humana, pero contraria al amor de Dios.

»Cuando dudaba en decidirme a servir a Dios, cosa que me había ya propuesto hacía mucho tiempo, era yo el que quería, y yo era el que no quería, sólo yo. Pero, porque no quería del todo ni del todo decía que no, por eso luchaba conmigo mismo y me destrozaba (…).

»De esta manera me atormentaba a mí mismo con más dureza que nunca, una y otra vez, plenamente consciente de ello, revolviéndome contra mis ligaduras para ver si rompía ese poco que me sostenía, pero que, poco y todo, me tenía atado. Dios me movía, gritándome desde dentro de mí; y con su severa misericordia redoblaba mi miedo y mi vergüenza a ceder otra vez y no terminar de romper lo poco que ya quedaba, para que no se rehiciesen otra vez mis viejas ligaduras, y me atasen otra vez y con más fuerza.

»Yo, interiormente, me decía: “¡Venga, ahora, ahora!” Y estaba ya casi a punto de pasar de la palabra a la obra, justo a punto de hacerlo; pero… no lo hacía; (…) Podía más en mí lo malo, que ya se había hecho costumbre, que lo bueno, a lo que no estaba acostumbrado. Me aterrorizaba cada vez más a medida que se acercaba el momento decisivo. Y si este terror no me hacía volver atrás ni apartarme de la meta, me tenía paralizado y quieto.

»Eran cosas de nada lo que me retenía, vanidades de vanidades, mis antiguas amigas; y me tiraban de mi vestido de carne y me decían bajito: “¿Es que nos dejas? ¿Ya no estaremos más contigo, nunca, nunca? ¿Desde ahora nunca más podrás hacer esto… ni aquello?” ¡Y qué cosas, Dios mío, qué cosas me sugerían con las palabras esto y aquello! (…)

»Aun así, conseguían que yo todavía vacilase y tardase en romper y desentenderme de ellas e ir de un salto a donde era llamado. Mientras, mi arraigada costumbre me decía: “¿Qué? ¿Es que piensas que podrás vivir sin estas cosas, tú?” (…)

»Y ella me sonreía con una risa que me alentaba, parecía decirme: “¿Por qué no vas a poder tú lo que éstos y éstas han podido? ¿O es que te crees que éstos y éstas lo pueden con sus propias fuerzas? ¡No, es con la fuerza del Señor su Dios! El Señor su Dios me ha dado a ellos. ¿Por qué intentas apoyarte en ti si no puedes ni tenerte en pie? Échate en sus brazos, no tengas miedo, Él no se retirará para que caigas; échate seguro de que te recibirá y te curará.” (…)

»Me sentía todavía preso por ellas y daba gritos gimiendo: “¡Hasta cuándo, hasta cuándo, mañana, mañana! ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no ahora mismo y pongo fin a todas mis miserias?” Mientras decía esto y lloraba con amarguísimo arrepentimiento de mi corazón, de repente oí de la casa vecina una voz, no sé si de niño o de niña, que, cantándolo y repitiéndolo muchas veces, decía: Toma y lee, toma y lee.

»De repente, se me demudó la cara, e intenté recordar si había algún juego en el que los niños soliesen cantar algo parecido, pero no recordaba haber oído nunca nada semejante; conteniendo mis lágrimas, me levanté, interpretando esa voz como una orden divina que abriese el libro y leyese lo que se me apareciera al abrirlo. (…)

»Por eso, deprisa, me volví al sitio donde estaba sentado Alipio donde yo había dejado el libro del Apóstol al levantarme de allí; lo tomé, lo abrí y leí en silencio lo primero con que me encontré; decía: No andéis ya en comilonas y borracheras; ni en la cama haciendo cosas impúdicas; dejad ya las contiendas y peleas, y revestíos de nuestro Señor Jesucristo, y no os ocupéis de la carne y de sus deseos.

»No quise leer más, ni era necesario tampoco, pues en cuanto terminé de leer ese párrafo, como si me hubiera inundado el corazón una fortísima luz, se disipó toda la oscuridad de mis dudas. (…)

»¡Qué dulce fue para mí verme de repente privado de la dulzura de aquellas cosas de nada! Cuanto temía antes perderlas, tanto más gozaba ahora por haberlas dejado; Dios, mi grande y verdadera dulzura, las había echado de mí. Él las arrancaba de mí, y en su lugar entraba Él, más dulce que toda dulzura, pero no a la carne; más luminoso y claro que la misma luz, y al mismo tiempo más oculto que cualquier secreto; más sublime que todos los honores, aunque no para los que buscan su propia honra.

»Mi alma estaba libre ya de las devoradoras preocupaciones de la ambición, del dinero, de las pasiones en que se revolcaba, de la sarna de la sensualidad. No hacía otra cosa que hablar de Dios, mi luz, mi riqueza, mi salvación, Señor Dios mío.»

Años después, Dios le hizo ver sus errores y exclamaba: «¡Qué tarde te amé, Señor!» Le costó mucho cambiar; pero acudiendo al Señor, rezando y pidiéndoselo… recibió la conversión. Gracia y esfuerzo. Llegó a ser san Agustín, obispo y santo —¡y menudo santo!—. El sexto y noveno mandamientos son camino de libertad, libertad para amar.

Señor, me quiero dar cuenta de que vale la pena quererte y luchar. Ayúdame, como has ayudado a tantas personas, a salir de mis pecados. Señor, contigo sí que puedo. A veces, pueden asaltarme malos deseos y tengo pocas fuerzas para resistirlos. ¡Padre, no me dejes!

Habla con él lo leído, y si luchas, si confías en su ayuda… y lo que te sugiera el relato de san Agustín.

09-28

San Wenceslao de Bohemia, Rey. 907-935.

Después de sufrir muchas dificultades en gobernar a sus súbditos y formarles en la fe, traicionado por su hermano Boleslao fue asesinado por sicarios en la iglesia de Stara Boleslav, en Bohemia.

El pulso que conviene perder

Estíbaliz, carmelita de 28 años. Monja de clausura. Estudia en un colegio de Bilbao. A los 13 años va con las de su clase a una convivencia que tiene lugar en un convento de Carmelitas en las afueras de Bilbao, en Getxo. Allí Dios le mete una inquietud que le durará once años, hasta que le responde a Dios que sí. En sus once años de pulso con Dios, como ella dice, tratade olvidar lo que… sigue presente. Amigos, viajes al extranjero, una buena carrera en la Universidad de Deusto… proyectos de trabajo y becas de estudio en el extranjero… Escribe ella:

«Creo que Dios, en la persona de Jesús, se hizo presente en mi conciencia a los trece años. Después de unos ejercicios espirituales. Fue una cosa sencilla, me sentí invitada a cultivar la oración como encuentro amistoso con Jesús, a leer el Evangelio para conocerle, a darle cabida en mi vida, a reunirme con otras compañeras para compartir todo aquello y crecer en amistad.

»Conocí poco después una comunidad de Carmelitas Descalzas. Aunque no pude entender casi nada y sentí incluso rechazo por el modo de vida, me impactó seriamente que fueran un grupo de mujeres unidas por Jesús y para ayudarse unas a otras a crecer en esta amistad con Él. No me convencieron, pero me inquietaron.

»Desde los trece años hasta los veinticuatro que entré en el Carmelo fueron años de lucha, de vaivenes; desde una búsqueda exigente y un compromiso con Jesús fuerte, hasta un abandono de los ratos de oración y un alejamiento de la vida de la Iglesia. Llegué a vivir la presencia de Dios en mi vida como una amenaza, pero no pocas veces también se me ofrecía la mejor posibilidad de ser feliz.

»Muchas veces aquellas carmelitas me venían a la mente, sentía resistencia para ser una de ellas, pero… ¿por qué no podía eliminarlas de mi recuerdo? En muchos momentos creía entender que Dios me estaba pidiendo algo a través de ellas, o mejor me lo estaba ofreciendo. Pero yo quería estudiar una carrera, viajar, tener independencia… Tenía mis planes, sin contar con los de Él.

»Hice mis planes. Me alejé bastante de aquella relación primera. Me parecía mentira haber llegado a plantearme ser monja. Me sentía incapaz de volver a crear en mi vida aquel ritmo de oración. Sin embargo, nunca pude negar que aquello vivido había sido real. Tenía la certeza de que no había sido una ilusión. Esto me volvía a inquietar. Creo que Dios se estaba volviendo a abrir paso en mi vida. Otra vez me despertaba a la oración, al deseo de encontrarme con Él en silencio. Otra vez ponía a mi lado amigos que oraban. Y otra vez las carmelitas.

»Tuve que recorrer un camino para descubrirlo en todo aquello. En mi interior volvió a aparecer la lucha. Intuí que si no me atrevía a ver de cerca si aquella vida era la propuesta e Dios para mí, no sería fiel a mí misma. No podría estar cómoda conmigo misma nunca. Ni establecer una relación con Dios en paz. Sentí dentro como que algo cedía. En mi interior le había dicho ya sí.

»Acabada la carrera entré. No me han faltado luchas interiores. Es mi condición. Suelo decir que mi vocación es algo así como la lucha de Jacob con Dios en Penuel. Al final fue Dios quien ganó. (…)

»Poco a poco Dios ha ido ganando terreno en mi vida. Me dejó hacer, pero fue fiel en su propuesta.

»Si a uno de vosotros mi testimonio le ayuda a entrar o a seguir el camino de la oración me veré muy contenta.»

Dios siempre es el mismo, y continúa vivo en nuestros días, vivo en cada alma, trabajando en ella, invitando a que le sigan. También nos invita a ti y a mí. ¡Ojalá no le hagamos más pulsos y le dejemos ganar a la primera! ¡Ojalá le amemos sobre todas las cosas!

Señor, que ganes tú el pulso conmigo. Aunque me resista, que sepas que no tengo ningún interés en salirme con la mía. Quiero hacer lo que tú quieras, en la vida toda y en lo pequeño. Sé que quieres que viva los mandamientos y las bienaventuranzas. ¿En algo no te estoy dejando ganar?

Es el momento de hablar con tus palabras de lo leído, de escucharle y de desear confiando en su cariño por ti.

09-27

San Vicente de Paúl, Presbítero. 1581-1660

París. Fundó la Congregación de la Misión (Paúles), al modo de la primitiva Iglesia, para formar santamente al clero y subvenir a los necesitados, y con la cooperación de santa Luisa de Marillac, fundó también la Congregación de Hijas de la Caridad.

Pontino y el desgraciado que no sabía quién era él mismo

Estamos en los primeros siglos del cristianismo. Pontino contaba  90 años y llevaba ya varios a la cabeza del obispado de Lyon cuando le apresaron por ser cristiano. El juez, tal vez apiadado por su vejez, le preguntó quién era el Dios de los cristianos. Y san Potino, ni corto ni perezoso, le contestó: «Lo conocerás cuando seas digno de Él». Entonces el juez, muy cortésmente, pidió a los presentes que le patalearan y apedrearan. Más tarde, Potino fue llevado a la cárcel, donde expiró.

Este hecho de Pontino nos plantea esta pregunta: ¿soy digno de conocer a Dios? La respuesta: vivir los diez mandamientos nos va haciendo dignos de conocer a Dios. Quien no vive los mandamientos termina por ignorar no sólo quién es Dios, sino que ni siquiera sabrá quién es él mismo. Cuentan que junto a la mesa de un hombre que acababa de quitarse la vida se encontró un sobre en el que había escrito: Aquí encontraréis cuál era mi problema. Lo abrieron y leyeron esto:

«Señor Juez:

Tuve la desgracia de casarme con una viuda; ésta tenía una hija; de saberlo, nunca me habría casado.

Mi padre, para mayor desgracia, era viudo; se enamoró y se casó con la hija de mi mujer, de manera que mi esposa era suegra de mi padre; mi hijastra se convirtió en mi madre… y mi padre al mismo tiempo era mi yerno.

Al poco tiempo, mi madrastra trajo al mundo un varón, que era mi hermano, pero era nieto de mi mujer, de manera que yo era abuelo de mi hermano.

Con el correr del tiempo mi mujer trajo al mundo un varón, que como hermano de mi madre, era cuñado de mi padre y tío de su hijo.

Mi mujer era suegra de su propia hija; yo, en cambio, padre de mi madre; y mi padre y su mujer son mis hijos, mis padres y mis hermanos; mi mujer es mi abuela ya que es madre de mi padre, y además yo soy mi propio abuelo.

Ya ve, señor Juez. Me despido de este mundo porque no sé ni quién soy.»

Ser digno de conocerte, Señor, y de conocerte cada día más. No es posible conocerte sin llevar una vida que nos asemeja a ti. Quiero, por eso, vivir los mandamientos, rechazar aunque sea una pequeñez si me separa de ellos, porque me separarían de ti. Habla, Señor, que tu siervo escucha.

Comenta con él algo de lo leído, y qué podría asemejarte más a él.

09-26

Santos Cosme y Damián, Mártires. Siglo III.

Hermanos gemelos que, según la tradición, ejercieron la medicina en Ciro, de Augusta Eufratense (hoy Siria), no pidiendo nunca recompensa y sanando a muchos con sus servicios gratuitos (c. s. III).

Planeta Simpson

«He aquí que estoy a la puerta y llamo, dice Dios. Si me abres, entraré y me sentaré a la mesa y cenaremos juntos». Estoy convencido de que en la mayoría de los casos, las personas que no abrimos nuestra puerta a Dios cuando nos llama es porque dentro de la casa no hay nadie. Sí: muchos no le abren porque no viven dentro de ellos.

¿Qué quiero decir? Que vivimos fuera de nosotros, haciendo cosas, preocupados de lo de fuera, sin saber qué queremos y por qué hacemos lo que hacemos, sin buscar nada en la vida. Vivimos sin vida por dentro. De una cosa a otra pasamos sin tiempo que medie. Y si hay tiempo, con música y el tuenti y lo que haga falta, conseguimos no pensar. No vivimos dentro de nosotros.

«Ya sabéis cómo se viaja hoy en día —comenta irónicamente Jacques Leclercq—: Los jóvenes que se respetan han visto, antes de cumplir los veinte años, la mitad de Europa, y la mayor parte de ellos incluso han cruzado los mares. La Bretaña requiere ocho días; Austria, diez; tres semanas para Italia ya es mucho; las orillas del Rin son cosa de un fin de semana. Se hacen trescientos kilómetros diarios… (…)

»La gente civilizada no dedica más de un día a visitar París, por supuesto en autocar, con una especie de ser mugiente al lado del chófer, que detalla a voz en grito, ayudándose incluso a veces de un megáfono, las obras de arte, de gracia y de delicadeza acumuladas por los diez siglos de civilización francesa… (…)»

Y continúa proponiendo como contraste: «Cuando yo era niño tenía una tía anciana —la tía Amelia—, mejor dicho, una tía abuela, una de esas tías solteronas —¿existe aún esa raza?—, muy digna, rígida, que nunca hubiera consentido sentarse en un sillón, sino sólo en una silla de respaldo rectilíneo; una de esas tías solteronas de las que se decía muy bajito que habían tenido más de una ocasión de casarse, pero que eran ellas las que no habían querido, y cuya misión especial parecía ser la de conservar los recuerdos de la familia y mimar a sus sobrinos nietos.

»Nos hablaba a menudo del gran viaje a Italia que había hecho con su madre después de morir mi bisabuelo; debía de ser por 1870. El viaje había durado seis meses; se habían quedado dos meses en Roma. Hoy, el que dispone de seis meses y de algunos recursos, se cree obligado a dar por lo menos una vez la vuelta al mundo.

»Pero cuando se corre durante seis meses a lo largo del planeta, se ha visto menos de lo que yo veo en el mismo tiempo, aspirando los olores de mi tierra. ¿Conocéis algo más decepcionante que unos jóvenes que vuelven de viaje? Sus impresiones se reducen poco más o menos al precio de la gasolina en los distintos países, a algunas opiniones de cocina comparada, a veces a una vista rápida de algún paisaje».

Si quienes no viven dentro de sí mismos se volviesen amarillos ahora mismo, seguramente el planeta parecería el planeta de los Simpson. ¿No te parece?

Señor, que viva la vida para dentro. Sin interioridad no vivo la vida, sencillamente la gasto. Que sea protagonista de mi vida, ayúdame. Si necesito la actividad constante… puede ser mal síntoma. Quiero estar dentro de mi casa y oír cuando me llamas, y abrirte y sentarme contigo… disfrutar de ti y de la vida. Gracias.

Puedes comentarle ahora, sin prisa, lo leído. Termina, luego, con la oración final.

09-25

San Cleofás, Discípulo del Señor.

Discípulo del Señor, a quien, con el otro compañero itinerante, ardía el corazón cuando Cristo, en la tarde de Pascua, se les apareció en el camino explicándoles las Escrituras, y después, en la casa de Cleofás, en Emaús, conocieron al Salvador en la fracción del pan.

El Chuchi aprieta pero no ahoga

Un día me gustaría escribir la historia de mi amigo José María. Nos conocimos en Madrid. Fui con unos cuantos chavales a cuidar durante una semana a enfermos con sida. Lo pasamos y lo pasaron en grande. Con José María en concreto hice una buena amistad de años. Ha muerto hace poco.

Después de esa semana le enviamos fotos y alguna revista. Enseguida nos contestó. Para entender lo que dice, conviene saber que estaba buscado por la policía por un robo y por haberse fugado:

Hola

Espero que estéis bien. Os escribo de nuevo, para que veáis que no me olvido de vosotros. Me gustaron muchísimo la revista y las fotos de los muchachos. Por aquí todo sigue igual. Bueno, algunos se han ido con los familiares a pasar unos días, y también algún que otro colaborador se ha marchado de vacaciones, pero vamos tirando…

Ah, no creáis que me olvido de rezar por vosotros; todas las noches rezo oraciones. También rezo por mi familia, que aunque no lo lleva muy bien, también se lo merece.

De lo que me dijiste, de venir el 25 de abril… me alegraría muchísimo, pues dejasteis un grandioso recuerdo en mí; no es fácil encontrar gente que lo dé todo por nada (y menos en estos tiempos que corren, como dirían los viejos).

De lo mío, todavía no sé nada, pues no he hablado con la asistenta social ni el juez dice nada, y eso que me dijo la hermana que sabían que estaba aquí. ¡No sé! También solicité la Metadona y estoy en lista de espera pues hay muchos días que me deprimo, y todavía psicológicamente sigo pensando en la heroína y es lo que yo no quiero, volver a ella, pero menos mal tengo al Chuchi cerca y me está ayudando. Mira, precisamente antes de ponerme a escribir la carta, he estado leyendo el Vía Crucis, y al principio viene lo que os relato:

¡Chuchi no permitas que me Aparte de ti!

¡Del maligno enemigo defiéndeme!

Y estas dos frases me han llenado de fuerza, y fíjate qué pronto me he acordado de vosotros y me he dicho «vamos a mandarles cuatro letras, y haz Señor, que les acompañe durante toda la vida».

Bueno, aquí os voy a dejar para no cansaros mucho, y que la Virgen Santísima os acompañe como acompañó a su hijo el Santísimo.

José María

Como ya nos había dicho, a Jesús no le llamaba Jesús: a un castizo de El Pozo de tío Raimundo —ése era su barrio— le parecía un poco cursi. Se refería con toda naturalidad a Jesús llamándole Chuchi. Pienso que es una buena manera de vivir el segundo mandamiento: No tomarás el nombre de Dios en vano. Cuando en la cultura judía se habla del nombre, se refiere a la persona nombrada. Hablar de Él con respeto, y hablar de Él con afecto.

Aparte de eso, ¿no te parece formidable la confianza que tenía con el Chuchi? En la despedida nos lo dijo: «El Chuchi aprieta pero no ahoga».

Jesús, perdona las veces que escuchas en este mundo expresiones que no guardan el respeto que mereces. Quiero decirte que no lo tengas en cuenta, pues —como tú dijiste— no saben lo que hacen. Quiero nombrarte con cariño, con afecto, hablarte con familiaridad. Gracias: ¡Señor, no permitas que me aparte de ti! ¡Del maligno enemigo, defiéndeme! Es verdad: cuando te tratamos, tú aprietas pero no ahogas.

Es el momento de comentarle con tus palabras algo de lo leído o de lo que tengas en la cabeza. Puedes terminar con la oración final.

09-24

Nuestra Señora de la Merced, Advocación Mariana.

Merced significa misericordia. Este título lo creó la Orden Religiosa de los Mercedarios en 1218 en Barcelona. En aquella época, los moros cautivaron a muchos, que recurrieron a la fe católica. Nuestra Madre del Cielo mostró su misericordia mediante dicha orden. es patrona de Barcelona y de los cautivos.

El primer día de la semana

En el esquema semanal del mundo mediterráneo el primer día era considerado el día del sol, como el resto de los días de la semana se ligaban a otros planetas —Luna, Marte, Mercurio, Júpiter, Venus, que se corresponden respectivamente con lunes, martes, miércoles, jueves y viernes—.

Los cristianos continúan esa tradición de considerar el domingo el día del sol, pero entienden que el verdadero sol es Cristo. «Cristo brilla sobre todos los seres más que el sol» —dice un autor de los primeros siglos—. «La vida se ha extendido sobre todos los seres y todos están llenos de una amplia luz: el Oriente de los orientes invade el universo.» Los cristianos celebran el domingo al verdadero sol, al «que existía “antes del lucero de la mañana” y antes de todos los astros», al que «instaura un día de luz, largo, eterno, que no se extingue: la Pascua mística».

Los judíos santificaban y santifican el sábado, pues ese día —terminada la creación— Dios descansó. El sábado representaba la coronación de la primera creación. Los cristianos sustituyen el sábado por el domingo, pues éste recuerda la nueva creación, inaugurada por la resurrección de Cristo. El domingo cristiano es una celebración de la creación, día de agradecimiento por la creación, y porque continuamente la recompone, la conserva y guarda.

El domingo cristiano conserva, a la vez, el carácter sagrado ordenado por Dios al pueblo judío para el sábado: «Guardarás el día del sábado para santificarlo»; «El día séptimo será día de descanso completo, consagrado al Señor». Procuramos evitar «entregarse a trabajos o actividades que impidan el culto debido a Dios, la alegría propia del día del Señor, la práctica de las obras de misericordia, el descanso necesario del espíritu y del cuerpo».

¡Qué importante es el domingo en la vida de los cristianos¡ Decía san Agustín que «el amor a la verdad busca el santo ocio». Podríamos añadir que la verdad más radical del hombre —la adoración— necesita de ese ocio. El sentido del domingo cristiano se entiende con mayor profundidad en este contexto de la adoración.

Necesitamos recuperar el sentido pleno del domingo: un día de descanso corporal, que posibilite al espíritu gozar de la libertad imprescindible para adorar a Dios en sí mismo, principalmente, participando en la Eucaristía. Como dice el Catecismo: «Durante el domingo y las otras fiestas de precepto, los fieles se abstendrán de dedicarse a tareas que distraigan de la adoración a Dios, del ejercicio de acciones misericordiosas, y de la distensión necesaria de cuerpo y espíritu» (2185).

Esto permitirá, también, adorarle en sus criaturas: «El domingo está tradicionalmente consagrado por la piedad cristiana a obras buenas y a servicios humildes con los enfermos, débiles y ancianos. Los cristianos deben santificar también el domingo dedicando a su familia el tiempo y los cuidados difíciles de prestar los otros días de la semana. El domingo es un tiempo de reflexión, de silencio, de cultura y de meditación, que favorecen el crecimiento de la vida interior y cristiana» (2186).

Te pido para toda tu iglesia, Señor, que volvamos a comprender el sentido del domingo. No se trata de ir a misa, sino de vivir un día distinto. Intentaré que en mi familia se viva así, y te lo pido para todas las familias cristianas. Necesitamos, Señor, vivir el tercer mandamiento. Gracias por habérnoslo dicho expresamente.

Comenta ahora con Él cómo vives y en qué puedes mejorar la santificación de los domingos.

09-23

Santo Padre Pío de Pieltrecina, Presbítero capuchino. 1887-1968

En el convento de San Giovanni Rotondo, en Apulia, se dedicó a la dirección espiritual de los fieles y a la reconciliación de los penitentes. Llevó los estigmas de Cristo durante 50 años.

Recoge las plumas

Cuentan que alguien fue a confesarse de haber dado falsos testimonios de un familiar. La penitencia fue de lo más curiosa. «Toma una gallina, subes a la torre de la iglesia o del ayuntamiento, allí desplumas la gallina al aire libre, luego baja y recoge todas las plumas.» El penitente se horrorizó: «Es imposible.» El sacerdote le hizo ver que lo mismo ocurre con los falsos testimonios: uno dice algo no verdadero de otro y luego es imposible saber hasta quién y hasta dónde llegan esas mentiras, incontrolable el mal que pueden causar.

Un falso testimonio es como tirar una piedra al otro lado de un muro: no sabes a quién y cómo puedes dañar. Es importante que seamos justos con los demás. No se trata de evitar decir mentiras, sino que conviene evitar cualquier comentario negativo acerca de otra persona, porque es injusto y porque no sabemos el descalabro del que podemos ser culpables.

No dirás falsos testimonios ni mentirás. El estilo del cristiano es el de ser luz, y por tanto andar de la mano de la verdad. No sólo evitamos las mentiras, sino que procuramos ser sinceros.

Ana Frank en su diario se refiere a su compañero de cautividad: «Nos hemos confiado muchos secretos, pero hasta aquí hemos guardado silencio sobre lo que llenaba y llena aún mi corazón. No logro hacerme una idea exacta de él. ¿Es superficial o su timidez le hace ser reservado incluso conmigo? “En el fondo, la juventud es más solitaria que la vejez”: esta frase, que leí en un libro cuyo título no recuerdo, ha quedado grabada en mi memoria, pues me parece acertada.»

Así es. Seamos sinceros para no aislarnos.

Un último apunte. El Señor ya expresó en otro momento la actitud de no juzgar: «No juzguéis y no os juzgarán… ¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?» (Mateo 7, 1-3). Como nos dice Raniero Cantalamessa: «El sentido de estas palabras no es: no juzguéis a los hombres y así éstos no os juzgarán (sabemos por experiencia que no es siempre así), sino más bien: no juzgues a tu hermano, a fin de que Dios no te juzgue; o, mejor aún: no juzgues al hermano pues Dios no te ha juzgado a ti. El Señor parangona el pecado del prójimo (el pecado juzgado) sea el que sea, a una mota, en comparación con el pecado del que juzga (el pecado a juzgar) que es una viga. La viga es el hecho mismo de juzgar, tan grave es a los ojos de Dios.»

Ayúdame, Señor, a ser sincero. Si la juventud es más solitaria que la vejez, yo quiero vivir una juventud cristiana: que busque ayuda, que sea sincero con quien me acompaña espiritualmente, que sea muy sincero en la confesión. Y no hablaré mal de nadie, aunque me parezca tener motivos. Guarda, Señor, mi lengua.

Repasa con Dios lo leído, y cómo ser más fino al vivir este mandamiento.

09-22

San Mauricio, Mártir. Siglo III.

Era el comandante de la Legión Tebana. Recibió órdenes para acudir a la Galia en auxilio del emperador Maximiano. Combatieron valientemente, pero se negaron a perseguir a los cristianos. Al negarse por segunda vez, fueron ejecutados.

Quien bien te quiere… te exigirá

Entrevistaban a George Steiner, intelectual judío:

«Dice usted que nació minusválido de la mano y del brazo derechos, y que cierta dosis de voluntarismo de sus padres… porque hay un voluntarismo cultural y se necesita un asombroso voluntarismo para forzarlo a escribir con la mano derecha minusválida. Creo que le ataban la mano izquierda a la espalda, para obligarlo a escribir con la derecha. ¡Sería incomprensible hoy día!»

Él contesta rápidamente:

«Pues verá: ¡lo siento por hoy! Una vez aprendido el hecho de que un pequeño hándicap es un gran privilegio, es decir, una escuela de esperanza, una escuela de la voluntad donde se califica cada progreso, el hecho de que para atarse los lazos de los zapatos uno necesite un año de ejercicio (cuando ya existían los cierres de cremallera)… es de eso precisamente de lo que estamos hablando: o sea, en lugar de decirle al niño “Pobrecito, te facilitaremos las cosas”, se le dice: “¡Qué suerte tienes, te las haremos más difíciles!”

»Sin caer en la mínima presunción, créame, comprendí muy muy pronto una de las máximas preferidas de mi padre (es de Spinoza), que dice que “la cosa excelente ha de ser muy difícil”. ¡Que sí, es exacto! Para nada se trata de castigar: hoy, cuando todas las terapias son terapias de facilidad, creo que es mucho más difícil crecer con alegría —y subrayo alegría—. La lucha por resolver los problemas cotidianos: tuve la suerte inmensa de tener padres que lo habían comprendido. No había nada de sádico ni de siniestro, al contrario: cuando llega el éxito es una risotada de alegría.»

Quien ama exige lo bueno y lo mejor. Quien no ama no exige, porque no le importa el bien del otro. Los mandamientos tienen esta misma razón de ser. No son mandatos caprichosos de Dios al hombre, sino la exigencia de lo que es bueno para el hombre, para que el hombre sea verdaderamente hombre, un verdadero hombre, un gran hombre. Todos los mandamientos se pueden «resumir» de una manera positiva, como nos muestra el Catecismo (2052):

«Maestro, ¿qué he de hacer yo de bueno para conseguir la vida eterna?» Al joven que le hace esta pregunta, Jesús responde primero invocando la necesidad de reconocer a Dios como «el único Bueno», como el Bien por excelencia y como la fuente de todo bien. Luego Jesús le declara: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Y cita a su interlocutor los preceptos que se refieren al amor al prójimo: «No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no levantarás testimonio falso, honra a tu padre y a tu madre». Finalmente, Jesús resume estos mandamientos de una manera positiva: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19, 16-19).

Gracias, Dios mío, por los mandamientos, por decirnos clara y expresamente lo que necesitamos para vivir. Que me deje exigir por ti y por los demás: que me puedan decir las cosas que me convienen, que lo agradezca, que haga caso. Señor, ¿voy a por lo bueno o a por lo fácil?

Esta pregunta es interesante: conviene que la hables ahora con Él. Puedes terminar luego con la oración final.