09-11

San Juan Gabriel Perboyre, Presbítero y Mártir. 1802-1840

En la ciudad de Wuchang, de la provincia Hubei, en China, presbítero de la Congregación de la Misión que, dedicado a la predicación del Evangelio durante una persecución sufrió prolongada cárcel, siendo atormentado y, al fin, colgado en una cruz y estrangulado.

Feliz de no ser nadie, ni siquiera para Dios

Madre Teresa de Calcuta, con una transparencia impresionante, escribe a monseñor Périer lo que ocurre en su alma:

Excelencia, ¿por qué todos son tan buenos con nosotras? —No tengo otra respuesta sino una profunda gratitud. (…)

Hay tanta contradicción en mi alma. — Un deseo tan profundo de Dios — tan profundo que es doloroso — un sufrimiento continuo — y sin embargo no querida por Dios — rechazada — vacía — no fe — no amor — no fervor. — Las almas no me atraen de ningún manera— el Cielo no significa nada —me parece como un lugar vacío — el pensamiento del Cielo no significa nada para mí y sin embargo este atormentador anhelo de Dios. — Rece por mí por favor para que continúe sonriéndole a pesar de todo. Pues soy sólo Suya — así Él tiene todo derecho sobre mí. Soy perfectamente feliz de no ser nadie ni siquiera para Dios (…)

Su devota hija en J.C.

M. Teresa, M.C.

Escribe el padre Brian: «Sentir que los mismos pilares de su vida —la fe, la esperanza, el amor— habían desaparecido, era angustioso. Las tinieblas habían debilitado la certeza del amor de Dios hacia ella y la realidad del cielo. El celo ardiente por la salvación de las almas que la había llevado a la India aparentemente se había desvanecido. Al mismo tiempo, paradójicamente, se agarraba con todas sus fuerzas a la fe que profesaba y, sin ningún consuelo, trabajó de todo corazón en su servicio diario a los más pobres de los pobres.

Madre Teresa confesó que era «perfectamente feliz de no ser nadie ni siquiera para Dios». En 1947, escribió a monseñor Périer: «Por naturaleza soy sensible, me gustan las cosas bonitas y agradables, la comodidad y todo lo que puede dar la comodidad, ser amada y amar». Habitualmente ella guardaba silencio ante todas las faltas de amor, aunque las sintiera profundamente. Cuánto más sensible sería con los signos del amor de Dios —o su aparente ausencia—. Su ansia de sentir Su cercanía hizo la oscuridad mucho más desgarradora. Había alcanzado sin embargo una madurez espiritual que la ayudaba a ocupar el último sitio con humildad y generosidad y ser alegremente «nadie ni siquiera para Dios».

Durante sus retiros anuales, madre Teresa revisaba su vida y renovaba su compromiso de esforzarse por alcanzar la santidad —y ella era muy exigente consigo misma—. En abril de 1957, compartió con monseñor Périer su determinación de arrancar los defectos de su fuerte carácter. Continuando su propósito del año anterior, se esforzaría en superar sus deficiencias mediante la mansedumbre y la humildad.

«Éstas son mis faltas. A veces usé un tono bastante vivo y severo corrigiendo a las Hermanas. Incluso algunas veces fui impaciente con la gente —por éstas y por todas mis otras faltas humildemente pido perdón y penitencia— y pido la renovación de mis permisos generales (de dar, recibir, comprar, vender, prestar, pedir prestado, destruir, dar estos permisos a las Hermanas en especie y en dinero) para las Hermanas y todas las obras de la Congregación, y le pido que me corrija por todas mis faltas. Quiero ser santa según Su Corazón manso y humilde, por eso me esforzaré lo más posible en estas dos virtudes de Jesús.

»Mi segundo propósito es llegar a ser un apóstol de la Alegría —para consolar al Sagrado Corazón de Jesús mediante la alegría—.

»Por favor pídale a Nuestra Señora que me dé su corazón, de modo que pueda cumplir más fácilmente Su deseo para mí. Quiero sonreír incluso a Jesús y así, si es posible, esconderle incluso a Él el dolor y la oscuridad de mi alma.

»Las Hermanas están haciendo un retiro muy fervoroso. — Tenemos mucho que agradecer a Dios, por darnos Hermanas tan generosas.»

Comprometerse en llegar a ser «un apóstol de la Alegría» cuando humanamente hablando se sentía posiblemente al borde de la desesperación, era verdaderamente heroico. Pudo hacerlo porque su alegría estaba enraizada en la certeza de la bondad última del plan amoroso de Dios hacia ella. Y aunque su fe en esta verdad no le proporcionaba ningún consuelo, se arriesgó a afrontar los retos de la vida con una sonrisa. Su único punto de apoyo era la confianza ciega en Dios.

El deseo magnánimo de esconder su dolor incluso a Jesús, era una expresión de su gran y delicado amor. Hacía todo lo posible para no cargar a otros con sus sufrimientos; deseaba aún menos que éstos fueran una carga para su esposo, Jesús. Comparado con Sus sufrimientos y los de Sus pobres, su dolor no le parecía significativo. En cambio aspiró a consolar Su Corazón mediante la alegría. Para esto contaba con el apoyo de María.

Bienaventurados los que sufren, sí, porque ellos serán consolados. Madre Teresa sufre y, al mismo tiempo disfruta de un peculiar consuelo de Dios. Y con el deseo de parecerse a Jesús se propone imitarle en su mansedumbre: bienaventurados los mansos.

También yo quiero ser apóstol de tu alegría. No quiero, Señor, hacer demasiado caso a los sentimientos. Aunque no te sienta, tú estás ahí. Aunque no sienta tu calor, tú me quieres con ternura. Quiero saber sufrir lo que me «toque» y ser feliz porque sepa sufrir consolado por ti. Y como Teresa te digo: «Quiero ser santa según Su Corazón manso y humilde, por eso me esforzaré lo más posible en estas dos virtudes de Jesús.»

Comenta con Dios lo leído, y pregúntale si quiere que hagas los mismos propósitos de Madre Teresa u otros.

09-10

San Nemesio, mártir. Siglo III.

En Alejandría, en Egipto, acusado falsamente de ladrón, fue llevado a juicio y absuelto, pero después, en la persecución del emperador Decio, fue acusado de ser cristiano, siendo torturado y quemado con ladrones.

Los ojos del corazón

Un compañero del servicio militar se replantea su vida tras la muerte de su madre. Somete a revisión su vida y se da cuenta de que ha sido algo tonto en sus relaciones con las chicas en el pasado. Así lo dice en una larga carta:

«Incluso a las mujeres las veo ahora de otra forma; cuánta dignidad les había hecho perder en mis pensamientos anteriores (aunque para ser sinceros, esos pensamientos siguen apareciendo; la diferencia es que ahora los combato y sé por qué los combato). Soy más sincero con ellas, me siento libre.»

Efectivamente, algunas formas de mirar no buscan la dignidad del otro: sólo importa el hecho de si aquello es agradable o no, si puede ofrecer placer o no, si me gusta o no, si resulta útil o no, si me puede proporcionar satisfacción o no.

Hay corazones que miran mal. Estos corazones tienen ojos que sólo dan valor a lo que les produce placer. Lo único que les interesa de la realidad es aquello que les pueda despertar agrado, gusto, satisfacción… No saben si las cosas tienen un valor; reconocen como valioso, exclusivamente, lo que pueden usar con algún tipo de agrado.

El interés domina sus relaciones. Instrumentaliza todo, también a las personas; cualquier realidad es un instrumento o medio para su placer; si no es así, pierde interés.

Quien no tiene un corazón limpio mira a otra persona y no ve un tú, un sujeto valioso y digno, con necesidades y exigencias, con su historia y sus sentimientos, con sus pesares y sus ilusiones. Lo que se presenta ante su mirada es «algo» que le sirve porque gusta, excita, despierta placer…

Esta actitud puede despertar cierto asco cuando se considera fríamente. Por eso, quien cae en esta situación pretende limitar este comportamiento a un aspecto de la vida, a la esfera de la sexualidad; pero no es posible. Esta actitud conforma —da forma— al propio corazón y lo contamina. Quien mira mal se hace caprichoso. A fuerza de girar en la rueda de sus limitados intereses, se incapacita progresivamente para que brille el valor de cualquier otra cosa. Si no reaccionamos pronto, el corazón se hace cada vez más pequeño e insensible. Cualquier persona, y el mismo Dios, terminará por convertirse en algo bastante insípido y uniforme: sólo le llamarán la atención las cosas o personas con capacidad de satisfacerle. Las cosas y las personas no se distinguirán por sí mismas, sino por su utilidad.

Quien libremente se va conformando de este modo, se incapacita para la verdadera felicidad. Acaba un poco harto y empachado porque se siente esclavo. Y por supuesto no puede ver a Dios.

Así se entiende bien aquello que nos dijo: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Está claro: quien no es limpio de corazón no le ve, ni a Dios ni a casi nadie del que no pueda sacar provecho, del tipo que sea, pero provecho.

Dame, Señor, un corazón puro. Lávame y déjame más blanco que la nieve (Salmo 50). Que no mire mal, que no mire siempre con interés. Santa María, bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. ¡Que también pueda recrearse en la mía! Amén.

Coméntale con tus palabras cómo es la mirada de tu corazón. Termina después con la oración final.

09-09

San Pedro Claver, Presbítero jesuita. 1580-1654.

En Nueva Cartagena, ciudad de Colombia, durante más de cuarenta años dedicó su vida a los esclavos negros, bautizando con su propia mano a casi trescientos mil de ellos.

Dormir como un niño… es de santos

Los cristianos tenemos clara nuestra meta. ¡Es formidable! El camino, sin embargo, tiene momentos de todo tipo. Uno de los sabores amargos lo dan los fallos personales, el cansancio de desviarnos o caer una y otra vez en lo mismo, el desánimo causado por intentos fallidos, por metas no alcanzadas…

Necesitamos aprender a vivir siendo como somos: fallones. En el camino los fallos son experiencias: todos los éxitos en su principio fueron fracaso. La perseverancia no es una línea recta sino quebrada, con altibajos, caer y volver a levantarse hasta que se domina, entonces se está en disposición para hacer otra cosa nueva.

Los cristianos luchamos, pero lo importante no es arrasar consiguiendo nuestros objetivos a la primera, sino que lo que de verdad nos importa es amar a Dios, gustarle a él, agradarle, unirnos. Si queremos luchar por algo, es por este motivo; por eso, si no lo conseguimos, conservamos la paz igualmente, pues seguimos amándole con nuestro defecto, y sabemos que él nos quiere así y no nos deja de su mano. Así, poco a poco, cuando él quiera, nos sacará de nuestras caídas, defectos, imperfecciones y pecados.

¡Qué importante es que aprendamos a vivir con paz! Hagamos esfuerzos por confiar en Dios. Charles Péguy nos sugiere con su poesía lo que Dios diría al hablar de su obra, el Hombre:

«Yo conozco bien al hombre. Soy yo quien lo ha hecho. Es un ser extraño. Pues en él actúa esa libertad que es el misterio de los misterios. (…) Yo sé llevarle. Es mi oficio. Y esa libertad es mi creación. Se le puede pedir mucho corazón, mucha caridad, mucho sacrificio. Tiene mucha fe y mucha caridad. Pero lo que no se le puede pedir, vaya por Dios, es un poco de esperanza. Un poco de confianza, vaya, un poco de relajación, un poco de entrega, un poco de abandono en mis manos, un poco de renuncia. Está tenso todo el tiempo. (…)

»Que ese señor consienta, que se dé un poco a mí. Que relaje un poco sus pobres miembros cansados sobre una tumbona. Que relaje un poco sobre una tumbona su corazón dolorido. Que su cabeza, sobre todo, deje de funcionar: su cabeza funciona demasiado. Y él cree que ése es su trabajo, que su cabeza funciona así. Y sus pensamientos, total, ¡para lo que él llama sus pensamientos! Que sus ideas no funcionen más y no se peleen más en su cabeza y no tintineen más como pepitas de calabaza. Como un cascabel en una calabaza vacía. Cuando pienso a qué llama sus ideas… Pobre ser. No me gusta, dice Dios, el hombre que no duerme.»

«Pero el que por la noche al acostarse hace planes para el día siguiente. No me gusta, dice Dios. El muy tonto, sabe acaso cómo se hará el día de mañana. Conoce al menos el color del tiempo. Mejor haría en rezar sus oraciones. Yo nunca he negado el pan del día siguiente. El que está en mi mano como el bastón en la mano del viajero. Ése sí me es agradable, dice Dios. El que se apoya en mi brazo como un bebé que se ríe. Y que no se ocupa de nada. Y que ve el mundo en los ojos de su madre, y de su ama. Y que no lo ve y no lo mira más que allí. Ése me es agradable, dice Dios. Pero el que hace cálculos, el que en su interior. En su cabeza para mañana. Trabaja como un mercenario. Trabaja horriblemente como un esclavo que gira una rueda eterna. (…) Pues bien, ése no me es agradable en absoluto, dice Dios. El que se abandona, me gusta. El que no se abandona, no me gusta, es así de sencillo. El que se abandona no se abandona y es el único que no se abandona. El que no se abandona se abandona y es el único que se abandona.»

Y continúa: «Pero cuando yo os digo: Pensad más bien en el mañana, no os digo: calculad ese mañana. Pensad en él como un día que llegará; y pensad que eso es todo lo que sabéis de él. No seáis como ese desgraciado que da vueltas y se consume en la cama. Para llegar a la jornada siguiente. No acerquéis la mano al fruto que no está maduro. Sabed únicamente que ese mañana del que siempre se habla es el día que va a llegar, y que estará bajo mi gobierno. Como los demás. Eso es todo lo que debéis saber. En cuanto al resto, esperad. Yo espero mucho, aun siendo Dios. Vosotros me hacéis esperar mucho. Me hacéis esperar demasiado la penitencia tras la falta. Y la contrición tras el pecado. Y desde el principio de los tiempos yo espero El juicio hasta el día del juicio.»

Señor, tú eres misericordioso. Si confiamos en tu misericordia, nosotros también seremos misericordiosos. Me abandono en ti. Dormiré a pierna suelta. Renuncio a controlar el futuro. Que en la lucha interior sepa vivir con paz también cuando soy derrotado, porque tu misericordia es mucho más grande que mi derrota.

Comenta ahora si quieres la necesidad que tienes de confiar y abandonarte en él. Convéncele de que te lleve por ese camino.

09-07

Santa Regina, Mártir. Siglo II.

Alesia, en Borgoña. Fue educada en la fe por una nodriza cristiana. Por negarse a aceptar casarse la encerraron en un calabozo y sufrió tormentos. Una de aquellas noches, recibió en su calabozo el consuelo de una visión de la cruz. Murió decapitada.

El hambre y la sed, y el Varón de deseos

Cuando Jesús se dirigía con los apóstoles a Jerusalén, la madre de los hijos de Zebedeo se le acerca y le pide que disponga que sus dos hijos tengan asiento en su reino, uno a la izquierda y el otro a la derecha. Los dos apóstoles, aunque también desean lo que la madre, se muestran temerosos y avergonzados, incapaces de confirmar en alto la petición materna. Jesús les reprocha: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?»

—¡Podemos! —responden enérgicamente, afirmando que están dispuestos a hacer lo que Jesús quiera. Da gusto escuchar a estos dos jóvenes. Seguramente ni siquiera sabrían qué quería decir aquello de “podéis beber el caliz que yo he de beber”: ¿de qué cáliz habla? ¿qué significa beber de una copa? Pero no les importa no saber qué tendrán que hacer para lograr los mejores puestos en el nuevo Reino. «¿Que si podemos? Podemos lo que sea necesario», responden, con tal de alcanzar lo mejor. Son varones de deseos, de la misma manera que su madre es mujer de deseos.

La madre, al pensar en el reino, probablemente pensó en el reino temporal. Su visión era corta porque el reino que Jesús ofrecía no era de este mundo, pero su ambición fue mayor que su visión: pidió lo mejor que conocía; si, en cambio, pensaba en la eternidad, no pudo pedir nada mejor. Madre e hijos son almas de deseos, y esto significa superar la mediocridad, buscar el triunfo tanto en la tierra como en el cielo. Y nos dicen las escrituras: El deseo de Justo se logra, y en otro lugar: El justo verá colmados sus deseos (Prov. X-XI).

Esta escena nos ayuda a entender el «Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia.» Ambición, hambre, inconformismo con la mediocridad, sed de más, deseos grandes, ser soñador… Ante esta escena debemos reaccionar y ser también almas de deseos: desear un lugar junto a Cristo y no quedarnos como simples espectadores. 

En el libro de Daniel se le describe al protagonista como «varón de deseos». Bienaventurados, entonces, quienes tienen hambre y sed de justicia, es decir, las mujeres y hombres de deseos de un mundo en el que reine la justicia. Cuando Jesús anuncia esta bienaventuranza, «la mirada se dirige a las personas que no se conforman con la realidad existente ni sofocan la inquietud del corazón, esa inquietud que remite al hombre a algo más grande y lo impulsa a emprender un camino interior, como los magos de Oriente que buscan a Jesús, la estrella que muestra el camino hacia la verdad, hacia el amor, hacia Dios. Son personas con una sensibilidad interior que les permite oír y ver las señales sutiles que Dios envía al mundo y que así quebrantan la dictadura de lo acostumbrado.»

Quiero, Jesús, ser uno de ésos: quiero tener mucha hambre y mucha sed de bien, de más justicia, de un enorme amor, de una siembra abundante de verdad, de triunfo de la paz… Ante lo que me excede no me desanimaré sino que desearé; ante lo que no soy capaz no me desanimaré sino que te diré que lo deseo. Por otro lado, lo que dependa de mí, lucharé por cambiarlo. Y no olvido, ahora que soy joven, que si me preparo bien profesionalmente estará más capacitado para influir más en el mundo y así hacerlo más justo: tengo que trabajar mucho y bien. María, auméntame el hambre y la sed de justicia. Haz de todos tus hijos cristianos personas de deseos grandes.

Es el momento de hablar con Dios con tus palabras acerca de esta bienaventuranza. Ejercítate ahora como varón de deseos: deseo, Señor, esto… y esto otro… y esto otro…

09-06

San Bertrán de Garrigue, Presbítero dominico.1195-1230

En el monasterio cisterciense de Boschette (o Vauluisant), cerca de Orange, en la Provenza en Francia. Uno de los primeros discípulos de santo Domingo y siempre fiel a sus consignas.

Bienaventurados los pobres de espíritu

«Había un rey que pidió a sus sacerdotes y sabios que le mostraran a Dios para poder verlo. Los sabios no fueron capaces de cumplir ese deseo. Entonces un pastor, que volvía del campo, se ofreció para realizar la tarea de los sacerdotes y los sabios. El pastor dijo al rey que sus ojos no bastaban para ver a Dios. Entonces el rey quiso saber al menos qué es lo que hacía Dios. “Para responder a esta pregunta —dijo el pastor— debemos intercambiarnos nuestros vestidos.” Con cierto recelo, pero impulsado por la curiosidad para conocer la información esperada, el rey accedió y entregó sus vestiduras reales al pastor y él se vistió con la ropa sencilla de ese pobre hombre. En ese momento recibió como respuesta: “Esto es lo que hace Dios.” Éste es el estilo de Dios: rebajarse a la condición humana, para que nosotros nos revistamos de la realeza de Cristo.»

¡Vestirnos de Dios! Para eso necesitamos no vestirnos con riquezas. Está claro que no hablamos de las ropas que abrigan el cuerpo, sino de las que visten el alma. Si el alma está vestida de vanidad, de fama y de ganas de tener, de preocupaciones por las cosas… entonces no podemos vestirnos de Dios.

La comparación que pone el salmista es tremenda: «El hombre en la opulencia no comprende, a las bestias mudas se asemeja» (49). Ése es el problema: si nos vestimos de riquezas y vivimos en la opulencia… no comprendemos a Dios, ni nada de lo que Dios nos dice, ni de lo que tenga que ver con la vida del espíritu: entendemos tanto como las bestias, y bestias que tampoco pueden comunicarse porque son mudas.

Es preciso desvestir el alma de esas cosas para vestirnos de Dios. A eso se refiere Jesús al decirnos «bienaventurados los pobres de espíritu porque ellos poseerán la tierra».

Se puede ser pobre de cosas materiales, pero también se puede ser pobre en recursos, pobre de ideas, pobre en salud, pobre de tiempo, de inteligencia, de virtudes, de simpatía… Jesús nos pide que seamos pobres de espíritu. La bienaventuranza que nos enseña Jesús es ésta: bienaventurados los pobres de espíritu. Así nuestro espíritu será habitado por Dios: él quiere darnos su Espíritu.

Un hijo de Dios puede decir que no tiene nada, pero tiene a Dios. Hay tantos que quieren mostrar ante el mundo sus habilidades, mostrar de lo que son capaces, aparentar… El cristiano, hijo de Dios, no necesita demostrar nada porque teniendo a Dios ya lo tiene todo.

Dios mío, te voy a repetir las palabras de santa Teresa:

Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia, todo lo alcanza;

quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta.

Eleva el pensamiento, al cielo sube, por nada te acongojes, nada te turbe.

A Jesucristo sigue con pecho grande, y venga lo que venga, nada te espante.

¿Ves la gloria del mundo? Es gloria vana; nada tiene de estable todo se pasa.

Aspira a lo celeste, que siempre dura; fiel y rico en promesas, Dios no se muda.

Ámale cual merece, Bondad inmensa; pero no hay amor fino sin la paciencia.

Confianza y fe viva mantenga el alma, que quien cree y espera todo lo alcanza.

Del infierno acosado aunque se viere, burlará sus furores quien a Dios tiene.

Vénganle desamparos, cruces, desgracias; siendo Dios su tesoro, nada le falta.

Id, pues, bienes del mundo; id, dichas vanas; aunque todo lo pierda, sólo Dios basta.

Ahora es el momento para preguntarle qué sería conveniente quitarte para vestirte de él. Si quieres, puedes repetirle el Nada te turbe de santa Teresa despacio, comentando algunas de las frases con él.

09-05

Beata Teresa de Calcuta, Fundadora. 1910-1997

En la ciudad de Calcuta, en la India, beata Teresa (Inés) Gonhxa Bojaxhiu, que, nacida en Albania, fundó las congregaciones de Misioneros y Misioneras de la Caridad, para servir a los enfermos y abandonados.

Las dos espirales

Cuenta el director de cine Bergman que no se llevaba bien con su hermano mayor:

«El odio cainita casi nos lleva al fratricidio. Dag me había sacudido a conciencia y yo decidí vengarme. Costase lo que costase.

»Agarré una pesada garrafa de cristal y me subí a una silla detrás de la puerta del cuarto que compartíamos en “Våroms”. Cuando mi hermano abrió la puerta le tiré con todas mis fuerzas la garrafa sobre la cabeza. La garrafa se hizo añicos, mi hermano se desplomó y empezó a salirle sangre de la herida abierta. Unos meses después me agredió de improviso y me hizo saltar dos dientes. Respondí prendiendo fuego a su cama mientras dormía. El fuego se apagó solo y las hostilidades cesaron por una temporada.»

Las malas relaciones siguieron. Cuenta que cuando su hermano mayor tenía ya casi los sesenta años, «el dolor y la humillación física los soportaba con una rabiosa impaciencia y se preocupó mucho de hacerse lo suficientemente desagradable como para que a nadie se le ocurriese sentir compasión».

Todos conocemos la fuerza de los remolinos. Por experiencia, yo sólo estuve metido en una ocasión, en un río. De repente te sientes llevado con fuerza en una dirección que no sabes ni cuál es ni adónde te lleva. En un movimiento de espiral te mete para dentro y resulta difícil o imposible salir. Yo, por fortuna, no sé cómo pero salí. Así ocurre con el bien y con el mal. El mal es un remolino que te lleva cada vez a un mal mayor. Te arrastra con fuerza y no sabes dónde acabará. Así se entiende el comportamiento entre esos dos hermanos siendo jóvenes.

Jesús dice: Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Los cristianos trabajamos por romper las espirales de mal. Y eso cuesta: por eso dice que exige trabajo implantar la paz.

Pero no sólo eso. Los cristianos, además, creamos espirales de bien. Los cristianos implantamos una dinámica, como si nos encontrásemos permanentemente en un «concurso de bien», concurso que consistiría en lograr hacer un bien mayor que el bien recibido, y eso cada día y con cualquiera. Nos gusta a los cristianos vivir dando, en una escalada de dar que siempre trata de dar todavía más.

Ahogar el mal en abundancia de bien. Si no nos corresponden, seguimos haciendo el bien. Si continúan sin agradecer y sin responder con bien, seguimos haciendo el bien. Hasta que el otro se rinda y entienda esta forma de comportarse. Entonces seremos llamados hijos de Dios porque éste es el estilo de Dios, «que hace salir el sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos y pecadores… Sed, pues, perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mateo 5, 45-48).

Sí. La paz exige esfuerzo, trabajar por la justicia, implantar la espiral del bien. San Francisco lo pedía a diario con esa oración que podemos rezar hoy:

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz:

que donde hay odio, ponga yo amor;

que donde hay ofensa, ponga yo perdón;

que donde hay error, ponga yo verdad;

que donde hay desesperación, ponga yo esperanza;

que donde hay tinieblas, ponga yo luz;

que donde hay tristeza, ponga yo alegría.

Haz, Señor, que no busque tanto

ser consolado, como consolar;

ser comprendido como comprender;

ser amado, como amar.

Porque es cuando nos damos, que recibimos;

cuando nos olvidamos, que nos encontramos;

cuando perdonamos, que obtenemos perdón;

y es muriendo, que resucitamos a la vida eterna.

Habla con él ahora, con tus palabras, de lo leído. Mira a ver si estás metido en alguna espiral, si trabajas por la paz, si puedes hacer algo más.

09-04

Santa Rosalía, Ermitaña. Siglo XII.

En Palermo, de Sicilia, practicó la vida solitaria en el monte Pellegrino. Se le invoca como abogada contra la peste y los terremotos.

Bienaventurados los misericordiosos

Dice santa Catalina de Siena: «Si una gota de amor de Dios pudiera caer en el infierno lo convertiría en cielo y a todos los demonios los transformaría otra vez en ángeles.» La misericordia no es simple compasión, sentimentalismo vacío, buenas palabras sin eficacia; la misericordia es acompañamiento, comprensión, ahogar el mal en abundancia de bien, sacar bien del mal.

La escena del buen samaritano describe la verdadera misericordia: «Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron, dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión. Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y le montó luego sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: “Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.” ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?» Él dijo: «El que practicó la misericordia con él.» Díjole Jesús: «Vete y haz tú lo mismo» (Lucas 10, 29-37).

¿Te das cuenta? Antes de que pasara el samaritano, un levita y un sacerdote judío pasaron por el camino. Al ver al hombre medio muerto se conmovieron, el herido les dio lástima, pero siguieron su camino. El malherido no fue ayudado y tal vez esa indiferencia le dolió más que la paliza recibida. Probablemente hubiese preferido que no le hubiese visto nadie, para no sufrir su desprecio. Después llegó el samaritano, se detuvo. No eran amigos, es más, entre los de Jerusalén y los samaritanos había cierta enemistad. El samaritano cambia de planes y ayuda al herido, se lo lleva consigo hasta una posada donde puedan atenderle. Este samaritano sintió en sus propias carnes las heridas del moribundo, hizo con él una obra de misericordia y le asistió.

Abrir el corazón es curar al prójimo. La misericordia tiene mucho que ver con la empatía, con compadecer, sentir con el otro, ponerse en el lugar de los demás. En muchas ocasiones no estará en nuestras manos la solución del problema, pero siempre podremos hacer que el otro no se sienta solo. Nos dice Santo Tomás de Aquino: «Entre todas las virtudes que se refieren al prójimo, la principal es la misericordia.» Muchas veces, tener misericordia significa comprender.

Otra gran parábola de la misericordia es la del hijo pródigo. El centro de esta parábola no es el hijo sino su padre (cfr. Lucas 15, 11-24). El padre había perdido un hijo pero el hijo no había perdido un padre. El hijo quiso volver como jornalero, esto es sin padre, pero el padre no se lo permitió. Perdonar es una característica propia de los padres. Podemos aplicarlo a todas nuestras relaciones: yo puedo perder un amigo, pero mi amigo nunca me perderá a mí. Cuando él quiera, aquí me tendrá: le perdonaré, no le fallaré cuando tenga la intención de volver.

Los misericordiosos alcanzarán misericordia. Normalmente quienes han recibido el perdón saben perdonar a los demás. Quienes no perdonan a los demás no suelen dejarse perdonar, no se creen que alguien pueda perdonarles. Es una experiencia: sólo son capaces de abrirse a la misericordia los que la practican. Los que son duros para dar misericordia, son duros para recibirla. Sí, el que recibe misericordia es misericordioso.

La misericordia va más allá de la justicia. La justicia da a cada uno lo suyo. Pero el hombre es pecador, luego lo suyo será el castigo. Dios, en cambio no quiere la muerte del reo sino su salvación: «No he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo» (Juan 12, 46). San Pablo nos dice: «Dios es rico en misericordia» (Efesios 2, 4).

La misericordia es amar a alguien como es, incluso con sus debilidades tan peculiares; sus faltas no nos alejan de él, sino que, al contrario, nos acercan para ayudarle, suplirle o complementarle. Cuando me lo encuentre malherido por los golpes de sus propios pecados, lo tomaré sobre mí y lo llevaré a la posada para que sea sanado. Sí: así es la misericordia que aprendemos de Dios, la misericordia que Dios practica con nosotros y que nos pide que practiquemos nosotros con los demás.

Dios, tú que eres rico en misericordia, ayúdanos a no ser justos con los demás, sino misericordiosos. Sin tu misericordia, Dios nuestro, nadie podría resistir. Que no exija sin comprensión, que no reaccione con enfados, que no me aleje de nadie criticándolo. Quiero seguir el camino de esta bienaventuranza. Hazme, Señor, misericordioso como tú eres misericordioso.

Qué buen momento para pedirle que te haga misericordioso. Hay un poco de examen con él: si comprendes o no, si eres duro con los demás, si juzgas, si perdonas, si eres buen samaritano de los demás…

 

09-03

San Gregorio Magno, Papa y Doctor de la Iglesia. Siglo VI-VII.

Verdadero pastor, propagó y reafirmó la fe por doquier, para lo cual escribió muchas obras sobre temas morales y pastorales. Organizó el canto litúrgico, que hoy seguimos llamando “canto gregoriano”.

Foto robot de la felicidad

La pregunta más comprometida y esencial que se puede hacer a alguien es ésta: ¿eres feliz? A todos los famosos se la hacen, parece que es obligado preguntarlo en cualquier entrevista que se precie. ¿Qué vas a responder? Pues que sí, que por supuesto que soy feliz. Pero contestar sinceramente a esa pregunta llevaría horas y seguramente tendría sus momentos de ojos mojados.

Feliz, bienaventurado, dichoso, alegre, afortunado… Ahí está la clave. Un día, en una montaña, Jesús ofreció una lista de bienaventuranzas, una propuesta de vida feliz, un camino que hace dichoso a quien lo recorre. Nos proponíamos vivir alegres. Veamos hoy el camino explicado por el mismo Jesús:

«Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y, tomando la palabra, les enseñaba diciendo:

 Bienaventurados los pobres de espíritu,

porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los mansos,

porque ellos poseerán en herencia la tierra.

Bienaventurados los que lloran,

porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,

porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos,

porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón,

porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz,

porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,

porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros» (Mateo 5, 1-12).

¿Sabes qué? Que en las bienaventuranzas hay un sujeto secreto. Quiero decir, son como una foto robot, describen los rasgos de una persona. Son el retrato de Jesús:

«Si andamos a fondo en las Bienaventuranzas, observaremos que siempre aparece el sujeto secreto: Jesús. Él es aquel en quien se ve lo que significa “ser pobres en el Espíritu”; él tiene el corazón puro, es el que lleva la paz, el perseguido de la justicia. Todas las palabras del sermón de la montaña son carne y sangre de él.»

Pero también son una llamada a que le imitemos. Así seremos felices.

Leía en una entrevista que hacían a un artista ateo: «Basta ya de hacer de la vida un infierno para alcanzar un cielo después.» Los que las viven son bienaventurados, son felices tanto en el cielo como en la tierra. Es la alegría de ser feliz en la tierra y tener seguro el cielo. La felicidad del cielo no se alcanza al precio de una vida desgraciada en la tierra. La felicidad del cielo es para los que saben ser felices en la tierra. La gracia divina es una incoación de la gloria eterna. La gracia de Dios nos ayuda a ser felices. Hay que desterrar la idea falsa de que la vida cristiana quita la paz y la alegría por lo que tiene de esfuerzo y lucha.

Ser feliz no se consigue con una vida acomodada sino con un corazón enamorado. Pero todo amor es una conquista, es algo que no se tiene y se debe alcanzar. Algo que se obtiene con esfuerzo. Por eso, lo que parece que es perder la vida porque se da, acaba siendo una ganancia porque se encuentra.

Gracias, Jesús, por las bienaventuranzas. Las voy a volver a leer viendo que tú estás en cada una de ellas: en ellas te describes a ti mismo. Gracias, porque así me resultará más fácil imitarte. Te pido que durante este mes me ilumines para entenderlas, para vivirlas. Quiero fiarme, Señor, y dejar que las bienaventuranzas me moldeen.

Puedes hablar con él ahora acerca de lo leído, y decirle que deseas vivir las bienaventuranzas: que a lo largo de este mes te las vaya descubriendo.

09-02

San Antolin de Pamiers, Mártir. Siglo IV.

En Apamea, lugar de Siria, los paganos lo mataron por destruir ídolos cuando tenía veinte años.

¡Qué sufrimiento, qué falta de Dios!

Escribe el postulador de la causa de canonización de madre Teresa de Calcuta, relatando los inicios de su trabajo entre los más pobres de Calcuta:

«Por fin, el 21 de diciembre madre Teresa por primera vez fue a los barrios más miserables como una Misionera de la Caridad. A través de los desafíos de los últimos dos años, había permanecido fiel a la llamada y por fin había alcanzado su objetivo: “los agujeros oscuros de los pobres”. Una de sus primeras seguidoras comentó más tarde: “Verla tan pobremente vestida, con un simple y humilde sari, con un rosario en la mano, era como ver el Evangelio hecho vida, haciendo presente a Jesús entre los más pobres. Se podía decir que una Luz había amanecido en la oscuridad de los barrios más miserables.”»

La Calcuta que afrontaba ahora madre Teresa había sufrido mucho las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial, la secuela del hambre de 1943 y los frecuentes disturbios en la ciudad. Inmediatamente después de la independencia de la India, la afluencia de gente a la capital de Bengala fue enorme. La ciudad famosa por sus palacios veía crecer sus barrios más miserables. Los pobres que podían permitirse alquilar pequeñas chabolas (hacinados con sus escasas pertenencias en sólo unos pocos metros cuadrados, a menudo sin ventanas) sobrevivían frecuentemente con un mínimo de alimentos y prácticamente sin ninguna ayuda médica. La escolarización de sus hijos estaba fuera de sus posibilidades. Y el creciente número de personas que vivían en la calle, que incluso carecían de ese mínimo, estaba a merced de la enfermedad, el hambre y la inanición.

Madre Teresa describe la dolorosa realidad que encontró en ese primer día. Verónica Gomes, que trabajaba en la parroquia, era su guía a las áreas pobres de la ciudad:

«A las 8 dejé St. Joseph… En St. Teresa… tomé a Verónica conmigo y salimos.

»Empezamos en Taltala y fuimos a visitar a cada familia católica. —La gente estaba contenta — pero había niños y niños por todas partes — y qué suciedad y qué miseria — qué pobreza y qué sufrimiento. — Hablé muy, muy poco, sólo lavé algunas heridas y [puse] vendajes, di medicinas a algunos. — Al anciano tendido en la calle — rechazado — totalmente solo, simplemente enfermo y moribundo — le di carbarsone y agua para beber y el anciano estaba tan extrañamente agradecido (…) Luego fuimos al bazar de Taltala, y allí había una mujer muy pobre, muriéndose de hambre, creo, más que de tuberculosis. Qué pobreza. Qué sufrimiento real. Le di algo que la ayudara a dormir — pero esta mujer anhelaba tener algún cuidado. Me pregunto cuánto tiempo durará — tenía sólo 35,5º en ese momento. Pidió varias veces la confesión y la Sagrada Comunión. — Sentí allí también mi propia pobreza — ya que no tenía nada para dar a esa pobre mujer. — Hice todo lo que pude, pero si hubiera podido darle una taza de leche caliente o algo así, su cuerpo frío habría obtenido un poco de vida. — Debo intentar estar en algún sitio cerca de la gente donde poder acceder con facilidad a las cosas.»

Cada día en estos barrios más miserables suponía nuevos retos. Además de la pobreza, las dificultades y la inseguridad, madre Teresa tenía que afrontar las críticas que había previsto. No todos entendían sus esfuerzos ni veían el provecho o beneficio de su trabajo entre los pobres. Esto no la alarmó. Su respuesta llena de confianza…:

«Creo que algunos dicen qué interés hay en trabajar entre los últimos de los últimos — que los importantes — los instruidos y los ricos están dispuestos a venir [así que] es mejor dedicarles todas las energías a ellos. Sí, que lo hagan los demás. — El Reino se debe predicar a todos. Si los ricos hindúes y musulmanes pueden tener todo el servicio y toda la dedicación de tantas religiosas y sacerdotes, seguro que los más pobres de los pobres y los últimos de los últimos pueden tener el amor y la dedicación de nuestro pequeño grupo. Me llaman “la Hermana de los barrios más miserables”, y estoy contenta de ser precisamente eso por Su amor y por Su gloria.»

(…) A pesar de los sufrimientos y de la constante tentación de volver a la seguridad de Loreto, madre Teresa se mantuvo en el difícil camino que Dios le había preparado. La extraordinaria dificultad de su situación se pone de manifiesto en el relato que escribió el 16 de febrero:

«Hoy aprendí una buena lección — la pobreza de los pobres debe de ser a menudo tan dura para ellos. Cuando deambulé buscando una casa — caminé y caminé hasta que me dolieron las piernas y los brazos. — Pensé que a ellos también les deben de doler el cuerpo y el alma cuando buscan un hogar — comida — ayuda. — Entonces la tentación se hizo fuerte — los edificios lujosos de Loreto vinieron rápidamente a mi mente — todas las cosas bonitas y las comodidades — la gente con la que se relacionan — en una palabra, todo. — “Basta que digas una palabra y todo eso será tuyo de nuevo” — continuó diciendo el tentador. Por [mi] elección libre, Mi Dios y por amor hacia a Ti — deseo permanecer y hacer cualquiera que sea Tu Santa Voluntad respecto a mí. — No dejé caer ni una sola lágrima. — Incluso si debo sufrir todavía más — aun así quiero hacer Tu Santa Voluntad. — Ésta es la noche oscura del nacimiento de la Congregación. — Dios Mío, dame valor ahora — en este momento — para perseverar en seguir Tu llamada.»

Como madre Teresa había previsto, esta nueva vida le estaba trayendo «sobre todo sufrimientos». (…) «La pobreza de los pobres» se estaba convirtiendo en suya. Al mismo tiempo, Dios le estaba proporcionando el valor necesario para perseverar, como ella lo había pedido en sus oraciones.

Después de dos largos meses de búsqueda, Dios respondió a su petición de un nuevo hogar. Los hermanos Gomes, dos de los cuales vivían en Bangladesh, le hicieron disponible el tercer piso de su casa en el número 14 de Creek Lane; éste se iba a convertir en «el primer hogar de las Misioneras de la Caridad». Madre Teresa se trasladó allí a finales de febrero, sin embargo las pruebas continuaron:

«Hoy — Dios mío — qué tormentos de soledad. — Me pregunto cuánto tiempo sufrirá esto mi corazón. — El Padre Bauwens, SJ, el párroco de St. Teresa, vino a bendecir la casa. — Las lágrimas caían y caían. — Todos ven mi debilidad. Dios Mío, dame valor ahora para luchar contra mí misma y contra el tentador. No permitas que me eche para atrás del sacrificio que he hecho libremente y con convicción. — Corazón Inmaculado de mi Madre, ten piedad de tu pobre hija. Por amor a ti quiero vivir y morir como una M.C.»

Era raro que madre Teresa, normalmente dueña de sí misma, deje ver a otros su sufrimiento. Sólo dos semanas antes, aunque presionada por diversas pruebas y tentaciones, no dejó «caer ni una sola lágrima». Había llegado ahora al límite de su capacidad de soportar el dolor y la soledad. Convencida de no poder soportarlo con sus propias fuerzas, se dirigió a Dios en oración. Bendito seas, Dios, en tus santos. En ellos sí aprendemos que son bienaventurados los que lloran cuando sus lágrimas son porque aman. ¡Qué misterio! Te voy a pedir con las palabras de madre Teresa que me des amor y fuerza para cumplir con la misión que a mí me has encomendado. Y te pido que no me resista a sufrir cuando me toque sufrir: sufrir no es malo cuando es lo que pide el amor; lo malo es apartarse y abandonar el amor cuando amar exige sufrir.

Comenta con Dios la actitud de Teresa de Calcuta, y piensa en cómo le respondes tú.