08-22

Santa María Reina.

El Papa Pío XII instituyó esta fiesta en 1955 para venerar a María como Reina. Es la Reina Gloriosa del Cielo y de la Tierra a la que podemos invocar día y noche. Todos los ángeles y los santos le saludan en el Cielo alegremente con el nombre de Reina.

El aburrimiento

En su diario íntimo anota Baudelaire uno de los días: «Hay que trabajar, si no por gusto, por desesperación. Ya que, en resumidas cuentas, el trabajo es menos aburrido que el placer.» Es curioso, pero a algunos les pasa esto.

Para muchos, los días de descanso son días extraordinarios de los que esperan la solución para quitarse el aburrimiento. Pero luego ocurre que durante los días libres también se aburren. Es que el problema no está en las cosas que se hacen, sino en nosotros. El corazón gris y aburrido lleva su niebla y aburrimiento consigo.

Muchos días tienen una fisonomía gris, sin aliciente humano, son días rutinarios, con un trabajo mecánico y monótono, días un poco «pluf». Casi todo lo que tenemos que hacer tiene un elemento concreto que disgusta, por eso mismo ese trabajo se retrasa o se hace con prisa y sin interés. Hacer siempre lo mismo aburre. Y el aburrimiento trae tentaciones de cualquier tipo.

Somos tontos cuando esperamos que nos llegue la felicidad con lo extraordinario, dentro de nuevas experiencias. Lo extraordinario solamente distrae, hasta que nos acostumbramos también y entonces nos cansa. Somos tontos cuando despreciamos los días entre semana como el rollo que hay que sufrir, y sólo nos ilusionamos con que llegue el fin de semana con sus novedades; somos tontos cuando despreciamos las mañanas porque sólo nos ilusiona la noche; somos tontos cuando despreciamos el tiempo que estamos con los de nuestra casa porque sólo nos ilusionamos con el tiempo que estamos fuera de casa con los amigos. ¡Somos tontos cuando despreciamos tantas cosas formidables! Es como declarar tiempo no apto para la felicidad a tres cuartas partes de la vida.

El problema no está entre lo ordinario y lo extraordinario, sino entre el amor o la falta de amor. Amar lo ordinario es convertirlo en extraordinario. El amor estrena cada día, lo llena de belleza y vitalidad.

La santidad está en lo ordinario, y al pecado se le combate en lo ordinario ofreciendo con amor a Dios lo que se realiza. De este modo se trasciende la realidad cotidiana. Esa cruz negra y oscura se convierte en la cruz salvadora. Las tareas dejan de ser un castigo para convertirse en una bendición que nos da ocasión de tantas cosas buenas, de adquirir virtudes, de servir.

El amor es lo más grande, es lo que mueve a Dios a crearnos. Y a los hombres el amor nos hace felices con lo que hacemos. Entonces no hace falta buscar otras realidades que nos despisten del camino.

Dios mío, quiero ser feliz con todo lo que hago, todos los días. Que valore lo normal, lo ordinario, lo de todos los días. Que ponga el corazón en todo lo que hago, aunque sea lo de siempre. Así amaré, y el aburrimiento no asomará el hocico en mis días. Qué bien cuando tengo que trabajar en algo, qué bien cuando puedo hacer algo que me descansa, qué bien cuando tengo que hacer eso en el horario… Con todo disfrutaré, Señor, porque todo lo hago con interés y con cariño.

Puedes comentar con Él si te aburres, cuándo y por qué: ojalá te haga ver la relación entre el aburrimiento y el estar metido en ti, porque el aburrido tiene el corazón enfermo de egoísmo.

08-21

San Pío X, CCLVII Papa. Siglo XIX.

De tierras venecianas, fue sucesivamente sacerdote con cargo parroquial, obispo de Mantua y después patriarca de Venecia. Tras ser elegido Sumo Pontífice adoptó una forma de gobierno con la que quería instaurar todas las cosas en Cristo.

Tiene un nombre: santa María

Te copio de la carta de una monja al sacerdote que la consagró, cuando éste acaba de morir:

Cada 7 de octubre añoraré tu felicitación en mi aniversario de la profesión solemne, cuando tus manos sacerdotales me bendijeron.

Yo te desposo con Jesucristo,

Hijo del eterno Padre.

Recibe el anillo de la fe,

sello del Espíritu Santo,

para que te llames esposa de Dios.

… No me olvido de tu gran consejo en aquellos días:

Déjate querer, como la cera que se consume y se quema

para dar paso a la luz.

Pídeselo a María y, si no te oye, grítale:

¡Hágase en mí lo que tu Hijo quiera!

… Como un grandísimo regalo conservo la Homilía de la ceremonia de mi Profesión Solemne, escrita de tu puño y letra, con tinta negra, como a ti siempre te gustaba escribir. Aquí están tus mayúsculas para que hoy lo rememore…:

Tiene Dios que hacerte pobre y darte el amor para serlo,

tiene Dios que hacerte virgen y darte la alegría de serlo,

tiene Dios que hacerte obediente y darte la delicia de serlo.

Tiene que inmolarse en tu carne, ser víctima en tu carne

para dejarte más revestida de su hermosura,

poseída como amada elegida y consagrada,

por la riqueza, fecundidad y libertad de Dios.

Así será tu forma de ser virgen y de ser madre.

En cada una de tus muertes, Él te hará virgen —disponible… y madre— fecundidad desde el amor de Dios

Enmarcada en un verde azulado está la fotografía de ese día de fiesta, el más grande de mi vida. Yo acababa de firmar mi fidelidad hasta la muerte y tú, sacerdote de Cristo, acogías mi compromiso con el abrazo y el beso de la paz; en el centro, la sangre de Cristo como testigo.

Pero, por encima de todo, me mostraste con más claridad aún, que la senda por la que he de caminar tiene un nombre: santa María. Me lo escribiste ya hace algunos años para que quedara indeleble en mi memoria:

Ella es la Madre de la delicadeza,

del orden del alma,

los ángeles sólo contemplan;

y de contemplar nace

su cántico,

y su silencio,

y su mirada,

y su ofrenda.

Nada que no sea humano,

Nada que no sea divino…

Te voy a repetir, Señor, en forma de petición, la nota de la homilía arriba transcrita: «Tienes Dios que hacerme pobre y darme el amor para serlo, tienes Dios que hacerme virgen…»

08-20

San Bernardo, Doctor de la Iglesia. Siglo XII.

De Borgoña,  Entró al convento de monjes benedictinos llamado Cister y arrastró a sus 6 hermanos. Fundó más de 300 conventos e hizo llegar a gran santidad a muchos de sus discípulos. Levantó el Convento de Claraval.

La amistad

En las fuerzas especiales de los ejércitos militares de algún país tienen la consigna de ir en cada misión en grupos de dos. Cada soldado vela por su compañero, no pueden separarse. Si uno es herido, el otro tiene obligación de atenderle. Nunca se deja a un compañero, incluso si está muerto se carga con su cadáver.

Caín se sorprende por la insistencia de Dios acerca de su hermano, y exclama: «¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?» Para Dios sí lo somos. Una de las responsabilidades que Dios da al hombre es la de cuidar de sus hermanos.

¿Y quiénes son mis hermanos? Esta misma pregunta le dirigió un escriba a Jesús. El Señor le respondió con la parábola del buen samaritano:

«Pero él… dijo a Jesús: “Y ¿quién es mi prójimo?” Jesús respondió: “Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de salteadores que, después de despojarle y darle una paliza, se fueron, dejándole medio muerto. Casualmente, bajaba por aquel camino un sacerdote y, al verle, dio un rodeo. De igual modo, un levita que pasaba por aquel sitio le vio y dio un rodeo. Pero un samaritano que iba de camino llegó junto a él, y al verle tuvo compasión. Acercándose, vendó sus heridas, echando en ellas aceite y vino; y le montó luego sobre su propia cabalgadura, le llevó a una posada y cuidó de él. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al posadero, diciendo: ‘Cuida de él y, si gastas algo más, te lo pagaré cuando vuelva.’ ¿Quién de estos tres te parece que fue prójimo del que cayó en manos de los salteadores?” Él dijo: “El que practicó la misericordia con él.” Díjole Jesús: “Vete y haz tú lo mismo” (Lucas 10, 29-37)».

Nos portamos como hermanos si nos comportamos con el estilo del buen samaritano, éste fue el prójimo para el hombre necesitado, pues fue el único que atendió al herido y no pasó de largo. La caridad crea la fraternidad, el corazón grande crea la amistad. La amistad no nace, se gana.

Cuentan que Aristóteles iba un día solo por una calle y decía al aire:

 —¡Amigos míos! ¡Amigos míos!

Y hacía como si saludara a gente. Alguien le dijo:

—¡Pero si no hay nadie!

—Tampoco hay amigos, y por lo mismo les saludo así.

La amistad se hace con actos amigables: escuchar, pasear, preocuparse por los demás, hacer favores, servir, ayudar, acompañar, compartir, excusar, comprender, esperar, enseñar… en definitiva: amar. Al contrario, la frivolidad no puede unirse a la amistad, porque ésta exige salir de uno mismo para mirar al otro. En cambio la santidad nos acerca a todos porque Dios no nos separa de los hombres sino que nos une a ellos. Como nos dice Juan Pablo II: «Quien asiste al necesitado goza siempre de la benevolencia de Dios.»

Este mes es buen momento para hacer nuevos amigos y por tanto para engrandecer el corazón. Un corazón pequeño tiene pocos amigos y un corazón grande tiene muchos amigos. Tener amigos no es cuestión de carácter sino de corazón. Para quien tiene un corazón grande cualquier circunstancia es una ocasión para una nueva amistad. No te encierres en casa y menos aún encierres tu corazón. Agosto invita a salir, pero sobre todo a salir de uno mismo.

Dame, Señor, un corazón grande. Que trate al prójimo como nos enseñaste mediante la parábola del buen samaritano: que me haga cargo de las necesidades de quien tengo al lado, sin que tenga que pedírmelo. ¡Que tenga muchos y buenos amigos! Por eso, ¡ensánchame el corazón! ¡Y que me haga cada día más amable! Santa María, Madre de cada cristiano, ruega por nosotros.

Habla con Jesús si eres amigable… y qué podrías hacer para crecer. Puedes terminar, después, con la oración final.

08-19

San Juan Eudes, Fundador. Siglo XVII.

Se dedicó a la predicación en las parroquias y después fundó la Congregación de Jesús y María. También se le atribuye otra Comunidad de religiosas de Nuestra Señora de la Caridad.

Los hombres globo

Recuerdo un accidente que presencié en la carretera. Conseguimos sacar al conductor de la cabina de la camioneta que conducía, magullada como estaba por la vuelta de campana. Existía riesgo de fuego en el motor. Cuando teníamos ya fuera al accidentado, cayó en la cuenta de que no llevaba la riñonera con el dinero recaudado. Debía de ser bastante lo recogido durante ese día. Alguien sugirió ayudarle a buscarla dentro de la cabina. Sin pensárselo dos veces, miró a quien se lo dijo como si fuese idiota y gritó como pudo: «Yo no me meto ahí ni loco.» Un buen ejemplo de lo que significa huir de las ocasiones peligrosas: «yo no me meto ahí ni loco.» No arriesgo, no me la juego.

Dicen que hombre precavido vale por dos. El precavido ve con buenos ojos los seguros, los bancos, las cerraduras y la policía. Como dice el emperador romano Marco Aurelio: «Prudencia quiere decir atención a cada cosa y ningún tipo de descuido.» El ingenuo suele arruinarse en sus negocios. Si hombre precavido vale por dos, el poco precavido no vale ni por uno, porque te arruina.

Es lógico que seamos precavidos también con nuestra alma, su salud y sus riquezas. Es bueno que tomemos en serio las situaciones que pueden dañar la salud del alma, lo que habitualmente llamamos ocasiones de pecado. Vienen a ser lo que se llama ocasiones de alto riesgo. Quien juega con ellas es frívolo.

¿Cómo reconocer la frivolidad? Vamos a hacer una especie de foto robot, para ver qué síntomas encontramos en nosotros.

El frívolo juega con lo importante, es imprudente, toma a broma lo que es serio. El frívolo es como el hombre o mujer globo que, aunque abulta mucho y lo llena todo, dentro no tiene más que aire. El frívolo cuando tropieza con algo que le pincha en la vida —algún sufrimiento o situación dura— se deshincha en un momento y, como el trozo de goma, no remonta.El frívolo no tiene nada dentro, no se llena de nada consistente. No tomarse en serio la vida de la gracia, por ejemplo, despreciar el daño que se hace a uno mismo, a otros y a nuestro Padre-Dios, es típico comportamiento del frívolo. El hombre globo no entiende lo de huir de las ocasiones.

 

Dos muchachos pidieron un día a un sacerdote que les enseñase un remedio eficaz para no caer en ciertos pecados.

—Con mucho gusto —les contestó—; voy a enseñaros no uno sino tres; y vosotros, para no olvidarlos, los escribís. Apuntad pues. Primer remedio: huir de las ocasiones; segundo remedio: huir de las ocasiones…

—Oiga, ya lo hemos escrito —le dijeron.

—¿Qué importa? Escribid por tercera vez: huir de las ocasiones, porque éste es el principal remedio y sin él todos los demás son inútiles.

Para ser hombre precavido hay que verlas venir de lejos. Para eso el Señor nos ha puesto una conciencia que avisa de las situaciones de alto riesgo, y si cada uno procura ser prudente y consulta su conciencia, obtendrá una visión que ve más lejos que el ojo corporal y una luz que iluminará en la oscuridad: contará con la vista de Dios.

El frívolo es frío. No cuida sus amores. Se deja llevar por la corriente de la moda. Es la imagen del hombre que escondió su talento, esconde sus posibilidades y por no querer trabajarlas es como si no hubiese recibido ningún talento.

Cuando quienes nos rodean llevan una vida más frívola, nosotros debemos ser más prudentes. No es vivir con miedos sino ser precavido, que es muy distinto.

Dios mío, no quiero una vida frívola, vacía, llena de aire. Huiré de las ocasiones. Después, huiré de las ocasiones. Por último, huiré de las ocasiones. Entonces, ya puedo construir. Gracias.

Puedes comentar con Dios los rasgos de la tibieza que ves en ti, pedirle madurez y preguntarle cómo cambiar: si puedes, concreta algo con Él. 

08-18

Santa Elena, Reina. Siglo IV.

De Daprasano, de familia pobre, se dedicó a una afanosa búsqueda de la Santa Cruz: las excavaciones tuvieron éxito y Elena mandó hacer tres partes: una se trasladó a Constantinopla, otra quedó en Jerusalén y la tercera llegó a Roma.

No tengo nada que hacer

Nos dice el papa Juan Pablo II: «¿Qué es la juventud? No es solamente un período de la vida correspondiente a un determinado número de años, sino que es, a la vez, un tiempo dado por la Providencia a cada hombre, tiempo que se le ha dado como tarea durante el cual, como el joven rico, busca la respuesta a los interrogantes fundamentales: no sólo el sentido de la vida, sino también un plan concreto para comenzar a construir su vida.»

Los jóvenes tienen toda una vida por delante, los demás tienen toda una vida por detrás. Ésta es la ventaja de los jóvenes. Sería manifestación de inmadurez perder el tiempo. El joven que no aprovecha el tiempo está en la situación del viejo, no porque no exista el tiempo para él, sino porque no lo aprovecha.

Como nos dice el libro del Eclesiastés: «Hay un momento para todo y un tiempo para cada cosa bajo del cielo: un tiempo para reír y un tiempo para llorar; un tiempo para plantar y un tiempo para arrancar lo plantado. Un tiempo para bailar y un tiempo para lamentarse; un tiempo para hablar y un tiempo para callar; un tiempo para dar y un tiempo para recibir…» (3,1-8). Lo que no hay es tiempo para no hacer nada. Esto último sería matar el tiempo.

Cuántas veces uno pasa horas delante del televisor soñando con ser el protagonista de la película, el héroe de la acción intrépida, el inteligente concursante, el famoso sabio. Pero no puede ser ninguno de ellos porque ese tiempo necesario para forjar el genio lo dedicamos a mirar el televisor. ¡Es frustrante! Los jóvenes son generosos y buenos, son un libro abierto, capaz de acoger grandes ideales y de proyectar futuras metas. Pero si se enganchan a tonterías y se les va la vida en diversiones inútiles, aquel libro se cierra llevándoles a una desilusión completa.

Necesitamos planificarnos. Como nos hemos leído que decía Juan Pablo II, proyectar un plan concreto para comenzar a construir la vida. Todo por delante, pero todo por hacer. Serás lo que hagas con ese tiempo. Y saca siempre tiempo para Dios. Es la mejor manera de aprovecharlo, pues Dios es Señor del tiempo y capaz de fructificarlo al máximo.

Quien dice que no tiene nada que hacer, es que sólo ha pensado en hacer lo que necesita él mismo para sí mismo y a corto plazo.

Gracias, Señor, por el tiempo que nos das a cada uno. Es uno de tus dones, de los talentos que me has entregado para que negocie con él. Quiero aprovecharlo: ahora que dispongo de tiempo, que lo aproveche. Casi me enseñas que el tiempo no es mío sino tuyo, que me lo das para que lo invierta en lo que vale la pena: en los demás, en ti, y en prepararme para servir mejor a los demás. Que me prepare para servir mejor, que acompañe y dedique tiempo a lo que los otros necesiten, que lo dedique a cuidar mis amores. Gracias, y que no mate ni un segundo.

Puedes preguntar al Señor en qué quiere que te conviertas en lo que se refiere al aprovechamiento del tiempo. No tengas prisa y, si quieres, concreta. Puedes terminar con la oración final.

08-17

San Jacinto de Polonia, Patrono de Polonia. Siglo XIII.

Lo nombraron canónigo en Cracovia, adonde llegó siendo dominico y misionero. Evangelizó Prusia y en Rusia fundó el primer monasterio occidental al realizar una curación milagrosa de la ceguera de la hija del príncipe Wladimiro.

Cuando las fiestas me enfadan

En la parábola del hijo pródigo, el hijo mayor está enfadado y no es capaz de compartir la alegría de la fiesta organizada por la vuelta de su hermano pequeño:

«Cuando volvía a casa del campo, oyó música y cantos. Sabía que había alegría en la casa. Enseguida empezó a sospechar. Una vez que la queja entra en nosotros, perdemos la espontaneidad hasta el punto de que ya ni siquiera la alegría evoca alegría en nosotros.»

La historia cuenta: «Llamó a uno de los criados y le preguntó qué era lo que pasaba.» Aquí brota el miedo a que me hayan excluido otra vez, a que no me cuenten qué es lo que pasa, a quedarme al margen de las cosas. La queja surge de inmediato: «¿Por qué no se me informó?, ¿qué es todo esto?» El criado, lleno de expectación, confiado y deseando compartir la buena noticia, explica: «Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado al ternero cebado porque lo ha recobrado sano.» Pero este grito de alegría no puede ser bien recibido. En vez de alivio y gratitud, la alegría del criado surte el efecto contrario: «Él se enfadó y no quiso entrar.» Alegría y resentimiento no pueden coexistir. La música y los cantos, en vez de invitar a la alegría, se convierten en causa de mayor rechazo.

Recuerdo muy bien haber vivido situaciones parecidas. Una vez me sentía solo y le pedí a un amigo que saliera conmigo. Me contestó que no tenía tiempo, y, sin embargo, me lo encontré más tarde en la fiesta en casa de un amigo común. Al verme me dijo: «Ven, únete a nosotros, me alegro de verte.» Pero yo estaba tan enfadado por no haber sabido nada de la fiesta, que era incapaz de quedarme. Se despertaron en mi interior todas las quejas por no ser aceptado y querido y abandoné la habitación dando un portazo. Era incapaz de participar de la alegría que allí se respiraba. En un momento, la alegría de aquella habitación se había convertido en fuente de resentimiento.

Esta experiencia de ser incapaz de compartir la alegría es la experiencia de un corazón lleno de resentimiento. El hijo mayor no podía entrar en casa y compartir la alegría de su padre. Sus quejas le habían paralizado y dejaron que la oscuridad le envolviera.

Dios mío, ¿hay alegrías de otros que me dejan frío? ¿Hay alegrías que me fastidian? No permitas, Padre, que se paralice y se oscurezca mi corazón. ¿Estoy resentido por algo?

Y ahora sigue hablando con tu Padre-Dios de los resentimientos y quejas que padeces. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.

08-16

San Esteban de Hungría, Rey de Hungría. Siglo XI.

Se casó con Gisela, la hermana de San Enrique de Alemania, la cual influyó mucho en su vida. El Papa Silvestre II lo nombró rey de Hungría. Su cariño por la religión católica era inmenso, fundaba templos y repartía limosnas.

La espontaneidad

Ésta es la historia del mono y el escorpión. Habiendo llegado a la orilla de un gran río, el mono decide atravesarlo a nado. Apenas ha metido una pata en el agua, cuando oye una vocecilla que lo llama. Mira alrededor y, a poca distancia, ve a un escorpión.

—Oye —le dice el escorpión—, ¿serías tan amable de llevarme?

El mono lo mira fijamente a los ojos.

—No tengo la menor intención. Con ese aguijón, podrías atacarme mientras nado y hacer que me ahogara.

—¿Por qué iba a hacerlo? —responde el escorpión—. Si tú te ahogaras, también moriría yo. ¿Qué sentido tendría?

El mono piensa un poco y le dice:

—¿Me juras qué no lo harás?

—¡Te lo juro!

Entonces el escorpión sube a la cabeza del mono y el mono empieza a nadar hacia la otra orilla. Cuando está casi a la mitad, siente de pronto un pinchazo en el cuello. El escorpión le ha picado.

—¿Por qué lo has hecho? —grita el mono—. ¡Ahora moriremos los dos!

—Perdona —responde el escorpión—, no he podido evitarlo. Es mi naturaleza.

No debemos olvidar que nuestra naturaleza está herida por el pecado y si la dejamos actuar de modo espontáneo, a su ritmo, sin un mandato claro, asomará el pecado. Muchos tienen por pauta actuar con espontaneidad, hacer lo que les brota en un momento dado, lo que apetece.

Esta actitud es más frecuente cuando disponemos de más tiempo libre, los fines de semana y las vacaciones. Se nos intenta seducir diciéndonos que, si durante la semana o el resto del año hemos trabajado y estudiado, tantas veces sin ganas, haciendo lo que no nos gustaba, ahora es el momento de la revancha. Entonces el tiempo libre parece que tiene que ser un tiempo «light», tiempo de no hacer nada o de no hacer nada que cueste; por lo tanto, aunque quisiéramos hacer el bien, si éste cuesta, pues no lo hacemos.

Este camino nos hace egoístas. Es fácil encontrarse con planes personales que tienen como único fin el realce del propio «yo»: el cuidado del propio cuerpo, la atención de la propia imagen, la exclusividad de los amigos, el acaparamiento de cosas, la pereza en el hacer. Los planes acaban siendo monótonos, simplones y repetitivos, poco originales y ahogados en una masa informe, pues todos actúan igual ya que poseen la misma naturaleza.

Cuenta san Mateo que el Señor, al ver a la muchedumbre, se llenó de compasión, porque estaban desorientados y abatidos, como ovejas que no tienen pastor (Cf. Mateo 9, 36). Sin pastor la oveja es presa del lobo, el hombre sin esfuerzo es presa del desaliento y del pecado.

El tiempo libre es formidable para dedicarlo a actividades distintas. Es tiempo para hacer otras cosas, pero hay que hacerlas. ¡Hay tantas cosas interesantes…! Necesitamos dirigir bien el potencial que tenemos: irá en beneficio de todos y también nuestro. Con tiempo podemos hacer mil cosas interesantes… pero ojo con el escorpión: ¡que no nos clave el veneno de la pereza!

Señor, mi naturaleza no me lleva siempre a lo mejor. Lucharé contra las apetencias que no sean interesantes o buenas. Tú nos dijiste que venías a hacernos libres: sí, Señor, necesito que me liberes de lo que me lleva al mal, de las apetencias que me esclavizan, de la pereza que me inmoviliza… Te pido con el salmista: «Señor, ensancha mi corazón oprimido y sácame de mis tribulaciones» (24, 17). Sí, Señor, porque las tribulaciones son causadas porque a veces vivo con corazón pequeño, oprimido, miope y sordo. Ensánchamelo, y mis apetencias serán liberadas porque tenderé a lo bueno y grande.

Puedes ahora continuar hablando con Dios de lo leído. Termina después con la oración final.

08-15

Asunción de la Virgen María.

Los Apóstoles se sintieron arrastrados por una fuerza misteriosa que les llevó hasta el lecho donde la Madre de su Maestro aguardaba la venida de la muerte. De repente se oyó un trueno fragoroso, la habitación se llenó de perfumes y apareció Cristo, que venía a llevarse el cuerpo de su Madre.

¡El cielo está habitado!

Hoy celebramos una fiesta grandísima para los cristianos, una solemnidad: La Ascensión de la Virgen a los cielos, el día en que Santa María subió en cuerpo y alma a la ciudad de Dios. Allí está junto a Dios. ¡Qué lógico nos parece que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo quiera tener tan cerca a María! Es una gran fiesta: ¡el cielo está habitado, y nos esperan!

Así contempla este misterio un santo:

«María ha sido llevada por Dios, en cuerpo y alma, a los cielos: ¡Y los Ángeles se alegran!

Así canta la Iglesia.Y así, con ese clamor de regocijo, comenzamos la contemplación en esa decena del Santo Rosario:

Se ha dormido la madre de Dios. Están alrededor de su lecho los doce Apóstoles. Matías sustituyó a Judas.

Y nosotros por gracia que todos respetan, estamos a su lado también.

Pero Jesús quiere tener a su Madre, en cuerpo y alma, en la gloria. Y la corte celestial despliega todo su aparato, para agasajar a la Señora. —Tú y yo, niños, al fin— tomamos la cola del espléndido manto azul de la Virgen, y así podemos contemplar aquella maravilla.

La Trinidad beatísima recibe y colma de honores a la hija, Madre y Esposa de Dios…  Y es tanta la majestad de la Señora, que hacer preguntar a los Ángeles: ¿Quién es Ésta?»

La Asunción de esta mujer no es un espectáculo, sino un acontecimiento que continúa a la Ascensión de Jesús y al que estamos llamados todos. Todos podemos mirar hacia arriba. Sabemos que procedemos de Dios, pero hoy se nos recuerda que el lugar verdadero y propio de nuestra vida es Dios mismo. Sí: el cielo está abierto y habitado, por lo que sabemos que no estamos solos; el cielo está abierto y habitado, por lo que sabemos muy bien que alguien nos cuida y nos bendice; el cielo está abierto y queremos habitarlo ya pues en nuestro corazón se unen cielo y tierra; el cielo está abierto y queremos habitarlo en plenitud desde el mismo momento en el que abandonemos nuestra existencia terrena.

Dios mío, gracias por esta Madre tan buena que nos has dado. Gracias porque has querido que ella siga intercediendo por todos los hombres desde el cielo. Ayúdame a que yo sepa también sentir en mi vida a María como Madre.

Ahora puedes seguir hablando con María con tus propias palabras. Métete en la escena como sugiere el texto: no tengas prisa. Felicítala.

Procura terminar con un propósito concreto. Después puedes recitar la oración final.

08-14

Santa Atanasia de Egina, Viuda. Siglo IX.

Habiéndose casado por no disgustar a sus padres, perdió a su marido a los 16 días de su boda. Vendió cuanto poseía, y se retiró a un lugar solitario, donde edificó celdas que ocuparon algunas santas vírgenes que se pusieron bajo su dirección.

Un estilo de vida que decide… ¿quién?

«Alguien —o el viento—, de pronto, te arroja a la corriente de un río: gracias a la materia de que estás hecho, en vez de hundirte, flotas; eso ya te parece una victoria y por tanto, INMEDIATAMENTE, empiezas a viajar, te deslizas veloz según la dirección que te impone la corriente; de vez en cuando, a causa de alguna maraña de raíces, o de alguna piedra, te ves obligado a detenerte; allí permaneces un rato, golpeado por las aguas agitadas; después el agua sube y te libera, avanzas nuevamente; cuando la corriente es tranquila te mantienes en la superficie, cuando hay rápidos el agua te sumerge; no sabes hacia dónde estás yendo ni te lo has preguntado nunca; en los trechos más tranquilos tienes ocasión de observar el paisaje, las riberas, los matorrales; más que los detalles, ves las formas, los colores, vas demasiado rápido para ver más; después, con el tiempo y los kilómetros, las riberas son cada vez más bajas, el río se ensancha, todavía tienes márgenes, pero por poco tiempo. “¿Adónde estoy yendo?”, te preguntas entonces, y en ese momento se abre ante ti el mar.

»Gran parte de mi vida ha sido así. Más que nadar he manoteado desordenadamente.»

Esto escribe un protagonista de la novela Donde el corazón te lleve. Es posible que nos ocurra lo mismo.

Explicaba el cardenal Ratzinger en una conferencia qué significa «convertirse». Convertirse no significa únicamente «cambiar de religión», sino algo muy distinto que necesitamos hacer todos bastantes veces en la vida. Escribe: «Convertirse es dejar de vivir como viven todos, dejar de obrar como obran todos, dejar de sentirse justificados en actos dudosos, ambiguos, malos, por el hecho de que los demás hacen lo mismo; comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios; por tanto tratar de hacer el bien aunque sea incómodo; no estar pendiente del juicio de la mayoría, de los demás, sino del juicio de Dios. En otras palabras, buscar un nuevo estilo de vida, una nueva vida.»

¡Caramba! Estos días, cuando quizá algunos con quienes pasamos mucho tiempo, tienen otros planteamientos acerca del tiempo libre, del trato con amigos/as, del gasto del dinero, de la diversión…, a lo mejor vemos que tenemos que convertirnos. Nosotros no tenemos que vivir como la mayoría o hacer depender nuestro modo de comportarnos del juicio de los demás.

¡Qué gran reto para cada uno de nosotros buscar y encontrar un «nuevo estilo» en mi tiempo libre!: aprovechamiento del tiempo, ayudar a los demás, leer, dedicar más tiempo a alguien que lo necesite, deporte, mantener el trato con Dios… No conviene que nos lleve la corriente. Sea cual sea la circunstancia en la que nos encontremos, debemos nadar, ir en una dirección determinada, evitar que nos arrastre la corriente.

¿Vives tú tu propia vida, o te la viven los demás? El estilo de tu vida tienes que marcarlo tú: para eso conviértete todas las veces que haga falta. Y no olvides que los cristianos tenemos un estilo de vida que nos lleva a pasarlo muy bien, a ser los que más disfrutamos de las cosas, a divertirnos mucho… pase lo que pase.

Jesús, tú viviste treinta años en la tierra. Fuiste joven como yo. ¿Cómo fueron tus tiempos libres? ¿Cómo te comportarías si estuvieras viviendo en mis circunstancias? ¿Con mis padres, con mis amigos, con mis hermanos? Señor, voy a hablar contigo un rato sobre esto, porque es importante para mi vida.

Déjate preguntar por él, también para que te diga lo que piensa: ¿Nadas dirigiendo tu vida, buscando ir a alguna parte concreta? Hoy, por ejemplo, ¿has nadado?, ¿has luchado por algo concreto?, ¿tenías algún propósito para el día?, ¿te has esforzado hoy por nadar, para ser más santo, para vencerte en algo, para amar más a alguien, para aprovechar el tiempo? Si no nadas cada día te llevará la corriente del río, el ambiente, los caprichos o las fuerzas pasionales que en cada momento se despierten dentro de ti…

Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María acerca de estas preguntas. Dile que sí necesitas convertirte… y que cuentas con él. Después termina con la oración final.

08-13

Santos Ponciano e Hipólito, Papa y Presbítero. Siglo III.

Al llegar Ponciano a la Cátedra de Pedro, encontró a la Iglesia dividida por un cisma, cuyo autor era el sacerdote Hipólito. Maximiano mandó que arrestasen a los dos obispos y les condenó a trabajos forzados. Deportados a Cerdeña, se unieron en una misma confesión de fe.

Cuidar los amores

¡Ojo a la soledad durante este mes! La soledad es un teléfono que nunca suena. Nosotros tenemos un teléfono directo con Dios. Pero el hombre puede no usar ese teléfono y entonces no sabe que al otro lado está Dios esperando. También tenemos un teléfono directo con nuestros familiares y con nuestros amigos. Podemos no usar ese teléfono, y aunque nos rocemos con ellos por los pasillos, no saber que están ahí esperándonos. A veces estamos cerca pero realmente estamos lejos. Es decir, estamos rodeados de personas pero estamos solos. La soledad es un teléfono que nunca suena, o mejor, el solitario es quien tiene un teléfono que nunca oye sonar. No es que no suene, sino que él no lo escucha.

Jesús sintió soledad. El Señor en la cruz exclamó: «¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?» (Mateo 27, 46). Era el grito más dramático, expresaba la misteriosa ausencia del Padre, la ausencia de la divinidad. Cuando el hombre abandona a Dios se encuentra con una cruz sin Jesús; una cruz que no salva, sino que condena a la soledad. Llevar esa cruz es signo de muerte.

Dios está en nosotros, pero nosotros podemos no estar con él. Los nuestros nos esperan y nos necesitan, pero nosotros podemos estar ciegos y sordos para ellos.

Una de las quejas de Dios contra su pueblo era la de tener un corazón de piedra: un corazón duro, indiferente. Un pueblo que le honra con la boca, pero sucorazón está lejos de él. Hay olvidos por falta de memoria, pero hay otros olvidos por falta de amor. Olvidarse de los padres no es problema de memoria. Y olvidarse de Dios, tampoco.

Dios quiere transformar nuestros corazones y convertirlos en corazones de carne, corazones que sepan amar. Como dice san Gregorio: «Pues el alma de un hombre que no busca a su Creador es dura, porque permanece fría en ella misma. Pero en cuanto se apodera de ella el ardiente afán de seguir al Amado, se apresura hacia él, derritiéndose en el fuego del Amor.» El corazón duro no siente, no sufre, y fácilmente se olvida. El corazón tierno es sensible, ama, se duele, recuerda y se acuerda.

La imagen del corazón de Jesús traspasado por una lanza que mana sangre y agua es significativa. Un corazón vibrante es un corazón golpeado, es el pinchazo del amor que siempre se nota. Aunque la comparación es algo mala, me gusta: del mismo modo que el dolor de estómago indica haber comido excesivamente, el dolor de corazón indica estar amando generosamente. Más lacerante que la herida física es la herida moral. El sufrimiento de Jesús era sufrimiento de amor. Así nos conquistó.

El Señor con su corazón traspasado nos hizo hijos suyos. Los hombres que le vieron creyeron en Él, porque todos creen en el amor. Este mes sería bueno que pidamos a Dios un corazón de carne, que nos traspasen a nosotros las necesidades de los demás, que veamos y oigamos lo que nos dicen aun sin palabras… que nos conceda un corazón tierno al que le afecten las cosas de los demás. Este mes podemos aniquilar la soledad cuidando nuestros amores.

En el amor no hay vacaciones. Es más, las vacaciones son formidables para cuidar los amores. Dedícales tiempo. Sería una tontería en estos días olvidarse de Dios, dejar de rezar, no perder tiempo con la familia, no dedicar tiempo a amigos… y a personas abandonadas y que sufren la soledad por culpa de los demás.

Dame, Señor, un corazón tierno y puro. Este mes quiero aprender a cuidar mis amores, a dedicarles tiempo, a estar sensible a sus necesidades. Que aprenda a amar. Y quiero acompañar a quienes viven solos por enfermedad o por el motivo que sea. Que escuche las llamadas que recibo a «mi teléfono»… y rompa mi soledad. ¡Son tantas las llamadas perdidas que no oigo!

Puedes preguntar a Jesús cómo hacer en concreto por descubrir las llamadas que recibes. Comenta tu soledad y pídele que te cure tu corazón… como el leproso le pidió que le curase de su lepra.