08-02

Nuestra Señora de los Ángeles, Patrona de Costa Rica. Siglo XVII.

Alrededor del año 1635 una joven mestiza india llamada Juana Pereira se levantó al amanecer para recoger leña, donde descubrió una pequeña imagen de la Virgen tallada en una piedra oscura. Los costarricenses la llaman cariñosamente la «Negrita». 

Voy a darles alegría

Copio de una biografía de la madre Teresa de Calcuta:

«Después de sus votos finales, madre Teresa volvió a sus tareas en St. Mary’s con su característico entusiasmo. Volvió a enseñar y a las actividades normales de cada día de una monja de Loreto. Una de sus compañeras destacaba de ella: “Era una trabajadora muy tenaz. Mucho, siempre ocupada en esto o aquello. Nunca quería excusarse de nada, siempre estaba dispuesta”».

Los domingos, solía visitar a los pobres en los barrios míseros. Este apostolado que eligió ella misma le dejó una huella profunda.

«Cada domingo visito a los pobres en los barrios míseros de Calcuta. No les puedo ayudar porque no tengo nada, pero voy a darles alegría. La última vez aproximadamente unos veinte pequeños estaban esperando ansiosamente a su “Ma” (en lugar de madre, así la llaman en bengalí). Cuando me vieron, corrieron a mi encuentro, brincando en un pie. Entré. En ese “para” —así es como se llama aquí a un grupo de casas— vivían doce familias. Cada familia tiene sólo una habitación, de dos metros de largo y un metro y medio de ancho. La puerta es tan estrecha que apenas podía entrar y el techo es tan bajo que no me podía enderezar… Ahora no me asombro de que a mis pobres pequeños les guste tanto su escuela y de que tantos de ellos sufran tuberculosis. La pobre madre no profería ni siquiera una palabra de lamento sobre su pobreza. Era muy doloroso para mí, pero al mismo tiempo estaba muy contenta cuando vi que ellos se alegraban porque les visitaba. Finalmente, la madre me dijo: “¡Oh Ma, venga otra vez! ¡Su sonrisa trajo el sol a esta casa!”»

A sus amigos de Skopje, les reveló la oración que susurraba en su corazón mientras volvía al convento: «¡Oh Dios, qué fácilmente les hago felices! ¡Dame fuerza para ser siempre la luz de sus vidas y así guiarles hacia Ti!» No podía imaginar que en menos de una década más tarde su oración sería respondida: ella dedicaría no sólo su tiempo libre, sino toda su vida a los pobres, llegando a ser un faro para ellos mediante su amor y compasión.

Puede ser un buen propósito para este mes: «voy a darles alegría». Cualquiera de nosotros podría susurrar su misma oración: «¡Oh Dios, qué fácilmente les hago felices! ¡Dame fuerza para ser siempre la luz de sus vidas y así guiarles hacia Ti!» Sonreír, alegrar, acompañar… es un buen modo de gastar el tiempo. Y no a los pobres de Calcuta, sino a hermanos, padres, compañeros, amigos, abuelos, vecinos, primos, todos con los que pase este mes.

Señor, por intercesión de la Madre Teresa te pido que me ayudes a vivir con el propósito de alegrar a los que viven conmigo, alegrar a todos con los que me cruce. «¡Oh Dios, qué fácilmente les hago felices! ¡Dame fuerza para ser siempre la luz de sus vidas y así guiarles hacia Ti!» Así seré buen discípulo tuyo.

Puedes seguir hablándole, quizá comentándole a qué personas puedes alegrar, y qué personas necesitan que les alegres. Pregúntale y pregúntate también si a alguien que quieres le estás haciendo sufrir: ¡es tan frecuente! Pide ayuda a María, y termina con la oración final.

08-01

San Alfonso María de Ligorio, Fundador, Obispo y Doctor de la Iglesia. Siglo XVIII.

De familia noble napolitana, fue un hombre de una personalidad extraordinaria: noble y abogado; pintor y músico; poeta y escritor; obispo y amigo de los pobres; fundador y superior general de su congregación; misionero popular y confesor lleno de unción; santo y doctor de la Iglesia. 

¡El mes de los enamorados del amor-tranquilo!

Un día al año se celebra el día de los enamorados. Pero no nos debe despistar este día. Los enamorados no viven siempre entre encendidos sentimientos. Lo más ordinario —por frecuente— es que la relación amorosa se sienta como amor-tranquilo. ¡Y menos mal! Te propongo que este mes celebremos el mes de los enamorados del amor-tranquilo. Me explico.

«Lo más peligroso que podemos hacer —advierte Lewis— es tomar cualquier impulso de nuestra propia naturaleza y ponerlo como ejemplo de lo que deberíamos seguir a toda costa. Estar enamorado es bueno, pero no es lo mejor. Hay muchas cosas por debajo de eso, pero también hay cosas por encima. No se lo puede convertir en la base de toda una vida. Es un sentimiento noble, pero no deja de ser un sentimiento. No se puede depender de que ningún sentimiento perdure en toda su intensidad, ni siquiera de que perdure. El conocimiento puede perdurar, los principios pueden perdurar, los hábitos pueden perdurar, pero los sentimientos vienen y van. Y de hecho, digan lo que digan, el sentimiento de estar enamorado no suele durar. Si el antiguo final de los cuentos de hadas y vivieron felices para siempre se interpreta como y sintieron durante los próximos cincuenta años exactamente lo que sentían el día antes de casarse entonces lo que dice es lo que probablemente nunca fue ni nunca podría ser verdad, y algo que sería del todo indeseable si lo fuera. ¿Quién podría soportar vivir en tal estado de excitación incluso durante cinco años? ¿Qué sería de nuestro trabajo, nuestro apetito, nuestro sueño, nuestras amistades? Pero, naturalmente, dejar de estar enamorados no implica dejar de amar.»

El amor-tranquilo es la forma más frecuente de sentir el amor a lo largo de la vida. Es lo que solemos llamar «quererse». No es propio de una edad determinada, no es sólo la forma de vivir el amor de los viejos; es bueno tender a él desde el principio.

Amar sin enamoramientos, amar sin llamaradas, sin explosiones afectivas; amar sintiendo… sintiendo nada, nada especial, nada más que tranquilidad, paz, estar en mi sitio, estar con quien comparte todo conmigo, con quien quiero hacer feliz, con quien me importa más que yo mismo. De forma expresiva me comentaba una periodista conocida:

«Me parece muy peligroso que algunos se casen sólo porque están enamorados, sin quererse (amor tranquilo) todavía. Si uno/a no ha llegado a aburrirse con uno/a señor/a un poco o un poquito y ha discutido también lo suyo… creo que no debe casarse uno, por si las moscas… No es bueno ir sólo con la nube del enamoramiento, y menos al matrimonio.»

Decía Mounier: «Ya ves, es necesario a cualquier precio que hagamos algo por nuestra vida. No lo que los demás ven y admiran, sino la proeza que consiste en imprimir el infinito en ella.

Sería un error considerar este modo de vivir el amor como algo inferior. El amor-tranquilo tiene su importante papel.

La representación del amor que nos proponen las historias de ficción, en el cine y en la literatura, muchas veces es engañosa y deformada. En la cultura occidental, llevamos más de un siglo presentando el amor como conquista. Lo que se subraya, casi exclusivamente, es el momento pasional. La boda es el final de la película. La idea del amor se reduce, así, al flechazo. Las películas ponen el final en el matrimonio, en el comienzo del compromiso, cuando realmente casi es ahí cuando empieza: en el día a día se irá haciendo verdad.

El flechazo, el enamoramiento, es más bien el proyecto que hay que hacer verdad; esto es, hay que realizar —hacer que sea real—, en el alma y en la vida de los amantes, ese amor. En el amor vivido como amor-tranquilo, en la monotonía circunstancial de lo cotidiano, de lo ordinario, lo voy haciendo verdad.

«¡Felices aquellos cuyos días son todos iguales! —exclama Unamuno—. Lo mismo les es un día que otro, lo mismo un mes que un día, y un año lo mismo que un mes. Han vencido al tiempo; viven sobre él, y no sujetos a él. No hay para ellos más que las diferencias del alba, la mañana, el mediodía, la tarde y la noche; la primavera, el estío, el otoño y el invierno. Se acuestan tranquilos esperando el nuevo día, y se levantan alegres a vivirlo. Vuelven todos los días a vivir el mismo día.»

Quiero, Señor, cuidar mis amores durante este mes. Quiero vivir el mes de los enamorados del amor-tranquilo: ¡cuántas ocasiones tendré! Enséñame a amar así a los míos, a quererles.

Puedes ahora seguir hablando con Dios acerca de cómo vivir este mes. Ponte en sus manos, y convéncele de que te enseñe a amar más y mejor durante las próximas semanas, que te haga descubrir el amor-tranquilo… con cada uno de los de tu familia, con tus buenos amigos.

07-31

San Ignacio de Loyola, Fundador de la Compañía de Jesús. 1491-1556

Herido de guerra, se convirtió comenzando una vida de oración y penitencia. Desde entonces comenzó sus estudios de teología, ejerció un fecundo apostolado e impulsó la expansión de su Orden.

Cuatro momentos de san Ignacio de Loyola

Voy a copiar cuatro textos breves de la Autobiografía de san Ignacio, a quien hoy celebramos. En primer lugar cuenta cuando, después de ser herido en la guerra, ya bastante recuperado, se convierte por una casualidad: no hay más que dos libros en la casa en la que se encuentra:

«Mas nuestro Señor le fue dando salud; y se fue hallando tan bueno, que en todo lo demás estaba sano, sino que no podía tenerse bien sobre la pierna, y así le era forzado estar en el lecho. Y porque era muy dado a leer libros mundanos y falsos, que suele llamar de Caballerías, sintiéndose bueno, pidió que le diesen algunos dellos para pasar el tiempo; mas en aquella casa no se halló ninguno de los que él solía leer, y así le dieron un Vita Christi y un libro de la vida de los Santos en romance» (5).

Otro momento: cuenta la primera tentación que sufrió después de recibir enormes gracias para fundar la Compañía de Jesús; es importante ver la decisión con la que lucha, rechaza sin dialogar, corta de entrada:

«… le vino un pensamiento recio que le molestó, representándosele la dificultad de su vida, como que si le dijeran dentro del ánima: “¿y cómo podrás tú sufrir esta vida 70 años que has de vivir?” mas a esto le respondió también interiormente con grande fuerza (sintiendo que era del enemigo): “¡Yo miserable! ¿puédesme tú prometer una hora de vida?” y ansí venció la tentación y quedó quieto. Y ésta fue la primera tentación que le vino después de lo arriba dicho. Y esto fue entrando en una iglesia, en la cual oía cada día la misa mayor y las vísperas y completas, todo cantado, sintiendo en ello grande consolación» (20).

Este tercer texto deja claro que vivía en íntima unión con Jesucristo:

«Muchas veces y por mucho tiempo, estando en oración, veía con los ojos interiores la humanidad de Cristo, y la figura, que le parecía era como un cuerpo blanco, no muy grande ni muy pequeño, mas no veía ninguna distinción de miembros. Esto vio en Manresa muchas veces: si dijese veinte o cuarenta, no se atrevería a juzgar que era mentira. Otra vez lo ha visto estando en Hierusalem, y otra vez caminando junto a Padua. A nuestra Señora también ha visto en símil forma, sin distinguir las partes. Estas cosas que ha visto le confirmaron entonces, y le dieron tanta confirmación siempre de la fe, que muchas veces ha pensado consigo: si no huviese Escriptura que nos enseñase estas cosas de la fe, él se determinaría amorir por ellas, solamente por lo que ha visto» (29).

Por último, mira cómo escribió las Constituciones de la Compañía: pegado a la misa y en oración:

«El modo que el Padre guardaba cuando hacía las Constituciones era decir misa cada día y representar el punto que trataba a Dios y hacer oración sobre aquello y siempre hacía la oración y decía misa con lágrimas. Yo deseaba ver todos aquellos papeles de las Constituciones y le rogué me los dejase un poco, pero él no quiso» (101).

Aprendamos de este gran santo.

Señor, Dios nuestro, que has suscitado en tu Iglesia a san Ignacio de Loyola para extender la gloria de tu nombre, concédenos que después de combatir en la tierra, bajo su protección y siguiendo su ejemplo, merezcamos compartir con él la gloria del cielo.

Puedes seguir ahora hablando con él, y repasa los cuatro momentos contados arriba, y mira cómo imitarle especialmente en uno de ellos. Agradécele sus cuidados y su cercanía durante este mes.

 

07-30

San Pedro Crisólogo, Doctor de la Iglesia. 380-450

Uno de los oradores más famosos de la Iglesia.  En predicaciones breves era capaz de resumir las verdades más importantes de la fe. Le formó el obispo Cornelio.

Discreto o metomentodo

Algunos no dan mucha importancia a la pereza porque no se trata de hacer algún mal, sino simplemente de no hacer nada. Pero este pecado tiene consecuencias terribles. La pereza es uno de los pecados capitales y aunque sea el último en importancia es la puerta para que entren todos los demás. Sí, la pereza es puerta. En el perezoso entra de todo.

Quizá te sorprenda que la pereza tenga algo que ver con la indiscreción. El curioso, que va de cotilleo en cotilleo, el correveidile, el metomentodo… normalmente es alguien perezoso.

Una virtud fantástica en la que hoy podemos fijarnos: desear y pedir a Dios la discreción.

Una forma de curiosidad es la del «metomentodo», origen de tantos cotilleos y chismes. Parece un modo de actuar inofensivo: «no hago daño a nadie». Aunque pueda parecer así en algunos casos, siempre hay un damnificado que es el mismo curioso.

Estar en todo, tener la antena echada continuamente, saber la últimadel mundo que tenemos a nuestro alcance, acostumbrarse a fuentes de información de ninguna garantía, juzgar y opinar de cada vecino y pariente próximo y lejano… impide que crezcamos y nos hace cretinos. ¿Por qué?

Porque si resulta difícil acertar en lo que a uno le toca, conseguirlo en lo que a uno no le toca es imposible. Además, en estos casos la verdad es la gran olvidada: la curiosidad acostumbra a relaciones frívolas y superficiales con el mundo y con las otras personas. La verdad es siempre compleja y real; el cotilleo es tan injusto y falso como simple y superficial.

Los chismes y cotilleos nos llevan a estar pensando continuamente en lo que tendrían que hacer o haber hecho los demás, en vez de pensar en lo que tengo que hacer «yo». Tiene gracia lo que predicaba el Cura de Ars:

«¿Qué diría usted de un hombre que trabajase el campo del vecino y dejase el suyo sin cultivo? Pues bien, ¡eso es lo que ustedes hacen! Continuamente hurgando en la conciencia del prójimo, y usted deja su campo sin trabajar.»

Y continuaba: «Cuando la muerte llegue, sentiremos haber pensado tanto en los otros y tan poco en nosotros. ¡Porque somos nosotros quienes deberemos rendir cuentas! Pensemos en nosotros, en nuestra conciencia, que siempre deberíamos mirar como miramos nuestras manos para saber si están limpias.»

Señor, cuando voy de piques, susceptible, curioso o con demasiado cotilleo es que estoy trabajando poco, que no aprovecho el tiempo, que no tengo nada interesante en lo que estoy metido. No quiero este vicio que me haría superficial y vacío. Que trabaje mi campo y deje al vecino en paz. Indiscreto y cotilla no podría seguirte de cerca.

Habla con él lo que veas que te ocurre a ti. ¿En qué querrá él que seas más discreto? Puedes terminar, después, con la oración final.

07-29

Santa Marta, hermana de Lázaro y María.

Disfrutó de una especial amistad con Jesucristo. Con sus oraciones pidió la resurrección de su hermano con las siguientes palabras: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo, que has venido al mundo».

Disparar a las piernas

Lo habrás visto en muchas películas. Unos prisioneros intentan con esfuerzo huir de su encarcelamiento. Han diseñado varias estrategias y con mucha paciencia, paso a paso, preparan la fuga. Se suceden mil peripecias y consiguen superar no pocos obstáculos. Por fin, saltan la alambrada, a punto de conseguir la libertad. Pero los guardianes, que lo han descubierto, disparan a los fugitivos. No les interesa darles muerte, basta con herirles en las piernas, así no podrán correr y no podrán seguir avanzando.

¡Cuántas son nuestras luchas para salir de la prisión de nuestros defectos: pereza, mal humor, impureza, faltas de caridad! Lo intentamos una y otra vez. En ocasiones, cuando estamos a punto de alcanzar «un poco de libertad» sucumbimos a una trampa que paraliza nuestros movimientos: el desánimo. «Es muy difícil, no puedo, no vale la pena volver a intentarlo»… y volvemos a nuestra prisión sin ánimos para salir de allí. Y dejamos de caminar.

Éste es el peor enemigo que todos tenemos: el desánimo, la desesperanza.

Pero… ¿sabes lo que hay en el fondo del desánimo? Tengo el convencimiento de que el desánimo se introduce en quien quiere hacer de sí mismo alguien grande, y se ha olvidado de que lo interesante es dejar hacer de sí mismo alguien amado a lo grande. Quiero decir: quien se olvida de luchar por amor a Jesús, por gustarle más, por agradarle, por ser mejor instrumento suyo… es fácil presa del desánimo, de los altibajos, de las temporadas tremendamente desiguales.

Es interesante que precisamente hoy que celebramos a santa Marta consideremos esto. Sí, porque «Jesús amaba a María, a su hermana Marta y a su hermano Lázaro», dice el evangelio. Le invitaban a su casa en Betania, le hacían pasar buenos ratos, tenían confianza con él. Así no se cae en la desesperanza.

Tú, Jesús, nos has dicho: «Venid a mí los que estéis cansados y agobiados que yo os aliviaré.» Quiero aprender que tú eres el Camino: cuando las cosas cuesten y me parezca que no puedo, acudiré a ti y seguiré caminando. Quiero que el sagrario sea Betania, donde pasemos juntos buenos ratos y donde te encuentre. Así desterraré de mi vida cualquier desánimo.

Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Procura terminar con un pequeño propósito. Después puedes recitar la oración final.

07-28

San Nazario y San Celso, mártires. Siglo I

Nazario, maestro y discípulo de Celso, fue expulsado de Roma. Ambos hicieron milagros y parece ser que lograron librarse milagrosamente la primera vez que fueron condenados, finalmente los decapitaron en Milán.

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En un colegio a la hora del recreo, mientras los alumnos jugaban en el patio, uno de ellos se separaba del grupo y marchaba a la capilla todos los días. El profesor, picado por la curiosidad, optó por seguirle. Descubrió asombrado que allí estaba el niño, en la primera fila de bancos, comiéndose tranquilamente su bocadillo. El maestro le dijo: «¿Cómo se te ocurre comerte el almuerzo aquí?» Y el niño contestó: «Porque Jesús es el único que no me pide nada.»

En ocasiones, las respuestas de los niños contienen una gran sabiduría. Es cierto, Dios no nos pide nada, porque todo lo creado le pertenece. Él es dueño y señor de todo. Todo le pertenece, todo menos una cosa. Existe algo que Dios ha querido que no le perteneciese: nuestro corazón, nuestra libertad. Así es: ha querido que no le perteneciese, y es lo único que nos pedirá. Nos pregunta: «¿Quieres libremente amarme?» Y nosotros somos libres para decir a Dios que sí o que no.

Podemos ser cabezones, o ser patilargos como una avestruz, o tener unas orejas que nos capacitan para hacer sin dificultad vuelo sin motor… pero lo más grande y valioso que poseemos es nuestro corazón, nuestro corazón libre.

Algunos pueden entender la libertad como mera independencia. Se equivocan: ser libre no consiste en ser independiente. ¿Qué es, entonces, ser libre? Libertad es fuerza: la libertad consiste en la fuerza que tengo para elegir los medios para ser feliz. Puesto que el hombre es feliz dando, soy libre en la donación.

Volvamos a la historia del niño. Actuó con «libertad», pero la usó de modo egoísta. Aquel bocadillo no quiso compartirlo con sus compañeros, ni tampoco con el Señor; precisamente iba a la capilla porque Jesús tampoco le pedía un trozo del bocadillo.

¡Qué pena! Aquel niño podía haber aprendido que si daba se enriquecía. Pero prefirió el pan de molde y no el pan eucarístico. Si Jesús se nos presenta en forma de pan es porque quiere darse a cada uno, quiere compartir su vida con la nuestra.

¿Eres de los que comen las golosinas en el baño para que no te pidan? ¿De los que sacan del bolsillo productos «Valiente» porque siempre salen de uno en uno? ¿Eres de los que dicen: «no, es que es el último que me queda»?

¡Compartir, compartir, compartir! En este mes no te aísles con videojuegos, con cascos, o con el televisor. Procura compartir el pan y tu vida con Dios y con el prójimo.

Señor, que como tú te das hecho pan a todos, que yo me dé a los demás continuamente. Como tú nos acompañas desde los sagrarios, que yo acompañe a los que están más solos. Como tú fortaleces con tu pan a los que estamos débiles, que yo fortalezca a los míos con mi comprensión, mi lucha y mi entrega. ¡Quiero vivir vida eucarística!: ¡enséñame a compartir y a disfrutar compartiendo!

Puedes repasar si te identificas con el niño ese en algo, y coméntalo con el Señor.

07-27

 Santa Natalia, mártir. 825-852

Joven de profunda fe que contrajo matrimonio con un hombre de convicciones cristiana, San Aurelio. Ambos junto con otra pareja fueron arrestados por los musulmanes al entrar en una mezquita con la cara destapada.

El optimista y el último significado

El escritor Paulo Coelho nos transcribe este cuento sufí:

«Hace muchos años, en una pobre aldea china, vivía un labrador con su hijo. Su único bien material, aparte de la tierra y de la pequeña casa de paja, era un caballo que había heredado de su padre.

»Un buen día el caballo se escapó, dejando al hombre sin animal para labrar la tierra. Sus vecinos —que lo respetaban mucho por su honestidad y diligencia— acudieron a su casa para decirle cuánto lamentaban lo ocurrido. Él les agradeció la visita, pero preguntó:

»—¿Cómo podéis saber que lo que ocurrió ha sido una desgracia en mi vida?

»Alguien comentó en voz baja con un amigo: “Él no quiere aceptar la realidad, dejemos que piense lo que quiera, con tal que no se entristezca por lo ocurrido.”

»Y los vecinos se marcharon fingiendo estar de acuerdo con lo que habían escuchado.

 

»Una semana después, el caballo retornó al establo, pero no venía solo: traía una hermosa yegua como compañía. Al saber eso, los habitantes de la aldea —alborozados, porque sólo ahora entendían la respuesta que el hombre les había dado— retornaron a casa del labrador, para felicitarlo por su suerte.

»—Antes tenías sólo un caballo, y ahora tienes dos. ¡Felicitaciones! —dijeron.    

»—Muchas gracias por la visita y por vuestra solidaridad —respondió el labrador—. ¿Pero cómo podéis saber que lo que ocurrió es una bendición en mi vida?

»Desconcertados, y pensando que el hombre se estaba volviendo loco, los vecinos se marcharon, comentando por el camino: “¿Será posible que este hombre no entienda que Dios le ha enviado un regalo?”

»Pasado un mes, el hijo del labrador decidió domesticar a la yegua. Pero el animal saltó de una manera inesperada, y el muchacho tuvo una mala caída, rompiéndose una pierna.

»Los vecinos retornaron a la casa del labrador, llevando obsequios para el joven herido. El alcalde de la aldea, solemnemente, presentó sus condolencias al padre, diciendo que todos estaban muy tristes por lo que había sucedido.

»El hombre agradeció la visita y el cariño de todos. Pero preguntó: “¿Cómo podéis vosotros saber si lo ocurrido ha sido una desgracia en mi vida?”

»Esta frase dejó a todos estupefactos, pues nadie puede tener la menor duda de que un accidente con un hijo es una verdadera tragedia. Al salir de la casa del labrador, comentaban entre sí: “Realmente se ha vuelto loco; su único hijo se puede quedar cojo para siempre y aún tiene dudas de que lo ocurrido es una desgracia.”

»Transcurrieron algunos meses y el Japón declaró la guerra a China. Los emisarios del emperador recorrieron todo el país en busca de jóvenes saludables para ser enviados al frente de batalla. Al llegar a la aldea, reclutaron a todos los jóvenes excepto al hijo del labrador, que estaba con la pierna rota.

»Ninguno de los muchachos retornó vivo. El hijo se recuperó, los dos animales dieron crías que fueron vendidas y rindieron un buen dinero. El labrador pasó a visitar a sus vecinos para consolarlos y ayudarlos, ya que se habían mostrado solidarios con él en todos los momentos. Siempre que alguno de ellos se quejaba, el labrador decía: “¿Cómo sabes si esto es una desgracia?” Si alguien se alegraba mucho, él preguntaba: “¿Cómo sabes si eso es una bendición?” Y los hombres de aquella aldea entendieron que, más allá de las apariencias, la vida tiene otros significados.»

Este cuento invita a buscar el último significado de los sucesos y experiencias. Muchas de las cosas que nos suceden las consideramos negativas: una enfermedad, un suspenso, una derrota, la crítica de un amigo, alguien que rompe conmigo, algo que me dicen o corrigen en casa… Sin embargo, hechos parecidos han provocado en otros un cambio positivo formidable. La enfermedad se puede ofrecer a Dios como penitencia, el suspenso me puede espolear a estudiar más y mejor, y la derrota me enseña a no ir tan subidito por la vida… Por el contrario, la salud que es tan buena, puede darme una estúpida seguridad o llenarme de incomprensión con las limitaciones de otros, el éxito puede hacerme cretino, mi belleza puede hacerme vanidoso…

El último significado siempre lo ofrece Dios, y ofrece un significado bueno. El hombre debe encontrarlo en la oración. Por eso dice san Pablo: «Todo es para bien, para aquellos que aman a Dios.» Así es: para quien quiere amar a Dios, todo lo que ocurre es para bien, descubre y acepta el significado que Dios ofrece en cada cosa que ocurre. Pero… hay un pero: necesitamos hacer oración para que Dios pueda darnos a entender lo que significan las cosas, para aceptar lo que nos sucede.

Por eso, los cristianos vivimos siempre con el «Hágase tu voluntad», y ahí está nuestro acierto. Esta voluntad se muestra de muchas maneras y siempre con un sentido positivo. Lo que importa es que lo aceptemos. Así la alegría nunca será insustancial, y el dolor nunca será amargo.

Dios mío, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Que sepamos aceptar todo lo que nos ocurre, y que lo aceptemos amemospara que sea ocasión de recibir lo bueno que desde el cielo nos ofreces. María, como tú le digo ahora: Hágase según tu palabra.

Comenta tranquilamente con Dios lo leído. Después puedes terminar con la oración final.

07-26

San Joaquín y Santa Ana, abuelos de Jesús

La devoción a los abuelos de Jesús debida al cariño y veneración de los cristianos hacia la Madre de Dios. Sus nombres se conservaron gracias a tradición de los cristianos.

¿Lo importante es participar? ¿Seguro?

Puedes leer el testimonio tremendo de una conversa, Tatiana Goritcheva. Era rusa, y nunca había oído hablar de Dios:

«Desde mi infancia odié todo lo que me rodeaba; odiaba a las personas con sus minúsculas preocupaciones y angustias, más aún, me repugnaban; odiaba a mis padres que en nada se diferenciaban de todos los demás, y que se habían convertido en mis progenitores por pura casualidad. (…) Odiaba hasta la naturaleza con su ritmo eternamente repetido y aburrido, verano, otoño, invierno… Lo único que yo amaba era la soledad absoluta. (…)

»Y en la escuela, por supuesto, sólo se fomentaban las cualidades externas y combativas. Con esto se reforzó aún más mi orgullo, floreciendo plenamente. Mi meta fue entonces ser más inteligente, más capaz, más fuerte que los demás. Pero nadie me dijo nunca que el valor supremo de la vida no está en superar a los otros, en vencerlos, sino en amarlos. Amar hasta la muerte, como únicamente lo hiciera el Hijo del hombre, al que nosotros todavía no conocíamos.»

No sé en qué virtud se podría encuadrar lo de saber ganar y saber perder. Me parece que tiene que ver con muchas virtudes. Está claro que el valor supremo en la vida no está en superar a todos, en vencerlos.

 

Por un lado dicen que lo importante es participar. No estoy muy de acuerdo. Lo más importante es participar pero intentando ganar, darlo todo, superarse… Participar en una competición sólo para participar es una chapuza. Las competiciones se organizan para medirse, para pelear por la victoria… Eso de dejarse ganar o no poner sangre en el juego es la antivirtud.

Ahora bien, se gane o se pierda… lo importante son las personas. Si el otro gana, me alegro con él porque ha sabido ser mejor, y eso me alegra. No resulta fácil porque estamos calientes por la rivalidad, pero resulta imposible si no se piensa en las personas. Saber ganar y saber perder son consecuencia de mirar ante todo a las personas.

Hoy celebramos la fiesta de los padres de María, san Joaquín y santa Ana. Vamos a acudir a su intercesión.

Quiero aprender a ganar… que quizá sea más difícil que saber perder. Enséñame, Jesús. Si quiero a los demás, si pienso en las personas me costará menos. Como siempre, la clave está en amar. No quiero permitir tener enemigos, ni pequeños ni grandes, ni personas que desprecie porque no «me caen bien», porque siempre pierden… o porque siempre ganan. Madre siempre amable, ruega por nosotros.

Ahora puedes seguir hablando con tus propias palabras: ¿piensas en las personas, en los demás, cuando haces cosas con ellos? Felicita a los padres de María, y procura terminar con un pequeño propósito. 

07-25

Santiago, apóstol. Siglo I

Discípulo de Jesús, tuvo mucho amor al Señor y entregó su vida por el evangelio. Presenció la resurrección de la hija de Jairo y la transfiguración en el monte Tabor. Miles de peregrinos lo veneran en Santiago de Compostela.

Almas pueblerinas y magnánimas

Íñigo y Santiago eran gemelos y los pequeños de la casa. Iñi y Santi les llamaban todos. Un día que le tocó a Iñi rezar el Padrenuestro en voz alta: «Padre nuestro, que estás en el cielo, iñificado sea tu nombre…» Pensaba que cada uno tenía que poner su nombre en la oración: su hermano pedía ser santificado y él debía pedir ser iñificado. Hoy celebramos al apóstol Santiago, que sí fue verdaderamente santificado por Dios.

Alguien describía a los santos como personas con boca y manos grandes, muy grandes. Boca para pedir cosas maravillosas y manos para recibir de Dios beneficiosos enormes. Grande en latín se dice «magnus», y de ahí viene el nombre de una virtud de la que no se habla mucho: la magnanimidad, la virtud del ánimo grande, del alma grande.

Hay almas que se hacen pequeñas y almas que crecen. Si seguimos con el latín, pequeño se dice «pusillus», y alma, «anima». A las almas pequeñas se las llama pusilánimes. Sería bueno, durante este mes, hacer ejercicios de magnanimidad y combatir la pusilanimidad.

El magnánimo sueña con ideales, le gusta la aventura, siempre quiere más, prefiere lo «más mejor» y no lo «más cómodo», está abierto a otras formas de pensar y vivir, le preocupa el mundo, se moja en asuntos en los que quizá él no saca ninguna ventaja material pero sí hacen mejor el mundo o favorece a algunos…

Los sueños del pusilánime, sin embargo, no van mucho más allá de que gane su equipo o le inviten a una fiesta. Si las cosas dependen de lo que él haga, se conforma con cualquier cosa: «así está bien, para qué te empeñas en hacerlo de otra manera, con esto basta». Si las cosas las hacen otros, el pusilánime ya se hace algo más exigente: «menuda porquería, para hacerlo así no hagas nada, es un vago, no hay derecho, para eso le pago», protesta. El pusilánime prefiere tratar sólo con los que son y piensan como él, los demás son raros y los evita porque le cuesta estar cómodo con ellos: suele tirar más al grupito cerrado, más o menos amplio pero bastante cerrado. Si no le dan dinero o alguna ventaja no se implica en las cosas: «el mundo es así, no vamos a cambiarlo», o «ya lo hará otro». Vive en su mundito. Su boca y sus manos son pequeñas, pide a Dios por lo suyo y lo que le hará la vida más cómoda, porque su alma está tan empequeñecida que no hay otras preocupaciones. El pusilánime suele ahogarse en un vaso de agua, o nada muy bien pero sólo en su piscinita luciendo músculos.

Necesitamos ser magnánimos si queremos seguir a Cristo y ser sus apóstoles. ¿Cómo va a hacer milagros el Señor a través de un pusilánime? Es imposible. Hoy celebramos la fiesta de alguien que fue magnánimo, seguro. «¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?», preguntó Jesús a él y a su hermano. La respuesta fue contundente y rápida: «Sí, podemos». Eran magnánimos, su espíritu era capaz de emprender cualquier propuesta con tal de hacer algo grande en la vida. Y trajo la fe hasta Galicia, paso a paso: debió de ser algo duro-duro-duro, pero también una aventura formidable, de la que seguimos disfrutando hoy muchos otros, después de siglos. La vida de los magnánimos beneficia a miles de miles de personas: ¡eso siempre!

Tu alma era grande y Dios pudo hacerte apóstol. Sólo podré ser apóstol y llevar a Cristo a todos los rincones del mundo, o de mi país, o de mi ciudad, si mi alma es grande. Que no sea pueblerino en mis peticiones, en mis deseos, en mis sueños… Enséñanos la magnanimidad de Jesús. Madre de los apóstoles, ruega por nosotros.

Ahora puedes seguir hablando con el Señor: quizá puedes preguntarle si te ve magnánimo o pusilánime. Comenta algunos de los rasgos que han salido en el texto en los que te ves retratado. Quizá puedas concretar un punto para cambiar. Después puedes recitar la oración final.

07-24

Santa Cristina, virgen y mártir

Hija de un gobernador pagano pero otras mujeres le enseñaron vida y obra de Jesucristo. Por lo que el padre, la sometió a sufrimientos de los que la libró el Señor, el padre murió de un sofoco y otros gobernadores le dieron muerte.

Sencillo como la vida misma…

Era sacerdote desde hacía tan sólo unos meses. Iba andando por Bilbao hacia mi casa cuando un coche para a mi altura. Baja la ventanilla una señora y me felicita por ser sacerdote y por ir vestido de sacerdote… Sigo mi camino crecido por dentro. Unas calles más adelante, cinco minutos más tarde, me cruzo con una pareja que a mi paso me insultan diciendo que a ver cuando dejamos de existir, chupópteros de la sociedad que vivimos del cuento. En un rato había oído una cosa y su contraria.

Me acordé del Cura de Ars. Fue seriamente difamado. Más de una vez, algunos amigos le sugirieron que hablase en su defensa. Pero él siempre optaba por callarse y, para dar razón de su silencio, refería una anécdota sacada de su libro favorito, la Vida de los Santos.

«Un santo dijo un día a uno de sus religiosos:

—Ve al cementerio e injuria a los muertos. El religioso obedeció, y al volver le preguntó el santo:

—¿Qué han contestado?

—Nada.

—Pues bien, vuelve y haz de ellos grandes elogios.

El religioso obedeció de nuevo.

—¿Qué han dicho esta vez?

—Nada tampoco.

—¡Ea! —replicó el santo, tanto si te injurian como si te alaban, pórtate como los muertos.»

Tiene razón. Hay una virtud a la que llamamos sencillez que tiene mucho que ver con esto. Quien tiene esta virtud no se complica la cabeza con todas las jugadas de ajedrez posibles si mueve tal pieza: lo que pensará fulano y mengano, su reacción, cómo me calificará… El sencillo hace lo que le parece bien, sólo le preocupa su conciencia, el criterio de Dios. Sabe que un día gusta a uno y otro a otro, pero le da igual. No se arrima al sol que más calienta. Es sencillo como la vida misma: hace lo que le da la gana.

Lo contrario a la sencillez es la complicación del que da vueltas y mil vueltas a cada cosa que dice, o a cada prenda de ropa que se pone, o cada cosa que hace… Antes de telefonear se come la cabeza con lo que va a decir y cómo. Lo que hacen los demás lo mira y remira de todas las maneras posibles imaginando los mil motivos por los que hizo aquello o lo otro.

El sencillo es más amable. Sí. Se nota que es más fresco, auténtico, espontáneo, es más libre. Se mueve sin las tensiones de la complicación. El sencillo atrae.

Dicen que la sencillez es como la guinda del pastel, es decir, una virtud que viene como al final, un adorno que sigue a cierta perfección. Conviene que le pidamos a la Virgen María, ejemplo de sencillez, que nos lleve por este camino que es tan sano para uno mismo, para la salud del alma y de la cabeza, y es tan cómodo para los amigos y familiares… Todos agradecen vivir con gente sencilla.

Jesús, no quiero que haya complicación en mi vida. De hecho la hay, pero cuento contigo para ir alcanzando la virtud de la sencillez. Pondré de mi parte. Tú hazme darme cuenta de mis complicaciones. Gracias. Santa María, ruega por nosotros.

Ahora puedes seguir hablándole y preguntarle si te ve complicado. Ojalá llegues a concretar con Él qué hacer para ser más sencillo.