06-13

San Antonio de Padua, Presbítero y Doctor de la Iglesia. Siglo XIII.

De Lisboa, fue a Marruecos a predicar el evangelio y, a su vuelta, una tormenta hizo que su barco terminase en Sicilia. Allí conoció a San Francisco de Asís. Tras un tiempo como ermitaño, fijó su residencia en un convento cercano a Padua.

El Termomix

El corazón es como un molino. Quizá hoy nos resulte más cercana la imagen del termomix. El corazón, en cierto sentido, es un termomix. Como dicen sus instrucciones, con esta máquina puedes hacer de todo: «cocer al vapor, amasar, mezclar, batir, emulsionar, homogenizar, rallar, moler y pulverizar, trocear y triturar… ¡Todo en una máquina!», dice la publicidad. Ahora bien, el producto final depende de lo que se introduzca en él: si metes limón y hielo, mezcla y hace un sorbete o un granizado extraordinario. Si metes piedras y excrementos, el termomix también mezcla, pero el granizado que resulta será incomestible. Si introduces en el termomix huevos y buen aceite, emulsiona, y puedes imaginarte la mahonesa o el alioli que saldrá de ahí. Uno introduce lo que quiere, y el termomix trabaja con esos ingredientes.

Algo parecido ocurre con el corazón. Puedo meter odio o compresión, amargura o visión positiva, agravios o justificación, confianza o desconfianza, pensamientos positivos o negativos. El corazón, entonces, sacará lo que pueda. Dice el Señor: «porque del interior del corazón de los hombres proceden los malos pensamientos, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, los deseos avariciosos, las maldades, el fraude, la deshonestidad, la envidia, la blasfemia, la soberbia y la insensatez. Todas estas cosas malas proceden del interior y hacen impuro al hombre» (Marcos 7, 21-23). Sí. Todo eso sale del termomix que es el corazón. Pero nosotros somos los que tenemos la llave de la puerta del corazón para introducir en él lo que queremos.

Por ejemplo, los ojos son las ventanas del alma; por la vista introducimos en el corazón las realidades que miramos. ¡Qué bueno es cuidar la vista… porque el termomix trabaja con lo que miramos! Por eso dice el Señor: «Si tus ojos te escandalizan, arráncatelos» (Mt 5, 29). Lo que entra por los ojos puede dañar el corazón. Tenemos experiencia de que las imaginaciones o fantasías que producimos dependen, en buena parte, de lo que hemos metido por estas ventanas con pestañas.

Las miradas, y también otras muchas cosas. Siempre podemos meter en el corazón algo bueno o algo malo: recuerdos buenos o malos, deseos de bien o de mal, reacciones de comprensión o de rechazo, conversaciones limpias o sucias, odios o el esfuerzo por fijarse en lo bueno, resentimientos o perdón, revolver asuntos del pasado que nos perjudican o pasar página… Es importante —¡muy importante!— tener el corazón bien cuidado: sólo introducir lo bueno, y luchar decididamente contra lo malo que quiere meterse en nosotros.

Hace falta ser valiente para hacerse esta pregunta que te propongo: ¿Qué metes en tu corazón?

Corazón de Jesús, Corazón de María, ayudadme a vigilar mi corazón. O mejor, vigilad conmigo. Que combata lo malo, que no lo acepte, que no deje que entre en mi corazón. Sin embargo, que sólo dé paso a lo bueno. Así palpitaré contigo, nuestros corazones tendrán las mismas pulsaciones. ¿Qué malo estoy dejando que entre en mi corazón? Ayudadme a estar vigilante.

Continúa hablándole a Dios con tus palabras.

06-12

San Juan de Sahagún, Predicador Agustino. Siglo XV.

De León, se hizo agustino, dedicándose de lleno al apostolado, con la predicación al pueblo sencillo, la promoción de la paz y de la convivencia social, siempre en defensa de los oprimidos y de sus derechos conculcados.

La tristeza de san Francisco

Un día, después de hacer oración, san Francisco de Asís se encontraba triste, abatido y lloraba como un niño. Cuando sus seguidores le preguntaron a qué se debía, él respondió que en la oración había visto a mucha gente en las iglesias. «¿Qué tiene eso de malo?», le preguntaron. Él contestó que había visto y oído lo que toda esa gente decía a Dios: «¡Sólo pedían!: Dame dinero y fortuna, o Líbrame de la enfermedad… Sólo pedían.» Aquello le entristeció mucho a san Francisco, porque aquellas personas sólo acudían a Dios porque podía resultarles útil.

Dice un refrán que sólo nos acordamos de santa Bárbara cuando llueve. ¿No es verdad que algo de eso sí que hay en nuestra vida? ¿Puedo encontrarme entre esos que hacían llorar a san Francisco?

Es bueno pedir a Dios. Él es Padre, y si le pedimos es porque sabemos que él nos quiere, que le importamos, que es todopoderoso y que —hablando humanamente— por nosotros está dispuesto a lo que sea. Es bueno pedirle, y pedirle mucho. De hecho, Jesús en el evangelio nos lo dijo: «Pedid y se os dará.» Y san Agustín dice que es bueno pedir lo que es bueno desear. No hay problema en pedir.

Lo que entristecía a san Francisco no es el hecho de ver que toda aquella gente que llenaba las iglesias pidiese, sino que SÓLO pidiesen, y que TODOS sólo pidiesen. No podemos confundir a Dios con una especie de Administración del Estado, de Oficina de Reclamaciones del Ayuntamiento, con una «Empleada del hogar para nuestros caprichos», o con un sirviente que siempre debe hacer nuestra voluntad. ¡Habríamos confundido a Dios!

«Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo», nos enseñó a rezar Jesús. Lo primero que tenemos que pedir es que se haga su voluntad; pedir lo que nos parezca que es bueno, pero sabiendo que si su voluntad es otra, que si lo mejor es otra cosa, pedimos que se haga lo que Él quiera y que nos ayude a saber aceptarlo, que en la tierra sepamos —sepa yo— sacar todo lo bueno que él quiere de eso que es su voluntad. Si, por ejemplo, pido que una persona se cure de una enfermedad, hago bien. Pero he de decirle también que «se haga tu voluntad aquí en la tierra tal y como tú has dispuesto», que esa enfermedad sirva a esa persona y a todos los que están alrededor para alcanzar algo mejor, bienes más altos.

Puedes decirle ahora a Dios lo que sigue, pero dándote cuenta de que le estás hablando y Él te está escuchando

Padre nuestro, que estás en los cielos, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Sí. Seguiré pidiéndote, porque a quién voy a acudir ante mis necesidades sino a ti. Pero no quiero pedirte siempre cosas materiales. Enséñame a pedirte, como un hijo que sabe que su Padre es bueno y siempre le escucha. Y que te pida, sobre todo, que sepamos aceptar tu voluntad; que seamos capaces de abrirnos a todo lo bueno que tú quieres con esas circunstancias que a nosotros no nos gustan, que no olvidemos que si tú las permites es para que alcancemos algo mejor.

 

 

06-11

San Bernabé, Apóstol. Siglo I.

Fue escogido por los Apóstoles para la evangelización de Antioquía. Posteriormente, partió con Pablo hacia otros lugares. Se le atribuye la paternidad de la Carta Paulina a los Hebreos y de otro escrito, llamado El Evangelio de Bernabé, ahora perdido.

Le afecta todo, porque lo ve todo

Felipe, uno de los apóstoles, era amigo de Natanael. Un día le dice que ha conocido al Mesías, que quiere presentárselo. Natanael duda mucho de que un carpintero de un pueblucho como Nazaret pudiese ser el Mesías. Felipe consigue llevarlo hasta Jesús y, con una sola frase de Jesús, Natanael se convierte. Ésta fue la frase: «Cuando estabas debajo de la higuera, te vi» (Juan 1, 48).

Algo habría hecho Natanael debajo de la higuera. No sabemos qué. Lo había hecho a solas, algo que nadie sabía. Pero resulta que, a pesar de haberse asegurado de estar solo, Jesús le vio. Y alguien que ve lo que sólo yo sé y hago, ese tiene que ser Dios. Por eso le contesta Natanael a Jesús: «Tú eres el Hijo de Dios.»

Esta mañana cuando te has despertado, Dios te estaba viendo. Y lo que has pensado cuando ese amigo te ha dicho tal cosa, Dios lo ha visto. Y eso que has guardado para que no te lo pidiesen, Dios te lo ha visto. Y ese esfuerzo por sonreír a ese que te cae mal, Dios lo ha visto… Y COMO DIOS VE TODO LO TUYO, TODO LO TUYO LE AFECTA.

Y… ¿por qué le afecta? En primer lugar, porque aunque seamos muchos hombres en el mundo —dicen que somos unos 6.000 millones de personas—, Dios nos quiere a todos, porque es Padre de cada uno.

Una de las preguntas más incómodas a un niño es: «¿A quién de los dos le quieres más, a papá o a mamá?» Esa pregunta no nos gusta porque es injusta, porque quiere obligarnos a elegir entre mi padre o mi madre; lo normal es que uno no quiera elegir, porque quiere mucho a los dos. Los dos son distintos, pero uno quiere mucho a los dos, a cada uno como es. La contestación es: a los dos igual.

Si alguien preguntara a Dios hoy: «¿A cuál de los 6.000 millones de personas quieres más?», a Dios tampoco le gustaría esa pregunta. La pregunta sería absurda. Nos conoce a todos, y sabe que cada uno somosdistintos, pero nos quiere mucho a todos. Su contestación podría ser: «A cada uno le quiero lo máximo, a cada uno igual de mucho que al resto. A todos igual, a cada uno como si fuese único.»

Dios me ve, pero no como un espía; no es un curioso con ganas de controlarme, no es un vigilante… Él me mira como la madre que ve jugar en el parque a su hijo, con una mirada cariñosa. Podríamos decir que lo suyo es como un amor hecho mirada. Y por eso… todo lo que hago le afecta.

Podríamos proponernos recordar con más frecuencia, también cuando estamos solos, que Dios, mi Padre, está conmigo: ¡nunca estoy solo! Me pase lo que me pase, Dios me mira y no estoy solo. Eso descubrió Jesús M., con 32 años. Era sacerdote; le diagnostican un cáncer brutal. Le operan, y cuenta que cuando está en el hospital le ocurre esto:

«La experiencia del sufrimiento es un misterio. En el postoperatorio, aunque estaba sedado con morfina, recuerdo que en una ocasión desperté y miré el crucifijo que tenía delante. No estaba encima de la cama, sino enfrente, de modo que el enfermo pueda verlo. Yo miré a Jesucristo y le decía que estábamos iguales: con el cuerpo abierto, con los huesos doloridos, solos ante el sufrimiento, abandonados, en la cruz… Yo me fijé en mí y me rebelé. No lo entendía. Dios me había abandonado. No me quería. Y de pronto recordé las palabras que desde el cielo Dios-Padre pronuncia refiriéndose a Jesucristo el día del bautismo y posteriormente en el Tabor: “Éste es mi Hijo amado”, “mi Predilecto”. Y el Hijo amado de Dios estaba colgado frente a mí en la Cruz. El amor de Dios crucificado. El Hijo en medio de un sufrimiento inhumano.

»Entonces reflexioné: Si me encuentro en la misma situación que Él, entonces yo también soy el hijo amado y predilecto de Dios. Y dejé de rebelarme. Y entré en el descanso. Y VI EL AMOR DE DIOS. La razón humana no encuentra sentido al sufrimiento, no tiene lógica. Sólo mirando al Crucificado el hombre entra en la paz que el sufrimiento le ha robado. Pues, con el dolor y el sufrimiento, el hombre pierde la capacidad de razonar y la voluntad. Y ya está perdido, le han vencido. Ha dejado de ser hombre; pero el sufrimiento y la resurrección de Cristo nos ha hecho hombres nuevos.

»Y, también, cuánto me han consolado las palabras del Siervo de Yahveh: varón de dolores, CONOCEDOR DE TODOS LOS QUEBRANTOS. ¡NO! No estoy solo en la cruz. Doy gracias a la Iglesia por el don tan inmenso de la fe. Sólo la fe tiene respuestas a los interrogantes del hombre. Recuerdo igualmente algunas frases de los salmos que he meditado y qué bien me han hecho: “me estuvo bien el sufrir”; “hasta que no sufrí estuve perdido”.

»Aunque también es cierto que, ¡cuántas veces he llorado en el silencio de la cama cuando llegan los dolores y el sufrimiento, y al ver que llega el final de los días! Y aparece como una desesperanza; aunque yo rápidamente digo que “todo sea por la Evangelización”. ¡Por la Evangelización! Aunque, a veces, ese “todo” resulta una carga dura y pesada.

»He colocado un icono de la Virgen enfrente de mi cama, pues quiero morir mirándola a ella. Y quiero morir sin agonía, sin lucha, sino entregándome como ella me ha entregado a su Hijo.

»Actualmente mi enfermedad se agrava: tengo tumores en el hígado y en el hueso sacro. Es decir, la metástasis comienza a extenderse, aunque con la quimioterapia parece que la retienen un poco. De todos modos los médicos me han pronosticado que no viviré más de un año, dos a lo sumo, según sea el avance de la enfermedad. Pido a Dios tener una calidad de vida lo suficientemente aceptable como para evangelizar desde mi situación. Pues no tengo cargo pastoral y me encuentro en casa de mis padres para que me cuiden y, también, porque quiero morir en ella, no en un hospital. Tener una muerte digna, cristiana.

»Me siento como una barca varada en la orilla del lago de Tiberíades. Ya no saldrá más a pescar; pero tengo la esperanza de que Cristo también suba a ella para proclamar desde allí la Buena Nueva a la muchedumbre. Ésta es ahora mi misión: ser barca varada, púlpito de Jesucristo. Creo que me mantiene la oración de los demás: los hermanos, las comunidades religiosas que conozco, el presbiterio diocesano… En fin, la comunión de los santos».

Dios mío, que me dé cuenta de que todo el día y toda la noche estoy en tu presencia. ¡Cuántas alegrías puedo darte en un día! ¡Y cuánto dolor puedo causarte también en un día! ¡Creo que me ves y que me oyes! ¡Que todo lo que viva, lo viva sabiéndome mirado cariñosamente por ti! Gracias, y auméntame la fe.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final.

06-10

Santa Olivia de Palermo, Virgen y Mártir. Siglo Siglo IX.

Fue secuestrada por piratas y llevada a Túnez, fue dejada en una selva rodeada de bestias para que terminasen con ella. Pero hizo de aquella selva el paraíso, de las bestias sus amigos y de cada visitante un nuevo cristiano. Fue decapitada por sus captores.

Corazón fiel

Cuenta santa Teresa de Lisieux un recuerdo de su infancia: «Intenté trabar amistad con algunas niñas de mi edad, sobre todo con dos de ellas. Yo las quería, y también ellas me querían a mí en la medida en que podían. Pero ¡¡¡ay, qué raquítico y voluble es el corazón de las criaturas…!!! Pronto comprobé que mi amor no era correspondido. Una de mis amigas tuvo que irse a su casa, y regresó pocos meses después. Durante su ausencia, yo la había recordado y había guardado cuidadosamente una pequeña sortija que me había regalado. Al ver de nuevo a mi compañera, me alegré mucho, pero, ¡ay!, sólo logré de ella una mirada indiferente… Mi amor no era correspondido. Lo sentí mucho, y no quise mendigar un cariño que me negaban. Pero Dios me ha dado un corazón tan fiel, que cuando ama a alguien limpiamente, lo ama para siempre; por eso, seguí rezando por mi compañera y aún la sigo queriendo…» (MsAFol.38rº).

Llama la atención el hecho de que la pequeña Teresa reconoce que Dios le ha dado un corazón fiel. Puede ser un buen día para pedir al Corazón de Jesús que también a nosotros nos dé un corazón fiel. Ella llora, porque le duele que su amiga no le corresponda, que su amiga no se porte con Teresa como Teresa se porta con su amiga. Pero no por eso deja de quererle.

No es bueno ir midiendo y contabilizando: yo le presto y a mí no me presta; yo le he hecho este favor y a mí no me lo hace; yo le llamo y a mí no me llama; yo me acuerdo de tal y en la misma situación no se acuerda de mí… Por supuesto que fastidia, pero que tengamos un corazón fiel: que sigamos queriendo a las personas a pesar de cómo se porten, de cómo correspondan.

Jesús, tu corazón es así, fiel. Dame un corazón como el tuyo. ¿Cómo reacciono cuando no me corresponden? ¿Qué te parece? (Puedes hablar de algún caso concreto que te haya ocurrido últimamente, y pedirle que te enseñe a reaccionar.)

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final. 

06-09

San Efrén, Diácono y Doctor de la Iglesia. Siglo IV.

De la antigua Mesopotamia, fue el transmisor genuino de la doctrina cristiana antigua, utilizando la poesía para divulgar la verdad cristiana. Era también poeta de la Virgen, a quien dedicó 20 himnos.

El silencio de quien no recita

El corazón de Jesús nos enseña a callar y a hablar. En cada momento, lo que corresponda.

Me contaba una persona joven que al terminar una ceremonia a la que había asistido, se quedó sorprendido porque se dio cuenta de que el Señor le hacía darse cuenta de lo siguiente: «Todos me han cantado, pero tú no.» No fue nada sobrenatural, pero él se daba cuenta de que así había sido: no había cantado nada, y las oraciones no las había rezado en voz alta…

A veces podemos estar en las celebraciones litúrgicas como masa, como elemento impersonal que hace o dice unas cosas establecidas que no se dirigen a nadie… que no salen de ningún corazón ni se dirigen a ningún corazón. ¡Y no es así!

Puede servir este ejemplo: si el día del cumpleaños de tu madre, todos los hermanos y tu padre le cantáis algo así como el «feliz, feliz en tu día», o «cumpleaños feliz», o lo que sea… y tú estás con la boca cerrada sin cantar… lo que cuenta para tu madre no es haber oído una canción, sino… que tú no le has cantado. Se alegrará de ser felicitada, pero seguro que echa de menos que tú estabas ahí… pero no estabas. Eso mismo es lo que aquel joven entendía que le echaba en cara Jesús.

Cuando rezamos muchos juntos, en misa o en cualquier otro momento, el corazón de Jesús no mira el grupo, sino también a cada uno. Que sepamos dirigirnos personalmente a él, que él quiere que yo le hable. De tú a tú, aunque seamos muchos. Él espera las palabras mías.

Por eso, asistir a una misa, por ejemplo, debe dejarnos muy cansados. Mientras escribo estas líneas me viene a la cabeza un amigo que terminaba agotado cada vez que interpretaba una canción: era llamativo cómo lo daba todo, subía los tonos hasta hacerle sudar, las venas se le hinchaban y su color iba cambiando hacia un rojo cada vez más morado… En misa debemos agotarnos: poner el cuerpo adecuadamente, meter la cabeza en cada palabra, y meter el corazón, comprometiéndome y dejándome hablar… No sé: requiere una intensidad que debe cansarnos.

En los primeros siglos del cristianismo, san Cipriano escribía: «La palabra y la actitud orante requieren una disciplina que requiere la paz y la reverencia. Recordemos que estamos a la vista de Dios. Debemos ser gratos a los ojos divinos incluso en la postura del cuerpo y en la emisión de la voz. La desvergüenza se expresa en el grito estridente; el respetuoso tiende a rezar con palabra tímida… Cuando nos reunimos con los hermanos y celebramos con el sacerdote de Dios el sacrificio divino, no podemos azotar el aire con voces amorfas ni lanzar a Dios con la incontinencia verbal nuestras peticiones, que deben ir recomendadas por la humildad, porque Dios… no necesita ser despertado a gritos…» Ni gritos, ni voces amorfas, ni silencios.

Jesús, que sepa dirigirme a tu corazón; que te hable con el corazón; que lo haga con la intención de agradarte. Que te ame con todo lo que hago, con lo normal. Gracias, y que no me tengas que echar de menos.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final. Pero recuerda: dísela con el corazón.

 

06-08

San Guillermo de York, Obispo. Siglo XII.

De familia noble, fue tesorero de la Iglesia y Capellán de Stephen King. Acusado por graves acusaciones por los cistercienses, fue confirmado como arzobispo de York por el Papa Inocencio, Sin embargo, las investigaciones le perseguirían toda la vida.

Quejas

Una de las cosas que más llamaría la atención a los romanos que estuvieron en la pasión de Jesús, a los soldados que le ataron, le coronaron con las espinas y le forzaron hasta la cima del Calvario con la cruz a cuestas, a los que le clavaron a la cruz… lo que más les llamaría la atención sería que —como dice la Escritura— «no abrió la boca», que no se quejó. Isaías lo cuenta con un desgarro que pone la piel de gallina: «Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultan los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. (…) Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron…» (52, 13-53).

Ayer nos proponíamos evitar las críticas. Hoy otro silencio: evitar las quejas, como las evitó nuestro Maestro. «¡Ya está lloviendo otra vez!», «¡Qué rollo tener que estudiar!», «¡Otra vez esta comida!»… Las quejas miden bastante bien la cantidad de egoísmo que tenemos: cada queja es como una protesta lanzada al vacío porque algo no es como a mí me gustaría que fuese. Podríamos decir que «tantas quejas… tanto egoísmo».

¿No te parece que el que se queja de la lluvia, se olvida de que la lluvia es buena para algunas cosas?… pero como le incomoda, protesta. ¿Y no te parece que el que se queja de estudiar se olvida de que muchos jóvenes a quienes les gustaría estudiar no pueden?… pero como no le apetece, protesta. ¿No te parece que el que se queja porque la comida se repite se olvida de que hay otros que no comen otra vez lo mismo porque no comen nada?… pero como no le gusta, protesta.

Cuando nos quejamos es porque somos un poco caprichosos. Te propongo lo siguiente: convertir las quejas en acción de gracias. A lo mejor se me escapa «Otra vez se me estropea el ordenador», pero enseguida puedo rectificar y decir interiormente a Dios: «Gracias, Dios mío, porque tengo ordenador. Si no lo tuviese, seguro que no se me estropearía.»

Jesús, de tu corazón no salió ninguna queja. ¡Ayúdame! Soy un poco egoísta y caprichoso, y yo sí me quejo. Pero a partir de ahora trataré de convertir las quejas en acciones de gracias. Se me escaparán, pero recuérdame que tengo que reaccionar y darte las gracias.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Seguro que puedes hablar tanto de tus quejas… Termina, después, con la oración final.

 

 

 

06-07

San Antonio María Gianelli, Obispo y Fundador. Siglo XIX.

De familia pobre, le es facilitada la entrada al seminario de Génova, donde llegó a ser Catedrático de Retórica. Se distinguió por su atención hacia los pobres, por la salvación de las almas y, con su ejemplo y dedicación, impulsó la santidad entre el clero.

Cubrir las espaldas

Ayer pedíamos no callar. Y el Salmo 140 nos enseña a dirigirnos así a Dios:

«Coloca, Señor, una guardia en mi boca,

un centinela a la puerta de mis labios.»

¡¡¡Una guardia en mi boca!!! No alguien, sino una guardia entera —es decir, el grupo de soldados necesario para controlar y defender un edificio o una zona—. El salmo es bastante elocuente y tiene buen humor: para controlar la boca… es preciso toda una guardia. Y en mis labios, un centinela que esté ahí día y noche, un centinela sólo para vigilar las entradas y salidas de mis labios.

Ya se ve que si ayer pedíamos al Señor ayuda para hablar —cuando es esconder la verdad, engañar…—, hoy le pedimos ayuda para callar.

¿Y qué callar? Por concretar, diría tres cosas: ninguna crítica, ninguna mentira, ninguna queja. Ni críticas ni mentiras ni quejas. Tratemos hoy de las críticas.

Los cristianos nos distinguimos porque no criticamos nunca. San Josemaría empleaba una expresión brutal, de esas que si te la imaginas te dan un poco de asco: decía que antes de hablar mal de alguien se mordería la lengua, y no dejaría de hacer fuerza con la dentadura hasta partirla, y luego la escupiría lejos… para evitar criticar. Decir algo negativo de alguien, hablar mal a las espaldas, comentar cosas negativas de otros… no es el estilo de nuestra familia cristiana.

He oído que nadie quiere ser el primero en irse de algunas reuniones informales de amigos o amigas porque sabe que, en cuanto se vaya, el resto empezarán a hablar mal de él. ¡Qué horror!

Los cristianos sabemos que los demás, cualquiera, es hijo de Dios; a todos los queremos querer, y salimos en la defensa de quien está ausente. Si es verdad algo negativo, se lo decimos a él, a su cara, para que pueda corregirse. Pero a las espaldas sólo hablamos bien, sólo decimos lo positivo. Y si otros no dejan de criticar, nos vamos, sin disimulo: ¡que sepan que nadie es criticado delante de nosotros!

En la guerra, cuando un soldado avanza, los demás le cubren las espaldas: puede andar tranquilo solo mirando hacia delante porque los demás se encargan de vigilar por detrás. Pues el cristiano es un valeroso cubridor de espaldas: todos pueden saber que delante de un cristiano no se hablará mal de él.

Corazón de Jesús, tú nos enseñas a hablar y a callar. «Coloca, Señor, una guardia en mi boca, un centinela a la puerta de mis labios.» Que esta boca que tocas tú cada vez que comulgo nunca la use para hablar mal de nadie: a todos los amas tú, y ¡seguro que no soportas oírnos hablar sin cariño, sin disculparles, sin excusarles! Yo también quiero quererles, y siempre disculparles. Dame fuerza para decir a la cara del interesado lo que tenga que decirle. Que los demás descubran cómo eres tú al ver cómo me comporto yo: que no les escandalice con mis críticas. ¡Nunca! ¡Quiero cubrir las espaldas de cualquiera!

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final

.

06-06

San Norberto, Obispo. Siglo XII.

De noble familia alemana, tuvo que elegir entre la vida militar y la eclesiástica, optando por esta última, aunque no por vocación. Una experiencia divina provocó su verdadera conversión. Fue un misionero itinerante fiel a la regla monástica de la pobreza.

Cuando el silencio es oscuridad

La joven Frida le dice a su abuela: «Lo que te pido es que no lo sepa Estela.»

Entonces, la abuela contesta con rapidez y a gritos: «¿Que no? En cuanto entre por esa puerta. ¡Pues buena soy yo para que anden con secretos al escondite! Así nací y así me quedo. ¿Ves que a otros niños los asustan con la oscuridad? Pues a mí me asustaban con el silencio. Y vete tú a saber si, en el fondo, no son la misma cosa.»

Sí: el silencio baja las persianas de nuestra alma, no entra la luz de la verdad… y va oscureciendo el alma. Qué bien nos iría a todos si reaccionásemos como esta abuela de la novela de Alejandro Casona, La barca sin pescador. Cuando se nos ocurra callar algo, jugar al escondite con la verdad, engañar, mentir… tenemos que responder: «¿Que no lo diga? Así nací y así me quedo. Lo diré enseguida.» Siempre sinceros.

Del Corazón de Jesús nunca salió una mentira. Es más, llamaba a Satanás el padre de la mentira. Lo que quiere decir que cuando mentimos, Satanás y nosotros hemos trabajado juntos para crear esa falsedad. La mentira nos deja solos. La mentira es como una gran tijera que corta lo que nos une a los demás y a Dios, y nos deja solos con lo que nosotros inventamos. Lo primero que cortan esas grandes tijeras es el cable de la luz, la luz de la verdad. Si la verdad no ilumina, nos quedamos a oscuras. Solos y a oscuras. Sí. Como vive Satanás.

No permitas, Señor, que por esta boca que tocas tú cada vez que comulgo, por esta boca por la que salen palabras para ti cada vez que hablamos, no permitas que la use para mentir. Te amaré con mi boca, Jesús, empleándola para decir la verdad, aunque me cueste. Dame un corazón como el tuyo, porque tú nos dijiste que del corazón salen las malas palabras, los engaños y mentiras.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final.

06-05

San Bonifacio, Obispo y Mártir. Siglo VIII.

De Inglaterra, nacido como Winfrid. Tras tres años predicando por tierra germánica, fue llamado a Roma por el Papa, que lo nombró obispo. Fundó la abadía de Fulda.

Señor doctor, cúreme usted

Me hizo gracia lo que cuenta un gran psiquiatra, Vallejo-Nágera, en su libro Ante la depresión: «Existe hoy una tendencia colectiva a buscar el pretexto de la enfermedad para tapar los fracasos personales y para exigir de la sociedad, o de la Medicina, o de cualquier otro ente impersonal, una solución. En ocasiones la coartada de la enfermedad resulta trágico-cómica.»

Recuerda entonces los cuatro años que tuvo una consulta del Seguro Escolar para estudiantes universitarios: «En el período de exámenes acudían masivamente a la consulta “estudiantes” que habían suspendido todas las asignaturas. “—Dígame, ¿en qué puedo serle útil?” Parecía un disco rayado, todos contestaban casi exactamente con las mismas palabras. “—Es que estoy frustrado, marginado y alienado, la sociedad me rechaza; vengo porque quiero que me hagan psicoterapia, me niego a tomar medicinas.” En realidad no decían medicinas, empleaban la palabra “drogas”. Uno tras otro. El primero me sorprendió, al tercero que repetía con precisión las mismas frases, pensé que me habían preparado una broma pesada y que aquellos chicos estaban actuando. No era así. Pensaban exactamente lo que decían. Les habían convencido.»

De alguna manera, a todos nos ocurre. Cuando tenemos problemas tendemos a echar balones fuera, a buscar que nos solucionen el problema, con medicinas o con lo que sea, pretendemos que nos arreglen las cosas, buscamos como una fórmula mágica que nos saque de la situación. Sería bueno que nos diésemos cuenta de que hay problemas que nadie desde fuera puede solucionárnoslos. Si he suspendido, la solución no está en declararme enfermo, o en acusar de injustos a los profesores… Si mis amigos no cuentan conmigo, o me rechazan… seguramente tendré que ver si yo soy buen amigo, positivo y sincero, o si por el contrario soy quisquilloso y aguafiestas, si me entrego a ellos o si voy a lo mío. Concluir que soy un incomprendido y exigir que todos cambien, o trasladarme a otra ciudad para ver si aquellos ciudadanos son mejores amigos, es una huida que tiene algo de estupidez.

Hay problemas que no solucionan los médicos ni las medicinas ni los cambios de ciudad. Mirar con sinceridad lo que me ocurre y decidir luchar, esforzarme por cambiar lo que tenga que cambiar… ése es el camino para crecer como persona.

Ser una gran persona, tener un gran corazón, no se le regala a nadie. Exige afrontarla verdad, enfrentamiento que suele costarnos esfuerzo. El corazón de quien espera que le solucionen sus problemas sin su esfuerzo… se hace cada vez más pequeño y egoísta. El corazón crece con el esfuerzo por reconocer la verdad y por corregirse.

Puedes decirle ahora a Dios lo que sigue, pero dándote cuenta de que le estás hablando y Él te está escuchando.

Jesús, sólo seré cristiano siendo una gran persona. Que no huya, que no espere que me solucionen otros lo que sólo mi esfuerzo y mi lucha pueden darme. Aunque a veces se me ocurra que tengo mala suerte, que soy un «pupas» o un desastre sin remedio… que no me lo crea. Que acepte el reto de parecerme a ti, que de mi forma de ser rechace aquello que me hace distinto a ti

.

06-04

San Francisco Caracciolo, Fundador. Siglo XVI.

De nombre Ascanio, fue militar. Cayó enfermo de lepra, pero al curarse, entregó su vida a Dios entrando en la cofradía de los Blancos, que prestaban atención a los enfermos y condenados a galeras y presos en la cárcel.

Ser limosnero

Cuenta Teresa de Calcuta que sólo una vez en su vida tuvo vergüenza de ser cristiana: al pasar por una iglesia vio que un pobre que había ido allí a pedir, era rechazado y expulsado a la calle. Se entiende que le avergonzase verlo, porque los cristianos hemos aprendido de Cristo a tener debilidad por los pobres y enfermos; traicionamos a Jesús cuando no nos compadecemos.

La palabra griega eleemosyne  significa «piedad», «compasión». De ella se deriva la palabra castellana «limosna». La limosna es dar algo con piedad, con-padeciendo con quien padece. Dando limosna nos comportamos de acuerdo al Corazón de Jesús.

Pero ¿dar limosna es sólo dar dinero? ¡Qué va! La limosna a veces está hecha de palabras, de obras, de sonrisas… pero dadas con el corazón. La limosna se da con el corazón. A veces, no podremos dar dinero ni nada valioso, pero podemos seguir dando limosna. A un enfermo a quien no podemos curar, podemos darle la palabra y el cariño del corazón. Con dos palabras cariñosas, con una broma, con una caricia… somos capaces de aliviar al que sufre —si lo hacemos con el corazón—. No tenemos excusa para dejar de dar limosna a cualquier persona con la que nos cruzamos que sabemos que sufre por algún motivo.

Me contaba un mendigo que me asaltó por la calle, con quien estuve charlando un rato, que lo que más le dolía era que por la calle algunos le mirasen como si fuese un perro, con indiferencia o con asco.

Dice san Bernardino de Siena: «Fíjate en el Éxodo: se te manda que si ves caerse un asno, aunque sea el de tu enemigo, le ayudes a levantarse. Si estás obligado a ayudar al asno que pertenece a tu enemigo, ¿qué no estarás obligado a hacer por el prisionero? No tienes ninguna excusa ante Dios para no asistirlo.»

Corazón de Jesús, la iglesia nos enseña y pide que demos limosna. Que no piense que no puedo, o que solo debo hacerlo en ocasiones puntuales, o cuando me sobre dinero… Que dé limosna todos los días, con unas palabras, ayudando, escuchando… que lo haga siempre con el corazón. ¡Hazme limosnero, Señor!

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.