05-04

Santo Antonino Pierozzi de Florencia. 1389-1459

Dominico sacerdote nacido en 1389, alcanzó el cargo de Arzobispo de Florencia. A pesar de su delicada salud, desarrolló una actividad prodigiosa y escribió numerosas obras.

No está completa

La plaza de San Pedro, en Roma, durante siglos no ha tenido una imagen de la Virgen. En mayo de 1980, un universitario amigo mío, al ver tantas estatuas e imágenes en la plaza, comentó: «¡Falta la Virgen!; si tengo oportunidad, se lo digo al Papa». A los pocos días, en una audiencia de Juan Pablo II con universitarios, el Papa iba saludando por el pasillo central de la gran sala a los más cercanos. Cuando pasó cerca de este amigo, le dijo: «Santo Padre: en la plaza de San Pedro no está la Virgen, no está la Madonna…» Juan Pablo II lo pensó un momento y le contestó en castellano. «La plaza no está completa… Habrá que terminarla, habrá que terminarla…».

Al año siguiente, en 1981, el Papa inauguraba un mosaico grande dedicado a María Madre de la Iglesia, que se encuentra en una fachada, sobre la plaza. «Me alegra inaugurar este testimonio de nuestro amor (…); que todos los que vengan a esta plaza de San Pedro eleven la mirada a nuestra Señora para dirigirle (…) un saludo personal», dijo.

Ésta es una verdad importante: nada cristiano está terminado si no tiene presente a María.

Si en tu habitación no tienes una imagen de la Virgen, tu habitación no está completa: habrá que terminarla. Si en la sala de estar de tu casa no tienes una imagen de la Virgen, no está completa: habrá que terminarla. ¡Qué la pongas! Y ojalá te acostumbres a mirarla, a saludarle, cuando entres y salgas. Te ayudará a recordar que Ella te acompaña.

Madre mía, te quiero. Quiero quererte más; quiero acordarme más veces de ti. ¡Que me sirvan tus imágenes!

Continúa ahora hablándole un rato.

05-03

San Felipe y Santiago el Menor, apóstoles. Siglo I

San Felipe, discípulo de Juan Bautista, fue llamado por el Señor para que lo siguiera. A este santo se le atribuía el milagro de la resurrección de un muerto. Santiago el Menor, fue el primero que rigió la Iglesia de Jerusalén, coronó su apostolado con el martirio.

¡Cómo le gusta!

En el año 1917 la Virgen de Fátima se apareció a tres pastorcitos, que estaban en una cueva, mientras su rebaño pastaba. Lucia, una de las pastoras, cuenta: «La aparición no se realizo el día 13 de agosto en Cova de lria porque el Administrador del Ayuntamiento apresó y llevó a Vila Nova de Ourem a los pastorcitos con la intención de obligarles a revelar el secreto que les había dicho la Virgen que sólo podrían desvelar al Papa. Los tuvo presos en la Administración y en el calabozo municipal. Les ofreció los más valiosos regalos si descubrían el secreto. Los pequeños videntes respondieron: “No lo decimos ni aunque nos den el mundo entero”. Los encerró en el calabozo. Los otros presos que estaban en el calabozo les aconsejaron: “Pero decid al Administrador ese secreto, ¿qué os importa que esa Señora no quiera?” “¡Eso no —respondió Jacinta—, prefiero morir antes que no hacer lo que nos ha dicho la Virgen!” Y los tres niños rezaron con los otros presos el rosario, delante de una medalla de Jacinta colgada de la pared.

»El Administrador, para atemorizarlos, mandó preparar una caldera de aceite hirviendo, en la cual amenazó asar a los pastorcitos si no hacían lo que les mandaba. Ellos, aunque pensaban que la cosa iba en serio, permanecieron firmes sin revelar nada.»

Ni siquiera en esas circunstancias dejan de rezar el rosario porque la Virgen se lo ha pedido, y saben que le gusta. Ojala tú tampoco dejes de dar ese gusto a tu Madre: dile que todos los días de este mes tratarás de regalarle el rezar, al menos, un misterio del Rosario (un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria). Es muy fácil… y ¡como le gusta!

Ahora, si te parece, puedes comentar con María este propósito. Después termina con la oración final.

04-30

San Pío V, CCXXV Papa. Siglo XVI.

Se le recuerda por lograr imponer una tregua en las discordias caseras de los Estados europeos y llevarlos a una “santa alianza” para detener la amenazadora avanzada de los turcos. Condescendiente con los humildes, pero severo con cuantos comprometían la unidad de la Iglesia, no dudó en excomulgar y decretar la destitución de la reina de Inglaterra, Isabel I.

El pecado de los paganos

Cuando vamos en el coche, estamos en una habitación o en cualquier lugar y olemos mal… enseguida buscamos de dónde sale ese olor. Aunque no sepamos qué, algo tiene que haber.

Puede ocurrir algo peor: que realmente huela mal, pero que uno no detecte ese mal olor; es peor porque significaría que algo podrido anda cerca, pero, por haberme acostumbrado, no soy capaz de percibirlo. Habría perdido la sensibilidad para captar olores, no sería capaz de distinguir el buen y el mal olor: todo me resultaría igual.

¿Por qué digo esto? Porque los primeros cristianos decían que el pecado de los paganos era la insensibilidad. ¡Resulta fantástico! Se daban cuenta de que a los paganos les faltaba la sensibilidad para captar lo que huele bien y lo que huele mal, para distinguir entre lo bueno y lo malo, para diferenciar entre lo bello y lo feo.

Hace poco traían a mi casa un mueble nuevo muy pesado. El chico que transportaba el paquete embalado llevaba una camiseta negra con unas letras grabadas en la espalda: «El mal te invita a su fiesta.» Parece que el mundo, cuando se paganiza, considera que la fiesta necesita de lo malo. Como si lo bueno fuese lo aburrido y lo malo lo divertido. «Con bondad no hay quien haga fiesta», parecen pensar muchos.

¿Realmente es así? ¿Es verdad que para pasarlo bien hace falta hacer el mal? Los primeros cristianos hicieron un buen diagnóstico: cuando se pierde la sensibilidad ocurre eso.

Ahora que vivimos la alegría de que ha resucitado Jesús y nos ha dado una vida nueva, podemos ver si continuamos un poco paganizados: si nos atrae el bien y nos duele el mal… o si, por el contrario, el bien nos deja indiferentes y el mal nos atrae hasta parecernos que la única forma de pasarlo bien es haciendo también el mal.

El día en que celebramos la absoluta bondad de nuestra Madre, decía Benedicto XVI: «Precisamente en la fiesta de la Inmaculada Concepción brota en nosotros la sospecha de que una persona que no peca para nada en el fondo es aburrida; que le falta algo en su vida: la dimensión dramática de ser autónomos; que la libertad de decir no, el bajar a las tinieblas del pecado y querer actuar por sí mismos forma parte del verdadero hecho de ser hombres; que sólo entonces se puede disfrutar a fondo de toda la amplitud y la profundidad del hecho de ser hombres, de ser verdaderamente nosotros mismos; que debemos poner a prueba esta libertad, incluso contra Dios, para llegar a ser realmente nosotros mismos. En una palabra, pensamos que en el fondo el mal es bueno, que lo necesitamos, al menos un poco, para experimentar la plenitud del ser.

 

»En el día de la Inmaculada debemos aprender más bien esto: el hombre que se abandona totalmente en las manos de Dios no se convierte en un títere de Dios, en una persona aburrida y conformista; no pierde su libertad. Sólo el hombre que se pone totalmente en manos de Dios encuentra la verdadera libertad, la amplitud grande y creativa de la libertad del bien. El hombre que se dirige hacia Dios no se hace más pequeño, sino más grande, porque gracias a Dios y junto con él se hace grande, se hace divino, llega a ser verdaderamente él mismo. El hombre que se pone en manos de Dios no se aleja de los demás, retirándose a su salvación privada; al contrario, sólo entonces su corazón se despierta verdaderamente y él se transforma en una persona sensible y, por tanto, benévola y abierta. (…)

»María está ante nosotros como signo de consuelo, de aliento y de esperanza. Se dirige a nosotros, diciendo: “Ten la valentía de osar con Dios. Prueba. No tengas miedo de él. Ten la valentía de arriesgar con la fe. Ten la valentía de arriesgar con la bondad. Ten la valentía de arriesgar con el corazón puro. Comprométete con Dios; y entonces verás que precisamente así tu vida se ensancha y se ilumina, y no resulta aburrida, sino llena de infinitas sorpresas, porque la bondad infinita de Dios no se agota jamás.”»

 

María, quiero creer estas palabras que tu vida nos sugiere. ¿En qué cosas me parece que el bien ha dejado de atraerme, y el mal me atrae demasiado? ¿Qué momentos o costumbres de mi vida me tienen esclavizado, y aun sabiendo que son malas me parecen imprescindibles para divertirme en la vida? Ayúdame, Madre buena, a ganar en sensibilidad.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole tus insensibilidades o lo que quieras.

04-29

Santa Catalina de Siena, Virgen y Doctora de la Iglesia. Siglo XIV.

Con 15 años entró en la Tercera Orden de Santo Domingo y comenzó una vida de penitencia muy rigurosa. En los comienzos del gran cisma aceptó el llamamiento de Urbano VI para que fuera a Roma donde enfermó y murió rodeada de sus muchos discípulos con 33 años.

Rezar todos los días, pase lo que pase

Te copio una noticia antigua del periódico. Hace referencia a la operación que Juan Pablo II sufrió en octubre de 1996:

«El Papa pasará más días en el hospital de los inicialmente previstos. Una circunstancia que, según el cirujano Francesco Crucitti se debe a que Juan Pablo II “es un paciente rebelde” y en el Vaticano podría estar más ansioso por retomar sus actividades normales. Ello podría dificultar su recuperación.

»Crucitti recordó que el Papa impidió que se adelantara su operación —a pesar que le fue diagnosticada en las Navidades pasadas— porque tenía numerosos compromisos. Ha preferido esperar a un “hueco” en su agenda para acceder a la intervención, aunque esto le haya supuesto más malestares. Por otra parte, el portavoz del Vaticano, Joaquín Navarro-Valls, comentó que el Pontífice se había levantado el día de la operación a las tres de la mañana, que rezó solo en su capilla particular, contigua a su habitación en el décimo piso del Policlínico, donde leyó el Breviario y rezó parte del rosario. A las cinco de la mañana concelebró la Misa con su secretario, monseñor Stanislao Dziwisz.»

Ayúdame, Madre mía, a rezar todos los días. Que no acepte excusas. Que no deje de dedicarte un rato aunque esté cansado. Quiero que me resulte necesario rezar. Gracias.

Puedes comentar ahora con el Señor el comportamiento de Juan Pablo II, y ver si también en tu vida las cosas de los demás están por delante de tu bienestar o malestar.

04-28

San Pedro Chanel, Sacerdote y Mártir. Siglo XIX.

Oriundo de Francia, fue un misionero marista que predicó el Evangelio en las islas Fiji. Sin embargo, las antiguas generaciones de aborígenes no lo aprobaron y San Pedro Chanel se convirtió en el primer mártir de Oceanía.

Soltar amarras: ligero de equipaje

San Pablo nació en Tarso, una ciudad importante. En el año 171 antes de Cristo, el rey Antíoco Epífanes intentó helenizar el judaísmo: pretendió que la cultura griega fuese incorporada por los judíos. La consecuencia fue ésta: los judíos de Tarso, para defenderse de esta influencia, crearon una comunidad de raza muy cerrada, una colonia; tenían los mismos derechos que los griegos, pero así mantenían a salvo su identidad. De esta manera, formaron como un pequeño estado dentro de otro estado: eran judíos dentro de un estado griego.

En la antigüedad la comunidad de parentesco era sagrada e íntima. Nadie podía ser ciudadano de una ciudad sin estar vinculado a una estirpe, sin ser de una familia que estuviera arraigada en esa ciudad. Pablo tenía el orgullo de pertenecer a una de esas estirpes o familias judías de la importante ciudad de Tarso. Por eso, en sus cartas aprovecha para enviar saludos a miembros de su estirpe: Andrónico, Junia y Herodión…

Estos datos nos ayudan a entender lo que quiere decir san Pablo cuando escribe: «Nosotros, los cristianos, tenemos nuestra ciudadanía en el cielo»(Fil 3, 20). Con orgullo nos dice que estamos en el mundo como todos los demás hombres, pero que tenemos una familia, una estirpe que nos hace ciudadanos de otro lugar: somos ciudadanos del cielo. Pertenecemos a la familia de Dios, somos sus familiares, aunque vivamos en el mundo estamos ligados y ya vivimos en cierto modo en otro lugar: pisamos la tierra y nuestra cabeza está también en el cielo.

San Agustín escribió también un libro que titula La ciudad de Dios.

Una imagen que usamos con frecuencia los cristianos es la del Camino —así llamaban al principio al cristianismo—: somos caminantes, estamos de paso en la tierra, de paso hacia el cielo, de donde somos ya ciudadanos y lo seremos para siempre. Estamos de viaje, somos peregrinos, viatores…

Esta verdad no nos saca del mundo: lo amamos, disfrutamos de él porque es bueno y Dios nos ha creado para que seamos felices aquí en la tierra y luego en el cielo. Una oración de la misa pide a Dios: «La participación frecuente en esta eucaristía nos sea provechosa, Señor, para que disfrutemos de tus beneficios en la tierra y crezca nuestro conocimiento de los bienes del cielo.»

Disfrutar de esta vida, y crecer en el deseo y conocimiento de nuestra verdadera ciudad. ¡Qué bueno es, por eso, que soltemos amarras! Que no vivamos atados a cosas de esta tierra, que dispongamos de las cosas pero libres de ellas, que no pongamos aquí todas las esperanzas, que relativicemos todo lo que aquí nos pasa. Vivimos en este mundo pero sabemos que no somos de este mundo. Andar ligeros de equipaje.

Señor, que suelte amarras, que no viva como si la vida en la tierra fuese todo. Que ningún cristiano olvide que somos ciudadanos del cielo: que crezca nuestro conocimiento de los bienes del cielo, y que los demás vean en nuestra forma de vivir que nuestra ciudad definitiva no es ésta sino el cielo.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.

04-27

Nuestra Señora de Montserrat, Advocación Mariana.

La Virgen de Montserrat fue declarada patrona de Cataluña y en el siglo IX se construyó el santuario con el mismo nombre. Se le llama Moreneta debido al humo de tantas velas encendidas en su honor como señales de su protección o como signo de pedirle favores o de acción de gracias.

Vivir al día

La oración del Padrenuestro contiene siete peticiones. La estructura es perfecta: las tres primeras se refieren al Reino de los cielos, las tres últimas a nuestras necesidades durante nuestro paso por este mundo; y en el centro, entre un grupo y otro —mejor, uniendo un grupo y otro—, la cuarta petición: «danos hoy nuestro pan de cada día».

El cristiano vive, no entre el cielo y la tierra, sino en el cielo y en la tierra. La cuarta petición marca el estilo de vida de estos ciudadanos: cada día piden el pan de ese día al cielo. Los discípulos de Jesús hemos sido enseñados por él mismo a no vivir de cálculos y seguridades terrenales, sino de los bienes que cada día nos da el Señor. Los discípulos de Jesús hemos aprendido desde el principio a vivir en un continuo intercambio con el Señor, contemplarle y confiar en él… cada día.

En esta oración, Jesús nos enseñó no sólo a dirigirnos al Padre con la boca, sino también con la vida: quien reza el Padrenuestro encuentra una falsilla para actuar. «Danos hoy nuestro pan de cada día»: es la oración de los que no acumulan, de los que no buscan la seguridad en ellos mismos, de los confiados, de los sencillos y pobres de corazón, de los que se conforman con lo suficiente, de los que no viven pendientes del tener porque les ocupan otros intereses mayores.

Duerme bien el cristiano: no le quita el sueño lo que ocurrirá mañana. «No os preocupéis por vuestra vida acerca de qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, acerca de qué os vestiréis…son las gentes del mundo las que se afanan por estas cosas. Bien sabe vuestro Padre que las necesitáis» (Lucas 12, 22-32) El cristiano sabe que el Señor es su guardián, guardián que «no duerme ni reposa» (Sal 121, 4). El dependiente de Dios es un loco irresponsable para el mundo, pues, en vez de tararear continuamente la tabla de multiplicar, prefiere musitar la cuarta petición. Sabe que aquella zona incontrolada del futuro no será oscura cuando llegue, pues también ese día caerá su pan cotidiano. Cada día el dependiente volverá a contemplar a su Dios, y cada día esperará de él su protección.

Estas afirmaciones pueden despertar cierto escepticismo en unos, pero en otros no hacen más que evocar recuerdos en los que así ocurrió: siempre Dios ha salido a su paso.

Quien no se cuelga de la cuerda, no sabe si aguanta su peso; sólo quien se cuelga de la cuerda puede pender de ella: quien corre el riesgo de confiar en Dios tendrá la experiencia de su protección y cuidado; quien no corre el riesgo, nunca lo sabrá.

Como dice el padre Kentenich: «No pretendamos tener la seguridad de una mesa, sino la del péndulo. Aquí en la tierra no hay seguridad alguna que pueda serenarnos. Sólo hay un péndulo que oscila en el aire. La solución de todos los problemas reside en la vinculación íntima, sencilla y filial al Padre.»

Danos hoy nuestro pan de cada día, Señor. Tú eres el Dios vivo, que vives siempre amando a cada criatura. Que no sea desconfiado, como si te dedicases a otras cosas o te echases de vez en cuando a reposar, como si no te importásemos tanto…. Tú, Señor resucitado, estás con nosotros todos los días hasta el fin de los tiempos. Confío en ti, pero aumenta mi confianza. ¿Qué me preocupa?, ¿qué no he abandonado todavía en tus manos?, ¿algo me intranquiliza o me quita el sueño? Que no sea tonto y confíe en ti.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, quizá repasando si sabes vivir al día…

04-26

San Isidoro de Sevilla, Arzobispo de Sevilla y Doctor de la Iglesia. Siglos VI-VII.

Hermano de San Leandro de Sevilla y tío de San Hermenegildo. Defendió la fe contra los arrianos, se ocupó de la organización eclesiástica, presidió varios concilios y contribuyó al florecimiento de la vida religiosa en España.

Perdonadles

Como sabes, en la Guerra Civil que hubo en España en 1936-1939, hubo algunos que fueron contra la Iglesia: por el hecho de ser cristianos, algunos fueron asesinados. Varios centenares de ellos han sido canonizados en 2007. Éste es uno de ellos: Bartolomé Blanco, jienense de Pozoblanco.

Tenía 21 años y una novia maravillosa. La víspera de su fusilamiento se despide de sus familiares, de sus tías y primos, con estas palabras:

«Conozco a todos mis acusadores. Día llegará en que vosotros también los conozcáis. Sea ésta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón. Una indulgencia que quiero venga acompañada de hacerles todo el bien posible.

»Os pido que me venguéis con la venganza del cristiano, devolviendo mucho bien a quienes me han intentado hacer mal.»

¿Qué puede mover a un joven obrero y sindicalista a expresarse con semejante serenidad? ¿Cuál será la clave por la que tantos cristianos hayan respondido así? ¿No te parece que si es posible vivir así, de perdonar como ellos lo hicieron, y de creer con tranquilidad y firmeza, merece la pena emplear la existencia para encontrar la clave?

Así es la venganza del cristiano: devolver mucho bien a quien ha querido hacernos mal. Que Cristo haya resucitado significa que sigue vivo. Y vive en los cristianos. Sin su vida en nosotros, no nos resultaría posible comportarnos como estos 498 mártires de la Guerra Civil se portaron cuando les persiguieron por ser cristianos. Ahí está la clave: pero sólo se desvela a quien la busca… con las manos atrás, es decir, sin querer imponerse, sin exigir demostraciones, sin desconfiar. Si le encontramos, también nosotros diremos: «Os pido que me venguéis con la venganza del cristiano, devolviendo mucho bien a quienes me han intentado hacer mal.»

Señor, vive en mí. ¡Ven, Señor Jesús! Ven, y habita en mí. Que cada vez te deje estar más plenamente, que cada día me poseas más de manera que seas tú quien vive en mí, como decía san Pablo. Por intercesión de todos los mártires, te ruego por todos los cristianos que estamos todavía de camino.

Convéncele ahora para que te enseñe a perdonar, y mira si aplicas «la venganza cristiana» de la que hablaba Bartolomé.

04-25

San Marcos, Evangelista. Siglo I.

Judío de Jerusalén, fue discípulo de San Pedro e intérprete del mismo en su Evangelio. Acompañó a San Pablo y a Bernabé, su primo, en el primer viaje de misioneros de éstos. Su Evangelio contiene Historia y Teología.

Lolo, el jóven periodista de Acción Católica

«Haz por sentarte a la mesa de las sinceridades y tú mismo vete rellenando el carnet de identidad.

»De nombre te pones Hombre y éstos son los apellidos que debieras: Libre, Amante e Inmortal.

»Residencia provisional, la tierra, de paso para la Eternidad.

»Hijo, de Dios. Profesión, la Generosidad.

»De fotografía, le estampas el corazón y rubricas todo con letra de fe y firma de esperanza.»

Quien escribe esto es Lolo, un periodista algo singular. Lolo fue un joven de Acción Católica. Nació en Linares (Jaén, España) en 1920. A los 22 años una parálisis progresiva le sentó en un sillón de ruedas. Su inmovilidad fue total. Los últimos nueve años, también ciego.

Pero Lolo fue un joven cristiano que se tomó en serio el Evangelio, o como decía de él otro periodista: «Se dedicaba a ser cristiano. Se dedicaba a creer». Tan en serio se tomaba el Evangelio que un día el Hermano Robert, de Taizé, se acercó a su casa. Lo vio. Lo oyó hablar. Miró aquel cuerpecillo agarrotado. Tomó la pluma y escribió en la pantalla de la lámpara que alumbraba desde el rincón la mesa donde Lolo trabajaba: «Lolo, sacramento del dolor.»

Pero Lolo, que mantuvo la perenne alegría en su permanente sonrisa, «varón de dolores» y sin embargo sembrador de alegría en los cientos de jóvenes y adultos que se acercaban a él en busca de consejo, hizo un gran bien.

Con otra comparación expresiva, la del viaje en el avión, nos describe las líneas maestras de su vida, casi idénticas al anterior texto:

«Voz de azafata:

»—¡Atención, atención! Avión a punto de partir.

»Ruta sobre el techo del mundo; pasaje de fe y asiento de generosidad.

»Utilice la escalerilla del entusiasmo y abróchese el cinturón de la esperanza.

»Destino: el Reino de Dios.»

Lo que ha afirmado en un tono sereno con la lucidez y vivacidad de su mente, lo expresa ahora con vehemencia, como un volcán en erupción:

Tengo sed, Señor, del agua de esa fuente. Mi corazón

quema de tanta lumbre interior, de tantos ardores

siempre. Me abraso de ansias de ser mejor, de notarme

más fiel, más leal, más generoso, más incondicional.

Mi sed es de Ti, ¿por qué has de darte siempre con

cuentagotas? ¡Dame más, Señor! ¡Lléname como un

aljibe, y casi enseguida, me dejas vacío, para que

yo goce además el júbilo de sentir cómo te viertes!

Tengo ganas de que se termine la sed, pero también

quiero que nunca se acabe, porque la sed es una

hermosa esperanza y nuestra pequeña esperanza se

redime en su propia espera y su dolor.

No quiere que se quede en ideas abstractas y puros sentimientos, lo concreta, lo programa, como suele ser su costumbre, en un decálogo de vida para verse «quemado por Cristo todo el día»:

«Y para que veas que te lo digo de corazón, aquí te dejo, Señor, la bandera y el programa de un humilde decálogo. Ojéalo y, si vale, échale al fin tu bendición:

»I. Te desayunarás cada amanecer con el buen panecillo de Dios y luego te harás de su

»milagro repartiendo los panes y los peces de tu corazón.

»II. No vivas nunca sin los dolores de grietas del grano que se entierra, pero hazlo con gesto

»humilde y alegre, como quien lía un pitillo con despreocupación.

»III. Nunca pienses en el “mirlo blanco” de una cosecha, Tú, a tus zapatos, que es el arar y

»arar de continuo.

»IV. Restriega y lava tus ojos en la fe, para ver siempre al Cristo que vive en el bueno, el

»mediano y el pecador: (Sí, ¿o es que no lo notas en su Pasión, azotado y sangrante por

»las injurias?).

»V. De hombre a hombre, te bajas del pupitre y obras como un barro de inferior calidad pero

»el chorro de Gracia de tu vida lo das sin tasa y seguro, con la fuerza del Dios que

todo lo puede.

»VI. Échale al mundo sin guardaespaldas, a todo riesgo, que no hay vacuna como la de la

»Gracia y hasta el peor de los hombres te podría contagiar un algo que te faltase.

»VII. Cuando des, da bienes, corazón y gracias, porque ¡menudo favor te hace Cristo con

»dejarse socorrer en el pobre…!

»VIII. No juegues al colosalismo apostólico y no andes de zascandileos con Cristo por los

»callejones mientras no lo tengas como un rey en tu trabajo y en tu ambiente.

»IX. En el cielo no entran ni las tortugas ni los caracoles. Tú lo escalarás en equipo y con

»un buen sello de urgencia estampillado en el corazón.

»X. Ni tus manos, ni tus labios, ni tu cabeza se dejarán caer sobre una almohada sin que

»noten las agujetas de haberse “quemado” por Cristo todo el día.»

Gracias, Señor, por estos hombres en los que vemos las maravillas que tú haces. En ellos vemos tu resurrección, tocamos que el amor es más fuerte que el dolor, que la traición, que el resentimiento y que el odio. Dame un gran amor, y así seré capaz de estar alegre y contagiar tu paz a los demás también en los momentos más duros.

Puedes hablar a Dios del decálogo de Lolo, y quizá comentarle alguna de sus oraciones.