04-24

San Fidel de Sigmaringen, Sacerdote y Mártir. Siglo XVII.

Doctor en Derecho y profesor de Filosofía y Letras, se dedicó a defender gratuitamente a los pobres. Ante un intento de soborno por parte de otro abogado, dejó su oficio y entró de religioso capuchino, repartiendo sus riquezas entre los pobres.

Respetar a las gallinas

Un gobierno europeo publicaba recientemente una ley por la que se prohibía que las vacas fuesen trasladadas en camiones con poco espacio para cada una, y que si los viajes superaban las cuatro horas se les debía dejar un tiempo para descansar.

No entro a valorar la ley, pues no soy un experto. Pero sí habla de una sensibilidad que es muy cristiana. Por supuesto que el hombre es el dueño de la creación, que somos superiores al resto de las criaturas que pueblan el Planeta. Ahora bien, los animales son compañeros de nuestra existencia, son criaturas de Dios, tienen una dignidad. El hombre es el dueño de la creación, pero no puede ser un déspota que haga lo que se le antoje. Todas las criaturas tienen una dignidad que los hombres tenemos que saber respetar.

En una entrevista que hacían a quien más tarde sería elegido papa Benedicto XVI, hablaba de esto. Decía que los hombres deberíamos plantearnos hasta qué punto son correctas algunas prácticas, como esos criaderos de gallinas en los que jugando con la luz y la oscuridad se manipulan los ciclos para que las gallinas pongan más huevos, sin hablar de las condiciones de vida a las que se les somete.

Amamos la creación y a todas las criaturas. Nos servimos de ellas para nuestras necesidades, pero las respetamos. Y no sólo eso, sino que los hombres somos la boca de esas criaturas. ¿La boca? Sí.

En el libro del Apocalipsis se dice: «Alabad al Señor, sus siervos todos» (19, 5). Y los hombres alabamos a Dios por toda la creación. Como reza el libro de Daniel, rezamos este cántico:

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor; cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor… Sol y luna, astros del cielo, lluvia y rocío, vientos todos, fuego y calor, fríos y heladas, rocíos y nevadas, témpanos y hielos, escarchas y nieves, noche y día, luz y tinieblas, rayos y nubes… Bendiga la tierra al Señor.

Montes y cumbres, cuanto germina en la tierra, manantiales, mares y ríos, cetáceos y peces, aves del cielo, fieras y ganados, bendecid al Señor, ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, Israel, sacerdotes del Señor, siervos del Señor, almas y espíritus justos, santos y humildes de corazón, Ananías, Azarías y Misael… Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Los cristianos prestamos nuestra voz a las criaturas para alabar a Dios, agradecer que haya hecho todo con sabiduría y belleza, orden y bondad. Nos alegra contemplar la creación, respetarla, y regodearnos en ella hablando bien a nuestro Dios y de nuestro Dios.

Podemos rezar la oración de san Francisco, y aprender de él a mirar las criaturas:

Alabado seas, mi Señor, por todas las criaturas, especialmente por mi señor hermano el Sol. Con su lumbre y su luz nos das el día ¡cuán bello es y esplendoroso! Él lleva tu representación ioh Dios Altísimo!

¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana Luna y las Estrellas: en el cielo las formaste claras y preciosas y bellas! ¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Viento, por el Aire y la Nube, por el Cielo sereno, el Nublado y todo Tiempo: con ellos sostienes a tus criaturas!

¡Alabado seas, mi Señor, por la hermana Agua, tan útil, tan humilde, tan preciosa y tan casta!

¡Alabado seas, mi Señor, por el hermano Fuego: por él nos alumbras la noche, y es bello y alegre, vigoroso y fuerte!

¡Alabado seas, mi Señor, por nuestra madre y hermana la Tierra, que nos mantiene y nos gobierna, nos da frutos diversos y flores de color y verde hierba!

Si quieres puedes seguir alabándole, con estas u otras palabras. Termina con la oración final.

04-23

San Jorge, Mártir. Siglo IV.

Según la tradición, el santo era un caballero cristiano que hirió gravemente a un dragón que aterrorizaba a los habitantes de una pequeña ciudad. San Jorge dijo que bastaba con que creyesen en Jesucristo para que el dragón muriese. Es patrono de Inglaterra.

El franciscano preso número 16670

Auschwitz fue el campo de concentración más grande creado por los nazis. Ahora lo han convertido en un museo. Allí se señala el lugar donde estuvo encerrado Maximiliano Kolbe. ¿Por qué es famoso este polaco que Juan Pablo II canonizó?

Kolbe, nacido en 1894, decidió ingresar en un convento franciscano a los 16 años. Después de hacer dos doctorados en Roma, aparte de dar clases en el seminario, fundó la Milicia de la Inmaculada. En 1927 fundó una pequeña ciudad, llamada Niepokalanów —la Ciudad de la Inmaculada—, con un convento, radio, imprenta y un servicio de bomberos. Trabajaban unas tres mil personas que vivían allí; todos sus trabajos eran para difundir la devoción a María; aparte de la radio, publicaban un par de revistas dedicadas a la Virgen con una grandísima difusión. Más tarde fue como misionero a Japón, donde hizo una fundación similar.

El año 1936, estando en Niepokalanów, fue apresado junto a otros frailes y enviado a campos de concentración en Alemania y Polonia. Poco tiempo después, el día de la Inmaculada, es liberado. En 1941 es hecho prisionero otra vez y enviado a la prisión de Pawiak, y luego al campo de concentración de Auschwitz, donde prosiguió su ministerio a pesar de las terribles condiciones de vida. Los nazis trataban a los prisioneros de una manera inhumana y los llamaban por números; a San Maximiliano le asignaron el número 16670. A pesar de los difíciles momentos en el campo, su generosidad y su preocupación por los demás nunca le abandonaron.

Las normas del campo ordenaban que los prisioneros fueran guardianes unos de otros. En julio de 1941 hubo una evasión del campo de concentración. Como castigo, impusieron que se ejecutara a diez hombres por el prisionero que se había escapado. Hicieron el sorteo 1-2-3-4… 9… 10 y al que le correspondió el número 10 se oyó un grito desgarrador: «Dios mío, yo tengo esposa e hijos. ¿Quién los va a cuidar?» Era Francis Gajowniczek, un hombre casado y con hijos pequeños. En ese momento, Maximiliano levantó la mano haciendo una señal a los guardias, y el oficial le dijo: «¿Qué es lo que quiere ahora este cerdo polaco?»

El padre Kolbe dijo al oficial: «Yo me ofrezco para reemplazar al compañero que ha sido señalado para morir de hambre.» El oficial le respondió: «¿Y por qué?» «Porque él tiene esposa e hijos que lo necesitan. Yo soy soltero y solo, y nadie me necesita» El oficial dudó un momento y respondió: «Aceptado.»

Maximiliano Kolbe fue llevado con sus otros nueve compañeros a morir de hambre en un subterráneo. Aquellos tenebrosos días fueron de angustias y agonías continuas. Maximiliano animaba a los demás y rezaba con ellos. Poco a poco fueron muriendo uno tras otro. Después de diez días, sólo él sobrevivía. Como los guardias necesitan ese lugar para otros presos, le pusieron una inyección de cianuro y lo mataron. Era el 14 de agosto de 1941.

En 1983 el papa Juan Pablo II visitó Niepokalanów, fundada por Kolbe. Al comienzo de su homilía dijo: «“Nadie tiene amor mayor que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15, 13): así dice Jesús al despedirse de los Apóstoles en el Cenáculo, antes de encaminarse hacia la pasión y la muerte. “Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos”, repetirá después el apóstol Juan en su primera Carta (1 Jn 3, 14). Y concluirá: “En esto hemos conocido la caridad, en que Él dio su vida por nosotros; y nosotros debemos dar nuestra vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3,16).» Esto fue lo que vivió Maximiliano Kolbe.

Resulta interesante considerar que éste fue su final. Lo que quizá saben menos personas es algo que vivió en su comienzo. En sus años de seminario coincidió con uno de sus hermanos. En un momento determinado, Maximiliano llegó a convencerse y convencer a su hermano de abandonar el seminario. ¿La noche oscura del alma?, ¿temor ante un reto que él se tomaba tan en serio que le pareciera por encima de sus fuerzas?, ¿dudas? Cuando iban a hablar con el superior, por casualidad, llegó a verlos su madre, llena de alegría. Con satisfacción les cuenta que el hermano menor también va a entrar en la orden. La madre les asegura que ella siempre rezaría por sus hijos. Abrazos y lágrimas dieron más intensidad a sus palabras.

Aquella visita disipó todas las dudas en los corazones de los hermanos. Nueve años más tarde, desde Roma, recuerda aquella visita en una carta a su madre y la considera un «regalo salvador, providencial, de la Inmaculada».

Los santos no han vivido sin dificultades, dudas, tentaciones, inseguridades… Es importante recordar siempre que Jesús ha resucitado, que unidos a él podemos crecer en esas situaciones, que ser santos es para nosotros: tenemos que saber aguantar el tirón. El Espíritu Santo nos va transformando, pero poco a poco. Si seguimos adelante, va agrandando nuestro corazón hasta que, como Maximiliano Kolbe, desearemos dar la vida por los demás, por cualquiera, porque amaremos a todos. Pero… poco a poco… él actúa: él es quien nos transforma.

María Inmaculada, quiero darte a conocer a muchos. Ayúdame a dejarme transformar, como Maximiliano Kolbe, para que cada día dé mi vida por los que tengo al lado con detalles concretos de servicio, ayudándoles, escuchándoles, trabajando bien, sonriendo… Que sepa tener esperanza y saber esperar en los momentos de crisis, cuando las cosas no las vea claras, cuando me invada el desánimo o la inseguridad. San Maximiliano Kolbe, ruega por nosotros.

Comenta con él si quieres cómo has vivido tus crisis, y termina con la oración final.

04-22

Santa Oportuna, Abadesa. Siglos VIII-IX.

Fue hermana del santo Crodegan, obispo de Sées. En el convento destacó por su bondad y fervor. Realizó dos milagros poco después de ser nombrada abadesa.

Gustar a Dios

El otro día me lo volvía a decir un chico, hablándome de una amiga: «Sé que le gusto, porque me lo han dicho mis amigos, pero…» Nunca me ha convencido esa expresión: me gusta fulanito o le gusto a fulanito. Pero puede servirnos. La vida del cristiano tiene un motor: querer agradar a Jesucristo, ser de tal manera que le guste, que cuando él me mire encuentre en mí eso que le produce contento.

Hay una poesía de Pedro Salinas a su novia Margarita que empieza así:

Se te está viendo la otra.

Se parece a ti:

los pasos, el mismo ceño,

los mismos tacones altos (…)

Cuando vayáis por la calle

juntas, las dos,

¡qué difícil el saber

quién eres, quién no eres tú!

Tan iguales ya, que sea

imposible vivir más

así, siendo tan iguales.

Y como tú eres la frágil,

la apenas siendo, tiernísima,

tú tienes que ser la muerta.

Tú dejarás que te mate,

que siga viviendo ella,

embustera, falsa tú,

pero tan igual a ti

que nadie se acordará

sino yo de lo que eras.

Se trata de una poesía en la que el poeta se lamenta de que en su novia haya dos personas: por una parte la que ella es, y por otra la que tiene que ser, a la que él quiere, tierna, frágil, buena… Pero en ella también hay otra persona que es más falsa, embustera, que está echando a perder lo grande que tiene, su bondad, es alguien que se está dejando llevar por cosas negativas que la alejan de quien podría ser.

¿No nos ocurre lo mismo a todos? Que la vida nos va llevando por unos caminos que nos hacen malos, que la soberbia, o la pereza, o la presión del ambiente influyen tanto en nosotros que nos cambian. Sabemos que tendríamos que trabajar, pero nos estamos haciendo perezosos o caprichosos, sabemos que podríamos ser alegres, pero nos dejamos dominar por el mal humor y nos hacemos antipáticos, sabemos que podríamos ser limpios y generosos pero la pasión nos tira a ser sucios o egoístas y nos dejamos dominar por el ir a nuestro rollo…

La poesía termina con estas palabras:

Y vendrá un día

—porque vendrá, sí, vendrá—

en que al mirarme a los ojos

tú veas

que pienso en ella y la quiero:

tú veas que no eres tú.

Esta poesía de amor es la que Jesucristo nos puede decir a cualquiera de nosotros cuando vivimos de tal manera que nos vamos estropeando. Cuando le miramos… vemos que no somos el que él desea ver, que estamos siendo otro y no el que él querría ver. Quien ama sufre viendo que se estropea su amado.

El cristiano no está todo el día examinándose y lamentándose porque querría ser mejor. Lo que nos mueve a los cristianos es ser de tal manera que le guste cada día más a Jesús. No me examino para tener más virtudes, o para ser más perfecto, sino para que este Jesús que tanto me quiere reciba de mí lo que él merece: para gustar a Jesús.

Jesús, que cuando me mires y yo te mire —es lo que hago ahora y cada vez que hago oración— me duela lo que a ti te duele encontrar en mí. Gracias por amarme, y que cada día te guste más. Que no veas en mí al otro, al embustero y falso yo.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole que quieres gustarle…

04-21

San Anselmo, Obispo y Doctor de la Iglesia. Siglo XII.

De Aosta, de noble familia, abandonó la casa paterna y se fue a Francia y, posteriormente, a Bec. Se convirtió en un eminente profesor, elocuente predicador y gran reformador de la vida monástica. Sus obras filosóficas provienen del vivo impulso del corazón y de la inteligencia

¡Cómo hay cristianos que se acuestan sin vida eterna!

Cuando se acerca el fin del año, es frecuente encontrar noticias en las que los gobernantes dividen el tiempo entre el presente y a partir del 1 de enero. Que si subirá el precio de la electricidad, que si bajarán los impuestos de no sé qué, que si desaparecerá tal otro impuesto, que la inflación bajará… Una línea divisoria que marcan los políticos: hasta ahora, y a partir del comienzo del año.

Los hombres siempre han dividido el tiempo entre el presente y el tiempo —si lo hay— que comienza después de la muerte. Tiempo actual y tiempo venidero, podríamos llamarlos. Otra línea divisoria marcada por la muerte.

Sin embargo, desde Cristo y su Pascua, la línea divisoria se ha cambiado. A la muerte se le ha vencido, y la división del tiempo ya no la impone ella. Jesús ha resucitado. Aquella división del tiempo ha saltado por los aires. Ahora es distinto. La vida temporal y la vida eterna no va una detrás de la otra, como si la vida eterna viniese a continuación y siguiendo a la vida temporal. ¡Qué va!

Es un error bastante común pensar que la vida eterna es la que viene después de la muerte. No. Dice Jesús: «Quien escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado, tiene vida eterna… y ya ha pasado de la muerte a la vida»(Juan 5, 24), ¡… ya tiene vida eterna!

Se le llama vida eterna no porque empiece en la eternidad y no tenga nada que ver con nuestro tiempo, sino porque empieza ahora y no terminará nunca. «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá, y el que vive y cree en mí no morirá para siempre» (Juan 11, 25).

Ya tenemos la vida eterna, la vida de Dios, una vida nueva… Esta vida es la gracia de Dios. El cielo ya empieza en esta vida, el Reino de Dios ya está entre nosotros, en el corazón de los que se han abierto a Jesucristo.

Por esto, una constante en los cristianos es la de ser hambrientos de la vida nueva, golosos de la gracia. Como el niño glotón al que le ofrecen un capazo de golosinas, que coge con las dos manos todas las que puede después de haberse llenado los bolsillos y la boca… así los cristianos deseamos que la gracia de Dios nos llene hasta «salirnos por las orejas»…

«Llena eres de gracia», le recordamos contentos de que así sea María. Y nosotros se la pedimos continuamente: «Infunde, Señor, tu gracia sobre nosotros…», «Te suplicamos, Señor, que derrames tu gracia en nuestras almas…»

Cuentan que algunos alumnos de santo Tomás de Aquino le preguntaron qué quería que ellos transmitiesen a las generaciones siguientes cuando él hubiese muerto. Dicen que no contestaba. Sus alumnos insistieron otra, otra y otra vez: querían como un testamento de un filósofo y teólogo que ha sido de los mejores de la historia, a quien seguimos estudiando hoy día, siete siglos después. Al final, santo Tomás se decidió a hablar. Con un tono algo misterioso, con gesto de pena, de desconsuelo y con cierta tristeza, dijo algo así como «nunca podré entender cómo hay cristianos que se acuestan sin estar en gracia». Ése era el testamento del gran intelectual y santo.

En medio del tiempo vivimos lo eterno. Sin la vida eterna, vivimos muertos, y la muerte tiene el poder sobre nosotros. Cuando el bien nos deja indiferentes o nos aburre, y sin embargo el mal nos atrae y nos domina y es lo único que nos parece divertido… es que la vida eterna es escasa o está ausente en nosotros.

Señor resucitado, te suplicamos que derrames tu gracia en nuestras almas, que la derrames abundantemente porque quiero estar lleno de gracia, vivir tu vida eterna aquí, ser transformados por tu vida. Ése es tu regalo gratuito a nosotros los hombres. Vivir movidos por una fuerza superior, por un amor imposible para nosotros solos, vivir con pasión por el bien, vivir aborreciendo el mal. Santa María, llena eres de gracia, intercede por nosotros y que ningún cristiano se acueste sin tener en él vida eterna.

Repasa cómo valoras vivir en gracia, si eres goloso, y puedes decirle que te cambie en lo que veas que necesitas cambiar…

04-20

Santa Inés de Montepulciano, Religiosa. Siglo XIV.

Hija de la toscana familia Segni, fundó a los 15 años junto a su maestra de convento un monasterio en Proceno, que seguirá las huellas y el espíritu de Santo Domingo. Poco después, el obispo del lugar la nombra abadesa.

El ser sin rodillas

Hubo un tiempo en que parecía poco natural que los cristianos nos arrodillásemos al orar. Como si estar ante Dios sentado o de pie significase un trato con Dios más de tú a tú. Cada postura tiene su significado. La de arrodillarse también. Recordarla hoy, puede ayudarnos a tener presente su sentido cuando recemos arrodillados.

El pueblo hebreo era un pueblo sencillo, formado por pastores. Su idioma era también sencillo y muy concreto. No hay palabras para ideas abstractas. Por eso, los conceptos más abstractos de la vida del hombre solían representarlos por partes del cuerpo. Así, los deseos eran designados por el corazón, los riñones designaban el dolor, los lomos designaban los deseos, el seno materno designaba la misericordia… y las rodillas designaban el poder, la fuerza.

Por eso, para un hebreo doblar las rodillas significaba entregar el poder. Al doblarlas ante Dios, los judíos hablaban con su cuerpo: expresaban que doblaban las propias fuerzas ante Dios, reconociendo así su gran poder. La voluntad del que se arrodilla se somete a la voluntad de Dios. El poder de la propia libertad se dobla ante la voluntad todopoderosa y buena del Creador.

Los cristianos mantenemos este gesto, con el mismo sentido: es un gesto de adoración, y puede manifestar también súplica y arrepentimiento. El gesto corporal va acompañado de un sentido espiritual que es el de la adoración. Uno se arrodilla porque quiere adorar, y si uno quiere adorar lo expresa con su cuerpo arrodillándose. Adoramos con nuestro espíritu y con nuestro cuerpo. La adoración es uno de esos actos fundamentales que afectan al ser humano en su totalidad. Por eso, doblar las rodillas en la presencia del Dios vivo es algo a lo que no podemos renunciar.

Eusebio de Cesarea cuenta en su Historia Eclesiástica, que Santiago, el «hermano del Señor», el primer obispo de Jerusalén y «jefe» de la Iglesia judeocristiana, tenía una especie de piel de camello en las rodillas porque siempre estaba de rodillas, adorando a Dios y suplicando el perdón para su pueblo (2 23,6).

Los Padres del desierto cuentan una ocasión en la que el diablo fue obligado por Dios a presentarse ante un tal abad Apolo. Su «aspecto era negro, desfigurado, con miembros de una escualidez espantosa y, sobre todo, no tenía rodillas. La incapacidad de arrodillarse aparece, por decirlo así, como la esencia misma de lo diabólico» (Ibi., p. 218). Es impresionante: ¡el diablo se representa como quien no tiene rodillas!

Es importante que recemos de rodillas. Los Hechos de los Apóstoles nos narran la oración de rodillas de san Pedro (9, 40), de san Pablo (20, 36) y de toda la comunidad cristiana (21, 5). También san Esteban. El primer mártir cristiano es presentado en su sufrimiento como la imagen perfecta de Cristo, cuya pasión se repite en el martirio del testigo, incluso en sus detalles. Esteban, de rodillas, hace suya la petición de Cristo crucificado: Señor, no les tengas en cuenta este pecado (Hch 7, 60).

Al llegar a una iglesia, en la consagración de la misa, después de comulgar, la oración nada más levantarnos —el ofrecimiento de obras—, al rezar por la noche las oraciones —las tres avemarías—, son buenos momentos para hacerlo de rodillas. Así, nos unimos a la oración de Jesús, y decimos con nuestro cuerpo también que le adoramos, que le entregamos todo, que suyo es el poder, que nuestro poder es suyo.

Señor, que ante ti se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra, y en los infiernos, y toda lengua confiese: Cristo Jesús es Señor, para gloria de Dios Padre. (Filipenses 2, 6-11). También yo quiero arrodillarme, y así, con mi cuerpo y con mi espíritu, reconocer que sólo tú eres mi Señor.

Ahora puedes repasar con él si rezas de rodillas, cuándo puedes hacerlo, y decirle que lo quieres hacer conel sentido que tiene.

04-19

Santa Emma de Sajonia, Viuda. Siglo XI.

De la noble familia sajona de los Immedinger. Tras enviudar, apoyó a la catedral de Bremen haciendo una donación de una de sus propiedades. Fue una gran benefactora preocupada especialmente por los pobres.

Meter el mar en un agujero de arena

San Agustín fue Obispo de la ciudad de Hipona entre los años 395 y 439. Hipona está al norte de lo que ahora es Argelia; entonces era una provincia romano-africana de Numidia. Una mañana de un buen día estaba él paseando por la playa dando vueltas al misterio de la Trinidad. Trataba de entenderlo. Sumido en sus cavilaciones iba y venía por la orilla, ensimismado… pretendiendo comprender, con su mente racionalista, cómo era posible que tres Personas diferentes —Padre, Hijo y Espíritu Santo— pudieran constituir un único Dios.

Pasaban las horas, pero no lograba avanzar en su compresión. No encontraba palabras humanas para expresar la realidad de Dios uno y trino. Cuentan que en un momento dado observó —sin darle demasiada importancia— que llegaba un niño que se puso a jugar cerca de él. El pequeño hizo un agujero no muy grande en la arena, corría hacia el mar y recogía un poquito de agua en una concha marina. Después regresaba corriendo a verter el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez.

Al poco rato, San Agustín se percató de lo que hacía el niño, le prestó atención muy extrañado, hasta que decidió acercarse hasta él y le preguntó:

—¿Qué haces, niño?

A lo que el chiquillo contestó sonriente:

—Quiero meter el océano en mi hoyo.

El bueno de San Agustín, con un aire racional y paternalista, le respondió a su vez:

—Eso es imposible.

Entonces el niño le dijo:

—Pues eso es lo que estás pretendiendo hacer tú, que pretendes meter en una mente finita el misterio de Dios.

Y al momento, el niño desapareció de escena. San Agustín comprendió.

Una buena lección: si Dios cupiese en la cabeza de un hombre, Dios no sería Dios. Esas realidades de Dios que son tan grandes que nos resultan incomprensibles son las que llamamos misterios. Los misterios no son verdades sospechosas: más o menos como si cuando a la iglesia se le pone en un aprieto y no sabe por dónde salir… recurriese a la estrategia de decir: «eso es un misterio». Como si fuesen zonas oscuras, asuntos que no cuadran…

Con los misterios ocurre más bien lo que ocurre cuando miramos el sol. No somos capaces de mirar el sol con nuestros ojos porque no podemos resistir tanta luz. Es decir, cuando la realidad de Dios es tan grandiosa, nuestra mente no es capaz de entrar en tanta perfección. Y del mismo modo que, aunque no podemos mirar al sol, todo lo que vemos lo vemos gracias a la luz del sol, así ocurre con el misterio: no lo podemos comprender pero nos permite entender las demás cosas.

Los cristianos queremos conocer más a Dios. Por eso es bueno que leamos, estudiemos o asistamos a medios de formación para ir conociéndolo cada vez más. Algunos pretenden entender todo, cosa que es ridícula, pero además lo pretenden sin dedicarle tiempo, sin estudiar.

Cuando le preguntaban al cardenal John Henry Newman sobre su conversión, solía decir que no era algo que se pudiera explicar durante una cena «entre plato de sopa y el de pescado». «Que se tomen las mismas molestias que yo», añadía.

Señor, gracias por revelarnos los misterios. Que me acerque con respeto a tus verdades, que reconozca que se me irán desvelando en la medida en que te siga, en la medida en que viva lo que tú nos dices. Entonces iré admirándome de ti, aunque cuando me pidan explicaciones seguramente no sabré cómo explicarles.

Puedes comentar con él si a veces eres un poco racionalista, y si te estás formando como cristiano…

04-18

San Perfecto de Córdoba, Presbítero y Mártir. Siglo IX.

Fue el primero de los mártires cristianos que ocasionó la persecución de Abd al-Rahman II, el emir de al-Andalus. Se lo vincula a la iglesia de San Acisclo, donde se formó y se ordenó sacerdote. Los musulmanes lo degollaron por traidor.

Chiara Lubich y la escayola

Chiara Lubich empezaba una meditación con estas palabras: «He visto un hombre escayolado en el corredor de un hospital. Tenía inutilizados el tórax y un brazo, el brazo derecho. Con el izquierdo se las arreglaba para hacerlo todo… como podía. La escayola era una tortura pero el brazo izquierdo, aunque estaba más fatigado por la noche, se robustecía trabajando por los dos.

»Nosotros somos miembros unos de los otros y el servicio recíproco es nuestro deber. Jesús no sólo nos lo ha aconsejado, sino que nos lo ha mandado. Cuando, por caridad, sirvamos a alguien, no nos creamos santos. Si el prójimo es impotente, debemos ayudarle, y ayudarle como él mismo se ayudaría, si pudiera. De otro modo, ¿qué clase de cristianos seríamos?

»Si después, cuando llegue nuestra hora, tenemos necesidad de la caridad del hermano, no nos sintamos humillados. En el Juicio Final oiremos repetir a Jesús: Estaba enfermo y me visitaste…, pues a Jesús le gusta ocultarse precisamente en el que sufre, en el necesitado».

Jesús nos lo ha dicho: nuestro comportamiento debe ser distinto al de los demás hombres, y la diferencia debe llamar la atención, hasta hacerles exclamar llenos de admiración: «¡Mirad cómo se aman!»

Sí. En nosotros deben ver que el amor vence la indiferencia y la comodidad, que Jesús ha resucitado y por eso es posible amar siempre, hacer por el otro lo que el otro no puede, hacer con el otro lo que solo no puede. Como dice San Pablo: «Nosotros, los robustos, debemos cargar con los achaques de los endebles y no buscar lo que nos agrada. Procuremos dar cada uno satisfacción al prójimo en lo bueno, mirando a lo constructivo. Tampoco Cristo buscó su propia satisfacción; al contrario, como dice la Escritura: “Las afrentas con que te afrentaban cayeron sobre mí” (Romanos 15, 13).»

Pero también damos testimonio del amor cuando nos dejamos ayudar. A veces la soberbia nos dice que debemos valernos por nosotros mismos, y no es así. No es humillante recibir ayuda, como no es humillar el prestarla.

Gracias, Jesús, por la ayuda que recibo, gracias porque has creado el corazón de los hombres bondadoso. ¿Se me nota que quiero a los demás? ¿Quiénes, a mi alrededor, tienen «un brazo» escayolado?

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.

04-17

Beata María Ana de Jesús Navarro, Religiosa Mercedaria. Siglo XVII.

De Madrid, de noble e ilustre linaje, maltratada por su padre y su madrastra, dejó su casa para labrarse una celda junto a la ermita de Santa Bárbara. Después recibió el hábito de Nuestra Señora de la Merced.

Respeta cada palabra suya como si fuese mía 

Santa Faustina de Kowalska tuvo experiencias sobrenaturales. Jesús le hizo saber muchas cosas. Cuenta en su diario:

«El Señor me dijo: “(…) hija mía, me escondo detrás de tu director espiritual; él se ocupa de ti según mi voluntad; respeta cada palabra suya como si fuera mía propia; él es el velo detrás del cual me escondo. Tu director espiritual y Yo somos uno, sus palabras son palabras mías.”»

¡Es impresionante! Los cristianos somos una familia, en la que ninguno estamos solo. Dios ha querido que también espiritualmente viajemos en la vida con una compañía. Es lo que llamamos en la iglesia «acompañamiento espiritual» o «dirección espiritual».

En la confesión nos encontramos con Dios, que nos da su perdón. Pero también es posible, para el que quiera, recibir junto a la confesión una específica ayuda espiritual, si nos confesamos habitualmente con el mismo sacerdote, de manera que nos vaya conociendo y con quien desahogamos nuestra alma. Tenemos la suerte, todos, de contar con esa ayuda. Y tenemos la garantía de lo que santa Faustina escribe.

También santa Teresa de Jesús lo dijo muchos años antes: «Siempre que el Señor me mandaba una cosa en la oración, si el confesor me mandaba otra, el Señor volvía a hablarme diciéndome que obedeciera al confesor; después Dios le cambiaba el corazón para que me mandara la voluntad del Señor.»

Y en otra ocasión: «Como sé que la fuerza de la obediencia suele facilitar cosas que parecen imposibles, la voluntad se decide a escribir de buena gana, aunque la salud se debilita mucho. Si tampoco me diere el Señor esto, con cansarme y acrecentar el dolor de cabeza por obediencia, quedaré con ganancia, aunque de lo que dijere no se saque ningún provecho.»

Cuentan que un día unas carmelitas contaban a santa Teresa que había una mujer que, por amor a Dios, hacía grandes sacrificios. Teresa siempre se había considerado mediocre en lo que respecta a la penitencia. Pensó en su interior la posibilidad de hacer más sacrificios, y al comentarlo con el sacerdote con quien se confesaba, a éste no le pareció oportuno que se mortificara más. Teresa en su oración comenzó a quejarse por ello, se le ocurrió la idea de desobedecerle, y mientras discurría en estas cosas, sintió con claridad que al Señor le agradaba más su obediencia que sus sacrificios.

Puedes terminar con esta oración de santa Faustina:

Te agradezco, oh Dios, todas las gracias con las que continuamente me llenas. Las que me iluminan como los rayos del sol, y con las que me indicas el camino seguro. Gracias, oh Dios, por haberme creado, por haberme llamado a la existencia de la nada, y por grabar en mí Tu divino sello. Y lo has hecho únicamente por amor. Gracias, oh Dios, por el santo bautismo, que me insertó en la familia divina. Es un don de la gracia grande e inconcebible que nos transforma las almas. Gracias, oh Señor, por la confesión, por esta fuente de grandísima misericordia, que es inagotable. Por este manantial inconcebible de gracias en el que blanqueas las almas manchadas por el pecado. Gracias, oh Jesús, por la Santa Comunión, en la cual Tú mismo Te nos das. Siento Tu Corazón latir en mi pecho mientras Tú mismo desarrollas en mí la vida divina. Gracias, oh Espíritu Santo, por el sacramento de la confirmación, que me arma Tu caballero y da fuerza al alma en cada momento, y me protege del mal.

Puedes comentar con Él si tienes dirección espiritual, y si podrías tenerla, o cómo la llevas.

04-16

Santa Bernardita Soubirous, Vidente de Lourdes. Siglo XIX.

De Lourdes, de padres muy pobres, por medio de ella, la Virgen hizo surgir la prodigiosa fuente del milagro. Fue Hermana de la Caridad de Nevers y pasó nueve años en cama entre la vida y la muerte.

Kiko en las chabolas: ¡Resucitó!

El relato autobiográfico de Kiko continúa así: «El Señor me permitió encontrar a una persona que sufría. Entonces lo dejé todo y a todos. También mi prometedora carrera de pintor. Me fui a vivir a las chabolas. En Charles de Foucauld encontré la fórmula para vivir: una imagen de san Francisco, una Biblia —que sigo llevando conmigo porque la leo todos los días— y una guitarra. Entre las chabolas hechas con cartones, muy parecidas a las del Brasil, encontré una barraca que servía para los perros vagabundos y me metí allí. Hacía un frío terrible y venían todos los perros vagabundos a darme calor. Era algo gracioso estar allí con los perros, que de repente se encontraron con un nuevo huésped en su perrera que era yo.

»¿Pero qué hacía allí y en esas condiciones? Dios me quería en las chabolas para empezar un camino de conversión para muchísima gente.

»Allí en las chabolas ocurrió un milagro. Mis vecinos, la mayoría gitanos, me preguntaban quién era yo. Tenía barba, hablaba de forma distinta a la de ellos, pero hacía la misma vida: pedía limosna, trabajaba ocasionalmente como obrero… Entonces ellos me preguntaban, pero yo no quería hablarles. De Foucauld había aprendido la imagen de la vida oculta de Cristo: estar silenciosamente a los pies del Cristo-desecho de la humanidad, destruido. Ser el último es estar ahí, a sus pies. Pero el Señor empezó a llevarme, en primer lugar, a dos chicos perseguidos por la policía por vender droga, y después a un indigente borracho. Al poco tiempo éramos un grupo de diecisiete personas en mi chabola de tres metros cuadrados. Lleno total. Allí me encontré con la sorpresa de que tenía que hablarles, darles una razón de mi fe. Tomaba la guitarra, cantábamos, abría la Escritura y decía: “¡Señor, ayúdame. Yo no sé predicar, no sé hablar!”, del profeta Ezequiel. He visto que el Señor me daba un significado a la Palabra para poder amarles a ellos, por amor a estos pobres que traían las manos llenas de pecados. Uno había estado siete veces en la cárcel, otra era un vieja fea y prostituta. Había ladrones, vagabundos que recogían cartones por la calle y los vendían, gitanos que andaban vagabundos. Tuve muchos problemas y conflictos. Intentaron matarme dos veces… Una historia que es mejor no contar.

»Un día el jefe de un clan de gitanos, que estaba en lucha con otro clan, y que venía mucho a verme para pedirme la guitarra, me preguntó qué decía la Biblia sobre los enemigos. Me contó que, tras un enfrentamiento entre los dos clanes, él había golpeado a la madre del jefe de otro en la cabeza, y que le tuvieron que dar quince puntos. Como entre ellos rige la “ley del Talión”, pasados dos años había llegado el otro con deseos de venganza. Como en ese período la relación entre los dos clanes estaba en calma, decidieron ambos jefes encontrarse solos, y pelearse a bastonazos, hasta hacerse sangrar. Mi joven amigo estaba muy preocupado. Yo abrí la Escritura y le leí el Sermón de la Montaña, donde se invita a no poner resistencia al mal. “¿Entonces, debo dejar que me mate a bastonazos?” Le di el otro único libro que yo llevaba conmigo: Las Florecillas de san Francisco. Lo leía y venía todas las tardes a comentármelo. Hemos rezado juntos para buscar una salida, para que pudiese salvar la vida sin necesidad de matar al otro. La única solución era ir sin el bastón en son de paz. El día de la lucha se presentaron antes a mí con el bastón. Al final lo convencí y fue sin él. Yo me puse de rodillas a rezar el rosario para que la Virgen María salvase la vida de aquel chico. El tiempo pasaba. Las dos, las tres de la madrugada. Pensé que habría muerto, cuando le vi llegar. Al verlo sin el bastón, su adversario decidió resolver la disputa económicamente. Me amigo decidió pagarle “un tanto”. Se llama José Agudo. Ahora está en el Camino, y tiene trece hijos.

»Un día José me llevó a hablar a su tribu. Fue en una cueva enorme llena de gitanos. me dijo: “Háblales”, y no sabía que decir. Así que empecé por el principio, y me puse a hablarles de Adán y Eva, cuando de repente la madre de José Agudo se levantó: “Yo sé que en el cielo hay una mano potente, que es Dios. ¿Pero lo de la otra vida, lo del infierno, todas esas cosas de los curas? ¡Yo lo único que sé es que mi padre murió y no ha vuelto a casa! ¡Cuando yo vea a un muerto volver del cementerio creeré!” Se levantaron todos y se fueron. Y yo me quedé allí, bloqueado, atontado, sin saber qué hacer. Aquella mujer, sin embargo, sin quererlo, me había dado la clave, porque me había dicho que estaba dispuesta a escucharme cuando yo hubiese encontrado un hombre que hubiese salido del cementerio. Y efectivamente, buscando en la predicación primitiva y en los Hechos de los Apóstoles, se encuentra el testimonio de un pagano de nombre Festo, que le dice a Agripa que había un prisionero —que era san Pablo— que decía cosas muy interesantes. Festo hablaba a menudo con Pablo, pero la única cosa que habían entendido, y se lo decía a Agripa, era esto: “Hay un prisionero que habla de un muerto, que él dice que ha muerto, pero que vive, que ha vuelto de la muerte, ¡que ha vencido a la muerte!” De toda la predicación de san Pablo, Festo recordaba sólo esto. Os cuento esto para deciros en dos pinceladas cómo el Señor me ha hecho ir entrando en este kerigma, en este modo de anunciar la salvación, de dar en el núcleo central.

»Cada vez que me he sentido desalentado, he sentido una voz dentro de mí que me decía. “¡Coraje, Kiko, ánimo, que te quiero!” “¿De verdad que me quieres?” “En serio, ¡te quiero mucho, muchísimo!” Cristo me ha prometido: “Kiko, ¡tú no morirás!” ¡Un bautizado que viva coherentemente la fe ya ha resucitado con Cristo en el bautismo y forma parte del cuerpo de Cristo resucitado! Aquella gitana que me decía: “¿Cuándo has visto tú un hombre venir del cementerio?” Yo ahora le puedo contestar: “Por eso os invito a terminar con un canto. Cantemos un canto de la victoria de Cristo sobre la muerte, cantemos juntos ese canto que hice en las chabolas, que se llama ¡Resucitó!”»

Tú eres, Jesús, el hombre que ha salido del cementerio. Eso es lo que contaba san Pablo, y tantos otros hasta hoy. Quiero contar que yo he visto a este hombre que ha salido de la tumba y ha venido a decirme: ¡La paz esté con vosotros, yo he vencido al mundo! ¡Gracias!

Comenta con él, que te escucha, lo leído. Termina con la oración final.

04-15

Beato César de Bus, Sacerdote Fundador. Siglos XVI-XVII.

Oriundo de Francia, fue militar y poeta. Leyendo las vidas de los santos a una amiga analfabeta, su vida cambió. Fundó los Padres de la Doctrina Cristiana y la orden femenina de las Ursulinas de la Provenza.

Kiko Argüello: ¡Ayúdame!, ¡no sé quién eres!

En 1964, un joven madrileño, Kiko Argüello, comenzaba en uno de los barrios más pobres de Madrid el Camino Neocatecumenal. Así cuenta él su historia:

«Soy hijo de una familia normal, burguesa, de Madrid. Mi padre era abogado. Una familia acomodada. Soy primogénito de cuatro hermanos. Mis padres eran católicos. Después de haber terminado el colegio, al ir a la universidad, entré en crisis con mi familia y conmigo mismo, sobre todo por el ambiente en la facultad de Bellas Artes de Madrid, que era completamente ateo, marxista. Enseguida me di cuenta de que la formación que yo había recibido, tanto en la familia como en el colegio, no me servía de nada para responder a los problemas que tenía de todo tipo (afectivo, psicológico, de identidad). Me preguntaba: ¿quién soy yo?, ¿por qué existe la injusticia en el mundo?, ¿por qué las guerras?, etc.

»Me fui alejando de la Iglesia hasta dejarla totalmente. Había entrado en una profunda crisis buscando el sentido de mi vida. En Bellas Artes hice teatro. Conocí el teatro de Sartre y milité en esta línea un poco atea. Me dediqué a pintar, a hacer exposiciones…

»Bien, Dios permitió que yo hiciese una experiencia de ateísmo, o, si queréis, una kenosis, un profundo descenso al infierno de mi existencia, una existencia sin Dios. Dios ha permitido que yo cortase todos los lazos con la trascendencia. Me escandalizaba profundamente de la indiferencia de mucha gente. Todas las personas de mi alrededor eran personas que iban a misa, pero en definitiva su vida no era profundamente cristiana… Desde mi familia, en la que mi madre iba a misa todos los días, y mi padre era católico. Pero el dios de mi casa era el dinero. La mayoría de las conversaciones en mi casa eran sobre el dinero.

»No estaba Dios en el centro de mi familia ni en el centro de la mentalidad que se tenía en mi casa, y eso era normal. Lo mismo puedo decir de mis tíos, y de todo el ambiente en el que me movía. La religión era un aspecto más, una especie de barniz cultural, que al menos a mí no me convencía. Tal vez porque era pintor, artista, y tenía una profunda sensibilidad y un absoluto deseo de coherencia, de verdad. No aceptaba ser un burgués como mis padres, ni vivir una vida así, como supongo que les habrá sucedido también a tantos jóvenes. Recuerdo que entonces iba a misa el domingo y, con quince años, algunos amigos, estando la iglesia llena, nos quedábamos al fondo —era antes del Concilio— y aguantábamos allí de pie…, íbamos a aquella misa porque no se predicaba, era más breve…, se oía una campanilla y nos poníamos de rodillas, nos levantábamos y esperábamos a que terminase para poder largarnos.

»Yo me daba cuenta de que aquélla no era una manera de practicar. Aunque parezca extraño, la misa así de mal vivida fue la situación por la que me iba dando cuenta de que tenía que dejarlo, tenía que buscar otros caminos. Una cosa tenía clara: no podía engañarme a mí mismo. No podía ser un cretino, un estúpido: o creía seriamente en Dios o, si no creía, era mejor dejarlo… y así es como lo dejé todo.

»Entonces intenté ser coherente con un tipo de existencialismo: con el absurdo total de la existencia humana. Y comencé a sufrir mucho porque ante mí todo el mundo se convertía en ceniza: se convertía en ceniza mi existencia, se convertía en ceniza todo. No tenía interés por nada, ni siquiera por pintar. Y tuve la fortuna, o si queréis la desgracia, de ganar un Premio Nacional de pintura muy importante en España. Entonces salí en televisión, en los periódicos, me había abierto camino profesionalmente, y esto ya fue la “última gota”, porque veía que aquello no daba ningún sentido a mi vida.

»Había muerto interiormente y sabía que mi fin seguramente sería el suicidio, antes o después. Y, de hecho, estaba literalmente sorprendido de que la gente fuese capaz de vivir cuando yo no era capaz de vivir. La gente se ilusionaba por el fútbol, por el cine… A mí no me decían nada. El fútbol no me gustaba, y el cine me parecía estúpido. Vivir cada día significaba todo un sufrimiento. Cada día lo mismo: ¡para qué levantarme?, ¿quién soy yo?, ¿para qué ganar dinero?, ¿para qué casarme? Y así todo ante mí carecía de sentido… Recuerdo que sentía como si el cielo estuviese hecho de cemento, y yo me encontrase bajo una gran cloaca. Tenía esa imagen… El cielo, totalmente cerrado ante mí…

»Preguntaba a la gente a mi alrededor: “Perdona un momento, ¿tú sabes por qué vives?”, y no sabían ni por qué ni para qué vivían, pero vivían… Tal vez tenía que ser así, simplemente, vivir: uno se levanta, va a clase, come, después se va al cine o llama a un amigo… ¡Benditos los que son capaces de vivir así! Yo no lo era. Me refugiaba, escapaba de mí mismo. Se abría un gran abismo dentro de mí. ¡Abismo que en el fondo era una llamada profunda de Dios, que me estaba llamando desde el fondo de mí mismo!

»Entonces me ayudó mucho —por eso leer es siempre bueno— un filósofo que se llama Bergson. Bergson es el filósofo de la intuición. Dice que la intuición es un método de conocimiento superior a la razón. Dios permitió que ésta fuese para mí la primera chispa que me iluminase un poco, porque me había dado cuenta de que en el fondo yo era un racionalista, que me estaba destruyendo a mí mismo, porque en el fondo de mí algo no podía aceptar el absurdo de todo lo creado. Porque soy un pintor, y entendía la belleza de la naturaleza: el agua, los árboles, los pájaros, las montañas.

»Me di cuenta de que para negar que todo tenía un sentido, para negar que Dios existe, se necesitaba tanta fe como para creer que existía. Y yo había dado el paso de aceptar que Dios no existía. Pero era una acción racionalista que chocaba con algo dentro de mí. Y entonces me dije: “Mira que la razón no lo es todo, que en el hombre también está la intuición” Entonces con la intuición llegaba a reconocer que todo tenía un sentido, que existía Dios, que Él sabía por qué existo yo. Pero no sabía cómo encontrarlo.

»Luego leía el Evangelio que dice: no oponer resistencia al malvado…, si alguno te abofetea en la mejilla derecha…, si alguno te roba… Recuerdo que una vez mi padre se enfadó y le dije: “Mira lo que dice aquí. Tú eres católico ¿no?” Y él me dijo que eso eran cosas de los santos, de san Francisco, y no sé de quién… Entonces le contesté: “Este libro, la Biblia, lo puedes tirar por la ventana porque he entendido que no tiene ninguna relación con la realidad. Me niegas que esto se pueda vivir, que las cosas son como son…, que la vida es otra cosa: estudiar, ganar dinero, vencer… Entonces, ¿la Biblia, la fe, para qué os sirve…?

»Entré entonces en mi cuarto, y me puse a gritar a este Dios que no lo conocía. Le gritaba: ¡Ayúdame! ¡No sé quién eres! Y en aquel momento el Señor tuvo piedad de mí, pues tuve una experiencia profunda de encuentro con el Señor que me sobrecogió. Recuerdo que lloraba amargamente, me caían las lágrimas, lágrimas a ríos. Sorprendido me preguntaba: ¿por qué lloro? Me sentía como agraciado, como uno a quien delante de la muerte, cuando le van a disparar, le dijesen: “Quedas libre, gratuitamente quedas libre” y entonces aún no se lo cree y llora por la sorpresa de que le han liberado. Esto fue para mí pasar de la muerte a ver que Cristo estaba dentro de mí y que alguien dentro de mí me ha dicho que Dios existe.

»¿Qué era lo que me había pasado? Fue un toque, un testimonio profundo que me decía no sólo que Dios existe, sino que Cristo es Dios.

»De hecho me presenté a un sacerdote y le dije que quería hacerme cristiano, y él me dijo: “¿Cómo?, ¿es que no estás bautizado?” “Sí estoy bautizado”, le contesté. “Entonces, ¿qué quieres?, ¿hiciste la primera comunión?” “¡Sí!, pero mira que yo…” “Ah, que quieres confesarte!…” No me entendía. Pero yo sabía que lo que quería era hacerme cristiano, y para eso, ¿ir a confesarme un día y ya está? Yo sabía que hacerse cristiano tenía que ser algo muy serio. Así es como por fin hice Cursillos de Cristiandad, una iniciativa que surgió en España por aquellos años. Y me ayudó. Comencé una verdadera búsqueda del Señor. Iba a la iglesia y decía a los demás: “Ayudadme a hacerme cristiano!”

“Después, mi pintura cambió. Comencé a pintar arte religioso. Algunos conocéis mis iconos. Al poco tiempo fundamos un grupo de artistas, un movimiento de renovación del arte sagrado para hacer las iglesias más hermosas. Arquitectos, escultores y pintores nos pusimos a reconstruir la Iglesia, un poco como empezó san Francisco. Pero en un cierto momento me di cuenta de que no servía nada reconstruir la iglesia exteriormente cuando tanta gente como yo se había encontrado en una terrible situación.»

Señor, también yo te pido a ti y pediré a los demás: ¡Ayudadme a ser cristiano!

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole la conversión de Kiko o lo que quieras.