04-14

Santa Liduvina, Virgen. Siglo XV.

De Schiedam (Países Bajos), a los 15 años cayó al hielo patinando, se rompió una costilla y permaneció desde entonces en cama, enlazándosele una enfermedad con otra.

En la hora de nuestra muerte

La asignatura que impartió en más ocasiones el papa Benedicto XVI, en sus años de profesor en la universidad alemana, fue la Escatología. La escatología es una asignatura que trata de la muerte y lo que viene después de ella. Publicó un libro de esta materia. En ese libro escribe: «Las letanías de los santos explican la postura de la fe cristiana frente a la muerte en esta petición: Líbranos, Señor, de una muerte temprana e inesperada. El que a uno se le arrebate súbitamente, sin poder prepararse, sin estar dispuesto, aparece como el peligro del hombre, del cual quiere ser salvado. Quisiera hacer con plena conciencia el último trecho del camino. Quiere morir él mismo.»

Así hemos rezado siempre los cristianos. Pero continúa: «Si hoy se intentara formular una letanía de los no creyentes, la petición sería la contraria: Señor, danos una muerte repentina e insospechada. Que la muerte venga repentinamente, sin tiempo para pensar ni padecer. Lo primero que esto demuestra es que no se ha conseguido plenamente la anulación del miedo metafísico.

»Es lógico que los que no tienen la suerte de la fe en este Dios bueno queden dominados a veces por el miedo al momento de la muerte. Pero los cristianos vivimos de cara a la otra vida. Jesús ha resucitado y vive para siempre, en lo que podemos llamar la ciudad de Dios, en esa fiesta del Cielo, donde la felicidad no tiene sombra. Nosotros hemos sido creados para habitar allí definitivamente. Los cristianos de todos los tiempos han considerado que poder prepararse para la muerte… es una suerte.»

Durante este tiempo de Pascua es bueno que agradezcamos al Señor este tiempo de vida, y que le pidamos la gracia de ir al Cielo. En el Avemaría se lo pedimos a María tantas veces: «Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de la muerte.»

Sí: en la hora de la muerte queremos tu compañía, Madre nuestra. Que nos podamos preparar, que nos ayudes a abrirnos lo más perfectamente posible a dejarnos abrazar totalmente por este Padre nuestro que es todo amor, y no quiere otra cosa más que introducirnos plenamente en su vida, en la vida que nos has ganado con la resurrección.

Líbranos, Señor, de una muerte temprana e inesperada. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.

04-13

San Hermenegildo, Mártir. Siglo VI.

Primogénito del rey visigodo Leovigildo. Profesa el arrianismo hasta que, por influencia de su esposa y de San Leandro, se convierte al catolicismo. Le declara la guerra a su propio padre, ante la persecución de éste contra los cristianos. Cae preso y muere mártir.

El minusválido rentable

Ambrosio, un italiano minusválido, escribía este mensaje al Papa y a todos los sacerdotes del mundo:

«Soy un minusválido de 74 años de edad. A la edad de 12 meses fui afectado de una parálisis espástica. A los ocho años perdí a mi madre y desde entonces vivo en un instituto.

»Veo que la sociedad, aunque progrese en todos los sectores, cada vez margina más al que no “rinde”, o sea: al enfermo, al anciano, al minusválido, y ésta es una constatación que hace sufrir a quien se encuentra en estas condiciones.

»También hace sufrir el ver cómo tantos sacerdotes, que se preocupan y se esfuerzan por tantas cosas, descuidan a estas personas a quienes sólo la fe, con su ayuda, podría sostener y hacerles mucho bien.

»Sería bueno que el párroco escribiese, al menos en Navidad y en Pascua, una carta a todos los que sufren en su parroquia, pidiéndoles como caridad ofrecer las penas y las oraciones por las necesidades de la comunidad, para hacerlos partícipes de la vida comunitaria; así evitarían que se sientan inútiles y piensen que son una carga.

»Es tiempo de reavivar en las comunidades parroquiales la fe en la Providencia, a través del don más precioso que la comunidad posee, o sea, a través de la ofrenda diaria del sufrimiento de estos “predilectos de Dios”. La ayuda que tendría la parroquia a partir de esta ofrenda de sí, sería enorme.»

¡Es grande este Ambrosio! Se queja de que no nos apoyemos más en ellos. Sabe que él tiene una fuerza, que su sufrimiento vale mucho y quiere que «rinda».

Los cristianos sabemos que es bueno evitar el sufrimiento que se pueda evitar, con medicamentos y siguiendo las recomendaciones de los médicos. Pero el que no se puede evitar, si lo unimos al de Cristo y —como Él— lo transformamos en amor, tiene un gran valor.

¿Qué quiere decir «unirlo al de Cristo»? Lo dice muy claramente san Pablo. Él sufre muchos dolores físicos. Después de decir que todos los cristianos formamos el Cuerpo de Cristo, es decir, no somos individuos aislados, sino que somos parte del Cristo total que es la Iglesia, añade esto: «Ahora me alegro en los padecimientos por vosotros y completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia» (Colosenses 1, 24). Quiere decir, nada más ni nada menos, que sus padecimientos no son padecimientos suyos, sufrimientos sólo personales, sino que dice que padece como miembro del cuerpo místico de Cristo, y que cumple la medida de las penas de Cristo destinada a él y todavía no llenada, es la parte de sufrimiento de Cristo que le toca a él, lo cual es provechoso a todos.

Con la resurrección… ¡se acabó el individualismo! ¿Cuento con el sufrimiento de otros? ¿Pido a los enfermos, ancianos, deficientes… que recen por necesidades concretas, mías o de otros? ¿Aprovecho cuando yo tengo que sufrir algo para ayudar así a los demás? ¿Ofrezco el dolor? Cada vez que pasemos por algún lugar donde sabemos que hay sufrimiento —un hospital, una cárcel, un centro de discapacitados…— que adquiramos la costumbre de ofrecer a Dios todo lo que allí sufren y que quizá —en su situación— no son capaces ni siquiera de ofrecer ellos mismos.

Señor, gracias porque no vivo solo. Gracias por enseñarnos el sentido del dolor. Ayúdame a comportarme como cristiano ante el sufrimiento de otros y con el mío. Así hacemos bueno el mundo, de manera invisible pero real. Que viva la parte de padecimientos que me tocan a mí con el gozo de completar lo que falta a la Pasión de Cristo.

Comenta con él si puedes pedir oraciones a algún enfermo, y dile que deseas aprender el valor del sufrimiento…

04-12

San Alferio, Abad. Siglo XI.

De la noble familia Pappacarbone, de Salerno. Tras recuperarse de una enfermedad, cumplió su promesa de dejar el mundo para vestir el hábito benedictino en Cluny, donde fue entrenado por San Odilio.

Discapacitados: un mensaje importante

El año 2000 fue muy especial. El Papa era entonces Juan Pablo II. El año estuvo salpicado de celebraciones y encuentros por el cambio de milenio. Los primeros días de diciembre tuvo lugar un momento muy especial: 7.500 discapacitados, en la basílica de San Pablo Extramuros —la más grande de Roma—, acompañados por sus familias, tuvieron una Eucaristía con el Papa. La orquesta Essagramma, compuesta por cincuenta músicos con discapacidades, se hizo cargo de los cantos. Algunos eran jóvenes autistas, otros con graves retrasos mentales, otros con importantes limitaciones físicas… Lecturas, oraciones de los fieles, procesión del ofertorio… todo fue realizado por personas con alguna discapacidad. También varios sacerdotes que concelebraron con el Papa padecían alguna.

El Papa estaba muy mayor y apenas andaba por su propio pie: en poco tiempo ya no pudo dejar la silla de ruedas. Una joven le saludó en nombre de todos: «Tu caminar cansado te hace también maestro de sufrimiento, pero de tu sufrimiento surge una sabiduría que, como la proa de un barco, surca las olas para trazar una estela que conduce al sentido de la vida y del sufrimiento.»

Fue una jornada muy especial. «Hoy —dijo el Papa al terminar— ha sido una de las celebraciones jubilares más significativas y queridas para mí.»

¿Por qué dice que es significativa? Lo explicaba así: «Toda persona marcada por una dificultad física o psíquica vive una especie de “adviento” existencial, la espera de una “liberación”, que sólo se manifestará plenamente para ella como para todos con el final de los tiempos. Sin la fe, esta espera puede asumir los tonos de la desilusión, del desaliento; apoyada por la palabra de Cristo, se transforma en esperanza viva y operante.» ¿Qué quería decir? Que los años que pasamos en esta tierra no son la vida entera. Los cristianos sabemos que la vida continúa. En esa nueva vida seremos liberados. Los discapacitados gritan al mundo la esperanza de esa liberación: saben que el sufrimiento no es definitivo, esperan que Dios transformará sus vidas.

Personas con minusvalías, con síndrome de Down, autistas, enfermos físicos o psíquicos… gritan a la humanidad un mensaje: ojalá sepamos escucharlo.

Es inevitable que su presencia nos haga preguntarnos por qué existe tanto sufrimiento. Y dice el Papa que siguió a Juan Pablo II: «… deberíamos consignar que el discapacitado tampoco es una criatura que no tendría que existir. Porque precisamente en su discapacidad reside su propio valor. Y el Cristo que se deja poner la corona de espinas y que dice de sí mismo: “Soy un gusano y no una persona”, también se ha situado dentro del tropel de discapacitados que traen un mensaje a la humanidad. Ellos, con su calidad de dolientes, de solicitantes de nuestro amor y de redispensadores de amor, pueden desempeñar también una misión específica: basta con que abramos los ojos.»

Una de las jóvenes se dirigió al Papa en aquella celebración y le dijo: «Nuestras almas han crecido porque no están contaminadas por la fuerza de la posesión, del éxito, o la conquista de los primeros lugares.» Así es: cuerpos demasiado impedidos que contienen almas tremendamente grandes.

Los cristianos tenemos debilidad por estos «cristos» del siglo XXI coronados con las espinas de la discapacidad. Nos hablan de esperanza, nos recuerdan que lo grande es el alma, que en la otra vida seremos liberados de los sufrimientos actuales.

Señor, que aprenda de quienes sufren. Que crezca en esperanza. Que valore más el alma que el cuerpo, que vea que cada uno de ellos solicita, pide, necesita de mi amor… y que se lo dé. Sólo con que nos ayuden a ser más generosos, su sufrimiento ya hace bueno al mundo. Te pido por ellos, y te pido que los cristianos nos volquemos en atenderles. ¿Les dedico tiempo?

Si quieres, repasa ahora con él los discapacitados que conoces, y coméntale lo leído.

04-11

San Estanislao de Cracovia, Obispo y Mártir. Siglo XI.

Se lo recuerda por reprender a su soberano, Boleslao II de Polonia, sobre el deber de respetar lo derechos ajenos. Parece que éste lo mató en la iglesia de Santa Matilde.

 Policarpo, >

Conservamos las actas del martirio del entonces anciano san Policarpo. Dicen así: «Venido en presencia del procónsul, le preguntó éste si era él Policarpo. Respondiendo el mártir afirmativamente, trataba el procónsul de persuadirle a renegar de la fe, diciéndole:

»—Ten consideración de tu avanzada edad, y otras cosas por el estilo según es costumbre suya decir, como: “Jura por el genio del César. Cambia de modo de pensar, grita: ¡Mueran los ateos!” [como sabes, a los primeros cristianos les acusaban de ateos porque no reconocían la divinidad del emperador].

»A estas palabras, Policarpo, mirando con grave rostro a toda la chusma de paganos sin ley que llenaban el estadio, tendiendo hacia ellos la mano, dando un suspiro y alzando sus ojos al cielo, dijo:

»—Sí, ¡mueran los ateos!

»—Jura y te pongo en libertad. Maldice a Cristo.

»—Entonces Policarpo dijo:

»—Ochenta y seis años hace que le sirvo y ningún daño he recibido de él. ¿Cómo puedo maldecir de mi Rey, que me ha salvado?

»Como nuevamente insistiera el procónsul, diciéndole:

»—Jura por el genio del César.

»Respondió Policarpo:

»—Si tienes por punto de honor hacerme jurar por el genio, como tú dices, del César, y finges ignorar quién soy yo, óyelo con toda claridad: Yo soy cristiano. Y si tienes interés en saber en qué consiste el cristianismo, dame un día de tregua y escúchame.

»Respondió el procónsul:

»—Convence al pueblo

»Y Policarpo dijo:

»—A ti te considero digno de escuchar la explicación, pues nosotros profesamos una doctrina que nos manda tributar el honor debido a los magistrados y autoridades que están por Dios establecidas, mientras ello no vaya en detrimento de nuestra conciencia; mas a ese populacho no le considero digno de oír mi defensa.

»Dijo el procónsul:

»—Tengo fieras a las que te voy a arrojar si no cambias de parecer.

»Respondió Policarpo:

»—Puedes traerlas, pues un cambio de sentir de lo bueno a lo malo nosotros no podemos admitirlo. Lo razonable es cambiar de lo malo a lo justo.

»Volvió a insistirle:

»—Te haré consumir por el fuego, ya que menosprecias a las fieras, como no mudes de opinión.

»Y Policarpo dijo:

»—Me amenazas con un fuego que arde por un momento y al poco rato se apaga. Bien se ve que desconoces el fuego del juicio venidero y del eterno suplicio que está reservado a los impíos. Mas, en fin, ¿a qué tardas? Trae lo que quieras.»

Los bautizados sufrimos una transformación. Cada bautizado deja de ser sólo él mismo. Pasamos a ser «yo pero ya no yo». Somos yo con Cristo, pero de un modo real, no sólo afectivamente. «Yo pero ya no yo», porque Jesucristo ha resucitado y vive, y vive en mí. Así se entiende que los primeros cristianos, en los juicios, dijesen que su nombre es «cristiano»; como quien dice: yo soy Policarpo, pero no sólo Policarpo. Me define mejor el nombre de «Cristiano» que el de «Policarpo». ¡Con qué orgullo —buen orgullo— decimos que somos cristianos!

Esto también explica que fuesen capaces de lo que hacían: porque Cristo actuaba en ellos con ellos mismos. Dejaban que la fuerza de Cristo obrase en ellos, y así hacían lo que hacían. También los cristianos de ahora estamos llamados a que la fuerza de Cristo actúe en nosotros. Por eso pensamos que nada que nos pida Dios es imposible para nosotros: si fuese yo solo, sería imposible; pero siendo «yo pero ya no yo» me resulta posible todo lo que es posible para Cristo.

¡Qué importante, por eso, vivir cerca de Cristo, manteniendo relación con él! ¡Qué importante vivir en gracia de Dios, con el deseo de recibir cada día más gracia suya!

Nos ha llegado la oración que Policarpo dijo en su último momento. Con las manos atrás y atado como un carnero, levantando los ojos al cielo, dirigió a Dios estas palabras que podemos rezar ahora:

«Señor Dios Omnipotente: Padre de tu amado y bendecido siervo Jesucristo, por quien hemos recibido el conocimiento de ti. Dios de los ángeles y las potestades, de toda la creación y de todos los justos que viven en tu presencia: Yo te bendigo porque me tuviste por digno de esta hora, a fin de tomar parte en el cáliz de Cristo, contado entre tus mártires. Para resurrección de eterna vida, en alma y cuerpo, en la incorporación del Espíritu Santo: que yo sea recibido con ellos hoy en tu presencia, en sacrificio grande y aceptable, tal como de antemano me lo preparaste, y me lo revelaste y ahora lo has cumplido, Tú, el infalible y verdadero Dios. Por lo tanto, yo te alabo por todas las cosas, te bendigo y te glorifico por mediación del eterno y celeste Sumo Sacerdote, Jesucristo, tu siervo amado, por el cual sea dada la gloria a Ti con el Espíritu Santo, ahora y en los siglos por venir. Amén.»

Puedes ahora seguir hablándole, y pedirle que todos seamos hoy como los primeros cristianos…

04-10

San Miguel de los Santos, Presbítero Trinitario. Siglos XVI-XVII.

 De Vic (Barcelona), ingresó en el convento de los trinitarios descalzos de Barcelona. Durante su formación, estuvo en Sevilla, Baeza, Salamanca y Valladolid. Destacó por su devoción al sacramento de la Eucaristía.

El trampolín de Chiara Lubich

«Si en una ciudad se prendiese fuego en distintos lugares, aunque fuese un fuego modesto y pequeño, pero que resistiese todos los embates, en poco tiempo, la ciudad quedaría incendiada.

»Si en una ciudad, en los puntos más dispares, se encendiese el fuego que Jesús ha traído a la tierra y este fuego resistiese al hielo del mundo, por la buena voluntad de los habitantes, en poco tiempo tendríamos la ciudad incendiada de amor de Dios.

»El fuego que ha Jesús traído a la tierra es Él mismo, es la Caridad: ese amor que no sólo une el alma a Dios, sino a las almas entre sí.»

Así lo escribía Chiara Lubich, italiana que en 1943 inició el Movimiento de los Focolares. La pasión por decir a todos los cristianos que la existencia es una vocación única para subir hasta el Padre construyendo una ciudad nueva, un mundo en paz, unidos todos los hombres, es un auténtico fuego.

Pero da un consejo muy práctico para conseguirlo. Habla de un trampolín. Recuerda alguno que hayas usado. Es verdad que al caer sobre un trampolín te ves impulsado sin esfuerzo, la primera vez incluso uno se asusta de salir lanzado sin controlarlo. Pues ella escribe:

«Pero hay un secreto para que esa célula encendida se desarrolle hasta formar un tejido y vivifique las partes del Cuerpo Místico: que los que la componen se alcen en la aventura cristiana, que significa hacer de cada obstáculo un trampolín. No “soportar” la Cruz, cualquiera que sea el cariz que presente, sino esperarla y abrazarla minuto a minuto como hacían los santos, y decir cuando llega: “¡Esto es lo que quería, Señor! Sé que estoy en la Iglesia militante donde es preciso luchar. Sé que me espera la Iglesia triunfante donde te veré por toda la eternidad. Aquí en la tierra prefiero el dolor a cualquier otra cosa, porque con tu vida me has dicho que allí está el verdadero valor.”»

Señor mío y Dios mío, al ascender a los cielos nos dijiste que por toda la tierra llevásemos lo que tú nos habías dado. Que los cristianos construyamos una ciudad nueva; que encienda el fuego a mi alrededor. Te pido que ponga en práctica este secreto: hacer de cada obstáculo un trampolín; que no «soporte» lo que me cuesta: ¡que haga de los obstáculos, de lo costoso, de lo pesado e ingrato, un trampolín!

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras.

04-07

San Juan Bautista de la Salle, Presbítero, Educador y Fundador. Siglo XVIII.

De familia acomodada, fue Doctor en Teología. Organizó la comunidad Hermanos de las Escuelas Cristianas, creando una red de escuelas de calidad para los niños pobres con pocas perspectivas de futuro.

Hijo, ten piedad de mí que te he llevado 9 meses en mi seno 

Uno de los relatos que encontramos en la Biblia, nos habla la historia de los hermanos Macabeos y su madre. Se trata de uno de esos hechos contados en la Biblia, que nos enseñan en qué consiste vivir de verdad. Ésta es la historia.

Siete hermanos con su madre fueron apresados y forzados a comer carnes de cerdo prohibidas; y, por negarse a comerlas, fueron azotados con látigos y nervios de toro. Uno de ellos dijo al rey en nombre de todos: «¿Qué buscas o qué quieres de nosotros? Estamos dispuestos a morir antes que traspasar las leyes patrias.» El rey, enfurecido, mandó poner al fuego sartenes y calderos, y cuando estaban hirviendo, mandó cortar la lengua del que había hablado en nombre de todos, desollarle la cabeza y cortarle pies y manos en presencia de sus hermanos y de su madre. Enteramente mutilado, mandó echarlo al fuego y freírlo vivo. El vapor de la sartén se extendía hasta lejos, y la madre y los hermanos se exhortaban a morir generosamente, diciendo: «Dios lo ve todo y tendrá piedad de nosotros, como dice Moisés en el cántico: Tendrá piedad de sus siervos.»

La madre, mujer admirable y digna de gloriosa memoria, a pesar de ver morir a sus siete hijos en un día, lo soportó con valor, gracias a su esperanza en el Señor. Exhortaba a cada uno de sus hijos en su lengua, para que no le entendiesen los soldados del rey; con fuerza varonil y ternura femenina, les decía: «Yo no sé cómo habéis aparecido en mi seno; yo no os di el aliento ni la vida, ni ordené yo los miembros de vuestro organismo. Fue el Creador del universo, el que modela la raza humana y determina el origen de todo lo que existe. Él os devolverá misericordiosamente la vida, ya que ahora por sus santas leyes la despreciáis.»

Antíoco pensó que la mujer le insultaba y que se burlaba de él con esas palabras. Y como todavía quedaba con vida el más joven, intentó seducirle, no sólo con palabras, sino jurándole que le haría rico y feliz, que le haría su amigo y le daría un alto cargo, si renunciaba a las leyes judías. El niño no le hacía caso, por lo que el rey llamó a la madre y le mandó que aconsejase al niño para su bien. Como el rey insistía, ella accedió a convencer a su hijo. Se inclinó hacia él y, burlándose del cruel tirano, dijo al niño en su idioma, para que no le entendiese el rey: «Hijo mío, ten piedad de mí, que te he llevado en mi seno nueve meses, te he amamantado tres años, te he alimentado y te he educado hasta ahora. Te pido, hijo mío, que mires al cielo y a la tierra y todo lo que hay en ella; que sepas que Dios hizo todo esto de la nada y que el género humano tiene el mismo origen. No temas a este verdugo; no desmerezcas a tus hermanos y acepta la muerte, y así, por la misericordia de Dios, te encontrarás con ellos y te recobraré junto con ellos.»

Cuando ella terminó de hablar, el joven exclamó: «¿Qué esperáis? No obedezco las órdenes del rey, sino a la Ley dada a nuestros padres por Moisés. Tú, autor de todos estos males contra los hebreos, no podrás huir de la mano de Dios, porque, si nosotros padecemos por nuestros pecados, si el Dios vivo se ha indignado contra nosotros por breve tiempo para castigarnos y corregirnos, Él perdonará de nuevo a sus siervos. Pero tú, malvado, el más criminal de los hombres, no te engrías neciamente, no te hagas vanas esperanzas, levantando tu manos contra sus siervos. No has escapado todavía al justo juicio de Dios Omnipotente que todo lo ve. Mis hermanos están ya en posesión de una promesa de vida eterna después de haber sufrido un breve tormento. Pero tú pagarás en el juicio de Dios las penas debidas a tu soberbia. Yo, como mis hermanos, entrego mi cuerpo y mi vida por las leyes patrias, pidiendo a Dios que muestre pronto su misericordia con su pueblo; que tú, después de haber sido castigado y atormentado, confieses que sólo Él es el Dios; y que la ira del Omnipotente, que ha caído justamente sobre nuestro pueblo, se aplaque en mí y en mis hermanos.» El rey, lleno de ira y herido por las sarcásticas recriminaciones, atormentó a éste más que a los otros. Así murió también éste, limpio de toda mancha y confiando en el Señor. Después de todos los hijos, murió por fin la madre.

A lo largo de la historia podemos encontrar cantidad de ejemplos como éste. La historia está llena de personas que han estado dispuestas a dar la vida antes que renunciar a la verdad. No hace mucho, leyendo el relato del martirio de algunos de los mártires españoles de la guerra civil canonizados recientemente, encontraba una situación similar, en la que una madre animaba a sus cuatro hijos a dar la vida antes que renegar de su fe.

Seguir viviendo no es lo más importante; lo más importante de la vida es amar: amar a Dios, amar a los demás, amar la verdad, amarnos a nosotros mismos. Y si para amar hay que jugarse la vida, sabemos que vale la pena jugársela, porque, para quien ama, la vida no termina sino que sigue para toda la eternidad, una vida con Dios-Amor. «Quien pierda su vida por mí y por el evangelio la salvará» (Marcos 9, 35).

También hoy encontramos situaciones parecidas. Seguramente nosotros no nos veamos en una situación similar, pero sí nos encontramos a diario muchas ocasiones en las que habrá que estar dispuesto a dar la cara, a defender la verdad, a no renegar de lo que creemos… Lo nuestro es el «martirio diario».

Ten piedad de nosotros, Señor, y ayúdanos a no poner nada por delante de nuestro amor, como esta madre y sus siete hijos. Gracias.

Ahora te toca a ti hablar a Dios de la entereza de esa familia, cuál es tu entereza y por qué, o lo que quieras.

04-06

San Prudencio de Troyes, Obispo. Siglo IX.

De origen pirenaico, encontró amparo en la corte carolingia frente a los ataques musulmanes. Gobernó la iglesia de Troyes, reunió una gran biblioteca y tomó parte en controversias importantes de su tiempo.

El Reina del Cielo

Dice san Bernardo: «Si se levantan los vientos de las tentaciones, si tropiezas en los escollos de las tribulaciones, mira a la Estrella, invoca a María. Si eres agitado por las olas de la soberbia, de la calumnia, de la ambición, de la envidia, mira a la Estrella, llama a María. Si la ira, la avaricia, el placer carnal arrastra con violencia la barquilla de tu alma, mira a María. Si turbado por el recuerdo de la enormidad de tus crímenes, confuso a la vista de la fealdad de tu conciencia, aterrado por la idea del horror del juicio, comienzas a sumirte en la sima sin fondo de la tristeza, en el abismo de la desesperación, piensa en María. En los peligros, en las angustias, en las dudas, piensa en María, invoca a María. No perderás el camino si la sigues, no perderás la esperanza si le ruegas. Si te tiene de su mano, no caerás.»

La Pascua es un tiempo que vivimos con María. Estos días, en lugar de la oración del Ángelus, a las doce de la mañana, los cristianos nos dirigimos a ella con una oración distinta: se llama el Reina del Cielo.

No sabemos quién es su autor. El himno se remonta al siglo XII. Era repetido por los franciscanos después de la oración de la noche, oración llamada Completas, en la primera mitad del siguiente siglo. Por la actividad de los franciscanos, fue popularizado muy pronto en todas partes.

Dice así:

Reina del Cielo alégrate; aleluya.

Porque Cristo el que mereciste llevar en tu seno; aleluya.

Ha resucitado según dijo; aleluya.

Ruega al Señor por nosotros; aleluya.

Gózate y alégrate, Virgen María; aleluya.

Porque el Señor verdaderamente ha resucitado; Aleluya.

Oremos

Oh Dios que has alegrado al mundo por la Resurrección de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo, concédenos por la intercesión de María su Madre, llegar a las alegrías de la eternidad.

Por Jesucristo Nuestro Señor. Amén

Puedes rezarlo ahora con atención, y pensar qué puedes hacer para acordarte de rezarlo a las doce. Aparte de ponerte un recordatorio, puedes pedir ahora a tu ángel de la guarda que te lo recuerde. Y no te desanimes si, al principio, son más los días que se te olvida que los te acuerdas: quien lo persigue… lo consigue.

04-05

San Vicente Ferrer, Presbítero. Siglo XIV.

De Valencia, terminó filosofía y teología a los 17 años, entró en el convento de los Dominicos de Valencia y fue ordenado sacerdote. Durante el cisma de Occidente, hizo todo lo posible para solucionar el gran conflicto y restituir así la unidad a la Iglesia.

Yo voy a apostar por ti.

«Pablo Maldonado, nacido en Madrid en 1976, luce una barba descuidada y se abriga del viento invernal con una chupa de cuero por la que asoma su alzacuellos —se lee en un reportaje periodístico—. Su juventud y vestimenta pueden hacer pensar que este chico nació ya con una sotana o que se pasó la infancia de iglesia en iglesia, pero nada más lejos de la realidad; de hecho, “en mi casa era el más `varilla´ de mis hermanos”, apunta, “me gustaba mucho la fiesta, era mal estudiante, y eso me creaba conflictos en casa”. Tanto es así que se vio obligado a marcharse con 17 años; “un momento muy duro, que me hizo pensar, porque de repente me tenía que ocupar yo de toda mi vida”. La emancipación fue para él una experiencia muy dura. Recuerda que “aquel año lo pasé bastante mal, y después de muchas vueltas a la cabeza, entré en una iglesia y empecé a replantearme muchas cosas”. Fue entonces cuando “tuve una primera experiencia de Dios que me llevó a descubrir que era cierto, que su existencia no era un cuento chino”».

Pablo recuerda emocionado que «vivía en un caos profundo, porque yo era el tío más guay de mi pandilla, con éxito entre mis amigos, pero la vida no tenía ningún sentido para mí, y cuando te topas con la vida y te tienes que conocer a ti mismo, cuando te das cuenta de que tienes 18 años y que aspiras a ser repartidor se te cae el mundo a los pies». Pero recuerda la experiencia como algo positivo, «porque empecé a hacerme preguntas como quién era yo, para qué estás aquí, quién es Dios; incluso te planteas para qué levantarte por la mañana».

Dice que aquel momento de duda y de dolor fue necesario porque «fue lo que me hizo ir a la iglesia y fue cuando ahí, en medio de una oscuridad total, se empezó a hacer una luz en mi vida». Y una tarde «le dije al Señor: “Si Tú me haces feliz, yo te doy lo que Tú me pidas”. Lo que yo no pensaba en aquel momento es que lo que me podía pedir era el ser sacerdote. Era impensable, porque yo de jovencito era un poco el último en todo».

Pero la prueba de aquel primer año la superó Pablo poco a poco, y tras pasar dos años estudiando en Estados Unidos regresó a Madrid: «Me marché con 17 años y volví muy cambiado», pero ¿qué había pasado en esos dos años? «Pues que comencé a tratar al Señor. Yo tenía una fe rutinaria, muy floja, y poco a poco la empecé a vivir por propia iniciativa.» La cosa es que de vuelta a Madrid «comencé a frecuentar un grupo de oración en la parroquia, y a tener una dirección espiritual con un sacerdote». Entonces, con apenas 20 años, «durante unos ejercicios espirituales, recuerdo que me vi con un folleto sobre el matrimonio, y otro sobre el sacerdocio, uno en cada mano, y le dije al Señor: “Sin quererlo ni beberlo me veo en éstas, con amigos seminaristas, trabajando en la parroquia, llevándome de pegada con el párroco, y estando en este mundo, soy el tío más feliz” y le dejé muy claro que “yo no quiero ser cura, pero nunca voy a saber qué es mi vida si no hago lo que Tú me pides”».

Comenzó entonces en secreto el curso preliminar al seminario, «confiado en que esto no fuese a más, con mi conciencia tranquila de haberlo intentado, y marchándome a mi casa después de un tiempo». Pero el Señor tenía otro plan para Pablo. No le iba a dejar «marcharse de rositas tan pronto», «y el 14 de junio me dijeron que me admitían en el seminario, de lo que el primer sorprendido fui yo, y después, todos los demás».

Al principio le llamaba gente y le decía que «qué me había pasado, y sólo acertaba a contestar que no lo sabía, pero que era el tío más feliz del mundo, y que el que menos se lo explicaba era yo mismo». Pablo recuerda aquel primer año como «una maravilla, viendo la fuerza de Dios, y cómo Él hacía en mi vida posible lo imposible, sorprendiéndome cada vez más», y cuatro años después «el formador me dijo: “Hasta ahora, el Señor ha estado luchando contra ti, porque no terminas de convencerte de que sí, que es posible. Así que decídete, pon de tu parte, y lánzate.” Hice caso del cura y me lancé».

El tiempo ha pasado, Pablo se ordenó y «un año después de ordenarme, estoy mucho más sorprendido, y más contento todavía. Esto es alucinante, el Señor me sigue sorprendiendo, cada día más, porque no dejo de ver milagros, gente que se convierte y que se acerca a Dios». Asegura que «no hay parque de atracciones ni lugar en el mundo mejor que esto de ser sacerdote», algo que describe como «apasionante en todos los sentidos, al celebrar la Eucaristía, acercando a la gente a Dios, compartiendo con compañeros…  todo».

Si le preguntas sobre una posible juventud perdida, responde entre carcajadas que «si lo sé, me meto antes», y quiere mandar un mensaje a algún chaval que como él, a los diecisiete años se sienta perdido: «Párate a pensar, no te dejes llevar por la velocidad de la vida. No te creas que la felicidad es un tongo, y no te conformes con vivir al 50%. Lo que necesita tu corazón al 100% es posible. ¡Lúchalo, búscalo, pide ayuda! Acércate a un Dios del que te han contado sólo tres cositas muy pesadas y que no corresponden con la realidad, porque es un Dios que te quiere a ti, y con locura, te pongas como te pongas, a pesar de que todo el mundo te diga que eres malo, que eres el peor y que nadie va a hacer carrera contigo, Dios está de tu parte y te dice: “Yo voy a apostar por ti y voy a hacer carrera contigo, créetelo y déjate ayudar, sueña con la felicidad que es posible para ti, porque no eres un número en la Historia, porque Dios conoce tu nombre y está buscando la manera de meterse en tu vida, pero necesita de tu libertad. ¡Déjale, porque esto es una gozada!”»

Señor, no tengo miedo a nada. Tú apuestas por mí, y quiero vivir al 100% de felicidad. Gracias, y quiero seguir tu camino.

Puedes decirle ahora que también tú quieres tener tu historia con él, o lo que quieras.