12-01

San Eloy, Obispo y orfebre. 588-660

Aprendiz platero que llego a ser solicitado como consejero de la Corona. Ordenado sacerdote, fue consagrado obispo de Noyon y de Tournay y estuvo presente en el concilio de Chalons-sur-Seine, del 644. Patrón de los orfebres y herreros.

Alegradores de vidas. Adviento

¡Estamos de comienzos! Hoy comenzamos el mes de diciembre. Ayer, la novena a la Inmaculada. Y hace unos pocos días, el tiempo de adviento.

¿Qué es eso del adviento? Cuatro domingos antes del día de Navidad, los cristianos empezamos a preparar la venida de Jesús. Se trata de intensificar nuestra vida cristiana para que realmente Cristo pueda nacer en nosotros de un modo nuevo, que él pueda tomar forma en nuestras almas a sus anchas. Porque eso es la Navidad: es el misterio por el que se produce un intercambio admirable: Dios participa de la vida de los hombres, y los hombres —con la vida nueva que nos trae— participamos de la vida de Dios.

Hoy te propongo un modo concreto de vivir el adviento. Y lo hago con una idea que escuché en la sala de espera del dentista.

Llegó una señora sencilla y extravertida. Serían más o menos las doce de la mañana. Enseguida empezó a hablar.

«¡No puede ser! Este mundo cada vez es menos humano. Da pena ir por la calle. ¡Qué gris es todo! ¡qué tristeza! ¡cada uno a lo suyo! Todo el mundo va serio, con prisas, rara vez alguien se saluda y, cuando se hace, no va más allá de unos formales Buenos días. Somos como hormigas que vamos rápidamente de un sitio a otro consultando el reloj, ignorando a los demás. Pienso que como esto siga así, al final los ayuntamientos tendrán que crear un nuevo puesto de trabajo que será el de los alegradores de vidas. Serán funcionarios pagados con la misión de estar por la calle sin otra función que la de ir alegrando la vida a los que pasen por allí. Irán saludando: ¿Qué hay? Buenos días. ¡Qué día más bonito! Pararán a las señoras que van con su niño: ¡Huy! ¡Qué majo está!… ¿y qué tiempo tiene? Y a otro: si quiere le ayudo a llevar eso hasta el coche. Y a otra: el bolso le combina ideal con los zapatos…»

Añadía mil ejemplos más. Aproveché la ocasión para decirle que, en mi opinión, tenía buena parte de razón. Pero que los cristianos debemos ser esos alegradores de vidas. Y no con sueldo del ayuntamiento ni con un cursillo de aprendizaje, sino movidos naturalmente por el amor a todos los hombres que nos enseñó y nos da Cristo, y por la alegría y paz interior que tenemos al sabernos hijos de Dios.

Un buen modo de vivir el adviento, Señor: esforzarme por ser «alegrador de vidas» de las personas con las que trato. Que durante este tiempo abra mi corazón de manera que tú y los demás ocupéis más sitio en él. Dame el prejuicio cristiano de pensar en los demás, de querer hacerles felices, de ocuparme de sus preocupaciones, de servir sus necesidades, de ayudarles en lo que les convenga, de… hasta de saludar con cariño. ¡Que todos los que tratan conmigo lo pasen bien!: en eso debo emplearme a fondo. Madre mía Inmaculada, dame un corazón limpio y generoso como el tuyo, porque… ahí está el secreto ¿no es verdad?

Puedes ahora seguir hablándole de tu alegría y de tu falta de alegría. No te olvides de hablar con María de qué manera puedes tratarla más durante estos días de la novena.

11-30

Andrés, Apostol.

Hermano de Simón (San Pedro). Nació en Betsaida y fue primero discípulo de Juan Bautista. Predicó el Evangelio en Grecia y en otras regiones. Murió mártir, crucificado, en Acaya (Grecia).

La Virgen no se olvida

El marido de la baronesa de Belbey, en Francia, no practicaba la religión. La baronesa rezaba mucho para que se convirtiese su marido, pues conocía sus problemas de corazón y que podía morir repentinamente. Esta señora tenía la costumbre de adornar con flores una imagen de la Virgen que tenía en su casa. Su marido era el que se encargaba de cortarle las flores a su mujer, aunque no le importaba adónde fuesen a parar.

Efectivamente, el marido murió de forma repentina y sin poder recibir sacramento alguno. La pena de su esposa fue enorme: estaba desconsolada por el alma de su marido.

En cierta ocasión pudo ir a Ars, el pueblo en el que el cura era san Juan María Vianney. No se conocían de nada. En cuanto el cura vio a esta mujer advirtió su tristeza e inmediatamente le dijo: «¿Se ha olvidado usted de los ramos de flores que su marido ofrecía a la Virgen?»

La Virgen es una madre, la más madre. Y no se olvida de nada que hagamos en la vida por ella, aunque sea poco y con pereza. Como todas las madres, se contenta con nada. No dejemos de tener algún detalle cada día, por pequeño que sea.

Por ejemplo, hoy empieza la novena a la Inmaculada. El 8 de diciembre es una gran fiesta suya y los cristianos empezamos a prepararla hoy, nueve días antes. Piensa un pequeño detalle con ella para esta novena.

Madre mía, tú no te olvidas de nada. Y quiero no olvidarme estos nueve días de regalarte algo (concrétalo y se lo regalas ya, aunque sea algo muy pequeño; pero algo).

Comenta a María que deseas vivir estos días de la novena a la Inmaculada más unido a Ella. Si repasas lo leído, seguro que quieres agradecerle que Ella sea tan agradecida… Después termina con la oración final. 

11-29

San Saturnino de Tolosa, Obispo y Mártir. Siglo III.

Bautizó a San Fermín. El obispo fue arrestado tras los edictos persecutorios de Decio del año 250 y murió al ser arrastrado y destrozado por un toro al que fue atado en público martirio.

¿Qué quiere decir ir al cielo?

A cualquier cristiano que le preguntes qué quiere en la vida, te dirá que quiere ir al cielo. Pero hay dos formas de entender esa frase.

Forma equivocada. Quiero ir al cielo, es decir, quiero salvarme para no sufrir, y por lo tanto quiero no hacer cosas malas. Para éstos, ser cristiano consiste en saber qué cosas son pecado y luchar por no hacer nada de lo que está prohibido. Para quien entiende así la vida del cristiano, el camino al cielo es un rollo.

Forma correcta. Quiero ir al cielo, es decir, quiero unirme a Dios, y por tanto aprovechar esta vida para ir aprendiendo y esforzándome para amar a Dios, a los demás y a este mundo bueno que Dios ha hecho. Ser cristiano consiste, entonces, en saber que la vida es corta y hay muchas personas a las que ayudar, y un mundo que cambiar para que los hombres seamos más felices y para que Dios reine en él. Para quien entiende así la vida del cristiano, el camino al Cielo es apasionante.

Vale la pena. Te copio unos textos de san Josemaría:

* ¡Si no nos morimos!: cambiamos de casa y nada más. Con la fe y el amor, los cristianos tenemos esta esperanza; una esperanza cierta. No es más que un hasta luego. Nos debíamos morir despidiéndonos así: ¡hasta luego!

* Dios no actúa como un cazador, que espera el menor descuido de la pieza para asestarle un tiro. Dios es como un jardinero, que cuida las flores, las riega, las protege; y sólo las corta cuando están más bellas, llenas de lozanía. Dios se lleva a las almas cuando están maduras.

* Vamos a pensar lo que será el cielo. Ni ojo vio ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman. ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestros corazones, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos nosotros? Y entonces me explico bien aquello del Apóstol: ni ojo vio ni oído oyó… Vale la pena, hijos míos, vale la pena.

Señor, yo quiero ir al cielo, por supuesto, ¿Pero cómo lo entiendo? ¿Me parece apasionante ser cristiano, o es un aro aburrido por el que tengo que pasar para salvarme? ¿Quiero amar o sólo quiero no pecar? El primer mandamiento que nos has dado nos pide «amarás a Dios sobre todas las cosas»; me doy cuenta de que si no vivo así estoy equivocado. Te amo; quiero amar: enséñame a amar. ¡Madre mía, tú que sabes mucho de esto, ayúdame! ¡Que nunca olvide que vale la pena!

Ahora puedes seguir hablando a Jesús con tus palabras. Puedes perder el tiempo imaginándote el cielo, o al menos diciéndole que lo deseas. 

11-28

Santa Catalina Labouré, Religiosa. 1806-1876.

Ingresó en las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul. La Sma. Virgen se le apareció para recomendarle que hiciera la Medalla Milagrosa.

Esclavo seguro ¿pero de quién?

Hay quien piensa que para ser feliz en la otra vida hay que ser infeliz aquí. Están muy equivocados. Seguro que sólo van al Cielo los que son felices en la tierra. Para ser feliz allí, hay que ser feliz aquí.

¿Por qué? Porque en la vida la libertad que tenemos está para entregarla: no puede no usarse. La libertad siempre se entrega a algo. Y uno se hace esclavo de ese algo al que entrega su libertad. ¿Y a qué se entrega la libertad? A Dios o a tonterías. Así: o te haces esclavo de Dios, o eres esclavo de tus tonterías (comodidad, fama, dinero, pasiones, miserias, pereza, esclavo de lo que piensen los demás, del egoísmo…).

Siendo esclavo de Dios uno es muy feliz: se vive para otros y es una gozada. Pero el ser esclavo de tonterías es un auténtico martirio. Es fácil de entender. Por ejemplo un esclavo de la pereza: porque le da pereza deja de hacer cosas formidables a cambio del aburrido no hacer nada. Tiene la diversión de no esforzarse, pero es una diversión tan aburrida que apenas es diversión. Ser esclavo de la pereza es terrible. Y así con todo lo demás.

Por eso, para ir al cielo lo primero es mirar si estás contento. Y si no estás contento… algo pasa, algo hay que te separa de Dios, estás siendo esclavo de algo que no es Dios. Rectifica: examina, pide perdón, y esclavízate libremente a Dios.

Esclavizarse bien significa… llegar hasta el final. Los primeros cristianos lo tenían muy en la cabeza. San Ignacio de Antioquía, por ejemplo, uno de los primeros papas que murió comido por leones en un circo en Roma, escribía a los cristianos de Éfeso: «Porque ya no se trata simplemente de proclamar la fe, sino de perseverar hasta el final practicándola.» Hay temporadas en la vida en las que no resulta fácil, pero es el momento de aguantar, de resistir: «Y seréis odiados por todos a causa de mi nombre; pero quien persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mateo 10, 22).

No está de moda lo de perseverar. Así ocurre cuando crece la maldad. Pero Jesús se adelantó al advertirnos: «Y, al crecer la maldad, se enfriará la caridad de muchos. Pero quien persevere hasta el fin, ése se salvará» (Mateo 24, 13).

Madre mía, esclava del Señor: eso quiero ser yo, un buen y libre esclavo de Dios. Líbrame de cualquier otra esclavitud. Quiero ser fiel, Señor, hasta el final. Dame, Señor, la perseverancia final. Gracias.

Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.

11-27

Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa, Advocación Mariana.

“Es preciso acuñar una medalla según este modelo; cuantos la llevaren puesta, teniendo aplicadas indulgencias, y devotamente rezaren esta súplica, alcanzarán especial protección de la madre de Dios”

El cielo

Sin muchas precisiones teológicas, un chico de quinto cuso de Educación Primaria cuenta cómo se imagina el cielo:

«Era una noche tranquila. Mientras venía del trabajo en mi coche se me apareció por el camino un gran camión que iba a adelantar a un coche y me precipité a una farola. Perdí el conocimiento. Cuando desperté dije:

—¡Anda!, ¡si estoy muerto!

Estaba en el hospital y me vi ahí muerto. Un ángel se me apareció y me dijo:

—Ven, te llevaré al cielo.

Me fui con él, le pregunté cómo se llamaba y me contestó:

—Félix.

— Entonces, tú eres mi Ángel de la Guarda.

—Pues claro —me contestó.

Llegamos a las puertas del cielo y me dijo que esperara allí y Félix desapareció.

Se me apareció un ángel y resultó ser, nada más y nada menos, que el Arcángel San Gabriel, me saludó y me dijo que esperara y rellenara una ficha para poder ir al Juicio final.

En la ficha ponía:

NOMBRE:

MUERTE:

EDAD:

Lo rellené todo y se lo entregué al Arcángel. En ese momento me emocioné porque iba a ver a Dios. Entré en la presencia de Dios y me preguntó:

—¿Pecados?

—Ninguno mortal y unos doscientos veniales.

—Bueno —me dijo Dios— irás cinco meses al Purgatorio.

De pronto se abrió un agujero entre las nubes y caí en el purgatorio. Un ángel me dijo que para salir de allí antes de los cinco meses, tendría que llenar el vaso de las “buenas obras” que allí me dieron.

Comencé a rezar y rezar, y el vaso subía y subía. A los dos días el vaso se llenó un poquito, los otros días se llenó mucho más rápido; me expliqué esto cuando miré hacia abajo, a la tierra, y vi a toda mi familia rezando por mí. Sólo quedaban tres mililitros y el vaso se llenó. Por fin había terminado, la puerta grande se abrió y salí. Cuando llegué al cielo San Pedro me dio una corona brillante y me dijo:

—Esto te nombra como espíritu de Dios.

—¡BIEN! —grité yo—. Entré en el cielo y allí había personas “superfamosas”. Cleopatra, Moisés, Billy el Niño… Todos estaban en el bar celestial hablando. De pronto oí la voz de mis padres:

—¡Hola, papá!, ¡Hola, mamá! —Nos saludamos con—mucha alegría y nos fuimos a dar una vuelta por el cielo, me enseñaron muchas cosas. En un sitio desde el que se veía el infierno, miré allí y vi a la gente que estaba sufriendo, yo quería ayudarlos pero no podía.

La verdad es que tengo mucha suerte de estar EN EL CIELO.»

Dios, Padre mío, que me dé cuenta de que lo importante en esta vida es pasar de aquí al cielo. Que aproveche todo (trabajo, frío, hambre, calor, dolor, amistades…) para ir ganando el cielo día a día. Madre mía, gracias y cuídame más.

Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Repítele que quieres ir al cielo, y que todos tus familiares, amigos, conocidos… y todas las personas del mundo también.

11-26

San Leonardo de Porto Maurizio, Predicador. 1676-1751.

En 1750 predicó el Via Crucis en el Coliseo Romano, iniciando una tradición que sigue hoy día, los Viernes Santos, presidida por el Papa. Gracias a este acto cesó la demolición del Coliseo.

Dolor del purgatorio

Roberto, un chaval de diez años, escribía esta redacción sobre el purgatorio:

«Hoy me he muerto y tengo que ir al purgatorio. Ya estoy, veo que mis familiares rezan por mí. Aquí tengo que quitarme todos mis pecados para luego ir al cielo. Estar aquí es estar tristes, sin amigos y sin ver a Dios. Los rezos de mis familiares son muy útiles y pronto veré a Dios. Mi ángel de la guarda me vigila constantemente, y me intenta ayudar. En el purgatorio hay bastantes hombres y nadie sabe cuándo va a salir.

»Al final de la sala hay unas puertas muy grandes con un cartel que pone “CIELO”.

»De vez en cuando viene un ángel y se lleva al cielo a unos cuantos. Ahora estoy notando las oraciones de mis familiares, pues estamos en el mes de noviembre, un ángel viene a buscar a algunos, y entre ellos estoy yo, ¡qué suerte!

»En el cielo somos muy felices, vemos a Dios, y yo acabo de ver a mis padres de la tierra. El cielo es lo mejor que te puedas imaginar, desde aquí ayudo a los que han rezado por mí y están todavía en la tierra. También juego con muchas cosas y con mi ángel custodio, que me ha enseñado a jugar a muchas cosas y me cuenta muchas historias.

»Hoy hepasado a otra vida. Estoy en el purgatorio, tengo unas ganas de ir al cielo… Pero como he hecho “pecadillos” tengo que pedir perdón. Pero no te creas que es tan fácil: hay que decir más de un millón de veces: “Perdón”. Hay unas sillas que forman más de un millón de filas, cada vez que pides perdón vas adelantando puestos y cuando llegas al final del purgatorio ves unas puertas de oro y plata que es la puerta del cielo.

»Cuando entras al cielo es como una fiesta porque te están esperando tus familiares, te encuentras con todo el mundo y te lo pasas muy bien.

»Allí me encontré con mi ángel custodio y me contó muchísimas cosas de cuando era pequeño y que yo no conocía.»

Efectivamente, decía santa Catalina que la «sed de Dios hace que la lejanía de Dios resulte insoportable para el alma, por lo que, cuanto más lejos de Dios está el alma por causa del pecado, sea original o personal, más extrema se hace su pena». Y pone el ejemplo del pan: el hombre tiene hambre, pero sabe que sólo le quita el hambre un tipo de pan. Si estuviese seguro de que nunca podría comer de ese pan, eso sería el infierno completo, lo que sufren «las almas condenadas, que están privadas de toda esperanza de poder ver el pan-Dios, verdadero salvador».

«Las almas del purgatorio, en cambio, tienen esperanza de ver el pan y de saciarse de él completamente; por ello padecen hambre y experimentan la pena durante todo el tiempo que necesite todavía para poder saciarse de aquel pan que es Jesucristo, verdadero Dios Salvador y Amor nuestro. »

Dios mío, quiero ir al cielo sin tener necesidad de pasar por el purgatorio. Para eso lo único importante es amar: a ti y a los demás. Amar es pensar en ti, querer lo que quieres, aportar, asumir los retos, hacer todo el bien que me resulta posible, no ser mediocre yendo a lo mínimo, no hacer sólo lo obligatorio, dar y darme… Y como muchas veces no me porto así, quiero hacer sacrificios para limpiar mi corazón, hacerte posible que me concedas el cielo… eso sí, saltándome el purgatorio: ¡contigo, cuanto antes!

Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.

11-25

Santa Catalina de Alejandría, Virgen y Mártir. Siglo IV.

Se enfrentó a los sabios de su tiempo, venciendo en la palestra de la razón y logró la conversión de algunos. Sufrió un duro martirio. Es la patrona de los aficionados al saber.

Le debo la vida

Se salvó de milagro. Un amigo mío tuvo un accidente en moto bastante grave. Cuando iba a mucha velocidad, no sabe cómo, la moto bailó. No pudo controlarla y perdió el equilibrio. La moto y él salieron disparados, cada uno por un lado. Él quedó muy mal parado. El principio parecía muerto, y de hecho casi lo estaba.

Fue ingresado rápidamente. Enseguida fue sometido a una operación que se alargó durante cuatro horas. Gracias a la pronta intervención del médico de guardia, fue capaz de salir adelante poco a poco.

Cuando mi amigo se recuperó plenamente y volvió a hacer vida normal, lo primero que hizo fue ir a agradecer a aquel médico lo que había hecho por él. Y a partir de entonces todos los años, en la fecha del accidente, le enviaba un buen regalo: «¡Le debo la vida!», le repetía.

Me sirve este caso para entender la relación que existe entre un alma que sale del purgatorio y la persona que ha rezado por ella, y gracias a esas oraciones él ha pasado al cielo. Lo primero que hará esa persona al llegar ante Dios será interceder: tratará de ayudar, como sea, a quien le ayudó a dar el paso definitivo al Cielo.

Dios mío, quiero sacar muchas almas del purgatorio. Por ti, para que seas alabado y goces con todos tus hijos. Por ellos, para que cuanto antes disfruten de ti. Escúchales cuando te presentan nuestras necesidades. Gracias.

Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Repasa si estás ofreciendo cosas por las almas del purgatorio, como te propusiste al principio del mes.

11-24

Santos Andrés Dung-Lac, y compañeros mártires.

117 Mártires vietnamitas de los siglos XVIII y XIX. Un grupo de obispos, sacerdotes, religiosos, padres y madres de familia, médicos, campesinos… que murieron por negarse a pisar la Cruz o a renegar de su fe.

Una televisión eternamente estropeada

Alguna vez te habrás sentado a ver la televisión y en vez de aparecer nítidas imágenes a color, la pantalla sólo ofrece miles y miles de puntitos parpadeantes blancos y negros. En cierta ocasión oí comparar al infierno con el aburrimiento y dolor de estar sentado ante una de esas pantallas, así, por los siglos de los siglos: sin poder mirar a otro lado ni poder levantarte, y sin la esperanza de ver nada más. El aburrimiento, está claro. Y también el dolor insoportable por saber que te estás perdiendo ver y gozar de lo mejor.

Se oye decir que Dios no puede ser tan malo como para mandar al infierno a nadie. Y es verdad. Dios no manda a nadie. Es cada uno el que elige. El cielo consiste en saberse amado por Dios y amar a Dios. Cada uno elige en la vida de aquí la vida de allí: si amo a Dios, sigo amándole allí. Si aquí libremente decido (con obras) no amar a Dios, le rechazo con el pecado y no hago su voluntad, Dios no puede obligarme a ir al sitio en el que sólo puede hacerse una cosa que yo no quiero: amarle.

Sin embargo, no hemos de tener miedo. Jesucristo nos ha ganado el cielo. Sólo quien se empeña en rechazarlo no lo alcanzará. Lo dice san Pablo: «Pero Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo. Por pura gracia estáis salvados» (Efesios 2, 4-5).

San Agustín animaba a temer a «Dios que pasa». Así es, Dios pasa en el tiempo de esta vida, pidiéndonos que le abramos nuestra puerta, que nos dejemos purificar y renovar por él, que aceptemos su vida. Dios pasa ahora. Decidimos mientras vivimos. Si yo decido no aceptar el amor de Dios durante mi vida, Dios pasa. Si le dejo actuar, estoy salvado.

Dios mío, una sola cosa quiero: amarte sobre todas las cosas y a los demás como a mí mismo. Y una sola cosa temo: apartarme de ti, el pecado. Entiendo que esto es verdad si lo respaldo con obras. Ayúdame a vivir de acuerdo con esto. Gracias.

Ahora puedes hacer actos de confianza en Él, y ojalá desees ofrecer muchas cosas por la conversión de los pecadores, como hacían los pastores de Fátima. Dile que deseas vivir eternamente con Él en el cielo…

11-23

San Clemente I, Papa y Mártir. Siglo I.

Tercer sucesor de S.Pedro. Intervino en conflictos originados en Corinto donde grupos de cristianos se mundanizaban. Les escribió una carta que todavía conservamos.

Muertos de hambre miran el reloj: para siempre

De niño me contaban dos cosas del infierno bastantes gráficas. En su pared hay un gran reloj que se ve desde todos lados. Con frecuencia miran sus habitantes la hora, y el reloj siempre marca la misa hora: «para siempre». La otra imagen de aquel lugar que se me quedó grabada es ésta: allí hay mucha comida, pero se mueren de hambre. En el gran comedor se sirven abundantes manjares, platos repletos, y también tenedores y cucharas para comerlos… pero los cubiertos son muy largos, tan largos que ninguno es capaz de llevar hasta su boca el alimento. Si le diesen al que tienen enfrente, estaría todo resuelto, pero allí es tan fuerte el egoísmo que no son capaces de dar nada a nadie.

No nos gusta hablar del infierno. Pero es Jesucristo el que nos habla de él en muchas ocasiones en el Evangelio. ¡Y no vamos a decir nosotros que está mal hablar del infierno si Dios lo hizo!

Santa Teresa vio el infierno en varias ocasiones. Así lo describió:

* «Estando un día en oración me encontré toda yo, sin saber cómo, metida en el infierno… Parecíame la entrada como un callejón muy largo y estrecho, como si fuera un horno muyhondo y oscuro y angosto; el suelo me pareció de agua como lodo muy sucio y de olor pestilencial, con muchas serpientes venenosas; al fondo, en un hueco metido en la pared como un armario, vi que me metían muy apretada. Todo esto es agradable de ver en comparación de lo que allí sentí.

* «Sentí un fuego en el alma que yo no puedo entender cómo poder decir de la manera que es. Los dolores corporales son tan insoportables, que yo, que los he sufrido gravísimos en esta vida y, según dicen los médicos, los más dolorosos que puedan existir…, aseguro que ninguno se puede comparar a lo que allí sentí, sabiendo además que aquello era sin fin y sin jamás cesar.

»Y esto no es nada en comparación del agonizar del alma, una opresión, una asfixia, una tristeza tan inmensa y con desesperada y afligida amargura, que yo no sé cómo encarecerlo. Decir que es un estarse siempre arrancando el alma es poco, porque aún parece que es otro quien os quita la vida; pero en el infierno es el alma misma la que se despedaza.”

* »Estando en tal pestilencial lugar, tan sin poder esperar consuelo, no podía sentarme ni acostarme ni había lugar para ello, aunque me habían metido en esta especie de agujero hecho en la pared; porque estas paredes aterradoras aprietan ellas mismas y todo ahoga. No hay luz, sino todo tinieblas oscurísimas: yo no entiendo cómo puede ser esto que, sin haber luz, todo lo que ha de producir pena, se ve.

Vi con cuánta justicia se merece el infierno por un solo pecado mortal.»

Quien vive sin Dios, ¿no es verdad que sufre en su corazón algo del infierno descrito por santa Teresa?

Señor, no quiero alejarme de ti. Te pido y ofrezco todo el día de hoy por todos los que experimentan el infierno en su corazón. Señor, que descubran la luz y la libertad, que se sepan amados. ¡Madre mía, antes morir que pecar! Cuando note la tentación, recuérdame esta jaculatoria, y ayúdame.

Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.

11-22

Santa Cecilia, Virgen y Mártir. Siglo III

De familia noble romana, se bautizó con 13 años. Logró la conversión de su marido y su cuñado, después mártires. Es la patrona de la música.

Soltar el sapo

Por caminos de montaña es frecuente encontrar fuentes naturales, agua que mana de entre las rocas. Muchas veces los aldeanos de los pueblos hacían una pequeña cavidad donde reposaba el agua y le ponían un caño: así resulta más cómodo aprovecharla.

Cualquier aldeano que pasase por allí, si veía que el caño no echaba agua, sabía que lo más probable era que se hubiera metido una cría de sapo, y que pasado el tiempo, crecida y engordada la cría, ahora obstruía el caño. Por eso no salía agua. La solución era sencilla: meter un palo por el caño hasta sacar el sapo. De nuevo manaba agua la fuente.

Con los hombres sucede a veces algo parecido; cuando las cosas empiezan a ir peor, muchas veces es porque hay un sapo: algo de nuestra vida en lo que no somos sinceros, algo que escondemos a la luz de la verdad, algún rincón que no abrimos con quien nos puede ayudar —por ejemplo en la dirección espiritual—, algo que no queremos reconocer, o que reconocemos y callamos, algo que ocultamos.

Es lógico. Cuando san Juan habla de la venida de Jesús, pone una imagen en la que es insistente: Jesús es la luz. «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz luce en las tinieblas, pero las tinieblas no la acogieron» (1, 4-5). «Existía la luz verdadera, la que ilumina a todo hombre…» (v. 9). «Vino la luz al mundo, pero los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas» (3, 19). «Éste es el mensaje que hemos oído de él y os anunciamos: que Dios es luz y que en él no hay tiniebla alguna» (1 Jn 1, 5)… Luz, todo claro, luminosidad y a la vista. ¿No te parece que cuando ocultamos algo notamos oscuridad dentro de nosotros? ¿Verdad que si vivimos en la mentira y mintiendo, la tiniebla se toca? Tenemos que soltar el sapo, ser claros y sinceros sobre todo en la confesión porque «si caminamos en la luz, como él está en la luz, estamos en comunión unos con otros, y la sangre de su Hijo Jesús nos purifica de todo pecado» (v. 7).

Señor, que cuando llegue el juicio no haya ningún secreto. Que en la confesión y en la dirección espiritual sea sencillo. ¿Hay algo, Señor, que haya ocultado? ¿Tengo algún sapo? Madre mía, quiero ser sincero: ¡cómo me cuesta a veces! ¡Ayúdame!

Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María… si tienes algún sapo, háblalo con él. Después termina con la oración final.