10-11

Santa Soledad Torres Acosta, Fundadora de las Siervas de María. Siglo XIX.

De Madrid, alimentada la idea de don Miguel Martínez, sacerdote de Chamberí, funda las Siervas de María para cuidar y atender a los enfermos desamparados en sus propios domicilios y disponerles a bien morir allí donde la enfermedad les ha postrado.

El perro atado

Explicaba santo Tomás que las tentaciones son como un perro atado por una cadena. Puede ladrar, agitarse y dar tirones, pero no hay problema porque la cadena no puede romperla. Uno no debe tener miedo al perro. Sencillamente, lo que debe hacer es no acercarse demasiado, no meterse dentro de la zona a la que el perro puede llegar.

Las tentaciones, como mucho, nos pueden dar un susto inicial. Pero miedo nunca. Eso sí: no acercarnos, no meternos dentro. Hablando de perros, tuve una buena experiencia.

Iba en bicicleta de montaña por Oyarzun, por caminos de piedra con algún que otro caserío disperso por el cerrado valle. Cuando bajaba una pendiente pronunciada que terminaba en una fuerte subida, aparece en la hondonada lo más temido por un ciclista: perros sueltos. Eran dos, uno enorme y otro más chico. Empiezan a ladrar con furia mientras corren hacia mí. Era absurdo dar la vuelta y ponerme a subir. Irme hacia otro lugar, imposible, pues el camino estaba flanqueado por dos tupidos bosques llenos de maleza y en pendiente. No podía hacer nada. La verdad es que pasé miedo. De forma irreflexiva, cuando los tenía como fieras enfurecidas ya a cinco metros, lancé un grito que sonó en todo el valle como un trueno: ¡NOOOOOO! Yo mismo me quedé sorprendido de la contundencia y energía del grito. Los perros también, pues se quedaron quietos en el momento asustados por mi furia. Paralizados ellos, pasé sin problema.

Así se lucha contra la lujuria. ¡Noooooo! Sin dialogar. A distancia. Sin miedo. ¡No dialogar con las tentaciones! Desde el primer momento, gritar ¡Noooooo!

Señor, cortaré desde el principio, evitaré las ocasiones, diré un rotundo «no», sin dialogar, porque quiero mantener el corazón puro y limpio. Que sólo sepa amar. Además, que no olvide que tú nunca permites que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas. Gracias, Señor, por vivir conmigo, junto a mí, y en mí.

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final. 

10-10

Santo Tomás de Villanueva. Siglo XV.

De Ciudad Real, Ingresó en la Orden de los Agustinos de Salamanca y fue ordenado sacerdote. Sobresalía por su caridad. Llegó a ser arzobispo de Valencia, en contra de su humilde voluntad, y destacó por sus sermones, que hacían arder y conmover corazones.

Templado

Un estudiante de arquitectura me contaba a la vuelta del verano que había estado en Tierra Santa con su familia. Había disfrutado y había rezado bien. Pero le alegraba de manera singular el hecho de que se había dado cuenta de lo que le pedía el Señor. Esto es lo que le había hecho saber el Maestro: «Si vives continuamente en los excesos, no podrás entenderte conmigo.» Decidió hacerle caso y pronto se estaba dando cuenta de que tenía toda la razón. No salir hasta las mil, no beber en exceso, no dormir en exceso, no estar en el ordenador en exceso, no comer en exceso, no… La formulación positiva sería ésta: ¡ser templado en todo!

El temple es un tratamiento térmico que consiste en calentar un metal a altas temperaturas y enfriarlo después en agua a gran velocidad. De esta manera se consiguen mejorar algunas propiedades del metal, por ejemplo, la dureza. Así, si se habla de una espada templada o con temple, lo que se dice que es una espada flexible pero superdura.

Pues bien: el hombre templado adquiere la dureza y flexibilidad necesaria para seguir a Cristo, entenderse con él y ser capaz de amar con obras a los demás.

Contra la gula, templanza. La templanza se logra con vencimientos pequeños, en cosas pequeñas que, a veces, suponen gran esfuerzo. Un ejemplo gráfico lo cuenta santa Teresa de Lisieux:

«Durante mucho tiempo, en la oración de la tarde estuve colocada delante de una hermana que tenía una rara manía (…). Apenas llegaba esta hermana, se ponía a hacer un ruido extraño, semejante al que se haría frotando las conchas una contra otra. Al parecer, nadie se apercibía de ello más que yo, pues tengo un oído extremadamente fino (demasiado a veces). Imposible me resulta, Madre mía, deciros cuánto me molestaba aquel ruidillo. Sentía grandes deseos de volver la cabeza y mirar a la culpable (…); ésta hubiera sido la única manera de hacérselo notar. Pero en el fondo del corazón sentía que era mejor sufrir aquello por amor de Dios y por no causar pena a la hermana. Así que permanecí tranquila, procurando unirme a Dios y olvidar el ruidillo… Pero todo era inútil; me sentía bañada en sudor; y me veía obligada a hacer sencillamente una oración de sufrimiento. Pero al mismo tiempo que sufría, trataba de hacerlo, no con irritación, sino con alegría y con paz, al menos en lo íntimo del alma. Me esforzaba por hallar gusto en aquel ruidillo tan desagradable; en lugar de procurar no oírlo (cosa que era imposible), ponía toda mi atención en escucharlo bien, como si se tratara de un concierto maravilloso, y toda mi oración (que no era precisamente oración de quietud) se me pasaba en ofrecer a Jesús aquel concierto.»

Quiero, Señor, ser templado. ¿En qué vivo con exceso? ¿En qué asuntos pequeños puedo templarme? Necesitas que sea fuerte para seguirte y amar. Quiero vivir esas peleas conmigo mismo, esas que sólo tú ves… pero que me hacen capaz de cosas grandes. Dame, Señor, la virtud de la templanza para poder vivir las siete virtudes capitales. Danos la templanza a todos tus hijos para que podamos entendernos contigo.

Puedes repasar con élalgún aspecto en el que habitualmente te mueves en el exceso. Coméntalo con él, y mira si te decides o no a ser templado en eso. Si ves que te supera, no te preocupes, y dile que te gustaría ser templado en eso, y que cuentas con él: deséalo. Después puedes terminar con la oración final.

10-09

San Dionisio, Primer Obispo de París. Siglo III.

Fundó muchas iglesias y sufrió el martirio en 272 junto con Rústico y con Eleuterio. san Dionisio fue llamado por san Atanasio como «Maestro de la Iglesia Católica» por su gran sabiduría. Nació pagano y sus primer acercamiento al cristianismo fue el estudio de la Biblia.

Un día no sintió que el agua le quemase los pies

El 19 de marzo de 1864 llegó al puerto de Honolulú, en el interior de la ciudad de Honolulú, un joven llamado Damián como misionero. Damián fue ordenado sacerdote allí mismo a los cinco días de su llegada, en la catedral de Nuestra Señora de la Paz. Trabajó en varias parroquias en la isla de Oahu durante un tiempo muy especial para aquel reino, pues sufría una importante crisis de salud.

Hawai tenía mucho tránsito de comerciantes. Algunos de estos llevaron a la isla enfermedades que los nativos hawaianos nunca habían padecido y para las que estaban indefensos. Muchos hawaianos murieron por la gripe, por la sífilis y por otras enfermedades nuevas para ellos. Una de las más agresivas enfermedades que entró en la isla fue la lepra.

El rey Kamehameha IV tuvo miedo de que se esparciera la plaga y decidió apartar del reino a los leprosos. Estableció una colonia para ellos en el norte, en la isla de Molokai, y obligó a trasladar a esta isla a todos los contagiados por la lepra. La Royal Board of Health los proveyó con suministros y comida, pero no tenían todavía los medios apropiados para ayudarles médicamente.

El responsable de la Iglesia en la zona, el vicario apostólico Louis Maigret, tenía la preocupación de que los nuevos habitantes de la isla de Molokai estuviesen atendidos por un sacerdote que les administrase los sacramentos y les dispensase un mínimo de atención espiritual. Damián llevaba un año de sacerdote y le habían asignado a la Misión Católica en el norte de la isla de Hawai. Sin embargo, Damián pensó y rezó mucho una inquietud que llevaba dentro, hasta que un día se dirigió al vicario apostólico y le solicitó permiso para ir a la isla de Molokai: quería encargarse de atender a aquellos enfermos.

El lugar estaba rodeado de montañas. Había seiscientos leprosos viviendo allí. Cuando llegó Damián, aquella isla era una auténtica «colonia de la muerte» donde la gente se veía forzada a pelear entre sí para lograr sobrevivir. El plan del Rey no buscaba esto, pero de hecho parece que el gobierno fue negligente en proveer recursos y apoyo médico, y muy pronto se había creado un enorme caos en aquel lugar.

La primera misión que se impuso Damián fue construir una iglesia y establecer una parroquia que dedicaría a santa Filomena. Su llegada significó un punto de inflexión para la comunidad. Bajo su liderazgo, las leyes básicas se restablecieron, se volvieron a pintar las casas, a trabajar en las granjas, algunas de ellas se convirtieron en colegios…

Una isla de leprosos. Gente abandonada por la sociedad, muriendo en la más completa desolación, sin esperanza de curación, sin esperanzas de nada. Marginados, despreciados, olvidados. Un hombre sano llegó a vivir con ellos para demostrarles que sí importaban. Damián quería que sintieran que eran dignos de ser considerados como hermanos. Les llevó un mensaje de consuelo y de esperanza en la verdadera vida. Lo hizo, consciente de que tarde o temprano pasaría a ser uno de ellos y que así moriría.

Al poco tiempo la isla ya no era una colonia de muerte. Morían, sí, pero los enfermos habían vencido su amargura. Construyeron viviendas dignas, un hospital y una casa de oración. La sonrisa recorrió la isla por vez primera. Los enfermos comenzaron a ayudarse, a curar las heridas de los más graves, a acompañarse. El Padre Damián les alegró sus últimos días, y les entregó el amor que todos necesitamos, especialmente los débiles, pobres y enfermos.

Un día, según recogen los diarios, en diciembre de 1884 —habían pasado casi veinte años— Damián se dirigió a su ritual matutino de introducir los pies en agua hirviendo. Aquel día no sintió calor en los pies: aquel día supo que se había contagiado con la lepra. A pesar del descubrimiento, los residentes señalan que el padre trabajó incansable construyendo cuantas casas pudo y planificó la continuación del programa que había creado para cuando él se hubiera ido.

Hasta aquí, algunos datos de la vida del padre Damián. Ahora, un comentario de alguien que escribía en una web:

«Lo del padre Damián fue, sencillamente, una estupidez. El padre Damián no curó un solo leproso. Fue a Molokai a convivir con los leprosos y contraer él mismo la lepra, o sea, aumentar el censo de leprosos. Los leprosos de Molokai necesitaban que alguien les sanase de su enfermedad; no necesitaban de ningún tonto que enfermase como ellos y adquirir la lepra sin más es estúpido. El gesto del padre Damián hubiera estado justificado si, a cambio de adquirir él la enfermedad, hubiesen sanado dos o tres enfermos. Aunque hubiera sido uno por uno. Sacrificarse él por salvar a un semejante. Pero es que ni eso. No sirvió para nada.»

¿Qué te parece? El padre Damián no sanó a dos o tres enfermos. En cambio a todos les alivió esa penosa enfermedad. Y todos sabemos que cuando una enfermedad no puede sanarse, al menos podemos tratar de aliviar el dolor. El padre Damián sí que lo hizo. Y a quien le parezca tontería es que no ha visto sufrir.

Contra la avaricia, generosidad. El padre Damián es un ejemplo de generosidad… pero ¿por qué el internauta lo ve como una tontería? ¿No es verdad que también a mí me parece tonto el generoso? ¿Dar sin recibir, entregar sin que haya reconocimiento, prescindir de algo de lo que puedo disfrutar, privarme de algo porque sí… no me parecen tonterías?

Es que «no se puede servir a dos señores, a Dios y las riquezas» (Mateo 6, 24). Si vivo apegado a las riquezas, dejo de entenderme con Dios, me resulta cada vez más extraño, y sus enseñanzas nos parecen imposibles… ¡no cuelan!

Cuando nos hacemos materialistas, cuando vivimos muy cómodamente y disponemos de cada minuto a la carta, cuando dentro de nuestras posibilidades hacemos lo que nos da la gana y no sabemos prescindir libremente de nada, cuando somos avariciosos —aunque la palabra suene muy mal, todos lo somos— y siempre queremos tener más, cuando medimos a las personas por lo que tienen… cuando ocurre esto resulta que hay palabras que pasan a ser incomprensibles, ridículas, estúpidas.

Amor, entrega, compromiso, sacrificio… ¿qué quieren decir? ¿Tienen sentido? ¿No son formas de someterse tontamente que impiden vivir la vida? Entonces, el amor lo reducimos a sentimientos o a hacer algo físico; la entrega nos extraña o nos da pena porque sólo un pobre hombre es capaz de perderlo todo por nada; el compromiso nos parece algo jurídico que mejor evitar o romper en el momento en que no nos interese; el sacrificio suena a masoquismo sin sentido que atenta contra el valor fundamental de la salud…

Quien sirve a las riquezas no es capaz de entender el cristianismo ni al padre Damián, no entiende a Dios. Ya nos lo advirtió: «Los cuidados del siglo y la seducción de la riqueza sofocan la palabra» (Mateo 13, 22).

Señor, no me abandones. Quiero mantener mi corazón libre de las riquezas…

Comenta con tus palabras lo leído, si entiendes esas palabras de amor, sacrificio, entrega… y puedes manifestarle expresamente tu deseo de servirle solo a él.

10-08

Santa Pelagia de Antioquía, Virgen y Eremita. Siglo V.

Se la presenta como una de las más insignes pecadoras del mundo, allá por la segunda mitad del siglo V. Tras su encuentro con Nono, anacoreta de Tabenas, se dedicó a la penitencia. Murió disimulando con una máscara su condición de mujer, habiéndose hecho llamar Pelagio.

Empozoña con tu veneno a Aglauros

El mito narrado en la Metamorfosis cuenta lo siguiente. El bello dios Mercurio decidió abandonar el cielo y dirigirse a la tierra para enamorarse de Herse, una de las tres hijas de Cécrope. Pasó delante de la casa de las tres hermanas, pero la primera que salió a su encuentro no fue Herse, sino su hermana Aglauros. Mercurio le dijo el motivo de su viaje —enamorarse de su hermana Herse—, y le pidió que hiciese lo posible para ayudarle a conseguir el amor de su hermana.

Aglauros lo escuchó, y en ese mismo momento una diosa quiso introducir en Aglauros la envidia. Entonces, dice el mito, la diosa se dirigió a la casa de la Envidia, «sucia de negra sangre cuajada», para hacerle el encargo. Así describe la casa:

«Es una casa oculta en un valle profundo, privada de sol, no accesible a ningún viento, lúgubre, transida de un frío que paraliza, y que, desprovista siempre de fuego, está siempre sumida en tenebrosa bruma.»

Cuando llega, llama a la puerta con la punta de su lanza. «Al golpe se abren las dos hojas; ve dentro a la Envidia comiendo carne de víbora, adecuado alimento de su veneno, y al verla aparta la diosa los ojos. Pero la Envidia se levanta pesadamente de la tierra, abandona los cuerpos a medio comer de las serpientes, y avanza con paso lánguido (…) En su rostro se asienta la palidez, en todo su cuerpo la demacración, nunca mira de frente, sus dientes están lívidos de moho, su pecho verde de hiel, su lengua empapada en veneno; no hay en ella risa, salvo la que produce el espectáculo de la desdicha, y no goza del sueño, despierta siempre por desvelados afanes; ve la felicidad de los hombres que le molesta y se consume de verla; hace daño y se hace daño a la vez, y es ella su propio suplicio.»

Entonces, la diosa le da el encargo a Envidia: «Emponzoña con tu veneno a una de las hijas de Cécrope; es necesario; se trata de Aglauros.» Así lo hizo Envidia, y «una vez que ha entrado en la habitación de la hija de Cécrope, ejecuta lo ordenado.»

Las características del envidioso quedan formidablemente descritas en lo que hace Envidia a la bella Aglauros: «Le toca el pecho con su mano enmohecida, le llena el corazón de espinas punzantes, le sopla dañina pestilencia y difunde por sus huesos y derrama en mitad de sus pulmones un veneno negro como la pez. Y para que los motivos de pesar no se extiendan a una amplia zona, le pone delante de los ojos la imagen de su hermana, del feliz matrimonio de su hermana y del dios Mercurio en toda su belleza, y todo lo presenta agrandado. Irritada por todo ello, la Cecrópide sufre la mordedura de secreto sufrimiento, y angustiada de noche y de día, gime y se va consumiendo la desdichada en lento acabamiento, como el hielo herido por un sol vacilante; la ventura de la dichosa Herse la devora tan inexorablemente como cuando se prende fuego por debajo a hierbas espinosas que sin producir llamas se van quemando en tibio calor.

Así es la envidia. Todos tenemos alguna experiencia: consume y llena el corazón de espinas, no se soporta lo bueno que disfruta el otro, envenena, hiela… No debemos extrañarnos de sentirla, pero… una cosa es sentirla y otra bien distinta consentirla. Cuando sintamos envidia, con toda paz acudimos a nuestro Salvador y le decimos que no queremos esos sentimientos, que actuaremos en contra de lo que nos sugiere la envidia, le pedimos que nos cambie el corazón hasta alegrarnos por el bien del otro… y poco a poco Él nos va transformando. Pero lo primero es lo primero: reconocerla.

Líbrame, Dios mío, de la envidia. La siento a veces, pero no quiero dejarme dominar por ella. Una cosa es que la sienta, y otra que la consienta. Cuando la sienta, con tu ayuda, la combatiré.

Puedes comentarle ahora con quiénes sientes envidia, por qué, y pedirle que sane tu corazón. Después puedes terminar con la oración final.

10-07

Nuestra Señora del Rosario, Advocación Mariana.

Tiene su origen hacia el siglo IX, como una simplificación del Salterio y se extiende rápidamente por los laicos iletrados como una sencilla oración. El rosario es una corona de rosas que regalamos a nuestra Madre.

Un arma poderosa

Pablo VI fue papa en la segunda parte del siglo XX, tiempo en que hubo guerras: una guerra fría —estaba como congelada, no había tiros, pero un gran conflicto entre Rusia y Estados Unidos— y muchas guerras calientes en distintas partes del mundo. En este clima sorprendió que el Papa hablara de un arma poderosa de los cristianos. Se refería al Rosario.

Resulta sorprendente pero muy acertado. Los cristianos estamos en guerra. Queremos que el bien triunfe, queremos combatir el mal, el pecado, el odio, el egoísmo. Y un arma poderosa es el rezo del Rosario.

Como sabes, el Rosario es una oración en la que repetimos muchas veces las mismas oraciones: el Avemaría, el Padrenuestro, el Gloria. Decirle una y mil veces que ella es madre, llena de gracia y bendita entre todas la mujeres, que ruegue por nosotros ahora, que ruegue también en la hora de nuestra muerte. No usamos la coacción, ni argumentos difíciles… Sencillamente, como un niño pequeño, reconocemos que nosotros solos no podemos y que ella tiene que cuidarnos… con sencillez nos abandonamos en su cariño. ¡Ésa es nuestra arma poderosa!

El rezo del Rosario contiene el rezo de cinco misterios. Al enunciado de cada misterio continúa la oración de un Padrenuestro, diez Avemarías y un Gloria. Como decía Pablo VI, cada misterio es poderoso. Mientras vamos por la calle a cualquier sitio, en el autobús o en el metro, podemos rezar un misterio del rosario, como quien prepara una bomba de bondad, y arrojarla sin que nadie la vea: por ese amigo que lo pasa mal, por un familiar que necesita ayuda, por un conocido que se deja dominar por el mal, por todos los que hoy morirán, por quienes están en los hospitales… Con el rosario vamos haciendo la guerra discreta y eficazmente.

Cuentan que Juan Pablo II, entre una visita y otra, en viajes, en esperas… tenía el hábito de empuñar un rosario y rezar misterios. En alguna ocasión un periodista le preguntó cuántos rosarios rezaba diariamente. Contestó que ese día iba por el cuarto rosario. Él conocía muchas necesidades y quería ayudar eficazmente. Lo hacía también así: con el arma poderosa.

Cuando a Teresa de Calcuta le entregaron el Premio Nobel, las cámaras de televisión le enfocaron mientras la presentaban y daban algún discurso. ¿Qué se vio? Que ella estaba sentada en su sitio con un rosario en la mano, pasando avemarías.

Hoy, 7 de octubre, celebramos la fiesta de Nuestra Señora del Rosario. El mes de octubre, por eso, es el mes del Rosario. Ojalá cojamos la costumbre de rezar todos los días de este mes, al menos, un misterio del Rosario; quizá, aprovechando nuestros desplazamientos. Y ojalá al principio de cada misterio le digamos a María el destino de esa bomba de bondad y de gracia: ¡Por este asunto! Cuánto podemos ayudar sin que se vea.

Dios te salve, María, llena eres de gracia. El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres, y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. Gracias, Madre, por escucharme cada vez que te digo estas palabras.

Puedes comentar ahora con María que usarás de esta arma poderosa, que te consiga más fe, cuándo puedes rezar algún misterio, y que te gustaría decirle con cariño cada Avemaría.

10-06

San Bruno, Fundador de los Cartujos. Siglo XII.

De Colonia (Alemania), se ordenó sacerdote y fue profesor de Teología durante 18 años. Fundó La Cartuja. Redactó el reglamento de silencio perpetuo y vivir incomunicados con el mundo para hacer gran penitencia por los pecadores. Fue consejero del Papa Urbano II.

La dolce vita

La actriz Anita Ekberg protagoniza la famosa película titulada La dolce vita, título que toma la expresión italiana para referirse a la vida fácil y placentera, cómoda e indolora. La película fue dirigida por Fellini, quien contaba algo verdaderamente sorprendente que ocurrió el día que debían filmar la última escena del film. Ésta se desarrollaba en un coche situado en el plató, dentro del cual se encontraba Anita. Una vez filmada la escena, con la que terminaba su papel en la película, ella se echó a llorar y se negó a abandonar el coche agarrándose al volante. «Tuvieron que utilizar una suave violencia para sacarla del estudio.»

No tiene mucho sentido pero podemos hacer un esfuerzo por ponernos en su lugar. Anita no quería que aquello terminase, no deseaba volver a la vida normal, desprenderse de lo que durante un tiempo la había acompañado y de lo que había disfrutado. Pero… el coche y todo lo demás no se lo podía llevar con ella.

A esto se refiere Jesús cuando dice que nos guardemos «de toda avaricia, pues aunque uno abunde en bienes, su vida no depende de aquello que posee. Y les propuso una parábola: las tierras de un hombre rico dieron mucho fruto. Y pensaba para sí: “¿Qué haré, pues no tengo donde almacenar mi cosecha?” Y dijo: “Esto haré: destruiré mis graneros y los construiré mayores, y allí guardaré todo mi trigo y mis bienes. Entonces diré a mi alma: alma, tienes ya muchos bienes almacenados para largos años: descansa, come, bebe y pásalo bien.” Pero Dios dijo: “¡Insensato!, esta misma noche te pedirán tu alma. Y lo que has preparado, ¿para quién será?” Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios» (Lucas 12, 15-21).

Parece que algunos tienen el cerebro o el corazón en forma de dólar. Como si necesitasen hacer saber a todos que tiene mucho dinero, o que tal cosa que han comprado es carísima, o que al menos sus abuelos estaban forrados. Tener y parecerlo, o lo que es peor, no tener y querer aparentar que se tiene.

Es más interesante ser rico ante Dios. La riqueza espiritual, ésa sí que vale, y ésa sí que nos la llevamos a la otra vida. Como Anita Ekberg, un día tendremos que abandonar el plató.

Señor, tú quisiste nacer pobre, vivir modestamente, y morir desnudo. Pero eso sí: con una riqueza interior infinita. Que tenga tu estilo. Que desee más los bienes espirituales que los materiales. Que no ponga mi interés en la vida cómoda, sino en la vida enamorada. Que valore más ser que tener. Que me fije más en las personas y menos en las vestimentas.

Éste es el momento de hablarle con tus palabras, y manifestarle tus deseos de vivir pobre de espíritu.

10-05

San Froilán de León, Eremita y Obispo. Siglo IX.

De Lugo, mientras se preparaba para ser sacerdote hacia los 18 años, entra en crisis y se hace ermitaño. Es elegido obispo de León en el año 900 y muere años después en esta ciudad, quedando enterrado en su Catedral. 

Las siete cabezas

En todas las zonas geográficas hay muchas ciudades o pueblos. A uno de ellos se le nombra la capital. Capital es una palabra que viene del latín y significa «principal», «el que está a la cabeza». También los pecados que cometemos son muchos y variados, pero desde los primeros siglos del cristianismo grandes teólogos, como san Juan Casiano y san Gregorio Magno, han distinguido siete pecados que son los capitales. No en el sentido de que sean los más graves, sino porque son los principales: todos los pecados tienen su origen en uno de esos siete, esos siete están a la cabeza de otros muchos, en ellos se encuentra la raíz de los demás.

Te habrás fijado en que estos días de octubre nos hemos referido a la humildad de san Francisco de Borja, a la pobreza de san Francisco de Asís, a la caridad de Teresa de Lisieux… Éstas son algunas de las virtudes capitales, porque a los siete pecados capitales se le oponen siete virtudes capitales. Seguramente te sabrás la lista de memoria:

Contra soberbia, humildad

Contra avaricia, generosidad

Contra lujuria, castidad

Contra ira, paciencia

Contra gula, templanza

Contra envidia, caridad

Contra pereza, diligencia.

A lo largo del mes seguiremos considerando algunos aspectos de estas virtudes y pecados principales. Nos conviene admitir una verdad de partida: todos tenemos una facilidad tremenda hacia los siete pecados capitales. No tenemos que asustarnos de ver que así somos; es más, debemos alegrarnos profundamente cuando descubramos en nosotros que en el fondo nos mueve cualquiera de ellos: así somos los hijos de Adán y Eva, y por eso Jesús dice que viene a salvarnos del pecado: porque el pecado tiene demasiada fuerza en nosotros.

Jesús puso esta parábola «a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás»: «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo.”

»El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.

»Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.» (Lucas 18, 9-14).

¡Qué importante es que nos reconozcamos pecadores! ¡Porque lo somos! ¡Porque la fuerza de esos pecados está dentro de nosotros! ¡Si no nos damos cuenta, nos tendremos por justos como el fariseo de la parábola! Que, como el publicano, reconozcamos al mismo tiempo que somos pecadores y que Dios quiere limpiarnos, sanarnos, salvarnos por medio de Jesús: ¡él es nuestro Salvador!

Gracias, Dios mío, porque me conoces y me quieres como soy. Reconozco que soy pecador. Sí, hoy mismo he sido pecador. Pero tú me quieres libre, libre del pecado, y por eso me das tu perdón y tu gracia. Quieres limpiarme y matar el pecado que hay en mí, de manera que cada vez más sea tu fuerza la que me mueva, y no la fuerza del pecado. Y ahora te digo que quiero luchar, y contra soberbia, humildad; contra… (sigue tú diciéndole los siete). No me dejes nunca ser como el fariseo de tu parábola.

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios: pídele que no te resistas a reconocer que eres pecador, que cada uno de los siete pecados capitales están en ti. Después, pídele con fuerza con las palabras de la oración final.

10-04

San Francisco de Asís, Fundador de la Orden de los Franciscanos. Siglo XII.

Tras combatir en el ejército, se dedicó a la oración. Por petición de Jesús, arregló la iglesia de San Damián. Su orden, que se distinguía por su gran capacidad de servicio a los demás, creció más allá de los Alpes y tenían misiones en España, Hungría y Alemania.

Francisco de Asís y la alegría perfecta

Un día de pleno invierno iba san Francisco desde Perusa a Santa María de los Ángeles con fray León. Hacía un frío que pelaba. Fray León iba por delante, y san Francisco le llamó y le dijo: «Fray León, aunque el hermano menor supiera predicar tan bien que convirtiera a todos los infieles a la fe en Cristo, escribe que no está en eso la alegría perfecta».

Fray León, desconcertado, le preguntó: «Padre, te ruego en nombre de Dios que me digas en qué está la alegría perfecta». Y san Francisco le respondió: «Figúrate que al llegar a Santa María de los Ángeles, empapados por la lluvia y helados de frío, llenos de barro y muertos de hambre, llamamos a la puerta del convento y el portero monta en cólera y nos dice: “¿Quiénes sois vosotros?”, y nosotros le respondemos: “Somos dos hermanos vuestros”, y él dice: “Mentirosos, sois dos bellacos que vais engañando al mundo y robando las limosnas de los pobres. ¡Marchaos de aquí!” Cuando no nos abra, tendremos que patear fuera por el frío y el hambre hasta la noche; si sabemos soportar entonces con paciencia injurias y bufidos, sin perder la calma y sin murmurar contra él, sabiendo que este portero nos conoce y que es Dios el que le hace hablar así contra nosotros, hermano León, en eso está la alegría perfecta.

«Escucha la conclusión, hermano León: por encima de todas las gracias de Dios y de todos los dones que Cristo da a sus amigos, está la de vencerse a sí mismo y soportar con gusto por el amor de Cristo los trabajos, las injurias, las humillaciones y las incomodidades; porque no podemos gloriarnos de todos los demás dones de Dios, pues no vienen de nosotros sino de Dios, como dice el Apóstol: ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿de qué te glorías, como si no lo hubieras recibido?»

Hoy celebramos a san Francisco. Se habla de Francisco como el gran maestro de la pobreza. Su padre era un mercader riquísimo, y Francisco dejó toda posesión, repartió sus bienes, vistió con saco y vivió sin nada. Sin embargo, la pobreza de vivir sin calefacción, sin comodidades y sin dinero no es la pobreza más radical. La pobreza que todos los cristianos hemos de vivir es la que él explica al monje que le acompaña: estar desprendido de uno mismo, de lo que digan de mí, de la fama, del honor… Dominio de uno mismo —le dice—, y vivir con paz y alegría cuando opinan mal, cuando me critican sin razón… y cuando quienes critican no son los enemigos, sino el mismo fraile que vive con uno; esto es, los de tu casa, los amigos…

¿Cómo reacciono cuando me entero de que alguien ha hablado mal de mí? ¿Y cuando me malinterpretan, con buena o mala intención? ¿Y cuando digo «a» y dicen que he dicho «b»? Repasa lo que dice san Francisco, y háblalo con el Señor.

Señor Dios, que en el pobre y humilde Francisco de Asís has dado a tu Iglesia una imagen viva de Jesucristo, haz que nosotros, siguiendo su ejemplo, imitemos a tu Hijo y vivamos, como este santo, unidos a ti en el gozo del amor. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Continúa hablándole con tus palabras, quizá comentando la última vez que has sufrido alguna incomprensión, cómo has reaccionado y cómo te gustaría hacerlo en adelante. Después puedes terminar con la oración final.

10-03

San Francisco de Borja. Siglo XVI.

De Gandía, entró en la Compañía de Jesús tras la muerte de su esposa, Leonor de Castro, y como consecuencia de su encuentro con San Ignacio de Loyola. Fue un organizador infatigable y siempre encontró tiempo para dedicarse a la redacción de tratados de vida espiritual.

Ya no serviré más a señor que se pueda morir

El emperador Carlos V ha sido quizá la persona que logró el poder más extenso sobre el mundo. Tanto territorio estaba bajo su corona que tenía a gala poder decir que el sol nunca se ponía sobre su reino, porque en alguna parte de su reinado siempre era de día. Uno de sus hombres más cercanos fue un joven de Gandía (Valencia), Francisco de Borja. Fue duque, caballero, virrey de Cataluña… tuvo altos cargos. Era una buena persona, hombre de una pieza, que un día concreto dio un giro importante a su vida:

La mujer de Carlos V, la emperatriz Isabel de Portugal, murió en 1539 y su cadáver fue llevado a Granada, según deseo de su esposo. El cadáver de la bellísima emperatriz fue escoltado por nobles y militares y, al llegar a la entrada de Granada el 16 de mayo de 1539, su ataúd fue abierto para verificar su contenido: el olor y la fealdad resultaron insoportables. Al ver en qué estado habían quedado los restos de la hermosísima Isabel, Francisco de Borja dijo muy seriamente: «Ya no serviré más a señor que se pueda morir.»

La lección quedó bien aprendida. Algún año más tarde su mujer enfermó. Escribía a su amigo Pedro Fabro, después de decir que ella estaba mejor de salud: «Bien sé que no son grandes sino los que se conocen por pequeños; ni son ricos los que tienen, sino los que no desean tener; ni son honrados, sino los que trabajan para que Dios sea honrado y glorificado.»

Siete años más tarde murió su mujer, con la que había tenido ocho hijos. Francisco de Borja tenía 36 años. Entonces, entró en la Compañía de Jesús. Cuentan que llamaba la atención su humildad: buscaba los trabajos más simples, como barrer, acarrear la leña, ayudar en la cocina… Había aprendido que las cosas de este mundo son engañosas. Hasta entonces había mandado, había tenido mucho poder y todas las comodidades a su gusto… pero ¡ya no serviré más a señor que se pueda morir! Servir a riquezas, a comodidades y fama, a dinero y reyes… no vale la pena: todo eso es efímero, se acaba, se pudre como el cuerpo de Isabel. Descubrió lo vano que es la vanidad.

¿No es verdad que a veces somos vanidosos? Vanidad es una palabra que viene de la palabra latina vanus, que significa «vacío», «hueco». Ser vanidoso significa que se vive dando importancia a cosas que no tienen valor, vivir una vida vacía, hueca, sin un contenido que tenga valor e interés.

Hoy, día de san Francisco de Borja, puedes hablar con Dios y pedirle que te ayude a descubrir la vanidad que hay en ti.

Tú, Señor, que concediste a san Francisco de Borja el don de imitar con fidelidad a Cristo pobre y humilde, concédenos también a nosotros, por intercesión de este santo, la gracia de que, viviendo fielmente nuestra vocación, tendamos hacia la perfección que nos propones en la persona de tu Hijo. Que descubra la vanidad en mi vida, y te digo con san Francisco: ¡Ya no serviré más a señor que se pueda morir!

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras. Puedes comentar la vanidad que encuentras en ti; y si no encuentras, pídele que te la haga ver, porque todos la tenemos. ¿A quién sirves que no sea Dios?

10-02

Los Santísimos Ángeles Custodios.

Dios ha asignado a cada hombre un ángel para protegerle y facilitarle el camino de la salvación mientras está en este mundo. La misión de los Ángeles Custodios es acompañar a cada hombre en la vida y guiarlo en el difícil camino para llegar al Cielo

El amigo invisible

Poco antes de su Primera Comunión, decía Alexia a su madre:

—Yo quiero que mi ángel custodio tenga un nombre. Eso de llamarle «custodio» como todo el mundo, no me gusta.

—Me parece bien, y ¿cómo quieres llamarle?

—Hugo —respondió sin titubear.

—¿Hugo? —se extrañó su madre—. Es un nombre muy poco corriente. ¿Por qué Hugo?

—Porque es un nombre perfecto para un custodio —fue su rotunda respuesta.

La amistad de Alexia y Hugo fue grande. Al cabo de unos años, estando enferma, le escuchó su madre decir: «¡Hugo, ayúdame! ¡Haz que se me pase este dolor de cabeza! ¿Dónde estás, despistado, que no me ayudas?» Alexia murió de esa enfermedad, con catorce años, y se ha abierto su proceso de beatificación.

Dios creó al principio muchas criaturas, no sólo las que vemos. La Escritura dice que, entre ellas, creó multitud de espíritus. Estos espíritus son seres inmateriales, que no tienen cuerpo, pero sí conocen, quieren, son libres e inteligentes… más o menos como los hombres, pero sin cuerpo. Les llamamos ángeles porque ángel significa «enviado», y ellos son enviados por Dios para cumplir misiones. Cada uno tenemos un espíritu enviado por Dios con la misión de acompañarnos y ayudarnos en todo lo que podamos necesitar.

Es impresionante: yo tengo la suerte de tener un espíritu que está unido a mí con un vínculo personal e indestructible. ¡Mi ángel vive para mí! Por eso se entiende que Alexia quisiese ponerle un nombre. Si tú no se lo has puesto, puedes ponérselo hoy, 2 de octubre, día en el que la iglesia celebramos la fiesta de los Ángeles Custodios.

Le llamamos Ángel Custodio o Ángel de la Guarda porque ellos viven custodiándonos, con la misión de guardarnos, con una vigilancia continua, día y noche.

No es cosa de niños, sino de personas inteligentes: contar con quien ahí está. Los primeros cristianos tenían tanta presencia de los ángeles que en una ocasión ocurrió lo siguiente. San Pedro estaba encarcelado; todos los cristianos rezaban por su liberación. Salió una noche de la cárcel y, a escondidas, fue hasta una casa donde se encontraban algunos cristianos. Llamó a la puerta; quien salió a abrir miró y, perpleja, volvió corriendo a la sala y les dijo que era Pedro el que estaba en la puerta. Los otros, extrañados, convencidos de que no podía ser él, le dijeron: «Estás loca.» Pero ella insistía en afirmar que era así. Ellos decían: «Será su ángel» (Hechos 12, 15).

Un teólogo de los primeros siglos predicaba que «todo está lleno de ángeles». Si Jesús bajó a la tierra, cómo no van a estar ellos pendientes de todo en la tierra. Así lo explicaba: «Dicen entre ellos: “si él (Jesús) descendió en un cuerpo, si él se revistió de carne mortal, si él soportó la cruz y murió por los hombres, ¡cómo estamos sin hacer nada! ¡Cómo procedemos! Vamos, ángeles, descendamos todos del cielo.”»

Es buena la costumbre cristiana de rezarle siempre al acostarnos. Aunque aprenderíamos esta oración de pequeños, conviene que la continuemos rezando hasta viejecitos:

Ángel de mi Guarda, dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día. No me dejes solo, que si no me perdería. Si tú me abandonas, ¿qué será de mí? Ángel de mi Guarda, vela sobre mí. Santa María, Reina de los Ángeles, ruega por nosotros.

Puedes ahora agradecer a Dios con tus palabras que te haya dado un Ángel. Si quieres aprovecha para hablar con él, ponerle un nombre y charlar un momento con él. ¡Ojalá hoy comience una buena amistad entre vosotros dos!