07-23

Santa Brígida, fundadora. 1303-1373

De familia rica y casada con un noble, tuvo ocho hijos a los que educó piadosamente. Tras oír la voz del Señor comenzó a vivir pobremente y fundó la Comunidad de San Salvador.

Gracias por el agua

Un audaz aventurero atraviesa durante días muchos kilómetros de desierto. En las últimas doce horas ha comenzado a escasear el agua. Sueña y anhela un poco de agua fría con la que calmar la sed. Un encuentro providencial con una caravana. Los beduinos generosos le dan agua en abundancia. ¡Gracias!, sale muchas veces de su boca. No sabe cómo agradecer ese regalo. Gracias, muchas gracias.

Meses más tarde, a muchos kilómetros, en su apacible casa de una ciudad moderna, ese mismo explorador acaba de levantarse de la cama con la boca algo reseca. Se acerca al grifo de la cocina, el agua sale con fuerza y bebe un vaso de agua fría. No se le pasa por la cabeza, ni remotamente, agradecerle nada a nadie. Es lo normal.

Son tantos los beneficios que recibimos de Dios en nuestra vida, que nos parecen normales hasta el día que nos faltan: salud, amigos, familia, descanso, estas vacaciones. Si nos faltaran… No esperemos a perderlos para agradecérselos a Dios.

Y son tantos los beneficios que hemos recibido de la familia… Así lo cuenta a su amigo el protagonista de una novela:

—Cada par de guantes que he tenido que comprarme, para ir contigo al teatro, llegaba de aquí. Si me compro una silla de montar, ellos no comen carne durante tres meses. Si doy una propina en una fiesta, mi padre no fuma puros durante una semana. Y todo esto dura ya veintidós años. Sin embargo, nunca me ha faltado de nada. En algún lugar lejano de Polonia, en la frontera con Rusia, existe una hacienda. Yo no la conozco. Era de mi madre. De allí, de aquella hacienda llegaba todo: los uniformes, el dinero para la matrícula, las entradas para el teatro, hasta el ramo de flores que envié a tu madre cuando pasó por Viena, el dinero para pagar los derechos de los exámenes, los costes del duelo que tuve que afrontar con aquel bávaro. Todo, desde hace veintidós años. Primero vendieron los muebles, luego el jardín, las tierras, la casa. Después vendieron su salud, su comodidad, su tranquilidad, su vejez, las pretensiones sociales de mi madre, la posibilidad de tener una habitación más en esta ciudad piojosa, la de tener muebles presentables y la de recibir visitas. ¿Lo comprendes?

—Lo siento mucho —dijo Henrik, nervioso y pálido.

—No tienes por qué disculparte —dijo su amigo, muy serio.

Entonces, recordando un atentado en el que casi le mata un bávaro, continúa:

—Cuando aquel bávaro me atacó con la espada desenvainada, cuando se esforzaba por herirme, muy alegremente, como si fuera una broma excelente querer cortarme en pedazos y dejarme inválido por pura vanidad, yo veía el rostro de mi madre, me acordaba de ella, la veía yendo al mercado todas las mañanas, para que la cocinera no le robase un par de monedas, porque un par de monedas diarias significan todo un dinero al final del año, un dinero que me puede mandar a mí en un sobre… En aquel momento habría podido matar de verdad al bávaro, porque él quería hacerme daño por pura vanidad, porque no sabía que el menor rasguño que me hiciese habría sido un pecado mortal contra dos personas de Galitzia que han sacrificado su vida por mí sin decir palabra. Cuando yo doy una propina a un criado en vuestra casa, gasto algo de su vida. Es difícil vivir así —dijo, y se puso muy colorado.

Gracias, Dios mío, por todo lo que me has dado, por mi fe, mi vida cristiana, mis padres, mis amigos, mi salud, mi posibilidad de disfrutar de las vacaciones. ¡Qué buena virtud la de ser agradecidos! Que detrás de todo lo que tengo, recibo y dispongo vea a quien me lo ha dado. Cura el egoísmo que no me permite ver a los demás en lo que me dan. Gracias, Dios mío, muchas gracias.

Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito. Después puedes recitar la oración final.

07-22

Santa María Magdalena, discípula del Señor. Siglo I

Liberada por el Señor de siete demonios y convertida en su discípula, le siguió hasta el monte Calvario y mereció ser la primera que vio al Señor resucitado en la mañana de Pascua.

Porque amó mucho

Celebramos a uno de los amores más singulares que tuvo conoció Cristo en sus años de vida entre nosotros, la persona de María Magdalena. Esta mujer debió de pasar una temporada de su vida muy apartada de Dios. Se portó mal, parece ser que era prostituta. Y un buen día oyó hablar de Jesús, quizá le contaron algo; o ella misma vio cómo curaba a algún enfermo, y sintió que necesitaba que le curase la enfermedad de su alma. No sabemos qué le ocurrió; pero sí sabemos cómo fue su encuentro con el Señor, muy distinto al del «joven rico». La Magdalena se nos presenta como el gran contraste con el joven rico.

En su interior creció un sentimiento de culpa por su mala vida, de tristeza por transitar por un camino tan equivocado. Buscaba la felicidad y no la encontraba. Nos cuenta el evangelio de hoy que al ver a Jesús descubrió la solución a su problema. Y cuando Jesús se encontraba en casa de Simón el fariseo, que le había invitado a cenar, entró ella en la casa ante el asombro de todos. Se arrojó a los pies de Cristo, comenzó a llorar y, cuando quiso darse cuenta, los pies del Señor estaban empapados por sus lágrimas. En vano intentó secarlos con sus cabellos. Y, por último, derramó sobre ellos un frasco entero de perfume. ¡Qué modo más elocuente de manifestar lo que llevaba dentro! No dijo nada, pero el Señor la entendió perfectamente: «Le son perdonados sus muchos pecados, porque amó mucho»(Lucas 7, 47).

María Magdalena y el joven rico. Una persona que sabe amar y otro que es demasiado egoísta. Una persona (María Magdalena) que primero amó equivocadamente, carnalmente, hasta que se encontró con Cristo; y otro que nunca supo de amor y su vida fue triste. Escoge tú, elige lo que quieres que sea tu vida: amar a Dios y a los demás, o amarte exclusivamente a ti mismo. Darte o vivir egoístamente. Del joven rico no se vuelve a hablar en todo el evangelio. A María Magdalena la vemos abrazada a los pies de la cruz del Señor, y es la primera persona a la que se aparece Cristo resucitado: tanto le quería, que antes que a los apóstoles se le aparece a ella.

Para seguir el camino de la Magdalena necesitamos imitarla: tratar a Jesús, descubrirle como le descubrió ella, ponernos a sus pies, reconocer nuestro corazón enfermo y sucio y pedirle perdón. Después, hacer lo que escribe san Pablo: «Os exhorto, hermanos, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; éste es vuestro culto razonable» (Romanos 12, 1-2); sí, es necesario que nuestros cuerpos los convirtamos en ofrenda a Dios. María de Magdala se equivocó, pero cuando conoció a Jesús rectificó.

¿Inviertes en tu vida cristiana? Oración, ser constantes en la oración y en las prácticas de piedad que cada uno nos hayamos propuesto. Puedes pensar cuánto tiempo dedicas en un año al estudio, a la universidad o al trabajo: cuántas horas al día, cuántas a la semana, cuántos meses al año… Y todo porque quieres trabajar y hacer algo interesante en la vida. Ahora piensa cuánto tiempo dedicas a Dios, a formarte como cristiano, si lees libros que dan razón de la fe… Además, él no te va a enseñar precisamente matemáticas o lengua, sino que te va a transformar, algo que importa mucho más que cualquier cosa en el mundo.

Te buscaré, Señor, cada día. No es posible tener relación personal entre dos sin dedicarse tiempo, es verdad… ¡pero a veces me cuesta tanto! Concédenos a nosotros, por la intercesión y el ejemplo de María Magdalena cuya fiesta celebramos, anunciar siempre a Cristo resucitado y verle un día glorioso en el reino de los cielos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Éste es el rato más importante: cuéntale y escucha.

07-21

San Lorenzo de Brindis, Doctor de la Iglesia. 1559-1619

Ingresó en el convento de los capuchinos de Verona a los 16 años. Conoció a fondo la Biblia, predicó en diversas ciudades de Italia y ayudó en Roma con la conversión de los judíos. También fue nombrado capellán general del ejército.

¡Puedo más!

Llevamos varias horas caminando un día de excursión. Lo que al principio eran suaves pendientes pronto se ha trasformado en fuertes subidas que cansan mucho. Hace más frío. Quizá en esos momentos nos viene a la cabeza machaconamente, una y otra vez: «¡No puedo más!» Pero sólo uno de nosotros se atreve a manifestar con sencillez un curioso pensamiento: «Desde que pienso por primera vez que no puedo más hasta que realmente no puedo más, puedo muchísimo más.» Ingenioso comentario en el que todos nos vimos retratados.

A todos nos pasa en el momento de dificultad: lo más sencillo es decir «no puedo más» y, además, creérselo. Pero realmente también en nuestra lucha personal podemos todavía «muchísimo más».

Sería un buen propósito no decir nunca «no puedo más». Descubrirás el placer de la exigencia y la gozada de conseguir los bienes difíciles: ¡ni comparación con lo facilón!

¿Sabes qué? Que Dios también puede más. Dice san Pablo: «A Dios, que puede hacer mucho más sin comparación de lo que pedimos o concebimos, con ese poder que actúa entre nosotros…» (Efesios 3, 20). Puedes hacer algún pacto con él. Tú no te pararás en el esfuerzo diciendo «no puedo más», y que él tampoco se pare y te dé más de lo que le pidas y de lo que desees.

Dame fortaleza, Señor, para saber superar las dificultades y no dejarme llevar por lo fácil y «por esa extraña compasión» que enseguida siento de mí mismo. Y siempre me viene a la cabeza que verdaderas dificultades son las que Tú has padecido buscando el bien de todos los hombres.

Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito. Después puedes recitar la oración final.

07-20

San Apolinar, obispo y mártir. Siglo I

Discípulo de San Pedro, consiguió muchas conversiones, por ello fue desterrado pero él defendió su fe en diversos lugares  hasta la muerte.

Las etapas de montaña… con paciencia

Luka Brajnovic, periodista y profesor croata del que hablamos días atrás, tuvo que huir de su país para salvar su vida en 1945. Dejaba allí a su mujer y su hija que acababa de nacer. Pasaron doce años hasta que pudo volver a encontrarse con ellas. Durante ese tiempo intentó por muchos medios romper esa separación, sin conseguirlo.

En una ocasión, su mujer comentó al funcionario responsable correspondiente por qué no le concedían el pasaporte a ella y el visado de salida del país para poder unirse a su marido. «Mientras esta mujer frecuente abiertamente la Iglesia, y además lleve consigo a su hija, nunca obtendrá el permiso para emigrar», fue la respuesta que recibió. Ella escribió a su marido: «Me aseguran que nunca podré reunirme contigo, por no traicionar lo que me es más sagrado. Pero Dios es más fuerte que ellos.»

¡Qué grandes fueron los dos! Con traicionar su conciencia hubiesen podido vivir juntos. ¡Doce años separados, esperándose! Y la seguridad de que Dios es más fuerte. Así fue. Después pudieron vivir tantos años felices con sus hijos en España. Pero fueron fieles a su conciencia, supieron esperar, tuvieron paciencia. ¡Fueron fuertes!

Si has visto el Tour de Franciao cualquier otra competición ciclista, sabes el paralelismo que mantiene con la vida. Tres semanas de dura competición, los ciclistas recorren miles de kilómetros en etapas llanas o de montaña. Estas últimas son tradicionalmente las grandes etapas, las que levantan mayor expectación. Esos días los ciclistas sufren. Por eso, en ellas se prueba a los deportistas y se decide la victoria final. No deja de ser curioso que precisamente en esos días los espectadores y ciclistas disfruten de los momentos más intensos y que allí se gesten muchos de los grandes episodios del ciclismo.

En nuestra vida recorremos etapas llanas, sencillas, fáciles; las cosas «ruedan» sin contratiempos, e incluso con cierto viento a favor. Pero también hay etapas cuesta arriba en que se hace evidente la pendiente (nuestras pasiones, el ambiente, nuestra pereza, el desánimo, pruebas como la de mi profesor Brajnovic y su mujer). Y esos días son muchas veces los que valen la pena y donde mostramos cuánto valemos. Al terminar esas etapas disfrutaremos de estupendos paisajes y además contamos con ese gran espectador que nos mira y nos aplaude: Dios. En los momentos duros, necesitamos ser fuertes. Lo lograremos si somos fuertes todos los días en pequeñas cosas.

Jesús, ¿de verdad sigo pensando que tengo serias dificultades para tratarte? Durante las temporadas en que se me haga más cuesta arriba el trato contigo, el esfuerzo por vencer la pereza, por ser sincero, ordenado… o lo que sea, quiero brindarte brillantes etapas. Dios mío, disfruta viendo mis esfuerzos. Virgen fuerte, Virgen fiel, Virgen paciente, ruega por nosotros.

Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito. Después puedes recitar la oración final.

07-19

San Arsenio, anacoreta. Siglo VI

Era un senador sabio, que tras oír la voz de Dios se marchó con los monjes del desierto. Se hizo muy conocido y han sido enormemente estimados sus dichos y frases breves.

¿Obedecer todavía?

La obediencia es una virtud. Lo digo porque en nuestra época se piensa más bien que es una esclavitud. El Señor vivió esta virtud. De pequeño estaba sujeto a sus padres de la tierra y a su Padre del cielo: «¿No sabéis que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?» (Lucas 2, 49). De mayor obedeció hasta la muerte y muerte de cruz. En su oración previa al sufrimiento de la pasión dijo: «Padre, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya» (Lucas 22, 42) .

El hombre desobedeció a Dios en el paraíso. Dice Mark Twain: «Adán era hombre, eso lo explica todo. No deseó la manzana por la manzana en sí, sino porque estaba prohibida. El error consistió en no prohibirle la serpiente, pues entonces se la habría comido.» No sé si fue así en Adán, pero sí nos ocurre a nosotros que ya estamos algo fastidiados: el espíritu de contradicción. Basta que nos digan algo para preferir lo contrario.

Yo lo he comprobado. Puedo hacer todo un viaje en una postura incómoda sin ningún problema. Pero si a alguien se le ocurriese mandarme que hiciese el mismo viaje en esa postura, me rebelaría, me parecería imposible e insufrible, y seguramente no sería capaz.

¡Qué pena! Pero somos así. Ahora bien, podemos y necesitamos pelear por ganar la virtud de la obediencia: que se nos pueda mandar, que sepamos obedecer, que no se monte un conflicto cada vez que alguien tenga que mandarme algo. Como dejó bien claro santa Teresa de Jesús en el libro de sus Fundaciones: «No hay camino que lleve más rápido a la perfección que el de la obediencia.»

Hay almas que hacen barricadas con la libertad, y ésta se transforma en escudo, en excusa, tienen libertad para dar pero no dan, la guardan para sus egoísmos y así en vez de enriquecerse se empobrecen. Atento a la fina afirmación de san Pedro: «Sin la obediencia, la libertad sería un pretexto para la maldad.» (1 Pedro 2, 16.)

Ojalá recuperemos a la obediencia del desprestigio en el que ha caído. Tenemos que gritarlo: ¡obedecer no va contra la libertad! Cuando obedecemos, descubrimos que es así. Y cuando no obedecemos, experimentamos que es una excusa para la maldad, como dice san Pedro.

Terminamos con estas palabras de Bossuet: «Donde todos hacen lo que quieren, nadie hace lo que quiere; donde nadie manda, todos mandan; donde todos mandan, no manda nadie.»

Jesús obediente, enséñame esta virtud. Que no la vea como un atentado contra mi libertad, sino como un acto formidable de libertad. Sólo el que es libre y se domina, es capaz de obedecer. Santa María, ¡que tus hijos amemos la obediencia!

Puedes comentar con Él los asuntos en los que más te cuesta obedecer, y por qué. Convéncele de que te haga amar la obediencia y de que te acompañe en los primeros pasos.

07-18

Santa Marina, virgen y mártir. 119-139

Hija de un gobernador romano, su madre la rechazó al haber tenido nueve niñas y es acogida por una sirvienta cristiana. Su propio padre será quien más tarde le diga que renuncie a su fe o morirá, pero ella nunca renunció.

¡Cuántos momentos formidables tiene un día cualquiera!

Tengo la suerte de conservar la entrevista que hicieron en la radio a Javier Mahillo, compañero mío de carrera en la Facultad de Filosofía, padre de cuatro niños. Estaba de catedrático en Mallorca. La entrevista se la hacen a propósito del cáncer que padecía: los médicos le dieron seis meses de vida, y se cumplió el pronóstico. Es el testimonio de alguien que redescubre el valor de lo dado:

«Sí, pero cuando no tienes la cuenta del tiempo que te queda, se te va más; o sea, un estudiante que dice: “Bueno… el examen será un día del mes, no sé cuándo; bueno, pues ya iremos estudiando…” Pero cuando dicen: “es pasado mañana”, ya controla el tiempo y dice: “me quedan dos mañanas y dos tardes, y tantas horas, y tal”; y entonces aprovecha más.

»Como a mí el tiempo ya me escasea, lo estoy aprovechando más que antes —también porque me he quitado el dolor, ¡desde luego!—, pero lo estoy disfrutando porque… no sabes, Víctor [así se llamaba el periodista que le entrevista], la diferencia entre vivir pensando que la vida es muy larga —vete a saber qué es lo que me pasará, vete ahorrando para el futuro…—, y vivir sabiendo que me quedan seis meses, y que tengo ya un pie en el cielo, y que tengo un billete ya y que está a mi nombre y que no lo voy a cambiar con nadie. (…)

»Disfruto de la primavera tan bonita que tenemos en Mallorca. Y después el café con leche, y la tostada de mantequilla, y disfruto de mis hijos como nunca he disfrutado.

»—¿Las cosas cotidianas adquieren un nuevo sentido? [pregunta el periodista].

»—Una maravilla; si echáramos cuenta, al cabo del día descubriríamos que hay cincuenta, sesenta, ochenta ocasiones en las que es para decir: ¡Qué gustazo!, ¡qué bien me lo estoy pasando! Lo que pasa es que normalmente las dejamos pasar, porque nos quedamos solamente en lo malo: “es que luego tengo una reunión, es que mañana tengo un examen, es que mi hijo no sé qué…”, y entonces lo malo nos oculta lo bueno. Pero momentos buenos del día… ¡tenemos cincuenta mil!”

Acostumbrarnos a lo dado equivale a maltratarlo. La enorme capacidad que tenemos los hombres para acostumbrarnos a todo adormece el amor y nos hace egoístas. Ante algo que se nos da —pongamos por caso un desayuno, un beso o un saludo, el de esta mañana—, es posible reaccionar pensando:

«Es lo que tenía que hacer; ¿qué tiene de especial, si está obligado a comportarse así?; era lo que yo esperaba, pues es lo habitual entre nosotros; ¡sólo faltaba que no me diese un beso…!»

Pero también se puede reaccionar de esta otra forma:

«¡Qué buena persona, que me ha dado esto! ¡Cuánto me quiere! Pudiendo haber estado en otra cosa, me ha tenido presente…»

Es muy distinto ver las cosas de un modo u otro. La primera reacción deforma, y puede llegar incluso a arruinar la relación; trivializa el don e impide el agradecimiento. Es preciso combatirla.

Quiero, Jesús, vivir disfrutando de los cincuenta mil momentos buenos del día. Ayúdame a ser agradecido, que no menosprecie lo que otros me dan, y lo que tú me das. No permitas que me vuelva cretino. Madre siempre agradecida, ruega por nosotros.

Puedes repasar tantas cosas a las que te has acostumbrado y quizá no valoras. Coméntalo con Él, y agradécele, como dice san Pablo: «Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos inspirados.» Dáselas tú hoy como mejor puedas.

07-17

 San Alejo, laico. Siglo V

Hijo de un senador romano que decidió, por penitencia, mendigar para vivir y para ayudar a otros. Cuando le descubrieron regresó a su casa para vivir como un criado.

Foto robot de la soberbia

«Llegaron a Cafarnaúm y una vez en casa les preguntó: ¿De qué discutíais por el camino? Ellos callaron, pues por el camino habían discutido entre sí quién era el mayor» (10, 33-34). Llevaban ya un cierto tiempo con el Señor; habían visto sus milagros; habían escuchado sus palabras; y, sin embargo, surge entre ellos esa discusión. Seguramente, alguno habría dado a entender que él tenía derechos para estar por encima de los demás, y los otros, ofendidos, se lo habrían discutido…

¡Qué bien comprendemos lo que les sucedía a aquellos apóstoles! ¡Qué humana es la ambición y el egoísmo! Y siempre llevan el mismo acompañamiento: desuniones, riñas, rencores… Como sentencia el libro de los Proverbios (13, 10): «la soberbia sólo ocasiona disputas».

La soberbia es el origen de casi todos los males humanos. Es el vicio que más daña a cada persona y a la sociedad. Consiste en el amor desordenado de uno mismo…

Es un amor desordenado y desmedido, porque uno acaba amándose a sí mismo más de lo que merece, y se tiene por mejor y más digno de consideración de lo que realmente es. Por eso, en el origen de la soberbia —en su núcleo— hay un error, una falsa medida, una mentira sobre sí mismo con la que cada uno se engaña; y que, por su propia naturaleza, crece, ofuscando el entendimiento.

Todos tendemos a considerar con detenimiento nuestras cualidades y a pasar por alto nuestros defectos. Si no estamos atentos, la imagen que de nosotros nos hacemos se embellece injustamente y nos vamos encontrando cada vez más dignos de nuestro propio amor. Apreciamos siempre más, y nos enorgullecemos de nuestras cualidades físicas, de nuestra inteligencia, de nuestros conocimientos, de nuestras acciones, de nuestra experiencia, de los servicios que hemos prestado…, incluso de nuestra piedad. A medida que nos aficionamos a pensar en nosotros y en lo que hacemos, nuestras cualidades se agigantan, mientras se olvidan las miserias y limitaciones que las acompañan…

De este modo, crece la estima que cada uno tiene de sí. El vicio de destacar lo bueno y desconocer lo malo —el engaño sobre sí mismo— llega a ser tan fuerte que se puede acabar perdiendo finalmente toda capacidad crítica y caer en el ridículo. En la sociedad humana, siempre resulta algo grotesca la persona demasiado pagada de sí misma, y que presume ostensiblemente de su altura, de la belleza de sus ojos, del precio de su abrigo, de su ciencia… Los humanos toleramos mal la vanidad del vecino y tendemos a escarnecerla.

Quien siente gran estima de sí tiende a que los demás la compartan. No se conforma con contemplarse y autocomplacerse, sino que desea que también los demás rindan tributo a su perfección. De aquí surge la vanidad, ese afán ridículo de mostrar lo que cada uno considera valioso de sí. El vanidoso se deja llevar por el deseo de distinguirse en lo que sea y, a veces, llega incluso hasta la hipocresía; es decir, hasta el fingimiento, dando a entender que es más rico, más sabio, más hábil o mejor deportista de lo que realmente es. El artificio es tan eficaz que, al final, el mismo hipócrita encuentra dificultad en distinguir lo que es real de lo que ha inventado.

… El que es soberbio no se acuerda de que existen los demás, porque está centrado en sus cosas; consume todas sus energías en satisfacer sus ambiciones o sus caprichos, y esto hace del soberbio —del egoísta— un ser antisocial.

Si está con otros, tiende a hablar de sí mismo —incluso de las propias enfermedades o sueños, si no tiene nada más brillante a que acudir— y a exigir la atención de los demás. A veces, incluso, la provoca artificialmente. Está inclinado a juzgar con severidad a los otros y en todas sus afirmaciones sobre ellos hay una comparación implícita consigo mismo; por eso, suele ser muy crítico con respecto a los que, de alguna manera, le aventajan; y despreciativo y cruel con los que considera inferiores. Esas comparaciones son, además, el origen de la envidia, que va siempre acompañada de inquietudes, de pequeños rencores y, a veces, de bajezas grotescas en el intento de superar a los que le aventajan o de restarles méritos.

De forma sencilla predicaba lo mismo el Cura de Ars: «Una persona orgullosa piensa que todo lo que hace está bien hecho; quiere dominar sobre todos, siempre cree que tiene razón; ella cree que su opinión es mejor que la de los demás. Por el contrario, cuando a una persona humilde y santa se le pide su opinión, la da siempre con serenidad, después de haber escuchado la de los demás. Tengan razón o no, no replicará nada.

»San Luis de Gonzaga, cuando era escolar y le reprochaban algo, no buscaba nunca excusa; decía lo que pensaba, y no se preocupaba de lo que pensaban los otros. Si se equivocaba, se equivocaba; si tenía razón decía: Otras muchas veces me he equivocado.»

 ¡Ay, Señor, qué bien me va leer acerca de la soberbia y la humildad! De la soberbia porque es como una caja de disfraces que siempre se camufla, parece que no está pero siempre está. Me alegro, Jesús, de reconocer la soberbia en mí, porque quiere decir que la he desenmascarado, la he descubierto detrás de su disfraz, y así puedo rechazarla o al menos pedirte a ti que me ayudes a rechazarla. Y también me alegra leer acerca de la humildad porque así la deseo cada vez más. María, ¡humildad!

Puedes repasar los rasgos descritos en el texto con los que más te identificas para comentarlos con el Señor.

07-16

Nuestra Señora del Carmen, patrona de los marineros.

Los Carmelitas han sido conocidos por su profunda devoción a la Santísima Virgen. Los marineros dependían de las estrellas para marcar el rumbo y de aquí viene la siguiente analogía: «La Virgen María nos guía por las aguas difíciles de la vida hacia el puerto seguro que es Cristo».

Una suma con truco: Dame tus pecados

¡Qué lejano parece ese día en que nos propusimos hacer una buena suma este mes, el día 1! ¿Te acuerdas? ¡Han pasado desde entonces tantas cosas! Ahora, a mitad de mes, podemos hacer un poco de balance: ¿Cuál está siendo el resultado de mis sumas? ¿Cuáles son mis sumandos? ¿Estoy haciendo virtudes?

Pero quizá todavía tengamos que descubrir que estas sumas tienen truco: hay días en que habremos sumado cero o casi cero: desorden, mal genio, perder el tiempo, pereza, olvido de Dios… Pero si al final de la jornada nos damos cuenta y movidos por nuestro amor a Dios le decimos «¡Perdóname!», Dios realiza un prodigio: ese 0 se convierte en 10, o en 100, o en 1.000.000, dependiendo de cuál sea mi dolor —dolor de amor—. Porque lo que está claro es que a este Dios bueno, buenísimo, le basta eso para hacer de nuestro 0 una cifra astronómica.

Tenemos que contar con las dificultades y con nuestra debilidad. Hay que pelear. Los que están en el cielo eran como cualquiera de nosotros, no eran de una pasta especial. Tenían nuestras mismas dificultades, estaban sujetos a las mismas leyes, tenían días con el ánimo muy bajo, tenían tentaciones y también días más animados… Y algunos de ellos ofendieron mucho a Dios, fueron unos patanes. Piensa en san Agustín, en san Pablo… Pero ellos fueron sinceros y humildes, reconocieron sus errores y se levantaron. Y fueron santos.

Cuentan que estaba un día san Jerónimo haciendo oración cuando se le apareció el Señor y le dijo:

«Jerónimo, ¿qué tienes para darme?» San Jerónimo, después de pensarlo un poco, le dijo:

«Señor, te ofrezco mis escritos» Tienes que saber que san Jerónimo dedicó muchos años de su vida, día y noche, a la luz de una vela, a traducir toda la Sagrada Escritura al latín, la primera traducción que todavía usamos hoy día. El Señor le respondió:

«No, eso no lo quiero, ¿qué otras cosas tienes?» Con un poco de desconcierto, desarmado, le respondió:

«Señor, te doy mis penitencias» También tienes que saber que el trabajo de la traducción lo hizo viviendo en una cueva, vestido con la piel seca de un animal, con frío, calor, hambre… Y, otra vez, el Señor le dijo:

«No, eso tampoco, ¿qué más tienes?» San Jerónimo, con un profundo desaliento, no sabía qué más había en su vida que fuera digno de ofrecer a Dios; al final le respondió:

«Señor, no sé qué te puedo dar.» Y oyó que le decía:

«Dame tus pecados.»

Así somos los cristianos. La iglesia no es un gimnasio en el que nos ponemos cuadrados por nuestros progresos, sino que somos hombres y mujeres normales que queremos a la persona de Jesús, y que nos duelen nuestros pecados porque Jesús se merece lo mejor, y nos duele que encuentre en nosotros cosas que no le gustan, porque queremos agradarle en todo.

Sí, luchamos, pero esperamos también mucho de él. Y nuestras derrotas con él las transformamos en una pena que nos une todavía más a él.

Concluyendo. Por un lado, vamos a darle nuestros pecados… Es decir, seamos sinceros.

Por otro, no tenemos derecho a quejarnos porque nuestra lucha no haya dado el fruto que esperábamos. ¿No te salen las cosas a la primera? No te desanimes, a los santos no les salían ni a la décima. ¿Cuánto tarda un naranjo desde que se planta hasta que da las primeras naranjas? No lo sé, pero supongo que varios años. ¿Y tú quieres que tus esfuerzos se noten ya mismo…? Tengamos paciencia, que, si seguimos así, se notarán.

Hoy celebramos Nuestra Señora del Carmen, un buen día para poner este deseo en sus manos.

¡Me cuesta tanto darme cuenta de lo bueno que eres! Porque no eres como yo. Señor, ahora en mi vida no hay nada de valor para ti, sobre todo tengo errores y pecados y miserias y cosas sin acabar y propósitos sin cumplir y… tantas cosas que tú conoces perfectamente; pero te ofrezco la pena de no darte lo mejor. Espero que te guste. Es lo que puedo darte y es lo que te doy. Te pido ahora dos favores: que aprenda a pedir perdón, que aprenda a volver a empezar. Ahora comienzo. Ahora comienzo a hacer de hijo pródigo. Nuestra Señora del Carmen, ruega por nosotros.

Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.

07-15

San Buenaventura, Obispo y Doctor de la Iglesia. Siglo XIII

Tomó hábito en la Orden Seráfica y estudió en la Universidad de París. Una de sus obras más conocidas  es «Comentario sobre las Sentencias de Pedro Lombardo».

Mío, mío, mío

¡Mi dinero, mis tierras, mis posesiones! Cómo corren los «míos» y los «tuyos» en el gran mercado de los poderosos.

¡Mi escudilla, mis harapos, mi miseria!

 Cómo vuelan los «míos» y los «tuyos» en el inmenso círculo de los menesterosos.

¡Mis libros, mis amores, mi familia!

Cómo cantan los «míos» y los «tuyos» en el grandioso campo de los trabajadores.

Y en los castillos de los avaros…

Y en las empresas de los ambiciosos.

Los posesivos son el pan de cada día.

Ya no podremos decir que debemos amarnos como hermanos: a lo sumo, como amigos. ¡Si los hermanos se odian por luchas de egoísmo!

Y el rico desprecia dando, y el pobre se humilla extendiendo la mano.

Y dan con el gesto de quien arroja mendrugos a los perros malditos, en sus labios se dibuja la compasión, y es mentira. De sus manos cae el dinero… y chorrea sangre. Hablan de resignación al enfermo, y en su corazón lo desprecian.

Se buscan las ventajas y el brillo, y se ofrece lo que menos cuesta.

Cálculos y enmiendas antes de exclamar «es tuyo».

Todos pretenden ser amigos, pero ¡qué pocos quieren serlo!

La tacañería nos envuelve a todos con sus despojos. Todo lo que tocamos se ensucia con el «mío» y el «tuyo».

También en lo sobrenatural hemos metido el veneno.

De la misma forma que se da a los hombres, con codicia, se ofrece el corazón a Dios.

Para los mezquinos, Dios no es más que el poderoso a quien se acude a arrebatarle unas gracias, un poco de salud, otro poco de dinero, algo de lástima para nuestros dolores… Y así nuestros Sagrarios se llenan de lloros y de penas, de súplicas y lamentaciones. Dios ha dejado de ser el Dios-Amigo.

Parece que nos hemos propuesto, entre todos, tenerle serio a nuestro Dios.

Cuando sufrimos vamos a patalear al templo. Las alegrías las gozamos en hosco silencio, vueltas las espaldas al Señor. ¡Y él, que es amigo de las sonrisas!…

El egoísmo de nuestros tiempos hace que la gente no entienda por generosidad más que limosna (…)

Hoy los cristianos, también los hombres en general, viven con la esperanza de recibir, no sienten la alegría de dar. Por eso no saben lo que es amar. No entienden que para amar hay que darse.

Con muchos cristianos se sigue la misma táctica que con los niños pequeños: hay que prometerles un regalo para que tomen la medicina. Para que den limosna hay que darles teatros, rifas y fiestas. Para que acudan al centro de apostolado —y esto los más generosos— hay que montarles un billar.

¡Que se nos tenga que engañar para cumplir como cristianos!

El que venga al Cristianismo a buscar algo con miras egoístas se debe marchar; no encontrará más que una cruz tosca, hecha para criminales, en la que un Dios le presenta unas manos llagadas, pero abiertas y suplicantes.

En esas manos, los cristianos podemos dejar dinero, libros, inteligencia, trabajo e ilusiones. El rostro de Dios crucificado continúa suplicante. Es que pide el corazón.

«Ofrecéis a vuestros dioses —dice Papini— lo que menos os cuesta: genuflexiones, silabeos, perfumes y cantos; pero raramente sabéis ofrecer vuestra alma y vuestra vida. Vuestro corazón no pertenece a lo eterno, sino que está sujeto al vientre, al sexo, a la codicia ladrona y homicida.»

Generoso llamamos al que se desprende de unas pobres monedas.

¡Qué mezquinos somos los hombres con nuestro Dios!

El mundo compadece a los cristianos que se deciden del todo a ponerse al servicio del Señor. Y los compadece porque está incapacitado —tal es su egoísmo— para comprender el motivo de esas «decisiones».

Y contra esa «compasión» infame tenemos que alzar el grito, porque no podemos consentir que los egoístas sigan entendiendo que son los desengaños los que hacen ir a los hombres por el camino de Dios.

Señor, sólo quiero conjugar el nuestro. Que tenga alergia al mío, para mí, yo, mi, me, conmigo… Que me parezca a ti. Tu personalidad tiene ese rasgo muy marcado. Con egoísmos no es posible parecerse a ti. Gracias, y que no me acostumbre a ir a mi rollo. Madre generosa, ruega por nosotros tus hijos.

Es el momento de que hables con él algunos comportamientos egoístas que te dominan con más frecuencia. Convéncele de que te cambie el corazón progresivamente.

07-14

San Camilo de Lelis, fundador. 1550-1624

Se convirtió y arrepintió de sus pecados tras una vida de adicto al juego. Se ordenó sacerdote y fundó una comunidad de religiosos que se dedicaba a los hospitales, también creó la Comunidad Siervos de los Enfermos.

El flojo, ni asesino ni santo

Lo cuenta el sacerdote Urteaga en el libro Ahora comienzo. Un hombre que se llama Fernando y que está en la cárcel por haber cometido un asesinato. Poco después de haber ingresado en prisión encontró a Dios y cambió radicalmente. Desde la cárcel se escribía con un sacerdote que le aconsejaba sobre su vida.

Poco a poco comenzó una vida nueva. Se confesó después de años sin hacerlo. Se propuso tratar a Dios: se daba cuenta de que era su hijo y de que Jesús había muerto en una cruz por él. Empezó a preocuparse de los demás, a hacer todo el bien que podía dentro de la cárcel. Por ejemplo, convenció a la novia de un amigo suyo que estaba en la cárcel para que no abortase.

Cuando el sacerdote no podía ir a verle, le escribía para animarle y darle consejos. Él le contestaba contándole cómo le iban las cosas. Para que veas lo que es cambiar, lee lo que el asesino Fernando escribía al sacerdote una de esas veces:

«Su carta me ha servido de toque de atención a mi desordenada vida de estos últimos días. Y le aseguro que me he puesto, con fuerza, a sujetar el edificio que se derrumbaba. Nuevamente está bien apalancado y cimentado. Ayer eran las 12.30 de la noche cuando me iba a acostar, después de un día agotador; pero recordé que no había hecho la oración de la tarde. Lo primero que me vino a la imaginación fue acostarme porque, pensé, había trabajado mucho y el Señor no tendría en cuenta esa omisión en mi plan de vida. Me vi dialogando con la tentación, con mi peor y mayor enemigo; pero corté, y me puse a hacer mi meditación.»

¿Has decidido alguna vez, a las 12.30 de la noche, hacer la oración, o cualquier otra cosa que tenías prevista hacer ese día? Esto es ser fuerte. Si me propongo algo, lo hago. Una de las peores enfermedades es la de acostumbrarse a no cumplir los propósitos, que son las órdenes que yo me he dado a mí mismo: si yo me he mandado hacer tal cosa, la cumplo. Nadie me manda proponerme nada, pero si me lo propongo, paso por el aro. Muchos me lo han dicho: están desesperados porque no se hacen caso ni ellos mismos, no pueden dirigir su vida, no saben qué van a hacer porque aunque tienen buenas intenciones luego no se hacen ni caso.

Fernando había sido un asesino, pero ahora se encuentra en camino de santidad. Nos da una buena lección de fortaleza; y porque es fuerte, ama a los demás y a Dios con fuerza, con obras. Al flojo no le da para ser asesino, y tampoco para ser santo. Fernando es fuerte, dirige su vida.

Necesitamos esa fuerza interior: «Que así os fortalezca internamente, para que, cuando Jesús, nuestro Señor, vuelva acompañado de todos sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios, nuestro Padre» (1 Tesalonicenses 3, 12-13).

Ayúdame, Jesús fuerte, a adquirir la virtud de la fortaleza. Si soy blando como un churro no podré amar a nadie, seré inconstante y desordenado, incumpliré los compromisos. No me haré fuerte de un día para otro, pero si cada día hago ejercicios de fortaleza, y tú me das tu gracia para conquistarla, seré fuerte. Que cumpla con lo que me proponga. Así podré servir y servirte, seré capaz de poner a los demás y a ti por encima de lo que me conviene. Santa María, Torre de marfil, ruega por nosotros.

Y ahora sigue tú hablando con tu Padre-Dios. Ésta es la parte más importante: cuéntale y escucha.