07-03

Santo Tomás, Apóstol. Siglo I

Apóstol famoso por su duda acerca de Jesús resucitado y su admirable profesión de fe cuando vio a Cristo Glorioso: » Señor mío y Dios mío». Desde entonces siguió sus creencias hasta el final evangelizando la India y Persia.

La generación CDI

Cuenta Ana Magdalena Bach algo que le ocurrió a su marido, el gran músico Juan SebastiánBach, siendo pequeño. Su hermano mayor «tenía una colección de piezas musicales célebres, de autores famosos, y no se las dejaba ver al chiquillo sediento de música, que hubiera deseado estudiar toda la que cayese en sus manos. Esas composiciones estaban encerradas en una caja de documentos que tenía una reja, y durante varios meses el pobre Sebastián se dedicó a copiar aquellas composiciones, de noche, a través de la reja y a la luz de la luna, pues no podía disponer ni de una vela. No es de extrañar que su vista se resintiese de tan extraordinario esfuerzo… en ese hecho se ve lo pronto que se manifestaron su grandeza de carácter y su fuerza de voluntad».

Está claro que el final depende del camino que se recorra. Si importa el final, importa el camino; si el final —lo que hagamos en la vida, adónde lleguemos, lo que dejemos a los demás, donde pasemos la vida eterna…—, si el final no importa, tampoco importa el camino.

En la vida de Sebastián Bachrecorrió un camino determinado y por eso alcanzó un final formidable: fue un buen cristiano, su mujer y sus más de diez hijos vivieron unidos y felices, dejó a la humanidad una música maravillosa.

Nosotros vivimos en un tiempo muy distinto al siglo de Bach, con sus muchas ventajas y con alguna desventaja. Pienso que la principal desventaja es que en muchos asuntos somos una generación conejillo de indias: generación CDI.

¿Por qué digo que somos generación CDI? Porque hemos inventado muchas cosas nuevas, todas ellas buenas, pero todavía no sabemos vivir con ellas. Me explico. La electrónica pone a nuestra disposición mil inventos, televisión, iPod, ordenadores, juegos y videojuegos, móviles… Están al alcance de casi todos, y ojalá pronto resulten asequibles a todos. Pero hay que saber usarlos, porque no hace bien al hombre cualquier uso: exigen tiempo y dedicación, pueden crear adicción, pueden encerrar en uno mismo, compiten con el trabajo y con atender a los demás…

Escribía un gran pensador del siglo XX que «es necesaria mucha ascesis, humana y cristiana, para hacer un uso adecuado de los medios de comunicación». Y es verdad: la generación CDI necesitamos mucha ascesis —esfuerzo, lucha, dominio, plan previsto y lograr cumplirlo— para usar los medios de comunicación. Si importa el fin —lo que hagas con tu vida, que seas una gran persona y un gran santo—, sí que importa el camino.

Algunos dan pena porque no pueden dejar la droga y arruinan su vida y destrozan la de quienes están a su lado porque no son capaces de desengancharse. Es una pena el camino que recorren, y es triste el final al que llegan. Otros dan pena porque no pueden dejar la droga de la televisión o del ordenador o de los cascos, y empobrecen su vida y no aportan apenas a quienes están a su lado porque no son capaces de desengancharse. Es una pena el camino que recorren, y es pobre y triste el final al que llegan.

Lageneración CDI necesitamos aprender a usar la electrónica. No ponerme los cascos si estoy con otros —hace poco quedé con un chaval para hacer footing y antes de salir me preguntó: «¿llevo los cascos para oír música?»—, no ver la tele siempre que me apetece sino ir a ver lo que me interesa, no tener la música siempre encendida para aprender a escuchar el silencio y mi interior, no navegar por Internet con caprichosa curiosidad…

Bach lo tuvo más fácil. Si Juan Sebastián Bach hubiese pertenecido a la generación CDI y no hubiese aprendido a usar la electrónica, quizá se hubiese perdido con el ordenador y unos cascos… en vez de aprender y crear la más excelsa música que jamás se ha creado.

Juan SebastiánBach pasó meses copiando partituras en la oscuridad. Vivió con pasión… por lo que tuvo un precio que pagar. No sé si sabes que su vista se deterioró de tal modo que —tras una desafortunada operación— los últimos meses de su vida los pasó ciego. Pero estoy seguro de que Bach preferiría vivir apasionadamente y morir ciego, a vivir ciego y morir de aburrimiento.

Enséñame, Jesús, a vivir sabiendo hacer uso de todo lo que tengo a mi disposición. Sí me importa el fin: quiero hacer de mi vida algo grande, quiero ser una gran persona y un gran santo, que para mí es la misma cosa. Quiero cuidar el camino para llegar a ese fin. Que no pierda el tiempo delante de pantallas: ¡ayúdame! Que no me refugie en mi ordenador o en mis juegos, donde nadie me molesta y se me pasan las horas. Que los tenga a mi servicio, y que no me ponga yo al servicio de ellos. Te pido por el alma de Bach, como agradecimiento a la gran música que nos ha dejado a todos. Que yo deje mucho a la humanidad, lo que a mí me toca dejar. Santa María, ayúdame.

Qué importante es que comentes con él lo leído. Repasa con él los aparatos electrónicos que sueles usar, y pregúntale si los usas bien. Si no sabes, quizá puedes comentar después este asunto con alguien que pueda ayudarte, y así podrás recibir ayuda en algo que es más importante de lo que parece.

07-02

San Bernardino, sacerdote. 1530-1616

Fue nombrado patrono celestial de Lecce (Italia) antes de morir. Se entregó al cuidado pastoral de los presos y de los enfermos, y al ministerio de la palabra y del sacramento de la penitencia.

¡Que sea fácil amarme es una virtud!

Algunos tienen un montón de amigos, otros a duras penas encuentran uno. Algunos intiman enseguida, otros tardan años. Algunos sintonizan y se encariñan con un encuentro más o menos breve, otros necesitan meses o años de mucho roce y no está claro que lleguen a conectar. Hay una virtud que tiene mucho que ver en todo esto: la amabilidad. La amabilidad es la virtud que nos hace amables, nos convierte en personas fáciles de amar.

¿Rasgos de la amabilidad? Son un montón. Sonreír, ser positivo, que el trato sea agradable, tener educación, ser respetuoso y delicado, mirar a los ojos mientras se habla, prestar atención, mostrarse con sencillez como uno es, poner interés en lo que cuenta el otro, tener buen humor, ir limpio, arreglarse, tener y manifestar ilusión, hablar de manera expresiva, ser fuerte… son mil pequeñeces a las que mueve la amabilidad. No es resultado del marketing, no es una estrategia para caer bien… sino el deseo esforzado por hacer feliz al otro con ocasión del trato que tiene conmigo.

Te voy a copiar el caso de alguien poco amable por negativo. No lo resumo, pues viniendo de tan buena pluma, compensa copiarlo al pie de la letra. La novela es Las uvas de la ira. Dos protagonistas, Al y Tom, se dirigen con toda la familia hacia California. Se les estropea el camión y buscan un desguace para adquirir la pieza que precisan.

«El camión se acercó a la estación de servicio. Allí, al costado derecho del camión había un cementerio de automóviles. Un espacio de un acre rodeado por una alta cerca de alambre de púas (…)

Al, uno de los hermanos, guió el camión sobre el suelo cubierto de aceite y grasa hasta llegar a la puerta del cobertizo. Tom bajó y miró en torno suyo, y atisbó hacia el cobertizo envuelto en sombras.

—No veo a nadie —dijo, y gritó—: ¿Hay alguien aquí?

»—Puede que tengan un Dodge del veinticinco.

Tras el cobertizo se escuchó el golpear de una puerta. A través del oscuro cobertizo se acercó el espectro de un hombre. Delgado, sucio, de piel aceitosa adherida a los fuertes músculos. Le faltaba un ojo, y la cuenca viva, descubierta, mostraba los nervios del ojo cuando movía el que tenía bueno. Su pantalón y su camisa eran de tela gruesa, y brillaban de sucios; la piel de sus manos estaba sucia, agrietada y llena de cortes. El labio inferior, grueso y pesado, caía dando a su rostro una impresión de idiotez.

Tom preguntó:

—¿Es usted el dueño?

Le miró con el único ojo.

—Soy empleado del dueño —dijo, con acento sombrío—: ¿Qué quiere?

—¿Tienen algún Dodge del veinticinco, medio desarmado? Necesitamos una biela.

—No sé. Si el patrón estuviese aquí podría decírselo…, pero no está aquí. Se ha ido a su casa.

—¿Podemos echar un vistazo?

—El hombre se sonó la nariz en la palma de la mano y luego se limpió la misma con los pantalones.

—¿Ustedes son de aquí?

—Venimos del Este…, vamos a California.

—Echen un vistazo, entonces. ¡Y quemen este maldito sitio, si quieren!…¡Para lo que me importa!

—Parece que usted no quiere mucho a su patrón.

El hombre se les acercó tambaleándose, con su único ojo llameando.

—Le odio —dijo suavemente—. Ahora se ha ido a su casa. Se ha ido a su casa…, a su hogar.

Las palabras salían vacilantes de su boca.

—Tiene un modo…, tiene un modo especial de agarrarla con un tipo y destrozarlo. ¡El…, el malvado! Tiene una hija de diecinueve años muy hermosa. Me dice: “¿Te gustaría casarte con ella?” Me dice eso a mí precisamente. Y esta noche… me dijo: “Hay un baile… ¿Te gustaría ir?” ¡A mí, me lo dice a mí!

Las lágrimas fluyeron de su ojo bueno y por la cuenca del ojo vacío.

—Algún día, por Dios…, me voy a meter una llave inglesa en el bolsillo. Cuando me dice esas cosas me mira el ojo. Y voy a.., voy a arrancarle la cabeza con la llave, poco a poco.

Jadeó enfurecido.

—¡Pedazo por pedazo, se la separaré del cuello!

El sol desapareció detrás de las montañas. Al miró en el “cementerio” de coches destrozados.

—¡Allí, Tom, mira! Ese de allí parece del veinticinco o del veintiséis.

Tom se volvió al tuerto.

—¿Nos permite echar un vistazo?

—¡Caramba, sí! Y llévense lo que se les antoje. (…)

El tuerto se quedó junto a ellos.

—Los ayudaré, si quieren —dijo—. ¿Saben lo que hizo ese hijo de perra? Vino por aquí con un pantalón blanco. Y me dijo: “Ven, vamos a mi yate”. ¡Por Dios, algún día le daré una tunda!

Respiró difícilmente.

—No he salido con una mujer —prosiguió— desde que perdí el ojo. ¡Y me dice esas cosas!

Y gruesas lágrimas hicieron surcos en su rostro cubierto de tierra.

Tom dijo, impaciente.

—¿Y por qué no se va de aquí? No hay guardias que lo sujeten.

—Sí, eso es fácil decirlo. No es tan fácil encontrar trabajo… para un hombre que sólo tiene un ojo.

Tom se volvió hacia él.

—Un momento amigo, escuche: usted tiene ese ojo abierto de par en par. Y usted está sucio, hediondo. Toda la culpa es suya. Es porque usted lo quiere. Usted mismo se envilece. Claro que no puede encontrar una mujer con ese ojo que le anda saltando. Tápeselo con algo y lávese la cara. Después de todo, usted no hace daño a nadie.

—Créame, un tuerto tropieza con muchas dificultades —dijo el hombre—. No puede ver las cosas como las ven los demás. No puede saber a qué distancia está una cosa. Lo ve todo plano.

Tom dijo:

—Usted es un imbécil. Yo conocí una vez una prostituta que sólo tenía una pierna. ¿Y cree usted que se sentía inferior? ¡No, por Dios! Decía ella que traía suerte. Y en…, en un sitio que estuve, conocí a un jorobado. Vivía exclusivamente de dejar que le tocasen la giba para dar suerte. ¡Ya ve, y todo lo que le sucede a usted es que tiene un ojo menos!

El hombre dijo, vacilante:

—Bueno… pero, ¡Caramba! Usted ve que todos se le apartan, y comienza a sentirse mal.

—Tápeselo entonces, ¡maldita sea! Lo anda mostrando a todo el mundo. A usted le gusta atormentarse. A usted no le sucede nada de particular. Cómprese unos pantalones blancos. Apostaría a que usted se emborracha y luego se mete en la cama a llorar… ¿Necesitas que te ayude, Al?

—No —respondió Al—. Ya aflojé este cojinete. Estoy tratando de sacar el émbolo.

—Cuida de no darte un golpe —dijo Tom.

El tuerto dijo suavemente:

—¿Cree que… pueda gustar a alguien?

Por supuesto —dijo Tom.

—¿Adónde van ustedes, amigos?

—A California. Toda la familia. Vamos allí a trabajar.

 (…)

Le entregó el dinero.

—Gracias. Y tápese ese maldito ojo».

El novelista busca imágenes fuertes. Todos somos libres de amargarnos la vida o no. Motivos para hundirnos en nuestra existencia los tenemos siempre… ¡o nunca!: depende de nosotros.

«Usted es un imbécil», le dice Tom al tuerto. «Toda la culpa es suya. Es porque usted lo quiere. Usted mismo se envilece.» Ya hablamos en otra ocasión de estar de acuerdo en ser el que soy, y de abrazar y besar mi vida en las circunstancias en que me ha sido dada por Dios. A esto ayuda el sentido positivo, el optimismo… virtudes humanas a desarrollar.

Al día siguiente de escribir estas líneas, me encontré con este texto de san Pablo. Fíjate que es una lista de diez cualidades, que se corresponden bastante bien con los rasgos que he enumerado más arriba. ¡Me ha sorprendido! Escribe así a los cristianos de Roma (12, 9-12):

«Que vuestra caridad no sea una farsa (1);

aborreced lo malo (2)

y apegaos a lo bueno (3).

Como buenos hermanos, sed cariñosos unos con otros (4),

estimando a los demás más que a uno mismo (5).

En la actividad, no seáis descuidados (6);

en el espíritu, manteneos ardientes (7).

Servid constantemente (8) en el Señor.

Que la esperanza os tenga alegres (9);

estad firmes en la tribulación (10)…»

Así se entiende que los cristianos vivamos como algo natural la amabilidad, y como en todo, lo hacemos de la mano de Jesucristo que es nuestro maestro amable. Por eso termina san Pablo con «sed asiduos en la oración».

Jesús, que la familia de Dios conservemos siempre este estilo tuyo de la amabilidad. En la oración hablaré contigo de estas cosas: si soy asiduo en la oración, tú me irás enseñando a ser amable cada día en cosas concretas.

Puedes repasar cada uno de los rasgos hablándolos con él. Pídele que te dé su estilo y ayuda en aquello que te hace menos amable. ¿Qué es?

07-01

San Aarón, hermano de Moisés. 1471 a.C

Hermano de Moisés, a quién acompañó por el desierto camino de la Tierra Prometida. Moisés lo ungió sacerdote para ofrecer sacrificios a Dios por los pecados del pueblo.

Una buena suma

Comenzamos un mes. Muchas horas, mucho tiempo, muchas decisiones, muchas cosas por hacer… Cada uno de estos días podemos llenarlo de gran número de actividades, algunas de gran valor, otras de casi ninguno. Y vamos sumando. Vamos sumando… ¡o no! Al final de mes tendremos que ver el resultado.

Un ejemplo sencillo nos ayudará a verlo más gráficamente. Podemos hacer esta suma:

1.200.000 + 7.450.000 + 3.627.000+ 10.000.000… al final un resultado muy elevado.

O esta otra:

0 + 0 + 0 + 0 + 0,2 + 0, 7… al final, por mucho que sumemos, el resultado será muy pequeño. Y si además algunos de los elementos son negativos, el resultado puede ser de echarse a llorar.

Este mes:

ayudar en casa + hacer nuevos amigos + leer + cumplir el horario que tenga + hacer más deporte + ayudar a un amigo + organizar una fiesta + poder tratar con más calma a Dios + salir de excursión + crecer en ser mejor amigo + invertir tiempo en mi hobby + convivir más tiempo con tus padres + conocer mejor a hermanos… y al final, un gran tesoro.

O bien:

no hacer nada + sin horarios + dejar pasar el tiempo + evitar cualquier esfuerzo + dejarse llevar por el día y sus circunstancias + aburridas horas de zapping… y al final, un gran vacío.

Parece muy fácil saber cuál es la suma que vale la pena.

Este mes podríamos planteárnoslo así: es la ocasión de conseguir una gran suma como persona, ser más mujer o más hombre, ganar varios kilos en personalidad, crecer en virtudes humanas, ser más de una pieza.

Quien se propone quitarse un par de kilos sabe que cada potaje que come va directo al michelín, cada plato que repite le aleja de su objetivo, las comidas entre horas le sumarán gramos… No engorda un solo plato que se come de más, pero sí es verdad que lo que se adelgaza o se engorda es el resultado de la suma de un montón de decisiones. Algo parecido ocurre con las virtudes humanas. Ahora me piden una cosa y digo que sí, ahora me llaman y cojo el teléfono, tengo que sentarme y me siento, ahora toca levantarme y me levanto, me preguntan y digo la verdad, me hablan y escucho, no me apetece pero sonrío… la suma de mil decisiones pequeñas… en cada día sí podemos tomar mil de esas decisiones… nos hacen crecer.

Para seguir a Jesús necesitamos ser muy hombres, muy mujeres. Seguirle y ser como él es posible para quien tiene virtudes, e imposible para quien carece de ellas. En un mes sí podemos crecer: son tantísimas decisiones aparentemente intrascendentes que nos hacen virtuosos… o lo contrario.

Dios mío, ayúdame durante este mes a hacer la suma buena, la que vale la pena. Hacer de estos días un tiempo en el que crezca en las virtudes que me den personalidad fuerte: así seré capaz de seguirte y de servirte. Sí: quiero sumar cada día.

Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. ¿Te propones de verdad crecer en virtudes humanas? Cada día comentaremos alguna. Dile a él que quieres. Él te ve, te escucha y te comprende. Después puedes recitar la oración final.

06-30

San Marcial de Limoges, Obispo. Siglo III.

Fue el primer obispo de Limoges. Lo enterraron en un pequeño cementerio de la Vía Agrippa, construido sobre la ruta europea de peregrinación hacia Santiago de Compostela. El lugar se convirtió en la Abadía Benedictina de San Marcial.

 

¡Aunque me devoren!

En un libro sobre san Francisco, el autor —Kazantzakis— pone en boca del santo estas palabras: «Quien vive con los lobos ha de ser un lobo y no un cordero; eso dicen todas las personas sensatas. Pero yo tengo la nueva locura de que me ha dotado Dios, y digo: Quien vive con los lobos debe ser un cordero, aunque lo devoren.» Estas palabras las dirige a fray León, y san Francisco las aprendió de Jesús: «Mirad que os mando como corderos en medio de lobos. No llevéis talega, ni alforja, ni sandalias; y no os detengáis a saludar a nadie por el camino» (Lucas 10, 3-4).

¿Qué significa ser cordero? Ser pacíficos. Mantenerse inocente aunque mis compañeros sean corruptos. El cordero no es violento ni agresivo. No devolver mal por mal, no hacer daño a quien me lo hace, no hablar mal de quien habla mal… No entrar nunca en la dinámica del mal. Aunque me devoren.

Hacerse lobo para defenderse de los lobos es olvidar el estilo que nos ha enseñado Cristo. Si miento para defenderme de la mentira, he dejado de ser cordero. Si quito una cosa porque me han quitado otra, he dejado de ser cordero. Si no hago una cosa porque tampoco la hacen otros, y entonces abusan de mí, he dejado de ser cordero.

Ésa es la única arma que usa Cristo: el bien, la verdad, la sinceridad…

Hoy celebramos la fiesta de los primeros mártires en Roma. Tras el incendio de Roma en el año 64, acusaron a los cristianos como responsables. Fue una excusa para acabar con ellos, pues parecía una secta curiosa y peligrosa. Ellos continuaron viviendo como cristianos, honrados, limpios y sinceros, y no negaron su fe… «aunque me devoren»… Murieron en este mundo aunque —y es lo que hoy celebramos— continúan viviendo triunfantes en el Cielo.

Corazón de Jesús, tú que eres el Cordero de Dios, y rodeado de lobos… les mirabas con amor, y pediste por quienes te crucificaban —«Dios mío, te pido por ellos porque no saben lo que hacen»—. Enséñame a ser cordero… aunque me devoren.

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final. 

06-29

San Pedro y San Pablo, Apóstoles. Siglo I.

Dieron su vida por Jesús y, gracias a ellos, el Cristianismos se extendió por todo el mundo. San Pedro fue el primer jefe y la primera cabeza de la Iglesia. Fue el primer Papa de la Iglesia Católica. San Pablo llevó el evangelio por todo el mundo mediterráneo.

¡Ven!

Pablo de Tarso, ya anciano, fue detenido en Roma, fue juzgado y sentenciado a muerte. Seguramente le acusaron del incendio de Roma, pues personas con poder habían corrido el bulo de que los cristianos habían sido los responsables. Lo ejecutaron en las afueras de la ciudad. Algunos cristianos tomaron su cuerpo y lo sepultaron en la finca de Lucina, cerca de Roma, en una sencilla sepultura. Pero en el siglo III, el emperador Valeriano levantó una persecución muy fuerte contra los cristianos, en la que cualquiera podía robarles o destruir cementerios. Entonces los cristianos tomaron el cuerpo de Pablo, también el de Pedro, y los trasladaron a unas catacumbas, las de San Sebastián, para evitar que fuesen robados o profanados.

Cuando cesó la persecución, tal día como hoy, un 29 de junio, los cristianos tomaron los restos mortales de Pablo y de Pedro y los devolvieron a sus sepulcros primeros. En los dos sitios, el nuevo emperador Constantino hizo levantar dos grandes iglesias: San Pablo extramuros y San Pedro. Por este motivo hoy celebramos a estos dos discípulos.

Los dos tuvieron muchas dificultades y aprendieron a fiarse del Señor. Recordemos un momento de la vida de Pedro. Estaban varios discípulos una noche en barca. Se levantó el mar. Se les acerca Jesús andando sobre las aguas. Ellos se asustan al ver en la oscuridad a alguien, y gritan: «Es un fantasma.» Les dice que no tengan miedo, que es él, y Pedro dice: «Señor, si eres tú, mándame que vaya hacia ti sobre las aguas.» Jesús le responde: «Ven.» Pedro comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús. Pero al ver que el viento era muy fuerte se asustó y, al empezar a hundirse gritó: «¡Señor, sálvame!» Jesús le tendió la mano, lo sostuvo y le dijo: «Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado?»(Mateo 14, 22-31).

Me gustaría llamar la atención sobre dos detalles de este sucedido que protagoniza Pedro: el viento y los kilos que pesaba su cuerpo. Date cuenta de que el viento es un agente externo, y el peso una circunstancia personal.

Cuando Pedro sale de la barca… hace viento: hay circunstancias externas contrarias, que podrían desestabilizar. Pero Pedro no las tiene en cuenta: ya sabe Jesús que hace viento. El viento no es más que una circunstancia que evidencia que lo que estoy haciendo es algo que excede y supera mis posibilidades personales.

¿Te has preguntado alguna vez cuánto pesaría Pedro al salir de la barca? Yo sí. Y no lo sé, pero supongamos que pesara 87 kilos. ¿Y cuánto pesaría después de haber andado aquellos metros, cuando se empieza a hundir? También 87 kilos. No son los kilos que pesa los que le hunden, sino la duda. Todos pesamos 87 kilos de miserias. La combinación es más personal (unos más pereza, otros una frivolidad más pesada, otros…), pero todos 87 kilos. Pero nunca son las miserias ni las dificultades lo que nos hunde. Lo que nos hunde es la duda de que pesando 87 kilos de miserias yo pueda andar este camino.

El viento y los 87 kilos también son —si se quiere amar— factores que suman: así se ve que Dios escoge lo débil del mundo, lo pequeño, para hacer sus obras, y así confundir a los grandes y fuertes. Cuanto más viento y más kilos, mejor para ser santos: más fiados de Dios y más desconfiados de nosotros mismos. Es decir, cuantas más dificultades externas y más limitaciones personales experimentemos, en mejores condiciones estamos para nuestra relación con Dios. Con Dios… todo suma si lo que queremos es amarle.

Las dificultades limpian y purifican nuestra relación con Dios de lo que es demasiado humano.

Dios mío, por intercesión de tus hijos Pedro y Pablo, te pido por la iglesia, por todos los cristianos, y que nos enseñes a confiar siempre en tu palabra. Los problemas no son las dificultades que encontramos, el viento o la liquidez del agua; el verdadero problema es olvidar que tú eres quien me llama, y dejar de confiar en tu palabra.

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final. 

06-28

San Ireneo de Lyon, Obispo y Mártir. Siglo II.

Oriundo de Asia Menor, en su juventud tuvo contacto con Policarpo de Esmirna, a través del cual se une a los Apóstoles. Sucedió al obispo mártir San Fotino y gobernó la Iglesia de Lyon hasta su muerte.

Napoleón lo hubiera hecho mejor

Eran dos gemelos. Los dos eran más o menos igual de inteligentes, con un físico prácticamente igual, y las mismas posibilidades. Sin embargo, uno de ellos era de la selección de balonmano, y el otro no. Uno le daba bien al tenis, el otro no. Uno hablaba suelto el inglés, el otro no. Siempre el Uno era el mismo, y el Otro que no también era siempre el mismo. Tenían unos 13 años.

Una tarde de primavera coincidieron las cosas de manera que estuvimos en una pista de tenis. Allí entendí todo. Empezamos a pelotear, pero vi que eran completamente distintos. Primero empezamos el Otro y yo; duramos muy poco, no sé si un par de minutos. Fue cuestión de tirarle cinco bolas al revés, fallar él unas cuatro o cinco, y despedirse: «Lo siento, yo no juego más; que pase mi hermano, porque no sé jugar: siempre fallo el revés.» No hubo forma de convencerle de que todos fallamos unas mil veces el golpe de revés hasta que empezamos a dirigirlo más o menos, y aun así el índice de fallos continúa siendo altísimo hasta que se lleva meses o años entrenando el golpe.

Sin tenacidad, no hay quien consiga nada en la vida. Cuando nos proponemos vivir algo —ser trabajador, sincero, buen amigo, cambiar algo del carácter que no es cristiano, ser optimista, no meterme con tal persona, aprender a hacer oración, obedecer…— no sale a la primera. Tenemos que pelearlo con tenacidad hasta que sale.

«Napoleón —escribe el historiador André Maurois— decía que el arte de la guerra consiste en ser el más fuerte en un punto dado. El arte de la vida consiste en buscar un punto de ataque y concentrar en él todas las fuerzas.» Para eso, elegía un punto determinado, y una vez lo tenía claro, utilizaba una palabra, palabra que bastaba para que ya nada le detuviese hasta conseguirlo. Ésta era la palabra: «Ejecútese.» Ya no había nada que pensar; todo el ejército seguía a su emperador poniendo todo el esfuerzo de que uno era capaz para realizar su mandato.

Ojalá también sepamos nosotros decir «Ejecútese», y a partir de ese momento poner intensidad y tesón en sacar adelante lo que nos hemos propuesto. El lema es éste: no hemos terminado hasta que lo conseguimos. ¡Ejecútese!

¡Qué mala enfermedad esa de proponerse cosas y no hacerlas! Lo que te propongas… ¡ejecútese! Nos tenemos que obedecer, tenemos que dominarnos… Leía una carta de Clemente I, el tercer papa, a los cristianos. Les dice pocas cosas, pero una de ellas es acerca del dominio de sí. San Pablo también habla en varias ocasiones del dominio de sí. Hasta que no consigamos lo que nos proponemos, no parar. Y con los propósitos… no te hagas muchos, o no te hagas ninguno… pero si te haces uno, cúmplelo; de otra manera, terminarás por no hacerte caso a ti… ni tú mismo.

Señor, ayúdame a ser tenaz, a insistir, a no tirar la toalla hasta que consiga lo que me he propuesto. Por supuesto que cuento con tu ayuda, pero tú cuentas con mi tenacidad. ¿En qué estoy luchando últimamente? ¿Soy constante en la lucha o, en cuanto algo no me sale en los primeros intentos, abandono? Ayúdame, Señor, a ser contundente en lo que me propongo.

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final. 

06-27

Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, Advocación Mariana. Siglos XIII-XIV.

Parece ser que es una copia de una pintura de Nuestra Señora realizada por San Lucas, que muestra a la Madre con el Niño Jesús. Los Padres Redentoristas llevaron su devoción por ella a Haití, de donde es patrona.

Lágrimas buenas

Hay personas de lágrima fácil, y otros de no llorar nunca. Pero aunque sea interiormente, es interesante pensar un momento qué nos hace llorar.

He perdido un libro de hace años que tenía por título Ligar con Dios. Sus páginas estaban escritas por cuatro o cinco chicas, si no recuerdo mal, todas gallegas, que habían ingresado como monjas de clausura. Sus historias eran divertidas y algo sorprendentes. Una de ellas acabó en el convento por unas lágrimas. Te cuento.

Estudiaba el último curso del colegio. Como siempre, aquel sábado había salido con su grupo a una discoteca. En esa ocasión, uno de los amigos había llevado unos porros. La animaron, y ella —llena de curiosidad— se fumó uno. Era el primero de su vida. Las caladas la colocaron un poco. Se puso muy contenta, eufórica. Tan contenta que no dudó en coger el teléfono y llamar a una monja de su colegio, que más que profesora era amiga y con la que tenía mucha confianza. Después de otras cosas… «Oye, que me he fumado un porro y estoy feliz», vino a decirle. Extrañada, observó que del otro lado no recibía respuesta. Aguzó el oído y se dio cuenta de que la otra —la monja— gimoteaba levemente. Aquel hecho la golpeó en lo más hondo: «Llora porque hago algo que me hace daño.» El mal la hacía llorar. Éste fue el comienzo de un camino de descubrimientos que le llevaron hasta el convento.

¿Me hace llorar el mal? Jesús también llora. Lágrimas que salen del Corazón de Jesús: las causadas por la muerte de su amigo Lázaro, y las que derrama desde el monte de los olivos, frente a la ciudad de Jerusalén, porque se resisten a escucharle y convertirse, y como consecuencia será destruido el templo y el pueblo judío sufriría deambulando sin un rumbo claro.

Es bueno que el mal nos haga llorar. No sólo el mal físico, sino también el espiritual. Que nos duela el corazón cuando un amigo se destruye, un pariente vive una mala vida, cuando sabemos de robos avariciosos y de abusos de cualquier tipo, cuando en la calle vemos pobreza, publicidad que corrompe a inocentes, injusticias, violencia de corazones que odian, delincuentes que se mueven en la espiral del sinsentido…

¿Y cómo no llorar por el mal que libremente hago yo cada día?

No quiero decir que tengamos que convertir el mundo en un vaso de lágrimas… Todo lo contrario: los cristianos somos alegradores de vidas. «Estad alegres, os lo repito, estad alegres», escribe san Pablo a los de Filipo. Como decía Teresa de Calcuta, «nada os llene de dolor o pena como para haceros olvidar la alegría del Señor Resucitado». Pero es compatible esta alegría con el dolor por el mal. La insensibilidad es mala, la insensibilidad habla de un corazón narcotizado.

Jesús, que nuestro corazón vibre con el bien y se duela con el mal, como el tuyo. Quita las costras de suciedad que no me permiten derramar lágrimas de amor. Te pido que odie el mal con todas mis fuerzas, y que cada día ame más el bien, y a ti que eres el principio de todo bien. Padre nuestro, líbranos del mal. Amén.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Repasa con él si te alegra lo bueno y te hace llorar lo malo. Termina, después, con la oración final.

06-26

San José María Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei. Siglo XX.

De Barbastro, fue doctor en Derecho y fundador de la prelatura Opus Dei en 1928. Fue nombrado consultor de dos Congregaciones vaticanas, miembro honorario de la Pontificia Academia de Teología y prelado de honor de Su Santidad.

Huellas en la nieve

Logroño. Un enero especialmente frío deja la ciudad cubierta de nieve. San Josemaría es entonces un chaval de unos 15 años que, a primera hora de la mañana, va camino del colegio San Antonio, donde estudia. De pronto, algo llama poderosamente su atención:

—Pero… ¿qué es eso? ¡Son huellas de pies descalzos que se alejan! ¿A quién pertenecerán?

A cierta distancia descubre a un religioso carmelita descalzo que se dirige a su convento, situado en las afueras de la ciudad.

—¡Son suyas! —se dice Josemaría—. ¡Pobre sacerdote! ¡Cuánto frío estará pasando!

Este hecho le remueve el corazón.

—Si ese carmelita es capaz de sacrificarse así por amor a Dios, ¿qué es lo que yo debo hacer por Él?

Nadie se da cuenta, pero a partir de ese momento siente grandes deseos de acercarse a Dios. Comienza a asistir a Misa y a comulgar diariamente, a confesarse más a menudo, a ofrecer todos los días sacrificios por amor a Dios y a los demás… Así empieza la vida de alguien que sería un santo, y hoy celebramos su fiesta.

Alguien me decía: «el mal ejemplo arrastra; el buen ejemplo sólo despierta admiración.» Es cierto que ver lo que otros hacen mal a veces nos empuja a imitarles, pero ver lo que hacen bien puede hacernos decir: ¡qué buena persona!, pero no nos lleva a mejorar. Sin embargo, a Josemaría el buen ejemplo le arrastró.

Más tarde, Dios pediría a Josemaría que gritase al mundo un mensaje: que todos los bautizados estamos llamados a ser santos. Sí, todos. Cada uno en su vida corriente, en su situación, en sus circunstancias, puede ser santo; se trata de vivir lo que a uno le toca como hijo de Dios.

Años después escribió un libro que tituló Es Cristo que pasa. Viviendo como hijos de Dios, seremos Cristo que pasa para los que conviven con nosotros. Como el ejemplo de aquel carmelita que andaba descalzo por la nieve, si nosotros hacemos bien y con alegría lo que tenemos que hacer, despertaremos en otros el deseo de seguir a Jesús. Al vernos se preguntarán, atraídos por la belleza de la vida cristiana: ¿qué es lo que yo puedo hacer por Dios y por los demás?

Señor, me has creado para que sea santo. Que no piense que eso es difícil, para otros mejores que yo. Quiero vivir como hijo tuyo. Te pido por intercesión de san Josemaría que cuando sea testigo de lo bueno que hacen otros, me plantee que también yo puedo hacer mucho bueno, que sea generoso y me decida a hacerlo. Sin embargo, cuando vea hacer el mal, que pida por esa persona… Ahora dime, Señor: y yo ¿qué deberé hacer por ti?

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. ¿Por qué no repasas con Él cómo te influye el buen y el mal ejemplo que otros te dan? Termina, después, con la oración final.

06-25

San Guillermo de Vercelli, Abad. Siglo XI.

Peregrinó a Santiago de Compostela con cadena de gran peso. A su regreso a Palermo, una mujer quiso calumniarle. En respuesta, el santo provocó una hoguera y se lanzó a ella, provocando el arrepentimiento de la mujer, que vio cómo no le tocaban las llamas.

El secreto de los veinte siglos

En el boxeo prima un principio: dar mucho y recibir poco. Quizá este deporte no está muy de acuerdo con la dignidad del hombre, pero nos sirve el principio en el que se basa. Este principio me recuerda otras palabras. ¿Sabes cuáles son las únicas palabras de Jesucristo que no  conocemos gracias al Evangelio, porque no están escritas en él? Durante mucho tiempo pensé que todo lo que había dicho en su vida terrena estaba recogido en uno de los evangelios. Pero no, y son éstas: «Más alegría hay en dar que en recibir.» Las conocemos por el libro de los Hechos de los Apóstoles. «Más alegría hay en dar que en recibir.»

Dejando aparte el boxeo, no es frecuente escuchar esto. Es más, continuamente oímos lo contrario… Televisión, publicidad, prensa, amigos y tantos que nos rodean parecen decir lo contrario: «Más alegría hay en recibir que en dar.» Y nosotros, de vez en cuando, nos lo creemos. Los cristianos tenemos que experimentarlo, para que los demás vean que es así: somos mucho más felices cuanto más damos.

Pero hay una diferencia: el lema del boxeador dice dar mucho… y recibir pocos golpes. Nosotros sabemos que recibimos al dar, que cuanto más damos más recibimos: damos un tipo de cosas, y lo que recibimos es de otro orden, es algo invisible pero más valioso…

Dar más, dar mucho, dar siempre… puede ser duro o incluso árido, puede hacerse cuesta arriba y doloroso en ocasiones… Sin embargo, siempre llena de alegría… Como decía Chesterton: «La alegría, que era la pequeña publicidad del pagano, es el secreto gigantesco del cristiano.» Sí: ¡la alegría del cristiano es nuestro gigantesco secreto!

Señor, es verdad que con frecuencia vivo con la ilusión de recibir, busco que los demás me den. Quiero vivir pendiente de dar a los demás… y recibir de ti. «Dad y se os dará», dijiste. Que dé y me dé, y entonces recibiré de ti la vida nueva, esa nueva forma de estar en el mundo.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final.

06-24

San Juan Bautista, Profeta y Mártir. Siglo I.

Es el enviado por Dios para preparar el camino al Salvador. Es el último profeta con la misión de anunciar la llegada inmediata del Salvador. .

San Juan

Una chica embarazada ya de siete meses de Víctor, su primer hijo, con cara de felicidad me decía que venía de la piscina y que, después de bañarse, sentada en una hamaca, había notado cómo el niño se movía en su seno y daba pataditas. Los niños, todavía en el seno materno, responden a agentes externos.

San Juan Bautista era hijo de Isabel, prima de María. Cuando se enteró María de que su prima estaba a punto de dar a luz, se fue a visitarla. «En cuanto Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo» (Lucas 1, 41).

San Juan fue una persona elegida por Dios para una misión concreta: «Éste será grande a los ojos del Señor, se llenará de Espíritu Santo ya en el vientre materno» (Lucas 1, 15). Cuando nació, los cercanos a su familia se preguntaban: «¿Qué va a ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él» (Lucas 1, 66).

Por eso rezamos a Dios en el salmo de la misa de hoy: «Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente.» Son palabras del salmo 138 que podemos dirigir todos a Dios, porque todos podemos decirle: «Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno. Te doy gracias, porque me has escogido portentosamente, porque son admirables tus obras; conocías hasta el fondo de mi alma. No desconocías mis huesos, cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra.»

Sí, ninguno estamos en la tierra por casualidad. De amor está tejido nuestro cuerpo, vivimos porque Dios nos ha amado. Ninguno somos indiferentes. Ésta es la gran verdad que nos quiso revelar Jesús. Sin amor nada entendemos y nada tiene sentido.

Dios me ha escogido. Y, como escribe Kundera en una novela, «el amor, por definición, es un regalo no merecido; ser amado sin mérito es incluso la prueba de un amor verdadero. Si una mujer me dice: te quiero porque eres inteligente, porque eres honrado, porque me compras regalos, porque no vas con mujeres, porque lavas los platos, me decepciona; ese amor tiene todo el aspecto de ser algo interesado. Cuánto más hermoso es oír: estoy loca por ti aunque no seas ni inteligente, ni honrado, aunque seas mentiroso, egoísta y sinvergüenza.»

Somos elegidos, como Juan, cada uno.

Puedes decirle ahora a Dios lo que sigue, pero dándote cuenta de que le estás hablando y Él te está escuchando.

Gracias, Señor, por escogerme. Que entienda que el amor tuyo es lo que hace que yo viva. Me quieres, y sin mérito por mi parte. No por lo que hago, ni por cómo soy, sino porque te da la gana quererme. Quiero realizar aquello que tú esperas que yo haga en la vida. Gracias y que nunca olvide que me quieres.