06-03

San Carlos Luanga y compañeros santos, Mártires. Siglo XIX.

De Uganda, fueron asesinados en total 16 compañeros por retirarse a rezar. La orden partió del rey de Buganda, Mwanga. Entre los mártires se encontraba el hijo del jefe de los verdugos.

No hay máquinas del perdón

Un universitario me contaba que su novia había estado unos días fuera, de viaje, y que se había portado mal, no le había sido del todo fiel. A la vuelta lo reconoció, se lo dijo y le pidió perdón. Él la perdonó, por supuesto, pero notaba que había querido herido. Me comentaba: «—Lo estoy pasando mal. ¡Cómo me ha dolido que se haya comportado así! Pero por supuesto que le he perdonado. Le quiero mucho, y cualquiera tiene un fallo. Le comprendo, y además está arrepentida. Pero ¡cómo me duele!.» El hecho no tiene nada de extraordinario: a cualquiera de nosotros nos habrá pasado con un amigo, con un familiar…

Si ahora recordamos un hecho del evangelio, podremos conocer mejor el corazón de Jesús: «Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: “Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora!” Pero Jesús le dijo: “Simón, tengo algo que decirte.” “Di, Maestro”, respondió él. “Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?” Simón contestó: “Pienso que aquel a quien perdonó más.” Jesús le dijo: “Has juzgado bien.” Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: “¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entré, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados porque ha demostrado mucho amor. Pero aquel a quien se le perdona poco, demuestra poco amor.” Después dijo a la mujer: “Tus pecados te son perdonados.” Los invitados pensaron: “¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados?” Pero Jesús dijo a la mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”» (Lucas 7, 36-50).

Dios nos perdonará siempre que le pidamos perdón, como una buena madre siempre perdonará a su hijo, o como ese universitario del que hablábamos antes perdona a su novia. Sí. Pero que siempre nos perdonen no significa que no les importe, que sea algo automático. Quien perdona es porque su amor al otro es más grande que cualquier mala acción que pueda cometer. Y como lo que más le interesa es estar juntos, seguir viviendo juntos, compartiéndolo todo… como esa fuerza es tan grande, siempre estará dispuesto a perdonar.

Cuando somos amados así, debemos estar atentos a una cosa: que el perdón no es automático. Quien perdona sufre, y quien perdona siempre sufre siempre. Lo hace a gusto pues lo que más quiere es volver a estar unido a quien ama. Lo hace con gusto, y a la vez con dolor: el dolor de que aquel a quien tanto ama no se haya portado como debería.

«Tus pecados te son perdonados, vete en paz»: estas palabras nos revelan cómo es el corazón de Jesús. Su amor sufre nuestros pecados, pero su amor es más grande que cualquiera de mis pecados. Por eso, siempre nos perdonará.

Gracias, Jesús, por amarme tanto. No me doy cuenta, y corro el riesgo de automatizar el perdón. No puedes no perdonarme, porque con el amor que me tienes… nunca podrás negarte a recibirme. Gracias, y ayúdame a que no me acostumbre nunca a recibir tu perdón. No quiero abusar de tu bondad, pero aunque alguna vez abuse… sé que volverás a abrazarme. En cada confesión, cada noche cuando repaso mi día en el examen de conciencia, cada vez que soy consciente de haber hecho el mal… tú me estás amando mucho, porque con tu perdón muestras que me amas mucho.

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final. 

06-02

San Nicolás el Peregrino. Siglo X.

Nacido en Grecia, recorrió su país con una cruz en la mano repitiendo la invocación “Kyrie Eleison”. Tras su muerte, realizó numerosos milagros. Es patrono de Trani.

 El saco siempre está lleno

Hay una pequeña obra de teatro de Pirandello que ha pasado a ser un clásico. Se titula Seis personajes en busca de autor. Como apunta el título, seis personajes, miembros de una familia, buscan un autor que les escriba. En un momento dado, el director de la obra se dirige al padre de la familia y le dice:

«—Bueno, pero eso no es más que una disertación. ¡A los hechos! ¡Vamos a los hechos!»

Entonces, el padre le da una contestación interesante:

«—A los hechos. Tiene usted razón. Pero un hecho es como un saco vacío, que no puede tenerse en pie. Para que se sostenga hay que llenarlo con las razones y sentimientos que lo determinaron.»

Es verdad que los hechos son importantes, pero los hechos no lo son todo. Los hechos son el saco, pero ¿qué hay dentro del saco? Este mes que dedicamos al Corazón de Jesús sería interesante que nos planteásemos qué hay dentro de los sacos de las acciones que realizamos, cómo ponemos el corazón en las cosas que hacemos, con qué intención, qué buscamos.

Un ejemplo. Cuentan que alguien que pasó por un lugar donde estaban unos obreros construyendo un edificio, al cruzarse con uno de los albañiles le preguntó qué hacía: «—Aquí estoy —le contestó—, ganando un poco de dinero, para llevar pan para mis hijos.» Unos pasos más adelante se encontró con otro obrero. La misma pregunta, y otra contestación: «—Pues ya ves —le dijo—, levantando esta pared.» Todavía se cruzó con un tercero, y recibió otra respuesta: «—Estoy construyendo una catedral.» Los tres albañiles hacían lo mismo con sus manos, pero sus corazones hacían cosas distintas.

El estilo de vida de los cristianos nos lleva a llenar el saco de nuestras obras con un contenido formidable y grandioso. Lo que llena el saco es la caridad, o sea, el amor a Dios y a los demás. Siempre es el motivo por el que hacemos las cosas —o por el que queremos hacerlas—. ¿Por qué estudio o trabajo? Para servir, para ayudar a otros, para facilitarles las cosas, para mejorar sus condiciones de vida… Por supuesto que ganamos dinero y levantamos una pared, pero miramos más alto: construimos una catedral, algo para Dios y para los demás.

Si quieres puedes repasar actividades que te llevan tiempo cada día y plantearte con Jesús cuál es el contenido que llena esos sacos. Por ejemplo: ¿Para qué toco la guitarra? Un cristiano diría: «Para disfrutar de la música —porque me gusta, porque disfrutando doy gloria a Dios, Él goza viéndonos disfrutar con la creación—, y para hacer pasar buenos momentos a los demás.» Y así con cualquiera de nuestras actividades.

Jesús, haz que mi corazón se parezca al tuyo. Quiero llenar el saco de mis acciones con amor: que todo lo haga por y para amar. Que haga las cosas para Dios y para los demás. Que mi corazón sea cristiano. Estudio para servir, trabajo para servir, todo quiero hacerlo para servir. Cada día estoy haciendo una catedral… ¡Gracias!

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final. 

06-01

San Íñigo de Oña, Abad. Siglo XI.

De Calatayud, hijo de mozárabes. Abrazó la regla de San Benito tras vivir en el Pirineo en la contemplación de las grandezas divinas. A su funeral acudieron fieles de las tres religiones.

Jesús insiste en algo

El mes que hoy empezamos es especial. Santa Margarita fue una monja francesa que vivió de 1647 a 1690. Un viernes se le apareció Cristo y desde entonces todos los primeros viernes de mes se le volvió a aparecer hasta el final de su vida. Cristo quería que ella se encargara de extender en la Iglesia la devoción a su Sagrado Corazón, y en cada una de esas revelaciones fue haciéndole conocer su Corazón.

Llama la atención el interés que ha tenido el Señor por inculcarnos esta devoción. También se le apareció hablándole de su Corazón y de su misericordia a santa María Faustina Kowalska, una joven monja polaca que murió en 1938. En unas de sus apariciones el Señor le dijo: «Tú eres la secretaria de mi Misericordia. Te he escogido para este cargo en ésta y en la vida futura.»

Transcribo un texto en el que relata una de las apariciones: «Después de renovar los votos y de la Santa Comunión, de repente vi al Señor Jesús que me dijo con benevolencia: Hija mía, mira mi Corazón misericordioso. Cuando me fijé en este corazón Santísimo, salieron los mismos rayos que están en la imagen, como Sangre y Agua, y entendí lo grande que es la misericordia del Señor. Y Jesús volvía a decir muy amablemente: Hija mía, habla a los sacerdotes de esta inconcebible misericordia mía. Me queman las llamas de la misericordia, las quiero derramar sobre las almas, y las almas no quieren creer en mi bondad .»

¡Es sorprendente! Es como si los hombres cada vez fuésemos más incapaces de creer que Él es bueno: «… las almas no quieren creer en mi bondad…» No es lo mismo saber algo que caer en la cuenta. Sabemos que es bueno… pero no nos lo acabamos de creer, no caemos en la cuenta de lo que esto significa. Y Jesús tiene interés en que nos lo creamos, porque con frecuencia pensamos en Dios como si fuese un ser duro y despegado, algo cruel y castigador… y no pensamos en su corazón, no nos hacemos idea de hasta qué punto es misericordioso con nosotros.

Otro día le insistía con estas palabras que, la verdad, no puedo olvidarlas desde el día que las leí: «Me hieren más las pequeñas imperfecciones de las almas elegidas que los pecados de las almas que viven en el mundo.» Comenta santa Faustina: «Me entristecí mucho por el hecho de que Jesús padece sufrimientos a causa de las almas elegidas, y Jesús me dijo: “Su amor es tibio, mi corazón no puede soportarlo; estas almas me obligan a rechazarlas de mí. Otras no tienen confianza en mi bondad y nunca quieren sentir la dulce intimidad en su corazón, pero me buscan por allí, lejos y no me encuentran. Esta falta de confianza en mi bondad es lo que más me hiere. Si mi muerte no las ha convencido de mi amor, ¿qué es lo que las convencerá? (…) Hacen uso de mis gracias para ofenderme. Hay almas que desprecian mis gracias y todas las pruebas de mi amor; no quieren oír mi llamada, sino que van al abismo infernal. Esta pérdida de las almas me sumerge en una tristeza mortal En tales casos, a pesar de ser Dios, no puedo ayudar nada al ama, porque ella me desprecia; disponiendo de la voluntad libre puede despreciarme o amarme. Tú, dispensadora de mi misericordia, habla al mundo entero de mi bondad y con esto consolarás mi corazón.”»

Señor, durante este mes quiero acercarme a tu corazón, creer que tú eres Bondad y Misericordia. Me gustaría no entristecerte. Sí, Señor, confío en tu bondad: mirando tu muerte no puede quedarme ninguna duda del punto hasta el que  me amas… y sin embargo no me lo acabo de creer. Eres bueno. Quiero sentir la dulce intimidad en tu corazón. Quiero tener los mismos sentimientos que tú. Educa mi corazón, purifícalo, ensánchalo, hazlo bueno y misericordioso. Gracias, Señor. Corazón de Jesús, en ti confío. Sí, en ti confío.

Puedes seguir ahora con tus palabras… y si quieres repítele lo bueno que es

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05-31

Visitación de la Virgen

La Virgen María sintió deseos de ir a visitar a su prima Santa Isabel. En cuanto oyó el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno e Isabel quedo llena del Espíritu Santo y dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?»

Temer ¿a qué?

Te copio una copla popular que hace siglos rezaban los cristianos con frecuencia, para que ahora se la puedas decir a Ella:

«No, no temo nada, no temo a mis pecados, porque puedes remediar el mal que me han causado; no temo a los demonios, porque eres más poderosa que todo el infierno; no temo a tu Hijo, justamente indignado por mí, porque se aplacará con una sola palabra tuya. Sólo temo que por mi culpa deje de encomendarme a ti y así me pierda.»

¡Qué seguridad! ¡Y qué lógico! Si yo no le dejo, Ella no me dejará. Lo único que puede darnos miedo es dejar de rezarle y alejarnos de María.

Madre mía, hoy acaba el mes que te dedicamos. Tenme siempre cogido de tu mano. Cuídame cada día hasta el día de mi muerte. Y así llegaré al Cielo, donde ya podré estar contigo por los siglos. Amén.

Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Quizá, también, puedes agradecerle este mes pasado más cerca de ella, o mejor, en el que te has hecho más consciente de lo cerca que siempre está ella… de ti.

05-30

San Fernando, Rey. Siglo XIII

Modelo de gobernante, creyente, padre y esposo. Emprendió la construcción de la catedral de Burgos y fundó la Universidad de Salamanca. Protegió a las comunidades religiosas y se esforzó para que los soldados del ejército fueran educados en la fe.

¡No dejarlas…aunque esté hecho un desastre!

Lo cuenta san Alfonso María de Ligorio. En 1604, a dos jóvenes de Flandes que llevaban una mala vida, después de pasar una noche en casa de una mujer pecadora, de vida deshonesta, les ocurrió lo que sigue.

Ricardo, uno de los jóvenes, salió de aquella casa y cuando llegó a la suya se acostó. Una vez en la cama se acordó de no haber rezado las tres Avemarías que acostumbraba rezar todos los días a su Madre la Virgen. Ya estaba medio dormido, pero venció la pereza y las rezó. La verdad es que las rezó sin gran devoción, pero no dejó de rezarlas… Luego se acostó de nuevo.

Apenas había empezado a dormir notó que alguien golpeaba con fuerza la puerta de su habitación. Quien golpeaba la puerta era el alma de su amigo. (Cuando morimos, nuestra alma sigue viviendo, y en algunas ocasiones permite Dios que, de forma extraordinaria, actúe físicamente. En este caso lo permitió, como veremos, para que Ricardo cambiase de vida.)

Ricardo se levantó y sin abrir la puerta preguntó:

 —¿Quién eres?

—¿Es que no me conoces? ¡Soy un desgraciado! —exclamó triste el alma del amigo—. ¡Estoy condenado!

—¿Cómo así?

—Ricardo, tienes que saber que al salir de aquella casa me atacaron y caí muerto ahogado; mi cuerpo quedó tendido en la mitad de la calle y mi alma está en el infierno. Lo mismo te hubiera pasado a ti, pero santa María te salvó de él por las tres Avemarías que le rezas cada noche.

Y acabó diciendo:

—Aprovecha esta revelación de la Madre de Dios, tú que tienes tiempo. Y desapareció.

La Virgen quiso que el alma de su amigo le revelase a Ricardo lo sucedido para que cambiase de vida. Ricardo se puso a llorar y a dar gracias a la Virgen; sonaban entonces las campanas de la iglesia y decidió ir a confesarse y hacer penitencia.

Fue y se lo dijo a los sacerdotes; éstos, que no lo creían, se dirigieron a la calle donde estaba el cuerpo de su amigo y lo vieron muerto y tendido en mitad de la calle; comprobaron así que Ricardo no había mentido. A partir de entonces Ricardo cambió de vida e hizo muchas cosas por Dios y por los demás.

Cuando relata este hecho san Alfonso María, lo acompaña de datos —actas notariales, testamentos…— que certifican los hechos en la medida de lo posible.

Perdona, María, las veces que rezo el Avemaría sin atención, como de carrerilla, sin darme cuenta de que te lo estoy diciendo a ti. Procuraré fijarme más en los pronombres en segunda persona (tú, te, contigo). De todas formas, aunque me siga distrayendo, no me preocupa: sé que te gusta lo que digo, y sabes que te lo digo porque te quiero. Todas las noches te daré las buenas noches rezándote las tres Avemarías… ¡con atención!

Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.

05-29

Beato José Gerard, misionero oblato. 1831-1914

Fue ordenado Diacono por el Obispo Eugenio de Mazenod, quien le pidió que ejerciera su misión en el Sur de África. Le ordenó sacerdote y ejerció su misión en Roma y en otros distintos lugares.

Le quitó el casco

Balduino fue el rey de Bélgica hasta 1994, año en el que muere. Muchos de sus allegados han hablado y escrito acerca de la vida cristiana ejemplar de este rey. Un buen amigo suyo era el cardenal Suenens. Escribe esta anécdota.

Iban de viaje en coche ellos dos solos. «La escena tiene lugar en una carretera secundaria del país. El Rey conducía el coche y yo era el único pasajero. Al pasar cerca de la estación de un pueblo, vi una imagen de Nuestra Señora rodeada de un jardincillo de flores, pero alguien había tenido el mal gusto de profanarla poniéndole en la cabeza un casco de punta alemán de la Gran Guerra. Arriesgándose a que lo reconocieran, frenó en seco y, sin decir palabra, salió del coche, se subió al pedestal y quitó el casco, que tiró en una zanja. Cogió de nuevo el volante sin hacer ningún comentario, como la cosa más natural del mundo.

»Yo vi en este gesto la actitud de un caballero que no permite que se burlen de su madre y que ignora cualquier tipo de respeto humano que en ese momento pudiera pasársele por la cabeza.»

Santa María, que cuando vea algo que pueda no gustarte a ti o a tu Hijo, que sepa reaccionar igual que reaccionó el rey Balduino aquel día. Que no me dé vergüenza comportarme como alguien que te quiere, y te quiere mucho.

Puedes comentar esto con ella un rato. Termina, luego, con la oración final, dándote cuenta de lo que dices y a quién lo dices.

05-28

Santa Ubaldesca. 1136-1205

Tomó por inspiración divina, a los 14 años, el habito de religiosa en el Monasterio de San Juan de Carrai, haciendo en el claustro una vida penitente y milagrosa. Ha sanado, por su intercesió a muchos enfermos y lisiados.

Fray Escoba

Es realmente curioso que a un fraile se le llame fray Escoba. Su historia es interesante. Toda su vida quedó de algún modo condicionada por su color: era mulato. ¿Por qué? Juan de Porres, español, se trasladó a Lima, Perú, como diplomático bajo las órdenes del rey de España Felipe II. Durante este tiempo conoció a Ana Velázquez, una joven mulata de Panamá que residía en Lima. Entablaron una amistad de la cual nacieron dos hijos: Martín y Juana. Martín nació el 9 de diciembre de 1579. Pero su padre no quiso reconocerlos, ni a él ni a su hermana, como hijos suyos. Martín nació mulato; sus hombros eran anchos, sus brazos fuertes, su frente levantada, sus ojos negros, su nariz más pequeña que grande, sus labios gruesos… A los 10 años su padre le abandonó.

A la edad de 12 años empezó a trabajar de «barbero». Su ocupación principal en la barbería era la de extraer dientes y muelas, recetar hierbas, aliviar dolores, rasgar con el bisturí los tumores bucales… era una especie de «médico». Empezó rápidamente a conocer el arte de los ungüentos y de los bálsamos, cómo se alivia el escozor de un dolor, cómo se aplacan las calenturas, cómo se combaten los delirios, cómo se detiene un flujo de sangre… En alguna ocasión, también afeitaba o cortaba el pelo. La barbería era frecuentada por lo más distinguido de la ciudad de Lima, pues la elegancia de Martín les atraía. Tanto le gustó este mundo que se ofrecía también como voluntario en los hospitales. Por la noche era cuando aprovechaba para pasar horas en vela en su casa rezando delante de una imagen de Jesús crucificado.

A los 15 años fue al convento del Rosario de Lima de los Hermanos Dominicos para pedir entrar como fraile. Los mulatos estaban marginados entonces, y sólo fue aceptado como hermano «donado», es decir, como terciario regular, una orden especial para seglares que querían llevar una vida religiosa. A él no le importó que le marginasen: sólo deseaba estar en la casa de Dios y servirle fielmente, aunque fuera en el último peldaño.

Su trabajo en el convento era el de barrer —de ahí Fray Escoba—, limpiar las celdas, hacer recados, ayudar en la cocina, en la sacristía, en la huerta… en fin, era un criado para todo y para todos. Pasaba totalmente desapercibido entre los frailes, nadie se fijaba en él. A primera hora de la mañana asistía a la primera misa, comulgaba, y después entraba en contemplación con la sagrada Hostia de la que era muy devoto. Tuvieron que pasar unos 15 años para que fuera aceptado definitivamente en la congregación como hermano dominico de pleno derecho, como los otros miembros de la comunidad.

Son incontables los hechos extraordinarios en la vida de este santo: curaciones, milagros, éxtasis… Fray Martín ejerció durante mucho tiempo el trabajo de enfermero en el convento. En muchas ocasiones aparecía en las celdas de los enfermos para ayudarles justo en el momento en que lo necesitaban.

Una de las curaciones milagrosas. Llegó un viejo zapatero al convento con los dedos de la mano engarfiados y contrahechos por un reuma dolorosísimo. Fray Martín tomó su mano e hizo la señal de la cruz sobre los dedos enfermos. Pero aquel zapatero no estuvo conforme con el remedio, creyendo que se burlaba de él. Para que el anciano se fuera tranquilo, le puso un remedio casero. Hizo como que preparaba algunas cosas y le vendó las manos. A la mañana siguiente el viejo zapatero notó que no solamente no tenía ningún dolor, sino que podía mover los dedos y brazos, sintiendo todo el cuerpo rejuvenecido. Se quitó rápidamente la venda para descubrir qué maravilloso ungüento le había puesto el fraile y vio que era un trozo de suela de zapato.

Sus años de barbero le aportaron grandes conocimientos en el arte de la curación, pero fray Martín aplicaba ante todo el recurso de la oración. El convento del Rosario de Lima se convirtió en un auténtico hospital, ya que fray Martín recogía a todos los enfermos callejeros de la ciudad. Aunque en un primer momento los superiores le reprocharon porque rompía las reglas de la comunidad, regida por la clausura, al final le dieron permiso para que aquél fuera «su hospital particular». Además, sacaba horas para visitar a personas enfermas en sus casas, en hospitales, en comunidades religiosas… El pobre Martín no tenía ni tiempo para dormir. Gracias a él se fundaron también dos asilos para niños y niñas huérfanos, los llamados «Asilos y Escuelas de Huérfanos de Santa Cruz», el primer centro de ese género en Lima. La fama de santo corría por todos los hogares de la ciudad. Sus visitas las aprovechaba para hacer todo el bien posible: reconciliaba a matrimonios, concertaba enemistades, reconciliaba a personas, fomentaba la religión… Los frailes del convento se preguntaban: ¿pero cuándo duerme?, ¿cuándo descansa?, ¿y dónde?

Su cariño por los animales era enorme. Se cuenta que en los documentos del proceso de beatificación que fray Martín «se ocupaba en cuidar y alimentar no sólo a los pobres sino también a los perros, a los gatos, a los ratones y demás animalejos, y que se esforzaba para poner paz no sólo entre las personas sino también entre perros y gatos, y entre gatos y ratones, instaurando pactos de no agresión y promesas de recíproco respeto».

Se cuenta que iba un día camino del convento y que en la calle vio a un perro sangrando por el cuello y a punto de caer. Se dirigió a él, le reprendió dulcemente y le dijo estas palabras: «Pobre viejo; quisiste ser demasiado listo y provocaste la pelea. Te salió mal el caso. Mira ahora el espectáculo que ofreces. Ven conmigo al convento a ver si puedo remediarte.» Fue con él al convento, acostó al perro en una alfombra de paja, buscó la herida y le aplicó sus medicinas. Después de permanecer una semana en la casa, le despidió con unas palmaditas en el lomo, que él agradeció meneando la cola, y unos buenos consejos para el futuro: «No vuelvas a las andadas —le dijo—, que ya estás viejo para las peleas.»

El fraile Martín llevó también una vida de mortificación, ayunando constantemente… A veces era obligado por sus superiores a dejar estas mortificaciones y a comer como los demás. Durante la noche dedicaba muchas horas a la oración en la capilla del convento delante de la imagen de Jesús crucificado, del Santísimo Sacramento o de la imagen de Nuestra Señora del Rosario…

El año 1639, quedó afectado de tifus. «He llegado al fin de mi peregrinación sobre la tierra. Moriré de esta enfermedad. Ninguna medicina será de provecho.» También declaró que no se encontraba solo en aquel momento: que estaban a su lado la Virgen, san José, santo Domingo, san Vicente Ferrer y santa Catalina de Alejandría. Fray Martín murió el 3 de noviembre de 1639 dando besos constantemente a un crucifijo que tenía en la mano.

Martín podría haberse pasado su vida lamentándose porque su padre no le quiso, porque no tuvo oportunidades, porque era discriminado por ser mulato… Sin embargo se olvidó de esas cosas que no dependen de él, las aceptó, y se dedicó a amar. Amar a los demás, a los pobres, a Jesús en la Eucaristía… y entonces, como en tantos otros santos, su corazón se hace tan grande que caben también los animales —como sabes, es patrón de los animales—: el cristiano ama todas las criaturas de Dios, las respeta y las cuida.

Señor, ¿de qué me lamento? ¿Me olvido de mí mismo para dar cariño a todos? ¿En qué me excuso? Agranda mi corazón hasta que toda la creación quepa en él. Gracias por tus santos, que tanto nos enseñan… santa María, ¡hazme bueno como a Martín…!

Comenta con santa María que te gustaría tener un corazón como el de Martín… y pregúntale qué quiere que hagas para que pueda concedértelo poco a poco.

05-27

San Agustín de Canterbury, Obispo. Siglo VII

Le encomndaron la misión de evangelizar Inglaterra, lo cual le aterró, pero acudió después de haber sido nombrado obispo. La obra de monjes tuvo éxito y el mismo rey pidió el bautismo, llegó a arzobispo primado de Inglaterra.

¡Un solo instante y una María!

En cierta ocasión, cuando estaban rezando por un chaval endemoniado, ocurrió lo siguiente. Cuenta un testigo presencial que «el demonio multiplicaba sus gritos con más fuerza y confusión, diciendo: “¿por qué he de salir?”; entonces, una religiosa allí presente exclamó con fervor: “¡Santa Madre de Dios, rogad por nosotros! ¡María, Madre de Jesús, venid en ayuda nuestra!”

»Al oír estas palabras, el espíritu infernal redobló sus horribles alaridos: “¡María! ¡María! ¡Para mí no hay María! No pronunciéis ese nombre, que me hace estremecer. ¡Si hubiese una María para mí, como la hay para vosotros, yo no sería un demonio! Pero para mí no hay María.

»Todos los presentes lloraban. Repitió el demonio: “¡Si yo tuviese un solo instante de los muchos que vosotros perdéis! ¡Un solo instante y una María! Y yo no sería un demonio.”»

¡Qué fuerte! Satanás es un ángel que se separó de Dios; y dice que si tuviera a María no sería demonio. Esto es, porque no contó con ella ha caído tan bajo. Con qué alegría puedo gritar, en momentos de bajón, de dificultad, de vacas flacas: ¡Tengo a María! Eso es lo importante; lo demás cambia.

Santa María, gracias, gracias y gracias. Solemos decir que hay cosas que no se pueden pagar con nada. Tenerte a ti no es que no se pueda pagar, sino que si tú faltases… faltaría todo. Preferiría morir antes que vivir sin ti, aunque me parece que son la misma cosa morir y no tenerte. Gracias. Te lo vuelvo a decir: ¡Te quiero!

Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.

05-26

San Felipe Neri, apóstol de Roma. 1515-1595

Amante de la oración, se consagró al Apostolado y reevangelizó la ciudad de Roma. Tenía el don de curación, predijo el porvenir en algunas ocasiones y experimentaba frecuentes éxtasis.

¡Guapa, guapa y guapa!

Me viene a la cabeza el fervor con que tanta gente, en la Semana Santa de Sevilla, gritaba al paso de la Macarena. «¡Guapa, guapa y guapa!» Con lo femenina que es nuestra Madre, podemos estar seguros de que le gustarán los piropos que le lancemos.

Lo que más guapa hace a nuestra Madre es que se deja embellecer por el amor de Dios. Su físico, su rostro, sus gestos… están informados por la gran belleza de Dios. Eso quiere decir lo que le decimos en cada Avemaría: «Llena eres de gracia», como explicaba Benedicto XVI: «… “llena de gracia”, y la gracia no es más que el amor de Dios; por eso, en definitiva, podríamos traducir esa palabra así: “amada” por Dios (cf. Lc 1, 28). Orígenes observa que semejante título jamás se dio a un ser humano y que no se encuentra en ninguna otra parte de la sagrada Escritura (cf. In Lucam 6, 7). Es un título expresado en voz pasiva, pero esta “pasividad” de María, que desde siempre y para siempre es la “amada” por el Señor, implica su libre consentimiento, su respuesta personal y original: al ser amada, al recibir el don de Dios, María es plenamente activa, porque acoge con disponibilidad personal la ola del amor de Dios que se derrama en ella. También en esto ella es discípula perfecta de su Hijo, el cual realiza totalmente su libertad en la obediencia al Padre y precisamente obedeciendo ejercita su libertad” (25 de marzo de 2006).

Llena eres de gracia, Madre mía. Quiero vivir cada día con más gracia de Dios, dejarme amar por él, ser su amado. Procuraré decirte algo —aunque sólo sea; ¡guapa!— cada vez que vea una imagen tuya. ¡Ah! y qué buena idea la de aquel que siempre que veía una chica guapa decía a María en su interior: ¡Tú sí que eres guapa!

Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.

05-25

San Gregorio VII, Papa. 1028-1085

Papa que Impulsó un programa de reformas y tuvo un duro choque con el emperador Enrique IV. Finalmente se retiró en destierro voluntario y murió al año siguiente diciendo su famosa frase «He amado la justicia y odiado la iniquidad».

El milagro de Calanda

Finales de julio de 1637. Miguel Juan Pellicer, natural de Calanda (Teruel) tuvo un accidente durante su trabajo. Cayó al suelo y le pasó por encima de la pierna derecha una de las ruedas del carro de su tío rompiéndosela más o menos a la altura del tobillo. Le llevaron al hospital de Valencia y, al ver que cada vez empeoraba más, lo trasladaron a Zaragoza, adonde llegó a primeros de octubre, con mucha fiebre y la pierna totalmente gangrenada. Antes de ingresar en el hospital fue a la iglesia del Pilar, donde se confesó y comulgó.

Ya en el hospital, viendo los médicos que la pierna no tenía curación, decidieron cortarla cuatro dedos por debajo de la rodilla. Se la serraron sin más anestesia que una bebida bien cargada de alcohol mientras él se encomendaba a la Virgen del Pilar. Después de la operación, dos médicos enterraron la pierna en el cementerio del hospital.

Cuando se repuso de la operación, pasó dos años y medio pidiendo limosna en la puerta del Pilar y durmiendo en una posada o en los bancos del hospital. Pasados esos dos años y medio, regresó a su pueblo, Calanda.

Una noche soñó que se untaba el muñón con el aceite de la lámpara de la iglesia del Pilar. Al entrar sus padres en la habitación notaron una extraña fragancia; la madre se aproximó con el candil a su hijo y vio que le salían de entre las sábanas no una, sino las dos piernas. Era su misma pierna amputada: con antiguas cicatrices de niño y la lesión cerca del tobillo que le hizo el carro cuando le pasó por encima. Además se comprobó que la pierna enterrada en el cementerio del hospital no estaba. Todo el pueblo fue testigo del milagro y el párroco celebró una misa en acción de gracias.

Este famoso milagro fue documentado por notarios y médicos; últimamente ha sido de nuevo narrado por un escritor italiano converso, Messori.

¡Qué grande eres, Madre mía! No necesito ver milagros, porque ya has hecho miles. Pero sí necesito que aumentes mi fe cada día, hasta tenerla tan grande como la tuya. ¡Creo, Madre, pero haz que crea más y más!

Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.