05-14

San Matías, apóstol. Siglo I

Acompañó al Salvador desde el Bautismo hasta la Ascensión. Fué puesto por los apóstoles en el lugar que había ocupado Judas, el traidor, para que fuese testigo de la Resurrección.

Dejadme a María: el escapulario

El día 16 de julio de 1251 se apareció la Virgen a San Simón Stock, superior General de las Carmelitas, y prometió unas gracias y cuidados especiales para aquellos que llevaran el escapulario del Carmen.

Los seres humanos nos comunicamos por símbolos. Así como tenemos banderas, escudos y también uniformes que nos identifican como militar, bombero, juez, policía, monje… El escapulario también es un símbolo, en concreto es un pequeño hábito.

La palabra escapulario viene del latín «scapulae» que significa «hombros». Originalmente era un vestido superpuesto que cae de los hombros y lo llevaban los monjes durante su trabajo.

La Virgen dio a los Carmelitas el escapulario como un hábito en miniatura que todos sus hijos pueden llevar para significar su consagración a ella. Consiste en un cordón que se lleva al cuello con dos piezas pequeñas de tela color café, una sobre el pecho y la otra sobre la espalda. Se usa bajo la ropa, para expresar la dedicación especial a la Virgen y el deseo de imitar su vida de entrega a Cristo y a los demás.

Dice san Alfonso Ligorio, doctor de la Iglesia: «Así como los hombres se enorgullecen de que otros usen su uniforme, así Nuestra Señora Madre María está satisfecha cuando sus servidores usan su escapulario como prueba de que se han dedicado a su servicio, y son miembros de la familia de la Madre de Dios.»

Puede servirnos el hecho de que sea una tela o manto pequeño como un signo. Cuando nace Jesús, María lo envuelve en un manto. La Madre siempre trata de cobijar a sus hijos. Envolver en su manto es una señal maternal de protección y cuidado. El escapulario es señal de que Ella nos envuelve en su amor maternal. Nos hace suyos. Nos cubre de nuestra desnudez espiritual. Aunque actualmente los escapularios también pueden ser de metal, el sentido es el mismo.

Santa María quiere que llevemos una imagen suya en el pecho. Y como llevar puesto el escapulario significa que se le ama y que se quiere su compañía y protección, la Virgen prometió a San Simón que Ella se encargaría de conseguirles la ayuda para obtener la perseverancia final a quienes viviesen y muriesen con el escapulario; es decir, una ayuda particular para arrepentirse en los últimos momentos de su vida. Y, además, prometió lo que se conoce como «el privilegio sabatino»: que Ella se encargaría de que, en su caso, saliese del purgatorio al sábado siguiente a la muerte.

Es lógico: ¡si no la dejamos, ella no nos dejará!

Cuentan que cuando fue elegido papa León XI, mientras le revestían con los hábitos papales, le quisieron quitar el escapulario que llevaba entre la ropa. El Papa dijo a los que le ayudaban: «Dejadme a María, para que María no me deje.»

Madre mía, llevaré siempre el escapulario. No te dejaré, y tú no me dejes en ningún momento.

Continúa ahora hablándole un rato. Si llevas el escapulario, puedes besarlo; si no lo tienes, puedes planear hacerte con uno.

05-13

Nuestra Señora de Fátima

En Fátima, la Virgen se manifestó a tres niños pastores, que no sabín ni leer ni escribir: Francisco, Jacinta y Lucía. La Virgen les pidió que rezasen por la conversión de los pecadores y por la paz en el mundo.

Hoy es la Virgen de Fátima

En la primera ocasión en que se apareció a los tres pastorcitos, Lucía preguntó a la Virgen:

—¿Yo iré al cielo?

—Sí, irás.

—¿Y Jacinta?

—lrá también.

—¿Y Francisco?

 —También irá, pero tiene que rezar antes muchos rosarios.

Lucía se acordó de dos amigas que habían muerto hacía poco:

—¿Está María de las Nieves en el cielo?

—Sí, está (tenía cerca de dieciséis años).

—¿Y Amelia?

—Pues estará en el purgatorio hasta el fin del mundo (tenía entre 18 y 20 años).

Les dice la Virgen entonces: «¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quisiera enviaros como reparación de los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?»

—Sí, queremos.

—Tendréis mucho que sufrir, pero la gracia de Dios os fortalecerá.

«En la segunda aparición —cuenta Lucía—, después de rezar el rosario con otras personas que estaban presentes (unas cincuenta) vimos de nuevo el reflejo de la luz que se aproximaba, y que llamábamos relámpago, y enseguida a Nuestra Señora sobre la encina, todo como en mayo.

»—¿Qué es lo que quiere? —pregunté a María.

»Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene, que recéis el rosario todos los días y que aprendáis a leer. Después diré lo que quiero además.

»Le pedí la curación de una enferma. Nuestra Señora respondió:

»—Si se convierte se curará durante el año.

»—Quisiera pedirte que nos llevases al cielo.

»—Sí, a Jacinta y a Francisco los llevaré en breve, pero tú te quedas aquí algún tiempo más. Jesús quiere servirse de ti para darme a conocer y amar. Quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. A quien lo abrazare, le prometo la salvación; y sus almas serán queridas por Dios como flores puestas por Mí a adornar su Trono.

»—¿Me quedo aquí solita? —pregunté con pena.

»—No, hija. ¿Y tú sufres mucho por eso? ¡No te desanimes! Nunca te dejaré. Mi InmaculadoCorazón será tu refugio y el camino que te conducirá a Dios.»

Efectivamente, Jacinta y Francisco murieron con 10 y 11 años respectivamente. Sin embargo, Lucía vivió hasta los 98 años.

Puedes pedir ahora a nuestra Señora que también te lleve a ti al cielo y a los que tú quieres, como le pidió Lucía.

María, que me dé cuenta de que el tiempo de vida que tengo me lo da Dios para que yo le ame y le dé a conocer. Y que Tú no me dejas nunca; que todo lo mío te interesa. Que viva todo contigo.

Esta breve conversación entre María y los pastores tiene muchas cosas sorprendentes. Quizá puedes ahora repasarla despacio y comentarla con Ella. Después termina con la oración final.

05-12

San Pancracio, mártir adolescente. Siglo IV

Convertido al cristianismo por su criado. El emperador Diocleciano lo mandó llamar para que renunciase a Jesucristo, pero se mantuvo fiel. Fianlmente fue condenado a muerte y le cortaron la cabeza.

¡Mi vida no es mía!

Si nos ponemos en la piel de María, algo que sorprende es la rapidez con que dice «Sí» a lo que Dios le pide, la generosidad ante su vocación. ¿Sabes por qué actúa así? Porque es consciente de algo muy importante que muchos no sabemos, o si lo sabemos enseguida lo olvidamos: su vida no es suya.

García Morente, filósofo no creyente, se convirtió al darse cuenta de esto. Él lo explica con estas palabras que, aunque no son fáciles, si las lees con atención verás lo verdaderas que son:

«Mi vida, los hechos de mi vida, se habían realizado sin mí, sin mi intervención [se refiere al trabajo que tenía, las amenazas que recibió, tuvo que emigrar a Francia y a América dejando a su familia…]. Yo los había presenciado pero en ningún momento provocado. Me pregunto, entonces: ¿Quién, pues, o qué era la causa de esa vida que, siendo mía, no era mía? Lo curioso era que todos esos acontecimientos pertenecían a mi vida pero no habían sido provocados por mí; es decir, no eran míos. Entonces, por un lado, mi vida me pertenece, pero, por otro lado, no me pertenece, no es mía, puesto que su contenido viene en cada caso producido y causado por algo ajeno a mi voluntad. Sólo encontraba una solución para entender la vida: algo o alguien distinto de mí hace mi vida y me la entrega.»

Lo importante es que nosotros seamos buena tierra para Dios. Que lo que él quiere hacer en nuestra vida con nosotros… pueda hacerlo. María le da su cuerpo y su alma para que pueda crecer nueva vida. Gracias a esto es Madre de Dios, porque es tierra buena en la que Dios puede sembrar la semilla de la Palabra que es su Hijo. Los cristianos aprendemos de nuestra Madre a ser tierra en la que Dios pueda sembrar. Que cada uno hagamos nuestra vida entre los dos —entre Dios y yo—, como María.

Madre mía, enséñame esta lección: mi vida es mía y no es mía. Alguien distinto de mí hace mi vida y me la entrega. Yo con libertad la vivo como quiero, pero hay Otro que me la entrega con un para qué, con un fin, con una misión; alguien que necesita de mí y cuenta conmigo. Quiero ser buena tierra. Por eso mi vida es mía y es de Dios: somos copropietarios. Mi vida es para Dios, y por Él, para los demás, porque libremente quiero hacer el bien.

Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole tu vocación o la ilusión que tienes de conocerla. Después termina con la oración final.

05-11

San Francisco de Jerónimo, presbítero jesuita. 1642-1716

Sacerdote misionero jesuita, que destacó por su amor a los pobres, misioneros y oprimidos. Convertió a muchos pecadores, a los que siguió hasta los antros del vicio, donde fue brutalmente maltratado.

El truco

«Pura lana virgen». «¡Da gusto un aire tan puro!» «Agua pura y cristalina». «Puro sabor americano»… Frases impactantes de anuncios publicitarios.

El gran elogio de cualquier cosa es la pureza: no contaminado, sin adulterar, genuino, no pasado, auténtico.

María es Pura, la Purísima, porque es la llena de gracia. ¿Qué es la gracia? Contesta Benedicto XVI: «En nuestro pensamiento religioso ciertamente hemos cosificado demasiado este concepto, hemos considerado la gracia como algo sobrenatural que llevamos en el alma. Y, puesto que de ella no podemos sentir gran cosa, o nada en absoluto, se nos ha ido convirtiendo paulatinamente en irrelevante, en una palabra vacía de la jerga cristiana que ya no parece guardar relación alguna con la realidad vivida de nuestra cotidianidad. En realidad, “gracia” es un concepto relacional: no expresa nada sobre una propiedad de un yo, sino sobre una conexión entre yo y tú, entre Dios y hombre…. “Llena eres de gracia” lo podríamos haber traducido también como “estás llena del Espíritu Santo”, estás en conexión vital con Dios.»

Santa María ¡qué alegría!, que Tú, mi Madre, seas piropeada siempre como «Pura», por tu corazón puro, generoso, limpio, grande. ¡Ayúdame a vivir, siempre y en todo momento, la virtud de la pureza! En las tres Avemarías de la noche te pido, de rodillas (como para suplicártelo también con mi cuerpo) el regalo de la pureza para mí y para los míos.

Con qué sencillez y alegría se expresaba aquel chaval: «¡Las tentaciones de pureza ya no son un problema! ¡Ya tengo el truco!, acudo enseguida a la Virgen —un Bendita sea tu Pureza— para luchar, y ¡cómo me ayuda! Es lógico: la llena de gracia siempre nos ayudará a seguir conectados con Dios, a mantenernos en gracia… porque es lo más grande que tenemos: nuestra relación con Dios.

Perdona, Madre mía, porque muchas veces me parece que pedir ayuda es… lo de menos, lo menos importante. Lo que pienso, en el fondo, es que para vencer lo que importa es lo que pueda hacer yo solo. Mi relación contigo me ayudará a aumentar y defender mi relación con Dios, o sea, a estar en gracia.

Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, y puedes rezarle despacio, con ilusión, porque le va a gustar, el Bendita sea tu pureza, y eternamente lo sea, pues todo…

05-10

San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia. 1499-1569

Sacerdote que formó en Granada el grupo sacerdotal de Juan de Ávila. Fundó colegios y centros de estudios para sacerdotes. Una de sus virtudes principales fue su gran amor a la Eucaristía.

Cambiar con ella

Cuenta de Mehlo una fábula que, más o menos, dice así: «Durante años fui un neurótico. Era oprimido y egoísta. Y todo el mundo insistía en decirme que cambiara. Y yo me ofendía, aunque estaba de acuerdo con ellos, y deseaba cambiar, pero no me convencía la posibilidad de hacerlo por mucho que lo intentara. Lo peor era que mi mejor amigo tampoco dejaba de recordarme lo neurótico que yo estaba. Y también insistía en la necesidad de que yo cambiara. Y también con él estaba de acuerdo. De manera que me sentía impotente y como atrapado.

»Pero un día mi amigo me dijo: “No te preocupes si no consigues cambiar, pues yo te quiero porque eres mi amigo, independientemente de cómo seas.”

»Aquellas palabras sonaron en mis oídos, entonces me tranquilicé. Y me sentí vivo. Y cambié.”»

Comenta un autor espiritual: «Cuánta razón se encierra aquí. Nadie es capaz de cambiar si no se siente querido, si no siente una fuerza interior suficiente para subirse por encima de sus fallos.»

Quizá no seas neurótico, pero sí tendrás cosas que cambiar. Cuéntaselas a la Virgen María. Y que sepas que Ella te dice que te quiere como eres y que cuentas con toda su ayuda —que es bastante— para conseguir cambiar. Te quiere con tus defectos pero luchando por vencerlos. Con Ella puedes, y… ¡qué fácil!

Madre mía, que me sienta amado por ti: que sepa y caiga en la cuenta de que me quieres, me conoces, me sigues. Que sepa que te importo, que estás pendiente de mí… ¡Ah!… y muchas gracias.

Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, agradecerle con tus palabras, y repasar con Ella si quiere que cambies algo, y qué en concreto. Después termina con la oración final.

05-09

San Isaías, profeta. Siglo VI a.C.

Profeta, mártir, que fue enviado a un pueblo fiel y pecador, para manifestarle al Dios fiel y salvador, en cumplimiento de las promesas que Dios juró a David.

Un deseo expreso de María

Año 1531. Ciudad de México. Caminaba el indio Juan Diego por la falda de Tepeyac, una pequeña colina junto a la ciudad, al norte. De pronto, oyó que le llamaban. Volvió la cabeza y vio a una Señora bellísima que le miraba cariñosamente. De pies a cabeza resplandecía. Tras un breve silencio escuchó: «Yo soy la Virgen María, Madre de Dios.» Y añadió que era su deseo que Juan Diego pidiera al Obispo que levantase allí mismo, donde ellos estaban, un templo en su honor: la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe.

Juan Diego se dirigió al Obispo y, después de mucho esperar, cuando pudo hablar con él se lo contó: pero éste no le creyó. Volvía desanimado a casa cuando se encontró de nuevo con la Virgen. Ella le dijo que siguiera insistiendo. Después de la segunda visita, alegre porque el Obispo le había hecho caso, se encaminó al cerro y se lo contó a la Virgen.

Al día siguiente, de madrugada, el indio Juan Diego tuvo que ir a la ciudad en busca de un sacerdote porque un tío suyo estaba muy grave. No quiso acercarse al cerro para no retrasarse por si se encontraba con la Señora, porque Ésta le prometió el día anterior darle una señal para entregársela al obispo. Sin embargo, cuando pasó cerca del cerro, vio que la Señora bajaba y se dirigía hacia él. La Señora le preguntó: «¿Qué te ocurre, hijo mío? ¿Adónde vas?» Él le contó la enfermedad de su tío. Entonces, la Virgen le enseñó a acogerse a su protección y a confiar en Ella, diciéndole que Ella era su Madre. «Tu tío ya está recuperado», le dijo la Señora. Y a continuación le pidió: «Antes de ir a la casa del Obispo, sube al cerro y recoge las rosas que allí veas.»

Juan Diego subió sin dudar, aunque era imposible que en la cima de aquel cerro, en el mes de diciembre, pudieran florecer rosas. Al llegar arriba quedó sorprendido, pues toda la cumbre estaba llena de preciosas flores, difundiendo un olor suavísimo. El indio cortó todas las rosas que pudo, las recogió en su túnica, doblándola en su regazo y poniéndola en forma de bolsa. Al bajar del cerro se las enseñó a la Virgen, que las tomó en sus manos y las volvió a dejar.

Cuando Juan Diego llegó a casa del Obispo, pasó a su despacho con la túnica recogida con las rosas dentro. Ya delante del Obispo soltó la túnica. Las flores cayeron al suelo, y todos los que miraron se sorprendieron, porque en la túnica del indio estaba milagrosamente grabada la imagen de santa María, tal como está ahora en el templo de Guadalupe.

Así, la Virgen María se salió con la suya, pues hicieron caso al indio Juan Diego y construyeron la Basílica, que ahora está siempre repleta de mexicanos y extranjeros que van a visitarla.

Ése era el deseo de María: un templo dedicado a Ella. Es lógico. Esas «casas» de María son ocasión para que muchos hijos suyos vayan a buscarla. Y es verdad que la Virgen agradece que vayamos a los templos marianos, le visitemos, y allí hablemos más confiadamente con Ella.

Madre mía, en cualquier sitio puedo hablar contigo. Pero voy a procurar durante este mes ir algún día, al menos uno, a verte a un santuario, iglesia o ermita dedicado a ti. ¡Te lo aseguro!

Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole. Piensa también qué templos marianos conoces, y si quieres queda con ella el día en que procurarás ir. Después termina con la oración final.

05-06

Beato Bartolomé Pucci-Franceschi, presbítero franciscano. 1245-1330

Cuando fue mayor de edad, renunció a la vida familiar e ingresó en el Convento de San Francisco de Montepulciano. Se consagró al Señor con el consentimiento de su esposa, tuvo caridad con los más pobres y se le atribuyen varios milagros.

Nada podrá destruirlo

Un hecho extraordinario se produjo en México durante la mañana del 14 de diciembre de 1921 en la basílica de Guadalupe. Se encontraba vacía de feligreses. Luciano Pérez, un gigantesco obrero de la construcción, entró en la iglesia llevando con esfuerzo un enorme ramo de flores, proporcionado a su enorme tamaño. De haberse encontrado en ese momento algún observador en la Basílica, se hubiera sorprendido de que Luciano Pérez llevara el ramo con las dos manos y los músculos tensos, dada la extraordinaria fuerza física que se le atribuía; tanta fuerza tenía —se decía—, que le permitía arrojar con facilidad un ladrillo hasta el tercer piso de una casa en construcción. En efecto, le pesaba tanto porque el interior del ramo contenía una pesadísima carga de dinamita.

Luciano Pérez, subió las gradas del altar y depositó a los pies de la Virgen de Guadalupe la ofrenda floral. Se marchó y poco después explotó la potentísima carga de dinamita. El mármol de las gradas del altar quedó hecho añicos, los candelabros y objetos de metal se doblaron y retorcieron como si fueran de goma, todos los cristales se rompieron incluidos los de los edificios vecinos, pero el cristal de la Virgen de Guadalupe ni siquiera se agrietó: «Este hecho —concluyen los expertos— no puede ser explicado científicamente.»

¿Por qué Dios quiere hechos milagrosos como éste? Para decirnos bien claro que la Virgen existe, que sigue siendo Madre, y que el amor de los cristianos hacia Ella nada podrá destruirlo.

Santa María, ya se ve que Dios tiene interés en dejarnos muy claro a los hombres que Él tiene una predilección grande por ti. Es incapaz de negarte nada: por algo eres su Madre. Confío en ti más que en nadie.

Ahora puedes seguir hablando a María con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Después termina con la oración final.

05-05

San Ángel, mártir carmelita. Siglo XII

Carmelita, de los primeros que vinieron del Monte Carmelo a Sicilia. Según fuentes tradicionales, murió apuñalado a manos de unos hombres impíos en la primera mitad del siglo XIII.

¡Yo lo he cumplido!

«Yo sí he visto milagros —escribía un sacerdote, Urteaga—. Fíate de mí. Hazme caso. Reza a la Virgen.» Y cuenta uno de los milagros que ha visto.

“Me encontraba en Madrid. Acababa de ordenarme sacerdote. Tenía 26 años. Era un atardecer a la hora de terminar el trabajo. –“Te llaman por teléfono” -me dijeron. Una voz masculina, un tanto nerviosa, explicaba la razón de la llamada:

»Mire, tengo un amigo que se encuentra muy mal, puede morir en cualquier instante. Me pide que le llame a usted porque quiere confesarse. (…) No, no le conoce, pero quiere que sea usted; (nunca he entendido porqué.) ¿Puede venir a esta casa?”

—Salgo para ahí en este momento.

«(Me interrumpió) Mire, el asunto no es tan fácil. Me explicaré. El piso está lleno de familiares y amigos que no dejarán que un sacerdote católico entre en esta casa; pero yo me encargo de facilitar su entrada.

«Pues allá voy, amigo. Dentro de un cuarto de hora estoy ahí: lo que tarde el autobús.

El piso era muy grande. Lo estoy viendo ahora que describo la situación. La puerta entreabierta, un pasillo largo. Entro decidido después de encomendarme a la Virgen para que facilitase el encuentro. Rumores de voces en la habitaciones contiguas; algunas personas que me miran con gesto de asombro. Con un breve saludo me dirijo a la habitación que estimo puede ser la del enfermo. Efectivamente lo es.

«¿Le han dejado entrar?

»—He visto caras de susto y gestos feos; pero ha podido más la Virgen nuestra Señora.

»—Gracias. No tengo mucho tiempo (el enfermo jadeaba). Quiero confesarme.

»—(Cogí mi crucifijo, lo besé.) Comienza, Dios te escucha…

»Yo, muy emocionado. El hombre (era un personaje importante), también. Apliqué mis oídos a sus labios porque apenas se le oía.

»La confesión… larga, muy larga.

»(…) Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

»Al terminar —pocos minutos le quedaban de vida— quiso explicarme “su” milagro. Lo hizo fatigosamente. Se lo agradecí con toda el alma.

»-He estado cuarenta años ausente de la Iglesia. Y usted se preguntará por qué he llamado a un sacerdote.

»Él lo decía todo. Yo callaba.

»—Mi madre, al morir, nos reunió a los hermanos… “Mirad. No os dejo nada. Nada tengo. Pero cumplid este testamento que os doy: Rezad todas las noches tres avemarías.” Y yo (¡cómo lloraba el pobre!), yo lo he cumplido, ¿sabe?, lo he cumplido. Se moría mientras cantaba. A mí me pareció todo aquello un cántico: “Yo lo he cumplido, yo lo he cumplido.”»

Por cansado que esté, santa María, por burradas que haya hecho, por lejos que me encuentre de Dios, jamás dejaré de rezarte las tres Avemarías, por la noche, de rodillas. Porque si un día o una temporada estoy siendo mal hijo tuyo, no cabe en ninguna cabeza que por eso vayas a ser Tú mala madre. Y, además, cuando peor estoy, más necesito tenerte cerca. Ángel de mi guarda, encárgate tú de recordármelo; gracias. Madre mía, cuando muera, también yo quiero poder cantar «Yo lo he cumplido, yo lo he cumplido».

Puedes seguir hablando con ella, agradecerle que sea tan buena madre… y piensa algo que te sirva para acordarte todas las noches de rezar esas tres Avemarías. Termina, luego, con la oración final.