09-21

San Mateo, Apóstol y Evangelista.

Llamado antes Leví, que al ser invitado por Jesús para seguirle, dejó su oficio de publicano o recaudador de impuestos.

El consejo de un albañil

Cuenta F. X. Nguyen van Thuan, el obispo vietnamita encarcelado: «De mi padre, que era constructor, aprendí que para construir una casa de cemento armado hay que purificar bien todos los elementos: el hierro, la arena, la grava, el cemento. La resistencia del edificio que se construye depende de este trabajo de purificación que elimina todo factor de contaminación. Algo semejante vale para la comunión entre nosotros. Saber ir contra el propio yo y mortificarse es indispensable.

»Existen varias prácticas a este fin, como el ayuno y otras. Pero la más evangélica y al mismo tiempo la más a mano, posible en todo momento, es la relación con el prójimo: acoger al otro, saber escuchar, estar siempre disponibles, tener paciencia, hacerse todo a todos, anteponer los intereses del otro a los propios es una renuncia continua al propio yo y nos pone en Dios. Escribí cuando estaba en la cárcel:

»La comunión [estar unido con los demás y con Dios] es un combate de todo momento.

La negligencia de un solo instante puede pulverizarla;

basta una nimiedad;

un solo pensamiento sin caridad,

un juicio conservado obstinadamente,

un apego sentimental,

una orientación equivocada,

una ambición o un interés personal,

una acción realizada por uno mismo y no por el Señor

[…]

Ayúdame Señor, a examinarme así:

¿cuál es el centro de mi vida: tú o yo?

Si eres Tú, nos reunirás en la unidad.

Pero si veo que a mi alrededor

poco a poco todos se alejan y dispersan,

es signo de que me he puesto a mí mismo en el centro.»

Un buen consejo, que recoge en positivo lo que contienen los últimos mandamientos.

Señor, te voy a decir ahora sin prisas la oración de este buen sacerdote que acabo de leer. Sé que me ves y que me oyes, sé que me comprometo al decírtelo, pero también tú te comprometes conmigo al escucharme: tú harás en mí obras grandes, como en santa María y como en todos tus hijos. Te la digo ahora:…

Después puedes comentar con Él cómo vives y quieres vivir el elenco de cosas concretas que sugiere el texto.

09-20

Santos Andrés Kim Tae-gön, Pablo Chöng Ha-sang y compañeros, mártires en Corea. (1839-1867).

Celebramos la memoria de 103 mártires: obispos, presbíteros, y sobretodo laicos, casados o no, ancianos, jóvenes y niños, unidos en el suplicio, consagraron con su sangre preciosa las primicias de la Iglesia en Corea.

Cuando Jesús es un silencio de ultratumba

Un poeta contemporáneo, con su característico estilo que omite los signos de puntuación, habla del silencio de Jesús a Herodes, hombre sensual e impuro:

No es difícil hablar con Jesucristo

no fue muy exigente en materia de interlocutores

no pidió certificado de buena conducta

no pidió certificado de nacimiento

hablaba con los muertos si era preciso

por ejemplo cuando les daba orden de resucitar

hablaron con él los niños las adúlteras los arcángeles

con judas hasta el último instante habló

con los propios demonios no desdeñaba hablar

trataba a los lunáticos con gran cortesía

dispensaba suma atención a los pecadores

incluso a las pecadoras públicas si era el caso

con Caifás ese Lucifer cruzó inmensas palabras

a Pilato un escéptico respondió y preguntó

sólo Herodes el intelectual esotérico mundano milagrero sensual impuro

recibió de Jesús el silencio más absoluto

es dudoso inclusive que Jesús lo mirara

es posible que mirando hacia el personaje

no viera más que el resplandor de su trono vacío

sólo para el intelectual esotérico mundano etcétera

Jesús es un silencio de ultratumba

Así es. La impureza nos hace sordos para Dios. Pero… ¿sabes qué? Que nos va haciendo cada vez más sordos también para los demás. La impureza nos lleva a escucharnos casi exclusivamente a nosotros mismos. Cuando nos cuesta sintonizar con Dios, cuando no nos hacemos cargo de lo que necesitan los demás… es posible que haya demasiada suciedad en nuestro corazón.

Recuerdo una persona mayor que se iba quedando sorda. Después de mucho resistirse, se puso unos aparatos para oír. En pocos días lo devolvió: «Me oigo a mí misma muy alto, y me resulta insoportable.» Algo así hace la impureza. Sí: quien lleva una vida dominada por al impureza… se cansa, acaba harto.

Por eso, porque lo necesitamos para amar y escuchar a los demás, nos manda en el sexto y el noveno mandamiento: No cometerás actos impuros, no consentirás pensamientos ni deseos impuros.

Gracias, Señor, por decirnos claramente que aunque suframos cierto desorden, noshace daño. Que vale la pena luchar. Tú nos ayudas, tú nos perdonarás nuestra debilidad sin cansarte… porque lo único que quieres es que podamos escucharnos entre nosotros, y que escuchemos a los demás. Gracias, Señor.

Puedes hablarle ahora con tus palabras acerca de cómo vives estos dos mandamientos, y comentarle lo leído.

09-19

San Jenaro, Obispo y Mártir. Siglo III.

Obispo de Benevento, mártir en Puzzuoli, cerca de Nápoles, en tiempo de persecución contra la fe cristiana. Tal día como hoy, todos los años, se produce la licuefacción de la sangre del mártir.

Eric Clapton, Severo Ochoa y el primer mandamiento

Eric Clapton, el mítico guitarrista, cantante y compositor, habla en una entrevista de sus experiencias profundas y de sus primeros éxitos:

«Fue abrumador. Con 22 años era como un millonario. Tenía todo lo que pensaba que había que tener para ser feliz: una casa, una novia preciosa, una carrera, dinero, un montón de gente que me admiraba. Pero no me sentía feliz, y eso me confundía, porque significaba que todo lo que me habían dicho hasta entonces era mentira. Sigue siendo así. La publicidad te dice que si tienes este coche, esto, lo otro, un montón de cosas materiales, incluso una mujer bella, una familia, hijos, serás feliz. Es mentira. La felicidad viene, por lo que ahora he comprendido, de entenderte a ti mismo, de saber quién eres, de quererte y sentirte cómodo con tu propia existencia. Pero cuando era joven no lo sabía. De hecho, me ha costado toda la vida aprenderlo.»

Clapton tiene razón. Lo que necesitamos para ser felices es saber quiénes somos. Necesitamos saber que alguien nos ama, y que nos ama completamente. Pero, para ser amados de manera que nos haga felices, hemos de dejar que nos amen, y dejamos que nos amen cuando amamos. Ésta es la razón del primero de los mandamientos: Amarás a Dios sobre todas las cosas. Es una necesidad: amar a Dios como él merece, y así recibir el amor infinito que él quiere darnos. El primer mandamiento recoge la primera necesidad nuestra para ser felices. ¡Cuánta razón tenía Eric Clapton!

Tenía razón también Ochoa, el prestigioso científico galardonado con el Premio Nobel por sus conocimientos e investigaciones. El día 2 de noviembre de 1993 moría. A los dos días, el 4 de noviembre, un diario publicaba este artículo de Pilar Urbano bajo el título de «Una insólita confesión de Severo Ochoa»:

«Iba por esos aeropuertos y por esas carreteras y por esas estancias alfombradas, con la mirada perdida, como un suicida in péctore. Quería morirse. Lo decía. A mí, desde luego, me lo dijo. Que sin ella, sin Carmen, la vida le era desabrida. Y, golpeándose las costillas a la altura del corazón: “¿por qué no se me rajará éste, cualquier noche, estando yo dormido?” Se extrañaba ante el misterio de su duración. Igual que Tarradellas y Dalí y Dolores Ibarruri y Enrique Tierno Galván y Don Juan de Borbón… que, como él, vivían ya desarraigados.

»Sin embargo, ha estado valiente. Le ha echado coraje a su sobredosis de soledad y a la orfandad de amor y a la abulia infinita que le subía por las piernas hasta lamerle el pecho. Ha resistido, entero, como un hombre, hasta que el Capitán tocó el silbato y dijo que era la hora de zarpar.

»No quiero ir al archivo, ni fuchicar los papeles. Tengo bien espabilado el recuerdo. Fue una tarde muy larga, en su casa, en Madrid. Sonaba Schumann. Hablábamos de todo. Me enseñaba fotos. Me invitaba ¡a yogur! Yo le hacía preguntas y preguntas. En éstas, llegamos a las “fronteras éticas de la ciencia”.

»Me dijo que él se hubiera negado a fabricar la bomba atómica. Quise saber, “supongamos, profesor Ochoa, ¿intervendría en el proyecto centauro?” Alzó el supuesto de una manipulación genética: esperma de caballo, fecundando un óvulo de mujer. Se echó a reír. “Je, je, je… Sería muy divertido. Un hombre, galopando a la velocidad de un caballo…” Le completé la estampa: “Un caballo, de frac, tocando el violín… Schumann”.

»“El público arrebatado. Y, de pronto, el violinista centauro, de pie en el escenario, cagando boñigas.” Lo reconozco, fue un golpe de efecto. Se me puso muy serio, muy serio. Y, a partir de ese momento, no sé bien por qué, comenzó a reclinar la altivez profesoral, el pavonado científico, la suficiencia de personaje supremo. Se enfrascó en su segundo yogur.

»Yo, entonces, empecé a preguntarle cosas más “abstractas”: ¿por qué es la vida? ¿cuál es el origen? ¿qué es la muerte? ¿qué hay después? ¿sabe usted dónde está el amor de su esposa? ¿me podría explicar sobre una pizarra por qué, al atardecer, se pone usted tan triste? Severo Ochoa escuchaba. Pensaba un rato. Después, por sus carnosos labios dejaba caer un lacónico “no lo sé”. Y así, entre “no lo sé” y “no lo sé”, pasamos un lago rato. Al fin, se puso en pie, altísimo como era. Dio una vuelta por la sala. Volvió. Me miró desde arriba, en contrapicado. Y soltó su tremenda confesión: “No tengo ni una sola respuesta para nada de lo que de verdad me interesa. Puedes escribir bien grande que te he dicho que soy un extraño sabio… un sabio que no sabe nada.’”

Gracias, Dios mío. Quiero amarte sobre todas las cosas. Necesito amarte. De momento, no estoy seguro de amarte más que a nada y que a nadie, pero lo deseo. No me desanimaré cuando compruebe que te amo poco, pero no dejaré de desearlo y de pedírtelo. Santa María, ayúdame.

Comenta con él lo leído, y agradécele… y desea…

09-18

Santa Adriana de Prymnesso, Mártir. Siglo I.

Era una esclava preferida del rey de Frigia, una joven muy bella. El hecho es que se convirtió al cristianismo y, por esta razón fue procesada.

La casi muerte de Dostoievsky

El escritor ruso Dostoievsky, uno de los más grandes de la historia, fue sentenciado a muerte. Stefan Zweig relata el momento en que Dostoievsky, junto a otros condenados, era conducido al patíbulo:

«En el coche se encuentran apretujados, cruelmente encadenados, sus nueve compañeros de infortunio. Todos callan. Saben adónde van. Saben que su viaje no tiene retorno. El coche se pone en marcha lentamente. De pronto se detiene y otra vez chirría una puerta. Al trasponer la verja, sus ojos descubren un miserable rincón de mundo: casas sombrías, sucias, bajas de techo. Luego ven una gran plaza, desierta, cubierta de enfangada nieve. Una densa niebla envuelve el patíbulo. Un templo de oro se adivina en la luz matinal. Después de apearse les hacen avanzar. Un oficial lee la tremenda sentencia: ¡condenados a muerte por traidores! ¡A muerte! Aquellas palabras se hunden como piedras en el sereno azul del cielo. Son repetidas como un eco.»

Entonces cuenta el momento en el que aparece el verdugo, aquel que les privará de seguir viviendo: «Un cosaco se acerca para vendarle los ojos. Él entonces levanta la vista para contemplar el cielo por última vez; también puede ver la iglesia, cuya dorada cúpula resplandece en las primeras luces de la aurora. Recuerda la “Última Cena” del Señor y vislumbra que la verdadera vida, la visión beatífica de Dios, comienza después de la muerte. Le han cubierto los ojos. Ante él sólo hay una tétrica oscuridad. Pero siente bullir la sangre en sus venas y, con esa ardiente sangre, nuevos torrentes de vida. Es el último segundo, y en ese instante parece concentrarse toda su existencia. Tumultuosamente aparecen las imágenes de sus recuerdos: su infancia, sus padres, sus hermanos, su esposa, las amistades rotas, las pocas horas de felicidad, los sueños de gloria. Ahora la muerte. Nota que alguien se acerca lentamente, y una mano se posa sobre su pecho. Siente frío. ¿Va a morir? El corazón apenas late. Unos momentos más y todo habrá terminado.»

Luego, sin embargo, cuando ya sus esperanzas se habían apagado y, resignados esperaban el fuego de las balas que les quemaría el pecho, sucede lo imposible: «Pero entonces se oye un grito: “¡Alto!” Llega un oficial, en cuyas manos se agita una hoja de papel, y, a la clara luz de la mañana, lee la orden, el indulto: el zar, bondadoso, ha conmutado la pena. Aquellas sorprendentes palabras carecen de sentido. Sin embargo, la circulación de la sangre vuelve a normalizarse, y la vida, gozosa, ha empezado a cantar. La muerte huye derrotada, y los ojos, cegados por las sombras, perciben como un rayo de luz. Le quitan la venda. Le aflojan las ligaduras. Su corazón puede ya latir libremente. Ya no ve aquella horrible fosa a sus pies. La vida es mísera y dolorosa…, pero es vida.

»Contempla otra vez la dorada cúpula de la iglesia, que en los albores de aquella terrible mañana brilla místicamente. El cielo parece estar lleno de rosas, de gloriosos himnos. Allá en lo alto brilla la cruz con los brazos abiertos como en oración.»

Aquella terrible experiencia ha arrojado sobre el escritor una especie de manto de felicidad, ha agudizado su sensibilidad, y, emocionado en lo más profundo de su alma, a manera de revelación, ahora comprende: «Aclárase cada vez más el cielo con la luz del nuevo día, que se va extendiendo hasta los montes, hasta los confines más lejanos, y poco a poco, a ras del suelo, empiezan a evaporarse las tinieblas, densas, lúgubres, engendradas por la tierra. Entonces le parece oír por primera vez el grito de todos los dolores humanos y, lleno de inmensa piedad, reza y llora. Escucha las voces de los niños y de los débiles, de las pobres mujeres hundidas en la prostitución, de los solitarios sin consuelo. Comprende que sólo el dolor nos conduce a Dios, mientras la vida alegre y fácil nos ata con lazos de barro a la tierra. Sigue oyendo el coro de los miserables, de los despreciados, de los mártires anónimos, de los que mueren en el arroyo abandonados del mundo. La luz parece cantar aquel dolor terrenal. Y él cree en la suprema y paternal bondad de Dios. Sabe que Él sólo tiene amor, piedad inmensa para los pobres. Por fin, un ángel portador de un divino rayo de luz muestra a su dolorido corazón que en la muerte comienza la gloria de la vida.

»Ha caído de rodillas, destrozado por el grito de dolor humano. Luego se siente abatido por un infinito estremecimiento, una especie de convulsión que disloca sus miembros; la boca se le llena de espuma y un mar de lágrimas brota de sus ojos. Está convencido de que no pudo gustar la dulzura de la vida hasta que sus labios probaron la amargura de la muerte.

»Su alma ha comprendido, se ha dado plena cuenta de los terribles momentos que sufrió Aquel que murió, hace dos mil años, en una cruz. Y, como nuevo Cristo, debe amar la vida iluminado por una luz nueva.»

¡Impresionante! Necesitó pasar por ahí para redescubrir la grandeza de vivir, y así pudo santificar la vida. Él mismo dice que cuando fue salvado se dio cuenta de lo que había sufrido Jesús en la cruz. El tercer mandamiento nos recuerda la necesidad que tenemos de santificar las fiestas para vivir una vida de cara a Dios. Vivir la muerte de su Hijo cada domingo puede ayudarnos a vivir cara a Dios todos nuestros días. Necesitamos santificar las fiestas para entender la vida como dada por Dios, como un regalo inmerecido, un don que Dios nos concede porque le da la gana, porque quiere y nos quiere.

Señor, que valore cada día, cada hora, cada minuto de vida que me das. Sólo si santifico las fiestas y los domingos seré capaz de reconocerlo como algo dado por ti, gratuitamente, a mí. Quiero santificar las fiestas. Que valore la muerte de tu Hijo, que ame la misa dominical, que ame santificar todo el día de los domingos.

Habla ahora con él cómo vives los domingos, no si vas a misa, sino si vives ese día de acuerdo con la tradición cristiana… y si agradeces la vida y todo al Creador… Puedes terminar con la oración final.

 

09-17

San Roberto Belarmino, Obispo y Doctor de la Iglesia. 1542-1621.

Jesuita, intervino de modo preclaro, con modos sutiles y peculiares, en las disputas teológicas de su tiempo. Fue cardenal y obispo de Capua, en Italia, desempeñando finalmente en la Curia romana múltiples actividades en defensa doctrinal de la fe.

Las señales o mandamientos

Nos dice el Catecismo que «la palabra “Decálogo” significa literalmente “diez palabras” (Ex 34, 28; Dt 4, 13; 10,4). Estas “diez palabras” Dios las reveló a su pueblo en la montaña santa. Las escribió “con su Dedo” (Ex 31, 18; Dt 5, 22), a diferencia de los otros preceptos escritos por Moisés. Constituyen palabras de Dios en un sentido eminente. Son transmitidas en los libros del Éxodo y del Deuteronomio. Ya en el Antiguo Testamento, los libros santos hablan de “diez palabras”, pero en su pleno sentido será revelado en la nueva Alianza en Jesucristo» (2056).

Así lo cuenta la Biblia: «Moisés estuvo allí con el Señor cuarenta días y cuarenta noches; no comió pan ni bebió agua, y escribió sobre las tablas las palabras de la alianza, los diez mandamientos.»

Hace poco tuve que viajar por algunas carreteras comarcales. Era de noche. Un tramo de la carretera lo habían arreglado recientemente. Todavía no lo habían señalizado. La carretera era asfalto solo y oscuro, muy oscuro: ni líneas pintadas en el suelo, ni prohibiciones de adelantamiento, ni límites de velocidad… Ninguna señal.

Un imprudente diría: ¡qué bien!, no tengo ninguna prohibición, así puedo ir por donde quiera y hacer lo que quiera; nadie me prohíbe nada. Un sensato diría: ¡que incómodo!, no tengo ninguna ayuda para saber qué hacer, no sé si habrá una curva o una recta… El caso es que resultaba muy fácil salirse de la carretera y tener un grave accidente. Tuvimos que disminuir exageradamente la velocidad. En cuanto aparecieron señales… ¡qué comodidad!

Los mandamientos, los diez, no son prohibiciones caprichosas. Sería de tontos pensar: ¡Ojalá no estuviese prohibido nada! ¡Ojalá las carreteras estuviesen oscuras y sin señalizaciones! Los mandamientos son diez señales que Dios nos da para que sepamos por dónde va la carretera de la felicidad y hacia el cielo.

Por eso, cuando uno dice: «Mejor no saber lo que está mal y así puedo hacer lo que quiero», esa persona no ha entendido nada. Es como decir: «Mejor no saber que el veneno mata y así lo puedes comer.» Podrás comerlo, sí, pero te hará daño, te matará.

Qué bien entendemos las palabras del salmista:

Tus preceptos son admirables, por eso los guarda mi alma;

la explicación de tus palabras ilumina,

da inteligencia a los ignorantes;

abro la boca y respiro,

ansiando tus mandamientos (118).

Gracias, Dios Padre, por cuidarnos tanto. Gracias por ayudarnos con los mandamientos que Jesucristo nos reveló. Que me entere de que cuando la Iglesia nos prohíbe algo, es una ayuda que me señala aquello que me destruye como persona, aquello que me hace daño. Gracias, y que lo entendamos todos los cristianos. «Enséñame tus leyes; instrúyeme en el camino de tus decretos, y meditaré tus maravillas… correré por el camino de tus mandatos cuando me ensanches el corazón» (Salmo 118).

Ahora puedes seguir hablando a Jesús y María con tus propias palabras, comentándole algo de lo que has leído. Aprovecha para darle gracias por conocer sus mandamientos. 

09-16

Santos Cornelio, Papa, y Cipriano, Obispo. Siglo III.

Mártires, celebramos la sepultura del primero y la pasión del segundo. Son celebrados juntos porque ambos testimoniaron, en días de persecución, su amor por la verdad indefectible ante Dios y el mundo.

Distinguir entre Dios y las obras de Dios

Bienaventurados los perseguidos… Esta última bienaventuranza es como la guinda que corona el pastel, la bienaventuranza que designa la perfección de todas las demás bienaventuranzas. ¿Por qué? Porque el hombre es perfecto en ellas cuando no las abandona por las tribulaciones.

Los cristianos sabemos que la persecución no es el punto final o el término de algo bueno, sabemos que es más bien el arranque y el inicio de cualquier empresa apostólica. La persecución, la crítica, la incomprensión, la burla… es el sello y la garantía de que se ha alcanzado la mayoría de edad, la madurez. El Señor nos dice, por eso, que no nos enfademos ni nos preocupemos, sino que perdonemos a nuestros verdugos (cfr. Lucas 23, 34).

Los primeros cristianos afrontaron la situación de persecución con alegría, una alegría que indignaba y desmontaba a sus propios perseguidores. Ellos no tenían complejo de víctima pues la única víctima es Jesucristo. Ante los demás podemos pasar por necios y locos, exagerados, pero para otros este tipo de locuras tienen una atracción especial, es algo que vale la pena, encuentran su sentido en la entrega total.

Un ejemplo de un perseguido reciente: F. X. Nguyen van Thuan, obispo de Saigón encarcelado en 1976, permaneció en la cárcel durante 13 años. En el año 2000 predicaba el retiro a Juan Pablo II y a la Curia Romana:

«Durante mi larga tribulación de nueve años de aislamiento en una celda sin ventanas, a veces bajo la luz eléctrica durante muchos días, a veces en la oscuridad, me parecía que me ahogaba por el calor y la humedad, al límite de la locura. Era todavía un obispo joven, con ocho años de experiencia personal. No podía dormir; me atormentaba la idea de tener que abandonar la diócesis, de que se derrumbasen tantas obras que había puesto en marcha por Dios. Experimentaba como una rebelión en todo mi ser.

»Una noche, desde lo profundo del corazón, una voz me dijo: “¿Por qué te atormentas así? Tienes que distinguir entre Dios y las obras de Dios. Todo lo que has hecho y deseas seguir haciendo: visitas pastorales, formación de seminaristas, religiosos, religiosas, laicos, jóvenes, construcción de escuelas, de foyerspara estudiantes, misiones para la evangelización de los no-cristianos…: todo eso es una obra excelente, son obras de Dios, ¡pero no son Dios! Si Dios quiere que abandones todo eso, hazlo enseguida, y ¡ten confianza en él! Dios hará las cosas infinitamente mejor que tú. ¡Tú has elegido a Dios sólo, no sus obras!

»Esta luz me dio una paz nueva, que cambió totalmente mi modo de pensar y me ayudó a superar momentos físicamente casi imposibles. Desde ese momento, una fuerza nueva llenó mi corazón y me acompañó durante trece años. Sentía mi debilidad humana, renovaba esta elección ante las situaciones difíciles, y la paz no me faltó nunca.

»Elegir a Dios, y no las obras de Dios. Éste es el fundamento de la vida cristiana, en todo tiempo. Y es, a la vez, la respuesta más auténtica al mundo de hoy. Es el camino para que se realicen los designios del Padre sobre nosotros, sobre la Iglesia, sobre la humanidad de nuestro tiempo.»

Para evitar la persecución, existe la tentación de huir: haciéndonos mundanos, disimulando para no llamar la atención y ser normales, no dando la cara, abandonando lo que resulta extraño en nuestro ambiente… ¡Qué pena si dejamos de ser perseguidos porque huimos, pues perderemos la bienaventuranza!

Señor, quiero distinguir entre tú y tus obras. Que te elija a ti, y no tus obras. Que no me confunda, que no me olvide de ti. ¡Gracias, Señor, por esta familia cristiana! ¡Qué suerte ser cristiano, y contar con estos hermanos como François Xavier Nguyen! Santa María, Madre de los cristianos, Reina de los mártires, que ninguno de tus hijos huyamos de las persecuciones que Dios permita.

Habla con Jesús si sabes distinguir entre Dios y las obras de Dios. Puedes terminar con la oración final.

09-15

Nuestra Señora de los Dolores, Fiesta.

Recordamos los sufrimientos por los que pasó María a lo largo de su vida por haber aceptado ser la Madre del Salvador, sobre todo en la Pasión. María saca su fortaleza de la oración y nos da fuerza en los momentos de dolor.

La Virgen de los Dolores

Hoy celebramos a Nuestra Señora la Virgen Dolorosa. Esto del dolor es un misterio que no nos gusta demasiado. Sin embargo, el padre Pío solía decir que las penalidades son un honor que Dios nos hace, pues nos reserva el mismo trato que le dijo a su Hijo, una muestra de su confianza en la persona que permite que sufra. Conozco algunos que se enfadan si se les dice esto… y les comprendo: es un misterio que hace daño y encima se me dice que esté agradecido. Sin embargo, sólo viviendo el misterio del sufrimiento se nos desvela el misterio. Aunque no entendamos, vivirlo agradecidos por el privilegio que nos concede. Decía el padre Pío:

«La tribulación es señal clarísima de que el alma está unida a Dios: con él estoy en la tribulación. Ten por cierto que si a Dios un alma le es grata, más la pondrá a prueba. Por tanto, ¡coraje! ¡Y adelante siempre! Cuanto mayores son las penas, es tanto mayor el amor que Dios os tiene; conocéis el amor de Dios por este signo: por las penas que os manda.»

Y continuaba con esta imagen: «Por los golpes reiterados de su martillo, el Artista divino talla las piedras que servirán para construir el Edificio Eterno. Cuando un constructor quiere levantar una casa, debe ante todo limpiar y nivelar el terreno; el Padre celestial procede de igual manera con el alma elegida que, desde toda la eternidad, ha sido concebida para el fin que Él se propone; por eso tiene que emplear el martillo y el cincel.

»Esos golpes de cincel son las sombras, los miedos, las tentaciones, las penas, los temores espirituales y también las enfermedades corporales. Dad, pues, gracias al Padre celestial por todo lo que impone a vuestra alma. Abandonaos al Él totalmente: os trata como trató a Jesús en el calvario.»

Bienaventurados los mansos. Los mansos son los pacientes, los que saben superar con fortaleza las pruebas y contrariedades de cada día sin dejarse dominar por el enfado, la ira y la impaciencia. Santa María fue mansa. A nuestra Madre no le ahorró los muchos dolores que sufrió junto a la cruz. Hoy podemos rezarle esta oración que la iglesia propone en la liturgia:

La Madre piadosa estaba

junto a la cruz y lloraba

mientras el Hijo pendía;

cuya alma, triste y llorosa,

traspasada y dolorosa,

fiero cuchillo tenía.

¡Oh cuán triste y cuán aflicta

se vio la Madre bendita,

de tantos tormentos llena!

Cuando triste contemplaba

y dolorosa miraba

del Hijo amado la pena.

Y, ¿cuál hombre no llorará,

si a la Madre contemplara

de Cristo, en tanto dolor?

¿Y quién no se entristeciera,

Madre piadosa, si os viera

sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,

vio a Jesús en tan profundo

tormento la dulce Madre.

Vio morir al Hijo amado,

que rindió desamparado

el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!

hazme sentir tu dolor

para que llore contigo.

Y que, por mi Cristo amado,

mi corazón abrasado

más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,

en mi corazón imprime

las llagas que tuvo en sí.

Y de tu Hijo, Señora,

divide conmigo ahora

las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar

y de veras lastimar

de sus penas mientras vivo;

porque acompañar deseo

en la cruz, donde le veo,

tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!

Llore yo con ansias tantas

que el llanto tan dulce me sea;

porque su pasión y muerte

tenga en mi alma, de suerte

que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore

y que en ella viva y more

de mi fe y amor indicio;

porque me inflame y encienda,

y contigo me defienda

en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte

de Cristo, cuando en tan fuerte

trance vida y alma estén;

porque, cuando quede en calma

el cuerpo, vaya mi alma

a su eterna gloria. Amén.

Habla con ella de algo que actualmente te hace sufrir, y pídele que te enseñe a vivirlo como ella.

09-14

Exaltación de la Santa Cruz, Fiesta.

Este día nos recuerda que Santa Elena halló la Santa Cruz en el año 320. Jesús no ha venido ni a suprimir el sufrimiento ni para explicarlo, sino, para acompañarlo con su presencia.

La Cruz

Celebramos la exaltación de la santa Cruz. Repasemos un poco la historia de esta fiesta. La fiesta de la exaltación de la Santa Cruz se remonta a la primera mitad del siglo IV. Según la Crónica de Alejandría, Elena redescubrió la cruz del Señor el 14 de septiembre del año 320. El 13 de septiembre del 335, tuvo lugar la consagración de las basílicas de la Anástasis (resurrección) y del Martirium (de la Cruz), sobre el Gólgota. El 14 de septiembre del mismo año se expuso solemnemente a la veneración de los fieles la cruz del Señor redescubierta. Sobre estos hechos se apoya la fiesta que hoy celebramos, fiesta celebrada en Constantinopla ya en el siglo V y en Roma ya en el VII.

Las iglesias que poseían una reliquia de la cruz (Jerusalén, Roma y Constantinopla) la mostraban a los fieles en un acto solemne que se llamaba «exaltación», el 14 de septiembre. De ahí deriva el nombre de la fiesta. La cruz habla de un deseo escondido, de una pasión de Dios: el deseo del Padre de salvar a todos los hombres por medio de su Hijo.

La señal de la cruz es una marca. Un coche, por ejemplo, se marca con una circunferencia con tres radios, o con la figura de un jaguar, o un león rampante, o con un simple rombo… Vemos la marca, y sabemos a qué fábrica de coches pertenece. El cristiano está marcado por la cruz de Cristo. La cruz le marca porque fue liberado por ella.

La cruz, por tanto, está en mi origen como cristiano. También la vida del cristiano está marcada por la cruz: quien quiera seguirme, tome su cruz cada día. Y a la vez, el modo de colaborar con Cristo para que la vida nueva llegue a otros —el apostolado—, exige «clavarnos» en la cruz por ellos, como hizo Cristo.

Comenzamos la misa con la señal de la cruz: conviene que la hagamos con pausa, como expresión sincera: recordamos y reconocemos que la cruz nos ha salvado y por eso pertenecemos a Jesús, a la vez que manifestamos la voluntad de aceptarla en nuestra vida.

La oración de la misa que se llama prefacio del día de hoy es específica, y podríamos titularla «Árbol contra Árbol»: se contrapone el árbol del paraíso (por el que vino el pecado de Eva y Adán) al árbol de la cruz (donde Cristo genera la nueva vida):

«En verdad es justo y necesario,

es nuestro deber y salvación

darte gracias, siembre y en todo lugar,

Señor, Padre Santo,

Dios todopoderoso y eterno.

Porque has puesto la salvación del género humano

en el árbol de la cruz,

para que donde tuvo origen la muerte,

de allí resurgiera la vida,

y el que venció en un árbol,

fuera en un árbol vencido,

por Cristo, nuestro Señor…»

Que sepas que un día como hoy, en 1224, san Francisco recibió los estigmas. Y un día como hoy, en 1915, el padre Pío recibió los estigmas de forma permanente.

Señor, Dios nuestro, que has querido realizar la salvación de todos los hombres por medio de tu Hijo, muerto en la cruz, concédenos, te rogamos, a quienes hemos conocido en la tierra este misterio, alcanzar en el cielo los premios de la redención. Te lo pedimos por nuestro Señor Jesucristo.

Habla con él cómo te llevas con tu cruz de cada día… Y mira si puedes hacer la señal de la cruz más consciente de lo que significa.

09-13

San Juan Crisóstomo, Obispo y Doctor de la Iglesia. Siglo V.

Obispo de Constantinopla. Sufrió el destierro por la facción de sus enemigos, y al volver del exilio murió como consecuencia de los maltratos recibidos de sus guardas durante el camino de regreso. Patrono de los predicadores.

El orinal idealizado

En un centro de enfermos mentales, uno de los ingresados tenía un orinal que, aunque en sí mismo no tenía ningún valor, para él suponía una riqueza inigualable. Era de aluminio y estaba lleno de abolladuras. El médico escribe: «Sin parientes ni amigos, abandonado en un hospital de beneficencia, todas sus posesiones terrenas aparte el exiguo vestuario consistían en este utensilio que idealizó: “de plata peruana purísima, trabajada a mano, por eso no brilla.”

»Único tesoro, posesión preciada, objeto amado, pedestal para su orgullo. También fuente de angustia, por temor a la codicia ajena. Aunque dispone de armario con llave prefiere llevarlo consigo, “así estoy seguro de que no me lo roban, hay mucho desaprensivo.”»

Después de unas reformas en el hospital, la dirección decidió retirar todo este tipo de objetos que no eran imprescindibles. Cuenta el médico: «Ataúlfo reclamó el suyo afirmando que era “propiedad particular”. —Pero hombre, si ya no lo necesita, tiene baño, retrete con ventilación directa, bidé, todo. La monja de la sala argumentaba queriendo eliminar aquel estorbo. Inútil. Ataúlfo no soltaba su bacinilla. Al fin expuso el motivo: “Comprenda, hermana, un archiduque sólo puede usarlo de plata.” Inapelable.

»La monja —continúa—, que era una santa, optó por transigir. En aquella comunidad de monjas había de todo. La santidad de ésta no es una frase, y este episodio lo demuestra. Para no privar al enfermo de un capricho patológico, el perico tenía que limpiarlo ella casi todos los días; y no hace ninguna gracia cuando se sabe que además no es indispensable.»

El Señor enseña que el Reino de los cielos está reservado únicamente a los que quieren ser pobres. ¿A qué pobres se refiere? Porque todos hemos conocido pobres que son ricos, y ricos que son pobres. La pobreza y la riqueza no dependen de la cantidad de dinero del que se dispone. El protagonista del caso del orinal era un enfermo, pero hay muchos sanos que también viven así, con sus cosas idealizadas, apegados a ellas, no dispuestos a prescindir de eso… porque son sus riquezas.

Jesús no declara bienaventurados a los pobres materiales. En la Biblia la pobreza tiene este sentido más profundo: habla de los pobres de espíritu. Los pobres son los anawin: los que esperan en el Señor. También lo dice san Juan Crisóstomo, que los buenos pobres de espíritu son los humildes y contritos de corazón, los que se saben indigentes ante Dios y esperan en su misericordia. Ellos ponen su destino en la posesión del cielo, sólo el cielo es seguro, ¡la riqueza del cielo!

Dice san Pablo que la raíz de todos los males es la avaricia (1 Timoteo 6, 9). Nuestros primeros padres desearon antes la fruta que el mandato de Dios. Donde está tu tesoro, allí está tu corazón. Nuestro corazón debe estar en el cielo, sólo así podremos ponerlo en su justa medida en las cosas de la tierra. El secreto de la pobreza de espíritu es el amor a Dios. Si este amor se enfría, entonces aparece el capricho, la compensación, el apegamiento.

Ocurre que aun teniendo riquezas se puede estar triste porque el origen de la alegría es el amor, no el dinero. El joven rico se fue triste a pesar de tener muchas posesiones. «No amontonéis tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los corroen y donde los ladrones socavan y los roban» (Mateo 6, 19). Lo que queda es el amor. Como dice san Juan de la Cruz, al final de la vida nos examinarán del amor.

Necesitamos aprender a ser pobres y para ello lo mejor es vivir sobria y templadamente. Sí: sobria y templadamente. No nos resulta fácil: todo nos invita a consumir y tener siempre más cosas y mejores, porque si no parece que te quedas fuera; al menos, tener todo lo que puedo tener. Es decir, que si no tengo algo es porque no puedo; si pudiese, por supuesto que lo tendría.

La pobreza de espíritu no es menos exigente ni menos dura que la pobreza material. De hecho, quien practica la primera no teme la segunda, ni se rebela si la sufre. «He aprendido a contentarme con lo que tengo. Sé vivir en pobreza y vivir en la abundancia, estoy acostumbrado a todo y en todo lugar, a la hartura y a la escasez, a la riqueza y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquél que me conforta» (Filipenses 4, 11).

La preocupación de Jesús nos la dijo con mucha claridad: «No andéis preocupados… bien sabe vuestro Padre celestial que de todo estáis necesitados. Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas esas cosas se os darán por añadidura» (Mateo 6, 31).

Pero todavía hay más. La pobreza de espíritu debe llegar al desprendimiento de uno mismo. «Dices soy rico… y no sabes que eres un desdichado» (Apocalipsis 3, 17). No es una pérdida sino una ganancia, porque «si no soy yo entonces es Cristo quien vive en mí» (Gálatas 2, 20).

Señor, quiero ser pobre de espíritu. Ayúdame a vaciarme de mí mismo, y así seré bienaventurado.

Puedes hablar ahora con él si tienes algún «orinal» idealizado. A veces son costumbres que no estamos dispuestos a abandonar, o cosas que nos tienen tomada la cabeza, que nos hacen andar preocupados… Comenta si lo primero que buscas es el Reino de Dios y su justicia… o son otras cosas.

09-12

El Dulce Nombre de María. Fiesta.

Tras la celebración de la fiesta de la Natividad de la Virgen María el pasado día 8 de septiembre, ahora llega la fiesta de su nombre. Se celebra hoy por la tradición judía de presentar al recién nacido en el templo a los pocos días de nacer.

La comunión de los santos

El tiburón es un animal que goza de una extraordinaria finura de olfato para la sangre. La sangre le atrae. No se anda con contemplaciones y destroza a su víctima. A algunos hombres se les llama tiburones porque tienen la habilidad de aniquilar al débil, de aprovecharse del herido. En fin, que si uno está débil, su peor enemigo es el tiburón. El tiburón no con-vive, no vive-con, es un animal solitario porque si hay otro se lo devora.

Jesucristo propone otro estilo de vida. Cuenta John Magee, secretario de Pablo VI, que el día antes de su muerte, a las tres de la mañana, el Papa tocó la campanilla de su habitación. Estaba sentado y respiraba con dificultad. Se le dio oxígeno y al rato respiraba mejor. Al verle tan mal, el secretario quiso romper el silencio y le dijo: «Santidad, podemos rezar juntos ahora.» El Papa contestó: «Pero no por mí, por la Iglesia.»

Mientras en una sociedad de tiburones unos se abandonan a otros, los que aman se unen y se fortalecen. Es cierto que los hijos de este mundo puedan ser más listos que los hijos de la luz —los cristianos—, pero desde luego los cristianos les llevamos ventaja en la unión que tenemos y que generamos.

El papa Benedicto XVI explica que el hombre se dirige a Dios no en solitario sino formando una comunidad, un pueblo. Porque, incluso, lo que es bueno —como es la búsqueda de la santidad— se puede volver egoísta, se puede convertir en soberbia y orgullo. Para que un acto tenga el sello de la bondad debe estar dirigido por la caridad. El santo hace santos, la santidad no se encierra en sí misma sino que se abre a la comunidad, le hace sentirse parte de un pueblo, el suyo.

En la Iglesia nadie está solo, la Iglesia es una gran familia. En otros ámbitos, si una cosa está mal se quita, se destruye. En cambio en la Iglesia no es así. Dice san Pablo: «Si padece un miembro, todos los miembros padecen con él; y si un miembro es honrado todos los otros a una se gozan» (I Corintios 12, 26).

Somos una comunión. La comunión quiere decir que no hay dos partes separadas, sino que todos formamos un todo. Dios se une tomando nuestra naturaleza y asume nuestros pecados como suyos, se hace pecado para librarnos del pecado. Cristo está involucrado en nuestro destino y ya nunca nos dejará. Esto es la comunión de los santos. Es de santos porque nos une todo menos el pecado. El pecado es lo que separa, lo que te arrebata la comunión, es la excomunión. Por eso mismo en esta comunión se ayuda a no caer en el pecado.

Pensemos un momento: ¿soy tiburón, o tengo el comportamiento de Pablo VI?

Señor, si el esfuerzo por vivir las bienaventuranzas no me lleva a vivir más unido a los demás, es que no las he entendido. Quiero vivir unido a todos los hombres, meter sangre buena en este cuerpo que es la Iglesia: con mi lucha y mi amor, sé que elevo la vida espiritual de la Iglesia. Gracias porque todos estamos unidos, gracias porque me beneficia la vida de tantos otros, gracias porque me has hecho responsable de la vida de los demás.

Ahora puedes comentar con él si eres algo tiburón… o si, como Pablo VI, vives unido incluso con quienes no conoces.