07-13

San Enrique, emperador. Siglo X-XI

La idea principal de su imperio fue la unidad del Santo Imperio romano-germánico y reforzar la influencia de la Iglesia en la sociedad. Como no tuvo herederos, entregó al Señor todos sus bienes y legado.

Todos entran entre un hombro y otro

Son típicos los malentendidos y piques entre amigos. Lógicos, pues somos distintos y todos tenemos nuestro amor propio… Bien ¿y nos perdonamos?

En la universidad tuve un profesor croata, Luka Brajnovic, que había pasado mucho en la vida. Lo que vivió en la guerra era apasionante. Lo publicó más tarde en un libro que tituló Despedidas y encuentros. Allí se lee:

«Una mañana de 1942, Margo (guerrillero comunista en Croacia), entró en una iglesia detrás del sacerdote, Ivo, al que entregó un sobre que contenía —le dijo— una carta de un párroco del pueblo cercano. Cuando Ivo va a abrir el sobre, el terrorista le agredió con un cuchillo. La primera puñalada la dirigió al corazón de su víctima, pero no le mató gracias a la medalla que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta. (…) Con las repetidas puñaladas le causó heridas graves en el vientre y en las manos. (…) Poco después el agresor fue detenido y en el careo ante el juez, D. Ivo —demostrando su perdón— para salvarlo, declaró que no conocía al sospechoso.»

Cada vez que hacemos la señal de la cruz es bueno que recordemos su significado. Marca la altura y la profundidad de la presencia de Dios, la anchura y la largura de la caridad. Quiero decir, cuando alzamos nuestra mano hacia nuestra mente recordamos que vivimos viendo al Padre que se encuentra en lo más alto y profundo, y cuando llevamos la mano de un hombro a otro recordamos que estamos abiertos y amamos a todos los hombres, que sobre nuestros hombros queremos llevar la carga de todos los hermanos.

Hacer la señal de la cruz y tener personas fuera de nuestro corazón, santiguarse y dejar a alguien fuera, hacerse cruces y no hablarse con alguien o desear venganza a otro… es mentir.

Es lógico que se levanten dificultades y bandos dentro del grupo en el que nos movemos, de amigos o familiares. Pero los cristianos tenemos que ayudar: esos problemas no pueden separar; tenemos que unir siempre. Así lo hemos vivido desde el principio: «No devolváis a nadie mal por mal… En vez de eso, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber: así le sacarás los colores a la cara. No te dejes vencer por el mal, vence al mal a fuerza de bien» (Romanos 12, 17-21).

¿Recuerdas al papa Juan Pablo II perdonando a la persona que atentó gravemente contra su vida ese 13 de mayo en la plaza de San Pedro en Roma? Después el mismo Papa nos recordaba que el perdón introduce en el mundo «una nueva forma de relacionarse con los demás, una forma ciertamente fatigosa, pero rica en esperanza. En esto, la Iglesia sabe que puede contar con la ayuda del Señor que nunca abandona a quien, frente a la dificultad, acude a él».

Cada vez que me santigüe, Señor, recordaré que debo estar abierto a todos y unir a todos. Que no entre en las rencillas, en las críticas. Que me repugne la división entre personas. Quiero introducir en el mundo esta nueva forma de relacionarnos. Acudo a ti, Dios mío, no nos abandones, que noten que te sigo porque siempre uno y venzo cualquier asunto que pueda separarnos. Madre de todos los hombres, enséñanos a decir «sí, te perdono».

Si quieres, santíguate despacio y recordando el sentido que tiene. Mira con él si algunas personas no entran entre hombro y hombro.

07-12

San Juan el Ibérico, abad. Siglo X-XI

Fue un comandante casado pero lo dejó todo y se marchó como monje al Monte Olimpo de Bitinia. Fundó un monasterio en el monte Atos, del que fue abad.

Lleva a tu cocinero

En la prensa has podido leer muchas veces esta noticia: en ciertos acontecimientos deportivos algunos atletas e incluso selecciones enteras llevan al país donde se desarrollan las competiciones sus propios cocineros, sus propios menús e incluso sus propios alimentos. Nadie quiere que otros alimentos o modos de preparar la comida puedan perjudicar a la actuación y al rendimiento de sus deportistas.

Nosotros tenemos que hacer lo mismo en este sentido: los cristianos llevamos nuestro ambiente allá donde vamos, y ese ambiente se nota en que llevamos alegría y paz, empeño por hacer felices a los demás.

Me gustó mucho la carta que recibí de un amigo. Estaba ingresado en prisión. Le cambiaron de cárcel, y me escribía recién llegado. Después de escribir que de algunos cristianos había aprendido a darlo todo por nada, continúa:

«Incluso aquí dentro de prisión yo intento ayudar a compañeros que tienen la maldita enfermedad que padecemos todos y me he metido a vivir en una celda con el compañero que está muy mal, pero en todos los sentidos. Está rebajado y no baja al patio y se está comiendo mucho la cabeza, ha llegado incluso a pensar en el suicidio y desde que llevo aquí, en dos semanas, dándole cariño y compartiendo con él mis ganas de vivir, el chaval ya empieza a comer poco a poco.

»Cuando hace buen tiempo paseamos y sólo con verle reír yo me siento pagado y me llena de alegría, pues yo he pasado por la misma situación. Pero en la calle le comento cómo hablo yo con el Chuchi [así se llama a Jesús], y se ríe cuando le digo que algunas veces al Chuchi le hecho la bronca por haberme puesto otra prueba y la supero pero con picardía. Él me escucha cuando rezo mis oraciones y tengo presente a todas las personas y que al final siempre, por cizañar (cabrearle un poco), pido por él. Me dice que haber cuándo lo hago el primero en la lista y yo le contesto que no es necesario que el sea el primero pues el Chuchi nos tiene a todos por igual. Sólo con esto yo ya estoy pagando a gusto.

»He conseguido haciendo escritos a instituciones penitenciarias para que se lo lleven a Valencia y esté más cerca de su familia y esté mejor atendido, y aunque yo no tenga dinero para fumar ni tomar café, puesto que yo soy indigente, ya me siento a gusto conmigo mismo.»

¿No te parece un testimonio impresionante? Esta carta la he releído muchas veces, y siempre me maravilla. Así es el cristianismo: sea cual sea nuestro pasado Dios sigue amándonos, y nosotros llevamos su paz y alegría a los que tenemos al lado, con toda naturalidad.

Cuento con tu ayuda, Jesús, y con tu imaginación para saber convertir el ambiente en el que estoy en un ambiente cristiano. Que los cristianos llenemos de alegría el mundo. Los demás necesitan encontrarse con nuestra sonrisa. Que no lo olvidemos, Jesús. Que nos ocupemos de hacer la vida agradable a los demás: que por ver sonreír a cualquiera estemos dispuestos a cualquier cosa. Santa María, causa de nuestra alegría, ruega por nosotros.

Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. ¿Llevas tu ambiente, o te sumas al estilo que otros han creado? Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito.

 

07-11

San Benito, Abad, Patrón de Europa y Patriarca del monasticismo occidental. 480-547

Fundó numerosos monasterios y centros de formación y cultura capaces de propagar la fe en tiempos de crisis. Pasaba horas rezando y veía el trabajo como algo honroso, fue un poderoso exorcista y predijo el día de su propia muerte.

Llena la cantimplora

Un viejo suceso. Un grupo de chicos, en pleno verano, deciden organizar una excursión. El día es caluroso, por eso todos van pertrechados con sus cantimploras y abundante líquido. Sin embargo, a media mañana van agotando el agua. Las fuentes por las que pensaban pasar están secas. El verano ha sido duro. Nadie sabe dónde encontrarán una fuente en la que calmar su sed. Ésta empieza a dejarse notar. Comienza el nerviosismo y las primeras quejas. Al cabo de un buen rato, descubren con alegría un hilillo de agua; no es mucho, pero en esas circunstancias es suficiente. Sin embargo, llenar la cantimplora requiere mucho tiempo. Uno de los chicos, el más inquieto, lleva muchos minutos, demasiados para él, esperando a que poco a poco se llene su recipiente. Pero pierde la paciencia y, precisamente, cuando está a punto de llenarse… le da una patada enfadado y derrama toda el agua… Todos le miran. Él se da cuenta de que lo que ha hecho es absurdo.

Perseverar, llegar hasta el final, terminar las cosas, poner las últimas piedras… requiere el esfuerzo de la paciencia. Buena virtud esta para ejercitarnos.

Quien no es capaz de perseverar… vale poco. En uno de los últimos encuentros futbolísticos que he presenciado, mientras un equipo iba ganando todo discurría sin problemas. Pero se ponen por debajo en el marcador por uno, por dos… y entonces un jugador deja de correr, se enfada, no se mueve… El resto del equipo y la poca afición que allí estábamos apoyando nos indignamos con él.

Obligarnos a perseverar hasta el final nos educa a ser pacientes. Y hasta que no se termina, yo no he terminado. Hasta que no se llena la cantimplora, allí estoy yo. Empiezo a ordenar algo, o un campeonato, o un libro, o un trabajo… y continúo hasta concluir. Acostumbrarnos a terminar. Cumplir los compromisos hasta el final: si he dicho que iré, voy; si me apunté para jugar, juego; si yo avisaba a fulanito, le aviso…

San Pablo, cuando escribe a los romanos, al hablarles de Dios les dice que es «fuente de toda paciencia» (Romanos 15, 5). Mil vencimientos pequeños y pedírselo a Él nos darán la virtud de la paciencia. Entonces, sin esfuerzo, seremos perseverantes.

¡En la vida hace falta mucha paciencia! Además, la paciencia hace falta para todo. Una de las obras de misericordia dice que consiste en «sufrir con paciencia los defectos de los demás». Sí: paciencia para perseverar, paciencia para convivir, paciencia para sufrir, paciencia para ser fiel, paciencia para ser eficaz, paciencia para amar… paciencia hasta para llenar una cantimplora.

Señor, Dios de toda paciencia y consuelo, no quiero perder tantas cosas buenas conseguidas con tu ayuda y mi tiempo por flojo, por impaciente, por caprichoso. Tú sí tuviste paciencia, Señor, con cada uno de los apóstoles, con los fariseos… con todos, como la tienes ahora conmigo. Dame, Señor, la virtud de la paciencia.

Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito de paciencia.

07-10

San Pedro Vincioli, abad. Siglo X

Presbítero y abad, que reedificó una antigua iglesia dedicada a san Pedro. A ella unió un monasterio en el que, venciendo gran oposición y con gran paciencia, introdujo los usos y costumbres cluniacenses.

¡Sin hermanos… cualquiera!

Leí una antología de cartas de niños a Jesús. Uno escribía: «Jesús, menos mal que no tuviste ningún hermano. Yo tengo uno, y a veces me lo pone difícil.»

Tiene gracia, como si le dijese… «si llegas a tener hermanos, otro gallo hubiese cantado. Claro, sin hermanos, así cualquiera.» Es cierto que hay personas para las que cualquier cosita y circunstancia es como un monte imposible de subir. Cualquier dificultad la consideran insuperable. No se crecen ante las dificultades, sino que se declaran derrotados enseguida, en cuanto ven el escollo. Como ya tratamos otro día, esto tiene que ver mucho con la audacia.

Ser cristiano exige ser audaz. Un ejemplo. Hace pocos años, en un país cristiano pero donde los sacerdotes tienen que atender extensos territorios, un matrimonio joven con un niño de meses fue a confesarse y a misa desde su lejana aldea. Cuando terminan, el sacerdote les despide y se da cuenta de que el niño llora con fuerza. ¿Qué le pasa? Ellos le explican con sencillez que la madre no tiene leche para darle y que habían tenido que caminar durante 24 horas sin comer. El sacerdote, conmovido, les dio alojamiento y comida. Al día siguiente partieron para su aldea.

Pasé un verano en Rumanía, en una zona de pocos católicos. Algunos hacían más de cien kilómetros para confesarse. Se confesaban y volvían.

Un amigo sacerdote estuvo en África. Me contaba que los domingos era frecuente en aquella zona encontrar familias enteras por los caminos que iban a una iglesia en la que se celebraba la misa. Las caminatas eran de más de dos horas de ida y otras dos de vuelta.

San Pablo, un hombre audaz, escribía a los romanos: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado» (8, 35-37).

Sí: todo hombre debe ser audaz, pero además los cristianos lo tenemos fácil porque Jesucristo, audaz, nos ha amado y nos ayuda a vencer la cobardía que nos hace rendirnos ante lo difícil.

Quien no es audaz se agarra a excusas que son verdad y son mentira a la vez, porque son dificultades objetivas pero al mismo tiempo tonterías. Lo malo es que se las acaba creyendo: «no tengo tiempo, se me olvida, no es fácil»… son las tres excusas más frecuentes que termina por creerse.

Señor, ¡qué vergüenza siento por las veces que he dicho o pensado que no tenía facilidades para ir a misa o para confesarme, para ser honrado o trabajador, sincero o alegre! ¡Quiero ser audaz! No hay dificultad que no pueda superar… si cuento contigo. Todo lo que Tú esperas de mí puedo hacerlo. Madre, que no viva arrastrándome y asustado por lo que se presenta difícil. Lo difícil es para los hijos de Dios.

Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito. Después puedes recitar la oración final.

07-09

San Agustín Zhao Rong y compañeros mártires. Siglo XVII-XIX

La Iglesia nos recuerda en este día el martirio en China, fueron un total de 120 los que prefirieron la muerte dando testimonio de su fe en Jesucristo entre los años 1648 y 1930.

El fuego de la pereza

Nos lo cuenta Susanna Tamaro en su libro Anima Mundi: «Un árbol, a lo largo de su vida, puede ser sacudido por un gran número de tempestades. Temporales, trombas de viento, de vendavales de nieve pueden caer sobre él, golpearlo, sacudirlo de un lado a otro sin que pase nada. Cuando, después, vuelve a salir el sol, él sigue estando allí, en medio del prado, con sus ramas majestuosas. Tan sólo el fuego le resulta irresistible, las llamas corren veloces y él no tiene piernas para desplazarse. Alrededor todo crepita, es lamido y devorado, cada pequeño matorral se transforma en una tea. Al final, el fuego llega hasta su tronco, acaricia la corteza, de la corteza sube hasta la copa, quema los nidos y los insectos, reseca la savia y quema ramas y hojas. Habían sido necesarios decenios para que de una semilla brotase aquella forma majestuosa, y, en pocas horas, todo muere. La gran hoguera arde en la noche. Hay calor y luz alrededor, y en lo alto, después de la luz, el humo blanco. Aquella columna de nubes se puede ver a kilómetros de distancia a la mañana siguiente, en medio del claro, sólo queda un muñón negro. (…)

»Había olvidado que soy un arbusto. Creía ser de hormigón, de metal o de amianto, de algo que no podía verse afectado por el fuego. En el momento en que empecé a sentir calor ya era demasiado tarde, yo mismo era la hoguera. Donde quiera que fuese la llevaba conmigo.»

En algunos países, este mes es de mucho sol: ojalá el fuego del sol no queme a nadie. ¿Sabes cuál es uno de los fuegos que arrasa con todo? El de la pereza. El perezoso va destruyendo poco a poco lo que tiene. Hay que evitar que todo el esfuerzo de los meses pasados, con sus trabajos y sus luchas, se pierda.

Dos características del perezoso:

1.      Siempre tiene una excusa a mano. Le resulta fácil creerse lo que sea para no moverse: «es mejor después, estoy muy cansado, eso no sirve para nada, da igual hacerlo o no, no tengo por qué hacerlo yo, si lo hago se malacostumbrarán los demás, qué más da dejarlo a medias…» Quien lleva tiempo siendo perezoso se hace un auténtico generador de excusas convincentes.

2.      Siempre queda defraudado. El perezoso es un perdedor, y va de perdedor: se arrastra. Sus planes no le cansan pero le aburren. Se priva de cosas formidables por no vencerse en un momento.

Este mes iría bien que declarases la guerra a la pereza. Apaga el incendio antes de que te alcance. Mira con qué energía advertía san Pablo a los primeros cristianos contra la pereza: «El que no trabaja, que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada.» Sea tiempo de vacaciones o de trabajo, sea fin de semana o martes… no podemos ocuparnos en no hacer nada. Y continúa: «Pues a esos les mandamos y recomendamos, por el Señor Jesucristo, que trabajen con tranquilidad para ganarse el pan. Por vuestra parte, hermanos, no os canséis de hacer el bien» (Filipenses 4, 8-9).

Madre mía, no quiero quemarme, perder lo bueno que Dios me ha dado y lo trabajado durante tiempo… por dejarme engañar por la pereza. Hazme diligente, ágil, emprendedor, ilusionado… Que no me crea ninguna excusa de las que me dé la pereza.

Puedes seguir hablando con Dios. Pregúntale si te ve perezoso, pídele lo que ves que te supera…

07-08

San Quiliano, obispo y mártir. Siglo 7

Monje irlandés que predicó el evangelio en Franconia (Badén y Baviera) y fue martirizado por velar diligentemente para que se observase la vida cristiana.

La tristeza de san Francisco

Un día, después de hacer oración, san Francisco de Asís se encontraba triste, abatido y lloraba como un niño. Cuando sus seguidores le preguntaron a qué se debía, él respondió que en la oración había visto a mucha gente en las iglesias. «¿Qué tiene eso de malo?», le preguntaron. Él contestó que había visto y oído lo que toda esa gente decía a Dios: «¡Sólo pedían!: Dame dinero y fortuna, o Líbrame de la enfermedad… Sólo pedían.» Aquello le entristeció mucho a san Francisco, porque aquellas personas sólo acudían a Dios porque podía resultarles útil.

Dice un refrán que sólo nos acordamos de santa Bárbara cuando llueve. ¿No es verdad que algo de eso sí que hay en nuestra vida? ¿Puedo encontrarme entre esos que hacían llorar a san Francisco?

Es bueno pedir a Dios. Él es Padre, y si le pedimos es porque sabemos que Él nos quiere, que le importamos, que es todopoderoso y que —hablando humanamente— por nosotros está dispuesto a lo que sea. Es bueno pedirle, y pedirle mucho. De hecho, Jesús en el evangelio nos lo dijo: «Pedid y se os dará.» Y san Agustín dice que es bueno pedir lo que es bueno desear. No hay problema en pedir.

Lo que entristecía a san Francisco no es el hecho de ver que toda aquella gente que llenaba las iglesias pidiese, sino que SÓLO pidiesen, y que TODOS sólo pidiesen. No podemos confundir a Dios con una especie de Administración del Estado, de Oficina de Reclamaciones del Ayuntamiento, con una «Empleada del hogar para nuestros caprichos», o con un sirviente que siempre debe hacer nuestra voluntad. ¡Habríamos confundido a Dios!

«Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo», nos enseñó a rezar Jesús. Lo primero que tenemos que pedir es que se haga su voluntad; pedir lo que nos parezca que es bueno, pero sabiendo que si su voluntad es otra, que si lo mejor es otra cosa, pedimos que se haga lo que él quiera y que nos ayude a saber aceptarlo, que en la tierra sepamos —sepa yo— sacar todo lo bueno que él Él quiere de eso que es su voluntad. Si, por ejemplo, pido que una persona se cure de una enfermedad, hago bien. Pero he de decirle también que «se haga tu voluntad aquí en la tierra tal y como tú has dispuesto», que esa enfermedad sirva a esa persona y a todos los que están alrededor para alcanzar algo mejor, bienes más altos.

Puedes decirle ahora a Dios lo que sigue, pero dándote cuenta de que le estás hablando y Él te está escuchando

Padre nuestro, que estás en los cielos, hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. Sí. Seguiré pidiéndote, porque a quién voy a acudir ante mis necesidades sino a ti. Pero no quiero pedirte siempre cosas materiales. Enséñame a pedirte, como un hijo que sabe que su Padre es bueno y siempre le escucha. Y que te pida, sobre todo, que sepamos aceptar tu voluntad; que seamos capaces de abrirnos a todo lo bueno que Tú quieres con esas circunstancias que a nosotros no nos gustan, que no olvidemos que si Tú las permites es para que alcancemos algo mejor.

07-07

San Fermín, obispo y mártir. Siglo III-IV

En Amiens construyó un templo y convirtió muchos paganos. Lo encarcelaron pero el pueblo lo liberó, finalmente le ordenaron que dejara de predicar pero, al oponerse, le cortaron la cabeza.

No hay imposibles

George Mallory ha sido uno de los grandes exploradores y alpinistas del sigloXX. Lideró en tres ocasiones (1921, 1922 y 1924) las expediciones a la cumbre más alta del planeta: el Everest (8.848 m). Falleció en su último ataque a la cima en 1924, junto con su compañero de cordada, Andrew Irvine. El cadáver de Mallory fue encontrado 75 años más tarde, en 1999, por una expedición norteamericana, a una altura de 8.230 metros. Nadie ha sabido si antes de morir alcanzó la cima.

Las dificultades siempre fueron para él un reto. Cuenta su hermana: «Muy pronto comprendí que era fatal decirle a George que a tal árbol no podía subir. La palabra “imposible” le motivaba.»

Las dificultades eran para él el momento de demostrar su valía, lo imposible era para él una invitación a superarse. George Mallory era una persona audaz.

La audacia es una virtud imprescindible para hacer cosas grandes en la vida. Hay personas a las que nada ya les parece demasiado, que ante cualquier dificultad se echan para atrás, que no se lanzan a hacer una cosa hasta que tienen asegurado que no fallarán, se ahogan en un vaso de agua…

No leen en público porque dicen que se ponen nerviosos, no cantan con otros delante por miedo a hacer el ridículo, no se tiran por una pista de esquí algo difícil porque no saben si se caerán… Tienen tanto pánico a fallar, a fracasar, a no ser capaces, tienen tanto miedo a ser vencidos por algo… que se hacen pequeños.

Quizá la falta de audacia se deba a pensar demasiado en uno mismo. Dejarse dominar por el miedo al ridículo, a la equivocación y a no saber hacerlo bien… nos empequeñece y nos hace timoratos e inseguros. En cualquier situación se ponen nerviosos porque se sienten mirados y juzgados continuamente por los otros.

El cristiano necesita ser audaz. Y le resulta fácil: quiere no pensar en sí mismo, y se lanza a hacer lo que venga bien a los demás porque lo que busca es que los demás puedan beneficiarse de lo que él haga. Si se cae, se levanta. Si se equivoca, rectifica. Si lo hace mal, va aprendiendo a hacerlo mejor. No le importa que le miren, porque él quiere servirles lo mejor que sabe, que no es a la perfecciónpero algo es algo. Le importa más la mirada de Dios que la de los demás, y sabe que Dios siempre está «a su favor».

Si somos audaces, entonces Dios cuenta con un buen instrumento: porque Dios es experto en imposibles… Podríamos decir que, como a Mallory en la montaña, a los cristianos nos resultan atractivos los imposibles que Dios pide: lo imposible nos motiva… porque sí son posibles para Dios.

Dios mío, sé que tú me esperas precisamente en esos momentos, cuando las cosas no son tan fáciles. Quiero aceptar retos, y si fallo lo volveré a intentar y así aprenderé. Hazme, Señor, audaz. Que los «imposibles» me inviten a superarme.

Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Pregúntale si te ve audaz o cobarde, y en qué cosas. Él te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito.

07-06

Santa María Goretti, virgen y mártir. 1890-1908

La intentaron violar y murió en defensa de su castidad. Antes de morir perdonó a su asesino e invocó a la Virgen. El asesino, tras un periodo en la cárcel, se arrepintió y convirtió.

El pudor

Gimnasios, salas de bronceados, cremas… todo lo que ayuda a mejorar el aspecto y presentarnos bien cada vez tiene más éxito. Cuando viene el buen tiempo, grandes y pequeños se preparan para estar a punto en los días en que el sol más calienta, para lucirse adecuadamente… Todo esto supone esfuerzo, y lógicamente lo exhibimos, hay que lucirlo. Esa forma de comportarse da mucha gloria a Dios, le alegra porque hace brillar la belleza de sus criaturas, hace más amable la vida a los demás.

Sin embargo, es posible que en vez de transparentar la belleza de Dios no transparente nada. Quien sólo pretende llamar la atención sobre sí mismo y despertar la sensualidad en los demás, ha caído en un culto al cuerpo que no le hace grande sino que le empobrece. La diferencia es grande: hay personas que al verlas uno alaba y da gracias a Dios, y otras que al verlas a uno no se le ocurre nada bueno. Vamos a poner la lupa sobre este asunto.

Es fundamental no sólo decir sino gritar una diferencia: el hombre no es igual a ningún animal; o mejor, aunque la vaca tiene cuerpo y el hombre tiene cuerpo, son dos cuerpos completamente diferentes. El cuerpo humano es especial porque está espiritualizado: es cuerpo espiritualizado o espíritu encarnado. Se trata de la misma diferencia que hay entre una sopa de letras y una obra de Shakespeare; los dos tienen la misma materia, pero la poesía de Shakespeare tienen el espíritu del poeta dándoles vida: Romeo y Julieta, por ejemplo, es el espíritu de Shakespeare hecho palabra, o palabra espiritualizada. De la misma manera, el cuerpo de una persona no es carne, sino espíritu encarnado, o carne espiritualizada.

San Pablo escribe (Romanos 8, 5) que muchos viven según la carne, reducen el cuerpo a mera cantidad, a simple objeto para ver o poseer o disfrutar, pero imposible de querer. Películas, anuncios, series televisivas, letras de música, revistas… con frecuencia tienen esta visión miope del hombre, y hacen creer a muchos que valen lo que vale su cuerpo.

Los cristianos tenemos el encargo de enseñar que el hombre no vale lo que vale su cuerpo. Esto resulta extraño a muchos, chocamos con el ambiente, pues miramos y queremos ser mirados de otra manera.

Sí, nuestra mirada es distinta. A través de los ojos del cuerpo vemos más: vemos la persona que hay detrás de ese cuerpo, o mejor vemos a quien está en ese cuerpo, o mejor todavía, vemos la persona que es ese cuerpo.

Hay cuerpos que son como transparentes, a través de sus cuerpos se ve a la persona y al Dios bello que lo ha hecho. Pero hay otros cuerpos como opacos, que ocultan a la persona y a Dios: al mirarlos sólo se ve carne disfrazada. Resulta complicado de decir con palabras, pero es curioso: el cuerpo debe mostrar a la persona, no ocultarla. Todos lo hemos experimentado: hay personas que al verlas despiertan admiración, otras que simplemente seducen y despiertan las pasiones más bajas.

Empezábamos con lo bueno que es cuidar del cuerpo y lucirlo bello. Pero un cristiano y una cristiana no quieren ser opacos sino transparentes, quieren agradar pero no seducir, quieren despertar alabanzas a Dios y no pasiones, quieren dar gloria y a Dios y no ocasiones de pecado a los demás.

Por eso, el cuerpo lo tratamos con respeto, con pudor, el nuestro y el de los demás: ¡es tan grande! «Los cristianos deberían ser conscientes de que la gran humildad del cuerpo debe ser expresada para que cuanto posee de divino pueda revelarse. Asimismo, los cristianos deben comprender que Dios es la fuente de la belleza integral del cuerpo.»

Lo sabemos perfectamente. A nadie parece bien que alguien se dedique a hacer negocios con su cuerpo o con los cuerpos de otros. ¿Y no es posible que estemos haciendo otro tipo de negocios con nuestro cuerpo, cuando lo exponemos y usamos, aunque no sea para conseguir dinero sino otras cosas? El cuerpo no está para el comercio, como la carne de buey que sube y baja de precio, sino para manifestarme a los demás, para dar mi persona, para relacionarme con los otros, para transparentar la belleza de Dios.

Quiero, Señor, que nos ayudes a los cristianos a enseñar al mundo el trato que merece el cuerpo. Que nos opongamos a darle culto, que nos rebelemos al desprecio y comercio con el cuerpo. Quiero vivir el pudor y respeto a este cuerpo mío que, como dice san Pablo, es un templo donde tú habitas. Que todos los cristianos tengamos cuerpos transparentes, que vivamos el pudor, que enseñemos a otros lo bonito y bueno que es la virtud del pudor. Gracias por enseñárnoslo.

Comenta con María lo leído. Pídele, pero de manera convincente, que nos conceda a todos los cristianos y cristianas amar el pudor, y la fuerza para enseñarlo a todo el mundo.

 

07-05

San Antonio María Zacarías, sacerdote y fundador. 1502-1539

Preparó el Concilio de Trento, tratado que supuso una gran reforma del clero y un impulso enorme en la evangelización. También fundó una Congregación en Milán. Su lema: «Servir sin recompensa y combatir sin sueldo ni provisiones aseguradas».

¿El cubo de goma?

En una prestigiosa escuela de negocios para directivos hacían este ejercicio. A cada alumno le daban un cubo en el que debían introducir dos litros de agua, una cantidad parecida de arena, un capazo de grava, piedras pequeñas y tres pedruscos. Parecía imposible, y para muchos de ellos lo fue: siempre se les quedaba fuera uno de los grandes pedruscos. Después de intentarlo todos los alumnos, la profesora realizó el ejercicio. Primero colocó las grandes piedras, después las piedras más pequeñas, luego con la gravilla rellenó algunos huecos, a continuación volcó la arena para llenar los espacios libres, y por fin el agua que ella sola encontraría cualquier milímetro libre en el cubo.

El objetivo de esta práctica era lo que explicaba a continuación: hacer las cosas con orden amplía las posibilidades. Y el orden exige que cada día pongamos en primer lugar lo más importante y después lo menos. Si respetamos este orden, llegamos a todo.

Todos hemos comprobado que en una bolsa de deportes, en una maleta, en un bolso o en el maletero del coche… caben más o menos cosas dependiendo de quién lo haga: unos saben encontrar el orden adecuado. Como me decía un amigo, «cuando mi madre me hace la maleta, cabe todo».

Recuerdo una universidad privada en la que habían hecho un estudio. Los alumnos que en más ocasiones hacían reserva de instalaciones deportivas tenían una media académica bastante buena. Las conclusiones del estudio afirmaban lo que sabemos todos: los que más ocupados están tienen tiempo para más cosas. Los que menos tienen que hacer, no tienen tiempo para casi nada.

Resulta que quienes tocan un instrumento, están en un equipo, leen buena literatura… tienen tiempo para dedicar a Dios y trabajar bien y darse a la familia… Orden. Solemos decir que el tiempo es de goma: está bien la idea, aunque la verdad es que es el orden el que estira el tiempo porque pone cada cosa en su sitio y en su momento. Lo más importante… hay que colocarlo lo primero.

El orden empieza por lo material. El armario de ropa, la mesa, los cajones, la habitación, el coche… Qué virtud más buena esta del orden: hace la vida más fácil a todos y uno disfruta más de la vida.

¡Ojo! Cuando se te escape que no tienes tiempo para algo interesante o conveniente… piensa que seguramente eres desordenado o un poco vago.

Señor, imagino ahora cómo sería un día en tu vida… Las piedras importantes tengo que colocarlas al principio. ¿Lo hago, Señor? ¿Cuáles son ahora? Santa María, enséñame a ser ordenado con todo lo que uso y en la habitación, como enseñarías a Jesús a ser ordenado en casa….

Ahora puedes seguir hablando con el Señor acerca del orden con el que vives estos días. ¿Hay cosas importantes o buenas que piensas que no tienes tiempo para hacer? Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con algún propósito.

 

07-04

Santa Isabel, reina de Portugal. 1271-1336

Piadosa y caritativa desde muy pequeña. Casada con un hombre violento e infiel, ella lo trató con bondad. Al morir su esposo abrazó la vida religiosa en el monasterio de monjas de la Tercera Orden de Santa Clara, que ella misma había fundado.

La ombligomanía

Cuando el niño descubre su ombligo, pasa una temporada en la que no deja de tocárselo y mirárselo, le atrae su atención y parece que no hay otra cosa. Asombrado por el agujerito que ha descubierto en mitad de su panza, no sale de su ombligo. Pues bien, el egoísta todavía no ha salido de su ombligo. Cuatro rasgos de la ombligomanía a partir de Adán y de Caín. Así aplicamos aquello de «cuando las barbas de tu vecino veas mojar, pon las tuyas a remojar». La historia se repite.

Aquí están esos cuatro rasgos:

1) Al actuar, sólo mirar lo que me apetece y no las consecuencias para los demás; Adán ve la manzana que le enseña Eva, le apetece y… a por ella. No deja de ser algo egoísta, sólo ve lo propio, sólo tiene mirada para sí mismo. Adán no pensó que lo que él hiciese tendría consecuencias para el resto de la humanidad. Actuó como un hombre, pero no como el padre de todos los hombres.

2) Después, además, pretende salir airoso sin importarle echar la culpa a los otros: Adán culpa del pecado a Eva y Eva culpa a la serpiente. Segundo rasgo: excusarse enseguida y, ante todo, lo importante es salpicar a los demás, no quedarme solo en la responsabilidad.

3) Los éxitos de otros molestan, al menos si son mayores que los míos. Es lo que le ocurre a Caín, que mata a su hermano Abel, no porque las ovejas de Abel se comieran los frutos de las tierras de Caín, sino porque Abel le hacía sombra: tenía más éxitos con sus ofrendas (Génesis 4).

4) Caín es el que empezó esa práctica que ha triunfado en nuestro mundo, en el que el inútil quiere hacer a los demás tan inútiles como él. El inútil quiere hacer a los demás tan inútiles como él, porque divide el mundo en dos grupos: los que están por encima de él y los que están por debajo; todos los hombres los encasilla en uno de los dos grupos: a quienes están por encima les pone trabas, y a quienes están por debajo les manipula. Este Caín olvida que en realidad sólo hay un grupo, en el que todos somos iguales en lo esencial.

Es importante dejar de practicar la ombligomanía, liberarnos de ella poco a poco. Cada vez que nos demos cuenta de que tenemos el dedo hurgando en el propio ombligo, que reaccionemos… yaa se nos ha pasado la edad.

Dame, Señor, el prejuiciode pensar en los demás antes que en mí, que nunca me excuse, que me alegre lo que a otros va bien, que favorezca sus cosas buenas, que no divida a los demás, que no ponga trabas a quienes me da la impresión de que me superan en algo, que no manipule ni abuse de aquellos a quienes considero que puedo someter. Que a todos quiera y con todos me alegre, que a nadie considere superior ni inferior: ¡todos hermanos!

Ahora puedes seguir hablando con el Señor con tus propias palabras. Él te ve, te escucha y te comprende. Procura terminar con un pequeño propósito. Después puedes recitar la oración final.