06-23

Beata María Rafaela Cimatti, Virgen. Siglos XIX-XX.

De Ravena, de familia humilde, ingresó en las Hermanas Hospitalarias de la Misericordia. Atendió enfermos y dedicó oración durante la Segunda Guerra Mundial.

El que se remanga y se tira al pozo para ayudar a salir

No recuerdo cuándo ni dónde leí esta historia. Había una vez un chino que había sido seguidor de Confucio. Después, como el confucionismo no le llenaba, se hizo budista, religión muy extendida en Oriente. Por último, conoció el cristianismo a través de unos misioneros, se convirtió al cristianismo y se bautizó. Un día, estando de cháchara con un grupo de amigos, le preguntaron qué diferencia veía él entre las distintas religiones, porque en el fondo, le decían estos, todas son iguales.

Su respuesta fue contundente: «No, ni mucho menos; las religiones que yo he conocido no son iguales.» Y lo explicó de la siguiente manera. «Imagínate —dijo— que un hombre cae en un pozo. De ahí no puede salir por sus propias fuerzas, necesita la ayuda de alguien. Pasa junto al pozo Confucio. Oye los gritos pidiendo auxilio, se asoma al pozo… y le echa una bronca por tonto, por no fijarse en dónde pone el pie. Entonces le da una serie de consejos para que sea precavido.

»Al cabo de un rato pasa por allí Buda, que le mira compadecido y le da muy sabios consejos para salir del agujero. Pero después se va.

»Por último llega Jesús. Jesús no le dice nada, le mira, se remanga, baja al pozo con él y le ayuda a salir del pozo.»

Al final decía este joven chino: «¿Os dais cuenta por qué las tres religiones no son iguales? Yo soy cristiano, y he encontrado, por fin, la verdad.»

Es bueno que descubras tus defectos y le dejes a Jesús de Nazaret acercarse a tu vida. Lo que llamamos defectos no son simples errores que cometemos, como una falta de ortografía. Son mucho más. Son pecados, ofensas a Dios, a los demás y a nosotros mismos. Son como un agujero donde caemos por debilidad. No vale decir: «Yo es que soy así y no puedo cambiar.» Que tú eres así, es verdad; pero puedes cambiar porque Cristo te ayudará.

Pídele a Jesús que te ayude a salir de ese «agujero» de tus defectos y pecados. Jesús no nos da una clase de buen comportamiento, no nos da tampoco sabios consejos para vivir bien: ¡Jesús salva! Como dice el salmista: «Nuestro Dios es un Dios que salva.» Jesús nos saca de esos agujeros donde caemos a lo largo de la vida. Ser cristianos no es ser buena persona, ser impecable, no tener defectos, ser buenecito. Es mucho más: es darnos cuenta de que somos pecadores, que estamos inclinados al mal; y que Jesús nos quiere salvar del pecado, nos quiere liberar con su gracia y nos llama a nacer a una vida nueva con sus sacramentos. Esa vida nueva es la de ser y vivir como hijo de Dios. Jesús, primero con el Bautismo, después con la Confirmación y, durante toda tu vida, con la Confesión y la Comunión, «se mete en el agujero» en que cada uno caemospara ayudarnos a salir.

A veces nos comportamos como quien ha caído en un pantano y quiere salir del agua estirándose de los pelos hacia arriba. Así nunca saldrá. Necesitamos que alguien nos saque del pecado, o, dicho de otra manera, necesitamos un Salvador. Otras religiones proponen comportamientos buenos como camino de salvación. El cristianismo no habla de camino de salvación, sino de un Salvador.

Gracias, Jesús, por ser como eres, porque no te limitas a enseñarnos, sino que actúas, nos salvas. «Nuestro Dios es un Dios que salva.» Gracias, porque así es. Que en cada sacramento viva un encuentro contigo, un encuentro en el que te me entregas, en el que te haces uno conmigo. Gracias, sólo tú eres mi Salvador.

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.

06-22

San Paulino de Nola, Obispo. Siglo IV.

Llegó a ser un reconocido abogado en el Imperio Romano. A la muerte de su hijo, su mujer y él pasaron a vivir como hermanos, viviendo en oración y ayudando a los pobres. Fue obispo de Nola durante 21 años.

Predicarte sin predicar

El cardenal Newman fue un gran intelectual inglés. Era pastor anglicano y, buscando la verdad del cristianismo, profundizó en sus estudios y terminó por darse cuenta de que la verdadera iglesia, fundada por Cristo, vive plenamente en la Iglesia Católica. Ese paso le costó caro pues en su sociedad no le entendieron y —a pesar de su gran prestigio— le arrinconaron.

Escribió una oración que rezaba con frecuencia y hoy la propongo para, despacio, decírsela al Señor, parándote cuando quieras para comentar la frase. Decírsela, suplicársela, convencerle para que nos conceda que nuestra vida sea así, como le pedimos

Querido Jesús,

ayúdame a esparcir tu fragancia                      

por donde quiera que vaya.

Inunda mi alma con tu Espíritu y Vida.

Penetra y posee todo mi ser tan completamente

que mi vida sólo sea un resplandor de la Tuya.

Brilla a través de mí y permanece tanto en mí

que cada alma con la que tenga contacto

pueda sentir tu presencia en mi alma.

¡Permíteme que ellos al mirarme

no me vean a mí, sino solamente a Jesús!

Quédate conmigo y entonces podré comenzar

a brillar como tu brillas,

a brillar tanto que pueda ser una luz para los demás.

La luz, oh, Jesús vendrá toda de ti;

nada de ella será mía.

Serás tú quien brille sobre los demás a través de mí.

Permíteme así alabarte

de la manera que tú me amas,

brillando sobre aquellos que me rodean.

Permíteme predicarte sin predicar

no con palabras, sino con mi ejemplo,

con la fuerza que atrapa, con la influencia compasiva de lo que hago,

con la evidente plenitud del amor

que mi corazón siente por ti. Amén. 

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final. 

06-21

San Luis Gonzaga, Religioso. Siglo XVI.

Luis renunció al título y a la herencia paterna. Olvidó su origen noble y se dedicó al servicio de los enfermos, sobre todo, durante la epidemia de la peste. Quedó contagiado y murió con 23 años. Es el patrono de la juventud.

Ahora te toca a ti

«¿Has estado en Granada? —escribe Jesús Urteaga—. Cuando vayas o vuelvas por aquella preciosa cuidad pregunta por Puerta Elvira, pasa por ella y tuerce a la derecha. Te encontrarás con el mismo escenario que yo contemplé. Todo el sol de Andalucía caía por la cuesta de Alhacaba, la cuesta que sube al barrio de Albaicín, el barrio de los gitanillos.

»Aquí, a la izquierda, corría este mismo regato, la misma agua. ¡Mira más arriba! De ahí, de la derecha, de ese mismo carmen —en Granada llaman carmen a una casa con huerto o jardín—, salieron los dos gitanillos panzudos, protagonistas de este cuento, hecho carne por el amor de los chiquillos.

»El más pequeño, muy contento, daba palmadas. Su pelo, ensortijado, caracolillo, le caía sobre la frente. La camisilla al aire, no le cubriría más de un palmo y medio. Era casi negro, un negro tirando a gris-polvo de carretera. Los pies, descalzos, sobre las piedras del camino. ¿Qué tendría? ¡No más de cinco años!

»El mayor sí alcanzaría ya los diez.

»Con la vestimenta de los dos hermanos gitanos se hubiera podido cubrir a uno por completo. El pequeño llevaba media camisa; el mayor, un pantalón, que sujetaba con un tirante en forma de bandolera sobre la carne tostada por el sol.

»El pequeño danzaba alrededor del mayor. Éste, el de diez años, salía despacio del carmen de la derecha, con aire procesional, llevando entre las manos un bote de riquísima leche.

»Y aquí comenzó el diálogo:

»—¡Siéntate! ¡Primero beberé yo y después lo harás tú!

»¡Si le hubieras oído! Lo decía con aire de emperador. El chiquillo le miraba con sus dientes blancos, la boca entreabierta, jugando con la punta de la lengua.

»Y yo, como un bobo, contemplando la escena.

»¡Si vieras al mayor mirando de reojo al churumbel!

»Llevó el bote a la boca y, haciendo como que bebía, cerró fuertemente los labios, para que no entrara en su boca ni una gota de leche blanca y le tocara más al chiquitín.

»Después, alargando el bote, decía a su hermano:

»—Ahora te toca a ti. ¡Sólo un poco!

»Y el hermanito pequeño dio un sorbo… ¡Qué sorbo!

»—Ahora me toca otra vez a mí. —Y repitió la escena, completamente ajeno a mis miradas bobaliconas.

»Llevó el bote —ya mediado— a la boca, que mantenía cerrada.

»—¡Ahora te toca a ti!

»—¡Ahora me toca a mí!

»—¡Ahora a ti!

»—¡Ahora a mí!

»Y con tres, cuatro, cinco, seis sorbos, el churumbel de pelo ensortijado, panzudo, con la camisa al aire, terminó el bote.

»El “ahora a ti” y el “ahora a mi” me hicieron saltar las lágrimas.

»Entre risas gitanas de fondo, comencé a subir la cuesta de Alhacaba, llena de churumbeles. Mediada la cuesta, volví la cabeza. Tuve ganas de bajar y guardarme el bote. ¡Aquello era un tesoro! Pero, ¡cá!, ni siquiera pude intentarlo. Entre borricos cargados de botijos corrían diez churumbeles detrás del bote, dando patadas. El bote saltaba entre los pies negros, descalzos, sucios, de color gris-polvo de carretera.

»También el generoso jugaba con ellos, con la naturalidad de quien no ha hecho nada extraordinario, o —¡mejor!— con la naturalidad de quien está acostumbrado a hacer cosas extraordinarias.

»Interesante lección de compañerismo, generosidad, olvidarse de uno mismo o como se le quiera llamar. Pero así tenemos que vivir los cristianos: pensando más en los demás que en nosotros mismos, escogiendo lo mejor para el otro, dando de lo mío sin publicarlo a los cuatro vientos…»

Corazón de Jesús, qué gozada cuando encontramos alguien que vive así, con corazón generoso. Que aproveche la próxima ocasión que se me presente para decir «ahora te toca a ti». ¿Cuál es el último detalle de compañerismo o generosidad que he hecho, de este tipo? ¿Cuál puede ser el siguiente?

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Convéncele de que te dé un corazón generoso. Termina, después, con la oración final.

06-20

Nuestra Señora de la Consolación, Advocación Mariana. Siglo XI.

Es la Madre inspiradora de los misioneros que, en su nombre, se empeñan en llevar el Evangelio por todo el mundo. Es la patrona de Turín y de Piamonte. Su culto data del siglo XI.

Lo que tú quieras

Montse Grases era una niña de Barcelona, muy maja, con muchas amigas, divertida y vivaracha… que un día, esquiando, empezó a sentir un dolor fuerte. No se sabía qué era. Al cabo de un tiempo, los médicos comunican a sus padres que se trata de un cáncer de difícil curación. Ella les pregunta, pero sus padres prefieren no transmitirle todavía el diagnóstico de los médicos. Ella insiste, y quedan en que se van a pasar el fin de semana al campo, a una casa que tienen en Seva, y que ya a la vuelta hablan. Su tía Carmen había muerto, después de una enfermedad larga y dura causada por un cáncer, pero Montse estaba convencida de que lo suyo no sería lo mismo.

Volvieron a Barcelona, pero llegaron muy tarde. Cuando abrieron la puerta de casa sonó el reloj que marcaba las 12.30 de la noche. Enseguida se pusieron a preparar las cosas para acostarse:

«Entonces —recuerda su madre— vino Montse y me dijo:

»—Bueno, mamá, ¿me vas a decir lo que tengo

»—Pero Montse —le dije—, ¿a esta hora, tan tarde…?

»—Sí, sí, de hoy no pasa: me decís ahora mismo lo que tengo.

»Comprendí que ya no podíamos retrasarlo más. Entonces Manuel [su padre] se lo explicó todo, muy concreto, muy claro, sin disfrazar las palabras:

»—Montse, tienes un cáncer. Un sarcoma de Ewing.

»Se quedó un momento parada, y preguntó:

»—¿Y si me cortaran la pierna?

»Manuel le dijo que ya habían hecho una consulta concreta sobre ese particular: se habían considerado todos los aspectos, y no era conveniente; no existía esa posibilidad; no podía ser…

»Entonces ella hizo un gesto, un mohín, como diciendo: “qué lástima”…

»Fue un mohín nada más, un mohín muy gracioso me pareció a mí, después de decirle aquello, pobrina, que era tremendo… y se salió del cuarto y se fue para la habitación.

»Allí la vi cómo se arrodillaba a los pies de la Virgen de Montserrat y se ponía a rezar.

»Luego se sentó y estuvo haciendo brevemente el examen de conciencia. Rezó de rodillas las tres avemarías y se metió en la cama. Entonces le dije a Manuel: “Me voy con ella”. Me parecía imposible que después de decirle una cosa así pudiese dormir…

»Llegué a su cuarto y la empujé un poquito para que me hiciera sitio, y me dijo:

»—¿Qué haces, mamá?

»—Pues mira, dormir contigo.

»—¡Ay, qué suerte! —me contestó, en un tono jovial…

»Ella apoyó la cabeza sobre mi hombro y al cabo de unos instantes, sólo unos instantes, vi que respiraba profundamente… Me di cuenta de que se había dormido.

»Me cercioré bien y me marché. Y eso fue todo.

»… Todo no, porque luego supe que al arrodillarse delante de la Virgen de Montserrat le había dicho: “Lo que Tú quieras.”»

Otros se hubiesen puesto a llorar, no hubiesen dormido, o se habrían rebelado preguntando «¿por qué yo?, ¿por qué a mí?, ¿me voy a morir?, ¿no tiene solución?» y mil cuestiones más. Montse se duerme en un par de minutos. Quien vive siempre diciendo al Señor «lo que tú quieras», vive con la paz del Señor, también cuando lo que él quiere no es precisamente lo que uno hubiese elegido. Él nos lo dijo: «La paz os traigo, la paz os doy; no os la doy como la da el mundo» (Jn 14, 27).

Señor, Corazón de Jesús, Montse sí tenía un corazón parecido al tuyo. Yo también te voy a repetir todos los días, también cuando algo me cueste o no me guste: «Lo que tú quieras.» Así viviré como cristiano y moriré como cristiano, y me darás tu paz. Lo que tú quieras, sí: en vez de quejarme o protestar o agobiarme… «¡lo que tú quieras!» Sagrado Corazón de Jesús, danos la paz.

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole que te gustaría reaccionar como Montse en todo. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final.

 

06-19

San Romualdo, Fundador. Siglo X.

De familia noble en Ravena (Italia), fue un monje benedictino que dedicó su vida a orar y hacer penitencia. Durante 30 años, fue fundando conventos por Italia. También levantó la Comunidad de religiosos del Campo de Málduli..

Me desprecio a mí misma

«Me desprecio a mí misma. El otro día sostuve a una enferma de alzhéimer entre los brazos mientras la bañaban. Su escueto cuerpo casi se me resbalaba en la bañera y vi a su esposo llorar por temor a perderla. La restregamos, frotamos y secamos. La vestimos y la acostamos. ¿Y saben qué pensé? Pensé que su muerte sería un alivio, que me parecían un desatino la mente completamente perdida y el cuerpo desmadejado de mi amiga, un contradiós.

»Al día siguiente, en un golpe de lucidez, repasé estos pensamientos de la víspera. Y decidí pararme un momento a examinar por qué una cristiana practicante, bendecida por la vida y las circunstancias económicas, familiares y sociales, podía desearle la muerte a otra persona. Recordé mis manos lavando a la mujer y su cuerpo estremeciéndose de gusto por el agua caliente y las caricias de la esponja. Recordé su alegría por los colores del camisón y un resto de mirada tierna hacia su marido. Ella no sufría, era feliz en su simpleza. Lo recordé también a él, contento con la escena, satisfecho por conservarla a su lado, por ayudarla día a día, por mi amistad. Y caí en la cuenta de que en aquella escena sólo yo puse muerte. Y no lo hice por el bien de la enferma, que disfrutaba; no lo hice por su familia, que la quiere, lo hice simple y llanamente por cobardía. Porque sufrí viéndola y no quería seguir sufriendo. Porque no tenía una respuesta ante el misterio que tenía delante. Entonces me avergoncé de mí misma y, lo que es más importante, caí en la cuenta de que el día anterior mi desconcierto me impidió apreciar que la enferma disfrutaba con nosotros y con el baño, y su familia también.

»Así es, amigos. La mentalidad dominante está al acecho para colarse en nuestra mente a la menor oportunidad. Para sembrarnos de duda y de miedo la cabeza e impedirnos ver la belleza, el bien, la positividad. Pido perdón por haber vacilado, por haber censurado la hermosura. Por haber creído en el mal. Y concluyo: si yo, que apenas veo la tele; que leo a los clásicos porque mi padre me enseñó; si soy católica porque la Iglesia me ha abrazado; que lo tengo todo, albergo alguna vez pensamientos de muerte ¿cómo no los va a albergar el resto de mis contemporáneos, sometido a un constante bombardeo de mentiras? ¿Cómo no los van a albergar ciertos enfermos desalentados, tantas personas ideologizadas sin saberlo, tantas víctimas de la mentira? Si estoy contenta hoy es por haber pedido perdón y por haber caído en la cuenta de la verdad. Por haber reconocido la belleza de la vida de mi amiga y su marido, y haber redescubierto que vale más que la mía porque dan testimonio de una belleza que no se somete a los estándares de calidad. Queda mucha hermosura por mostrar en un mundo tan débil y tan lleno de tristeza como estamos creando.»

Seguramente, también nosotros tendremos que pedir perdón por haber olvidado lo que vale la persona, independientemente de cómo esté. Ojalá cuando veamos vidas débiles, sepamos pensar en ellas y en el valor que tienen —que son iguales a mí—. Ojalá cuando veamos a una mujer embarazada nos alegremos y nos dirijamos a Dios dándole gracias por esa vida. Y cuando veamos algún anciano o enfermo o sufriente… no pensemos en lo que sufrimos por verles así, sino que pensemos en hacerles disfrutar en la medida de nuestras posibilidades, en hacerles pasar un buen rato, en darles algún consuelo…

Gracias, Señor, por la vida. Tu corazón no se quedaba insensible al dolor, pero nos enseñaste que el sufrimiento tiene un valor, y ayudaste a sufrir con tus palabras al buen ladrón…

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final. 

06-18

San Gregorio Barbarigo, Cardenal. Siglo XVII.

De Venecia, participó en la firma del Tratado de Westfalia y poniendo fin a la guerra de los Treinta Años en 1648. Era misericordioso y, para fomentar la cultura, fundó un colegio y un seminario que tuvieron gran renombre.

Hostia

Los primeros cristianos tuvieron que resolver bastantes asuntos, asuntos que a nosotros ahora nos vienen dados. Sin embargo, antes de resolverse tuvieron que pensarlos. Supongo que una de esas cuestiones sería la siguiente: cómo llamar al pan cuando en la Eucaristía, después de la consagración, deja de ser pan. El pan que comulgamos, que reservaríamos más tarde en los sagrarios… cómo llamarlo. Podrían haber escogido mil palabras. Se decidieron por una: Hostia.

¿Por qué llamar Hostia al pan consagrado? Hay dos palabras que suenan igual: ostia y hostia. Sin h significa puerta; por eso, por ejemplo, la población cercana a Roma con acceso al mar, el puerto de Roma, su puerta al mar, ese pueblo se llama Ostia. Con h significa algo completamente distinto: hostia era la víctima de un sacrificio religioso, aquel animal vivo que se mataba para ofrecer a los dioses; pero no cualquier víctima: se llamaba hostia solo aquella víctima joven que se sacrificaba totalmente.

Los cristianos se plantearían: ¿cómo llamamos al pan después de la consagración? El pan era el cuerpo roto de Jesús, Jesús era la víctima, el Cordero sacrificado, era una hostia, o mejor, la verdadera Hostia.

La lengua española tiene 88.431 palabras. Son muchas, ¿no te parece? ¿Y no te parece que es una pena que entre tantos vocablos hayamos escogido precisamente éste, hostia, para desahogarnos, como exclamación…?

Viajaba con prisas porque llegaba tarde a una boda en Alicante. Paré a poner gasóleo; por la precipitación me equivoqué, y metí gasolina. A los tres kilómetros de la gasolinera se me paró el coche. Vino la grúa. Su conductor era de un país de América Latina. En la conversación, aprovechó para decirme algo que le había sorprendido mucho: que en España se usase la palabra Hostia como se usaba. «Llevo tres años viviendo aquí, y no me acostumbro», me dijo.

Pensando en el Corazón de Jesús, seguro que tampoco él se acostumbra a nuestra práctica de emplear mal esta palabra. Para los cristianos, la palabra Hostia es de las más queridas de nuestra lengua: el trozo de algo material que es la misma persona de Jesús.

Señor, perdónanos porque los hombres somos un poco brutos. Te adoro en la Hostia sagrada. Y cada vez que oiga esa palabra mal empleada, yo te diré en mi corazón: «Jesús, te quiero.» Así, cuando seas tratado con poca reverencia escucharás, al mismo tiempo, palabras de cariño. Y ahora te recito las letanías de desagravio que reza la liturgia: Bendito sea Dios; bendito sea su santo Nombre; bendito sea Jesucristo, Dios y Hombre verdadero; bendito sea su sacratísimo Corazón; bendita sea su preciosísima Sangre; bendito sea Jesús en el santísimo Sacramento del altar…

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Desagráviale, y dile lo que le agradeces que esté presente en la Hostia. Termina, después, con la oración final.

06-17

San Ismael, Mártir. Siglo IV.

Junto a los hermanos Manuel y Savelio, quiso humanizar pueblos. Mediaron entre Juliano el Apóstata y el rey de Persia para que hubiese paz entre los súbditos.

¿El fútbol o la eucaristía?

El papa Benedicto XVI pasaba unos días del verano en los Alpes, y solía aprovechar para tener encuentros o tertulias con los sacerdotes de la zona. Era un rato de conversación fantástico, en el que cada uno preguntaba o contaba lo que quería. En ésta la tuvo un martes, con unos 400 sacerdotes. Uno de ellos cogió el micrófono y recordó allí que algunos superiores del seminario eran algo rígidos, y que le reprendían porque «a mí me gustaba más jugar al fútbol que hacer la adoración eucarística».

La verdad es que todos se quedaron un poco tensos, pues no parecía muy ejemplar el comportamiento del entonces seminarista. ¿Cómo respondería el Papa? Porque si decía que los superiores tenían razón… y si decía que la tenía él… Por fin habló el Papa:

«Yo estaría en contra de la alternativa entre jugar al fútbol o estudiar Sagrada Escritura o Derecho Canónico. Hagamos las dos cosas.» Y siguió: «Pero ¿acercar el hombre a Dios y Dios al hombre no pasa sobre todo a través de lo que llamamos “humanidad”, que es irrenunciable, incluso para nosotros, los sacerdotes? No podemos vivir siempre en la alta meditación, quizá un santo en el último escalón de su camino terrestre puede llegar a este punto, pero normalmente vivimos con los pies en la tierra y los ojos en el cielo. El Señor nos ha dado ambas cosas y, por tanto, amar las cosas humanas, amar la belleza de su tierra, no es sólo humano, sino también muy cristiano y precisamente católico. Una buena pastoral, realmente católica, tiene en cuenta este aspecto: vivir la humanidad y el humanismo del hombre, todos los dones que el Señor nos ha dado y que hemos desarrollado, y al mismo tiempo, no olvidar a Dios, pues al final la luz viene de Dios, y sólo de Él procede la luz que da alegría a todos estos aspectos. Por tanto, quisiera comprometerme simplemente en la gran síntesis católica: ser verdaderamente hombre.» Aclaró que cada uno, «según sus dones y según su carisma», debe «amar la tierra y la belleza que el Señor nos ha dado, y dar gracias porque en la tierra resplandece la luz de Dios, que da el esplendor y la belleza a todo lo demás. Vivamos en este sentido con gozo la catolicidad. Ésta sería mi respuesta.» Y se levantó un aplauso de todos, el único aplauso del encuentro.

Es tontería plantearse estas disyuntivas. A Dios le entusiasma que disfrutemos con las cosas de este mundo. Nos ha hecho hombres, y le encanta que seamos muy hombres. Tenemos que amar la belleza de la tierra, y enseñarlo a los demás.

Tu Corazón, Señor, era muy humano y a la vez muy divino. Pero te has hecho hombre hombre, hombre de verdad. Y seguro que disfrutaste tantos gustos de la vida… aficiones, pesca, la noche de luna llena, paseo con amigos, ratos de familia alrededor del fuego, fiestas, bodas de familiares, una puesta de sol, un buen baño de agua caliente, un buen plato preparado por nuestra Madre… Ayúdeme a amar la tierra y la belleza que el Señor nos ha dado, y a dar gracias cuando vea resplandecer en todo eso la luz de Dios.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final.

06-16

San Juan Francisco de Regis, Predicador Misionero. Siglos XVI-XVII.

Entró en la Compañía de Jesús poco antes de una terrible epidemia de peste y se ordena sacerdote para cooperar ante el mal. Pío XII habló de él como el patrón de las misiones rurales en tierras de Francia.

Tengo sed

Dice el Catecismo de la Iglesia que la oración es el encuentro de la sed de Dios con la sed del hombre. Te copio algo que escribió el padre Joseph, fundador de la rama de los sacerdotes de las Misioneras de la Caridad, inspirado en las palabras que la madre Teresa de Calcuta le relató:

«Es verdad. Estoy de pie a la puerta de tu corazón, de día y de noche. Incluso cuando no estás escuchando, incluso cuando dudas que pueda ser yo, ahí estoy. Espero hasta la más mínima señal de respuesta, la más pequeña sugerencia de invitación que me permita entrar.

»Y quiero que sepas que siempre que me invitas voy siempre, sin falta. Llego en silencio e invisible, pero con un poder y un amor infinitos, trayendo los muchos dones de mi Espíritu. Vengo con mi misericordia, con mi deseo de perdonarte y de sanarte, con un amor hacia ti que va más allá de tu comprensión, un amor tan grande como el que he recibido de mi Padre (Yo os he amado como el Padre me ama a mí, Juan 15, 9). Vengo deseando consolarte y darte fuerza, levantarte y vendar todas tus heridas. Te traigo mi luz para disipar tu oscuridad y todas tus dudas. Vengo a ti con mi poder, para poder llevarte a ti y todo lo que pesa sobre ti, con mi gracia, para tocar tu corazón y transformar tu vida; y vengo con mi paz, para tranquilizar tu alma.

»Te conozco perfectamente, sé todo acerca de ti. Hasta he contado los cabellos de tu cabeza. No hay nada en tu vida que no tenga importancia para mí. Te he seguido a través de los años y siempre te he amado, incluso en tus extravíos. Conozco cada uno de tus problemas, conozco tus necesidades y tus preocupaciones. Y, sí, conozco todos tus pecados. Pero te digo de nuevo que te amo, no por lo que tienes o por lo que has hecho; te amo por ti. Por la belleza y dignidad que mi Padre te dio al crearte a su propia imagen. Es una dignidad que muchas veces has olvidado, una belleza que has empañado por el pecado. Pero te amo como eres, y he derramado mi sangre para rescatarte. Si me lo pides con fe, mi gracia tocará todo lo que necesita ser cambiado en tu vida. Y yo te daré la fuerza para liberarte del pecado y de su poder destructor.

»Tengo sed de ti. Sí, ésa es la única manera en que apenas puedo empezar a describir mi amor por ti. Tengo sed de ti. Tengo sed de amarte y de ser amado por ti. Así eres de precioso para mí. Tengo sed de ti. Ven a mí y yo llenaré tu corazón y sanaré tus heridas. Te haré una criatura nueva y te daré la paz, aun en tus pruebas. Tengo sed de ti. Nunca dudes de mi misericordia, de mi aceptación, de mi deseo de perdonar, de mi deseo de bendecirte, y de vivir mi vida en ti. Tengo sed de ti. Si te sientes poco importante a los ojos del mundo, eso no importa nada. Para mí no hay nadie en este mundo más importante que tú. Tengo sed de ti. Ábrete a mí, ten sed de mí, dame tu vida y yo te probaré lo importante que eres tú para mi corazón.

»¿No te das cuenta de que mi Padre tiene un plan perfecto para transformar tu vida, empezando desde este momento? Ten confianza en mí. Pídeme todos los días que entre y que me encargue de tu vida, y lo haré. Te prometo ante mi Padre en el Cielo que haré milagros en tu vida. ¿Por qué haría yo esto? Porque tengo sed de ti. Todo lo que te pido es que te confíes completamente a mí. Yo haré todo lo demás.

»Desde ahora veo el lugar que mi Padre te ha preparado en mi Reino. Acuérdate de que eres peregrino en esta vida, viajando hacia Casa. El pecado nunca te puede satisfacer, ni traerte la paz que buscas. Todo lo que has buscado fuera de mí sólo te ha dejado más vacío, así que no te apegues a las cosas de este mundo. Sobre todo, no te alejes de mí cuando caigas. Ven a mí sin tardanza. Cuando me das tus pecados, me das la alegría de ser tu Salvador. No hay nada que yo no pueda perdonar y sanar, así que ven ahora y desahoga tu alma.

»No importa lo mucho que te hayas alejado, no importa cuántas veces me olvides. No importa cuántas cruces lleves en esta vida; hay algo que quiero que siempre recuerdes, una cosa que nunca cambiará: tengo sed de ti, tal como eres. No necesitas cambiar para creer en mi amor, porque será tu fe en mi amor lo que te cambiará. Tú te olvidas de mí, y, sin embargo, yo te busco a cada momento del día, de pie, a la puerta de tu corazón, te llamo. ¿Te es difícil creer esto? Entonces, mira la cruz, mira mi corazón que fue traspasado por ti. ¿No has comprendido mi cruz? Entonces, escucha otra vez las palabras que dije allí, porque te dicen claramente porqué sufrí todo esto por ti: “Tengo sed” (Juan 19, 28). Sí, tengo sed de ti, como dice el salmo: “Esperé compasión inútilmente, esperé alguien que me consolara y no lo hallé” (69, 21). Toda tu vida has estado buscando amor. Nunca he dejado de amarte y de buscar tu amor. Tú has buscado otras muchas cosas, buscando felicidad. ¿Por qué no tratas de abrirme tu corazón ahora mismo, más de lo que nunca has hecho antes?

»Siempre que me abras la puerta de tu corazón, siempre que te me acerques lo suficiente, me oirás decir una y otra vez, no con simples palabras humanas, sino en el espíritu: “No importa qué es lo que hayas hecho. Te amo por ti mismo. Ven a mí con tu miseria y tus pecados, con tus problemas y necesidades, y con todo tu deseo de ser amado. Estoy a la puerta de tu corazón y llamo… Ábreme porque tengo sed de ti.”»

Gracias, Jesús, porque algunos santos nos han contado mejor cómo es tu Corazón. Quiero saciar tu sed. Que me deje querer por ti. Sagrado Corazón de Jesús, en ti confío.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Termina, después, con la oración final.

06-15

Santa María Micaela. Siglo XIX.

De Madrid, quedó huérfana siendo muy joven. Tuvo como director espiritual a San Antonio María Claret. Fundó la Comunidad de Hermanas Adoratrices del Santísimo Sacramento.

Corazón tamaño planeta

Tuve la suerte de estar en Lisieux, un pequeño pueblo al norte de Francia, donde vivió santa Teresita. A los visitantes les enseñan la casa donde vivía ella con sus hermanas y su padre —su madre murió siendo ella muy pequeña—. En el piso de arriba está su habitación. Sobre una mesa se encuentra un crucifijo pequeño, en el que un cartel informa de que ante ese crucifijo rezó mucho la pequeña Teresa por Pranzini. Ésta es la historia de Pranzini contada por ella misma:

«A fin de avivar mi celo, Dios me demostró que mis deseos le eran agradables. Oí de un gran criminal que acababa de ser condenado a muerte por sus horribles crímenes. Todo hacía creer que moriría impenitente. Me propuse impedir a toda costa que cayera en el infierno. Para conseguirlo empleé todos los medios imaginables.

»Sabiendo que por mí misma nada podía, ofrecí a Dios todos los méritos infinitos de nuestro Señor, los tesoros de la santa Iglesia. Por último, supliqué a Celina [una de sus hermanas] que mandase decir una misa por mis intenciones, no atreviéndome a encargarla yo misma por temor a verme obligada a manifestar que era por Pranzini, el gran criminal.

»Al día siguiente de su ejecución, cayó en mis manos el periódico La Croix. Lo abrí apresuradamente, ¿y qué fue lo que vi…? Las lágrimas traicionaron mi emoción y tuve que esconderme… Pranzini no se había confesado, había subido al cadalso, y se disponía a meter la cabeza en el lúgubre agujero cuando, de repente, tocado por una súbita inspiración, se volvió, cogió el crucifijo que le presentaba el sacerdote ¡y besó por tres veces sus llagas sagradas…! Después su alma voló a recibir la sentencia misericordiosa de Aquel que dijo que habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse…

»Alimentaba en el fondo de mi corazón la certeza de que nuestros deseos se verían satisfechos. Le dije a Dios que estaba segurísima de que perdonaría al pobre Pranzini, y que así lo creería aunque no se confesase ni diese muestra alguna de arrepentimiento, ¡tanta era la confianza que tenía en la misericordia infinita de Jesús!; pero que para animarme a seguir rogando por los pecadores, y simplemente para mi consuelo, le pedía sólo una señal de arrepentimiento…

»Mi oración fue escuchada al pie de la letra.»

Señor, que me interesen todas las almas. Rezaré por todos. Hoy te pido, ahora mismo, por todos los que mueran hoy, en cualquier lugar del mundo: que todos se arrepientan antes de morir, que se pongan bien contigo, que todos vayan al cielo. Y te ofrezco las horas de trabajo de hoy por esta intención. Dame, Corazón de Jesús, un corazón grande, grande como el planeta tierra, en el que quepan todos los hombres. ¡Corazón de María, que todos me interesen!

Ahora es el momento importante, en el que tú hablas a Dios con tus palabras, comentándole algo de lo que has leído. Cuando lo hayas hecho, termina con la oración final. 

06-14

San Eliseo, Profeta. Siglo IX.

Sucesor de San Elías, fue profeta de Israel. No dejó oráculos escritos, pero sí obró milagros con los que anunció la Salvación que había de llegar a todos los hombres.

El prejuicio cristiano

Terminada la Guerra Civil española, en 1939, cuenta el doctor Vallejo-Nágera que toda su familia volvió a Madrid, «a nuestra casa de la calle Alcalá Galiano, y nos la encontramos patas arriba, destrozada, ya que durante aquellos tres años había estado ocupada por refugiados. Eran gente de los pueblos vecinos que, huyendo de la zona en la que se había estabilizado el frente, se refugiaban en Madrid y un comité del pueblo les asignaba las casas vacías. Te puedes imaginar cómo las trataban. Cocinaban sobre el suelo, hacían lumbre con las maderas del parquet y hasta arrancaban puertas para hacer leña. Además, una casa grande como aquélla estaba repartida entre varias familias. Nuestra indignación fue general: ¡qué bárbaros! ¡Hace falta ser salvajes!, etcétera, hasta que mi madre nos llamó al orden. “Sois injustos”, nos reprochó, “Dios sabe quiénes serían esas pobres familias de refugiados y lo que habrán padecido. Eran gente muerta de hambre. ¿Cómo se les puede reprochar que quemaran las maderas si no podían vivir sin hacer fuego? Lo que me da pena es pensar lo que habrá sido de ellos; cómo habrán tenido que salir huyendo de aquí… ¿Habrán encontrado algún cobijo?” Nos quedamos todos mudos —continúa contando su hijo, que entonces era muy joven—. Es otro de los recuerdos imborrables que me han quedado de mi madre. Ten en cuenta que eran días en los que lo normal, hablemos claro, era aplastar al vencido. De mi madre aprendí la tragedia que iba envuelta en la victoria.»

Así son los corazones cristianos. Tenemos un prejuicio, y es que ante cualquier situación lo primero que vemos son las personas. El evangelio está lleno de ejemplos de esta forma de mirar de Jesús.

Si pasamos por la calle junto a un mendigo que huele fatal, no nos quedamos en el olor que nos resulta insoportable, sino que vemos una persona que sufre. Si leemos en el periódico una noticia de cualquier burrada, no nos quedamos en el morbo, sino que vemos una persona que sufre. Si vemos una publicidad que es pornográfica, no sólo retiramos la vista, sino que rezamos por esa persona que se corrompe y sufrirá. Si alguien nos roba algo, pedimos por el ladrón que es esclavo de un vicio y se ha dejado dominar por el mal… Y así continuamente.

Jesús, que nuestro corazón palpite con el tuyo. Que ante todo veamos a la persona, que tengamos el prejuicio de pensar en los demás, que nos pongamos en el lugar del otro en todas las situaciones, que no seamos superficiales y nos quedemos en los hechos sino que nos pongamos en la piel del otro… y ayudemos a cada uno del modo que nos resulte posible. Para empezar, comprendiéndoles.

Ahora te toca a ti hablar a Dios con tus palabras, comentándole lo leído o lo que quieras. Convéncele de que te tiene que dar un corazón nuevo, capaz de comprender a los demás. Termina, después, con la oración final.